«QUEREMOS VER A JESÚS»

Arzobispo celebra Santa Misa en el V Domingo de Cuaresma

21 de marzo de 2021 (Oficina de Prensa).- La mañana de hoy, nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., presidió la Santa Misa correspondiente al quinto y último Domingo de Cuaresma, que nos acerca cada vez más a la Semana Santa y a la Pascua.

Al finalizar la Eucaristía, Monseñor Eguren invitó a todos a participar de la Santa Misa que con ocasión de la Solemnidad de la Anunciación del Señor, que coincide felizmente con la celebración del Día del Niño por Nacer en nuestro País, presidirá el próximo jueves 25 de marzo a las 7:00 pm. , la misma que será transmitida en vivo a través del Facebook del Arzobispado.

A continuación, compartimos la Homilía completa pronunciada hoy por nuestro Pastor: 

“Queremos ver a Jesús”

Jesús había llegado a la ciudad santa de Jerusalén, en la que sería su última celebración de la pascua judía. En ella, el mismo Señor sería ofrecido en sacrificio en el altar de la cruz como el Cordero pascual que quita el pecado del mundo. El Evangelio que acabamos de escuchar (ver Jn 12, 20-33), ocurre el mismo día de la entrada de Jesús en Jerusalén. El día anterior, el Señor se había detenido en Betania, a visitar a sus amigos Lázaro, Marta y María. El Evangelio nos refiere que un, “gran número de judíos supieron que Jesús estaba allí y fueron, no sólo por Jesús, sino también por ver a Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos” (Jn 12, 9). Por eso la entrada de Jesús en Jerusalén fue triunfal: “Salió la gente a su encuentro, porque habían oído que Él había realizado aquella señal” (Jn 12, 18).

Entre los que también subieron a Jerusalén para celebrar la pascua, había un grupo de griegos, quienes de entre los doce apóstoles buscaron a Felipe, seguramente alentados porque el nombre de Felipe es de origen griego. Efectivamente, fueron donde el apóstol con este ruego: “Queremos ver a Jesús” (Jn 20, 21). Ellos quieren ver a Jesús porque probablemente se habían enterado de que el Señor había devuelto a la vida a Lázaro después de que éste había muerto y permanecido cuatro días en el sepulcro. Sin saberlo, estos griegos estaban formulando una súplica mucho más profunda, porque Jesús no es sólo un taumaturgo que obra milagros.

Efectivamente, los milagros que Jesús realizaba eran un signo, una señal, que dejaba vislumbrar su identidad de Hijo único de Dios. “Querer ver a Jesús”, significa entonces descubrir y contemplar a Jesús como el Hijo amado del Padre, como nuestro Señor y Salvador.

Cuando Jesús se entera que los griegos quieren conocerlo, no rechaza el pedido, pero dirige la atención hacia el momento de su glorificación, es decir hacia el momento de su muerte en la cruz. A esto se refieren las palabras que Jesús da como respuesta al pedido de verlo:  “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo de hombre” (Jn 12, 23). Es conmovedor ver como Jesús reorienta el deseo de verlo al misterio de su cruz. Hacia la cruz, por tanto, deben dirigirse todas las miradas porque ahí resplandece de manera clara y contundente su amor por nosotros, pero sobre todo su condición de Hijo de Dios, obediente a su Padre hasta la muerte y muerte en cruz como afirma San Pablo (ver Flp 2, 8). En la cruz, Jesús reveló al mundo su obediencia al Padre, una obediencia llena de amor filial. El Padre lo envío al mundo con una misión: La de alcanzarnos el perdón y la reconciliación por su muerte en la cruz. Por eso antes de morir y entregarle su espíritu, Cristo pudo decirle a su Padre con absoluta paz: “Todo está cumplido” (Jn 19, 30).

Para aclarar aún más esta enseñanza, Jesús agrega: “En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24). Esta bella imagen se haría realidad en su propia muerte.

Su decisión de ofrecer su vida en sacrificio en la cruz ya estaba tomada, por eso agrega: “Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!” (Jn 12, 27). Jesús, será como el grano de trigo que cae en tierra y muere para dar mucho fruto. Y ciertamente el fruto de su muerte ha sido abundante, nada menos que nuestra perfecta reconciliación del pecado. Por su muerte en la cruz, Dios será perfectamente glorificado y el hombre plenamente redimido. Éste, es el sentido de las siguientes dos expresiones que recoge nuestro Evangelio de hoy, cuando por un lado se oye desde el Cielo la voz del Padre que proclama: “Lo he glorificado (el nombre del Padre) y de nuevo lo glorificaré” (Jn 12,  28); y después cuando el Señor sentencia: “Ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera” (Jn 12, 31).

El Evangelio de hoy concluye con esta afirmación de Jesús: “Y yo cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia mí. Decía esto para significar de qué muerte iba a morir” (Jn 12, 32-33). El deseo del Señor es que todos volvamos nuestros ojos a la cruz, porque allí esta la gloria de Dios, es decir en ella se ha revelado al máximo el amor de Dios por la humanidad. Jesús quiere que volvamos nuestra mirada a la cruz porque ella es nuestra única y verdadera esperanza y si bien ella expresa toda la fuerza negativa del pecado y del mal, sobre todo manifiesta toda la mansa omnipotencia de la misericordia de Dios.

Cercana ya la Semana Santa, Jesús nos exhorta a conocerlo, mirándolo en la cruz. En Él se cumple la Escritura que profetizaba: “Mirarán al que traspasaron” (Zac 12, 10; Jn 19, 37).

Si bien la muerte de los mártires, es decir, de aquellos hermanos nuestros que han muerto y mueren hoy en día dando testimonio de su fe en Cristo deja en nosotros una fuerte convicción de la acción del Espíritu Santo, en el caso de Jesús, el resplandor de su gloria debió ser tan grande, que el centurión que cumplió con sus órdenes de crucificar a Cristo se vio obligado a confesar: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15, 39).  

“Queremos ver a Jesús” (Jn 12,21). Esta petición hecha al apóstol Felipe por los griegos, es también el clamor de los hombres de nuestro tiempo, que piden a los creyentes de hoy no sólo “hablar” de Cristo, sino en cierto modo hacérselo “ver”. ¿Y no es quizá cometido de la Iglesia y de los discípulos del Señor reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio?[1] Para que los demás puedan ver al Señor Jesús, vivo en nosotros, cada uno de nosotros debe primero ser capaz de contemplar la cruz de Cristo para dejarse penetrar y transformar por el Amor que en ella habita. De esta manera la gloria de Dios vivirá en nosotros y desde nosotros se proyectará a los demás. 

Queridos hermanos: Si queremos conocer a Jesús hay que mirarlo en la cruz, pero, sobre todo dentro de la cruz. Así lo enseña el Papa Francisco al decirnos: “El crucifijo, que no es un objeto ornamental o un accesorio para vestir —¡a veces manido!— sino que es un símbolo religioso para contemplar y comprender. En la imagen de Jesús crucificado se desvela el misterio de la muerte del Hijo como supremo acto de amor, fuente de vida y de salvación para la humanidad de todos los tiempos. En sus llagas fuimos curados. Puedo pensar: «¿Cómo miro el crucifijo? ¿Como una obra de arte, para ver si es hermoso o no es hermoso? ¿O miro dentro, en las llagas de Jesús, hasta su corazón? ¿Miro el misterio del Dios aniquilado hasta la muerte, como un esclavo, como un criminal?». No os olvidéis de esto: mirad el crucifijo, pero miradlo dentro. Está esta hermosa devoción de rezar un Padre Nuestro por cada una de las cinco llagas: cuando rezamos ese Padre Nuestro, intentamos entrar a través de las llagas de Jesús, dentro, precisamente a su corazón. Y allí aprenderemos la gran sabiduría del misterio de Cristo, la gran sabiduría de la cruz”.[2]

Cercana ya la Semana Santa, le pedimos a María Santísima, quien estuvo como Madre fiel y amorosa en el Calvario, que nos ayude a conocer y a amar a su Hijo, mirándolo en la cruz, pero sobre todo dentro de la cruz.

San Miguel de Piura, 21 de marzo de 2021
V Domingo de Cuaresma

[1] San Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, 06-I-2001.

[2] S.S. Francisco, Angelus, 18-III-2018.

Puede ver el video de la Santa Misa que presidió nuestro Arzobispo la mañana de hoy AQUÍ

Puede descargar el archivo PDF de esta Homilía de nuestro Arzobispo desde AQUÍ

domingo 21 marzo, 2021