PIURANOS Y TUMBESINOS
NOS UNIREMOS AL PAPA FRANCISCO
EN LA CONSAGRACIÓN DE RUSIA Y UCRANIA
AL CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA

23 de marzo de 2022 (Oficina de Prensa).- Nuestro Arzobispo Metropolitano, Monseñor José Antonio Eguren Anselmi, S.C.V., en una Carta Circular publicada hoy, renueva su invitación a todos los piuranos y tumbesinos a que nos sumemos al Acto de Consagración de Rusia y Ucrania al Corazón Inmaculado de María, que el Santo Padre realizará este viernes 25 de marzo, Solemnidad de la Anunciación del Señor. Nuestro Arzobispo nos anima también a que, en todos los hogares cristianos, verdaderas Iglesias domésticas, los padres de familia, juntos con sus hijos y los abuelos, así como en las Comunidades, Colegios, Movimientos Eclesiales, Hermandades y Cofradías, se rece con fe y devoción este Acto de Consagración.

A continuación, compartimos el pedido de nuestro Pastor.

ARZOBISPADO DE PIURA

            ARZPASTORAL 011/2022

San Miguel de Piura, 23 de marzo de 2022

ACTO DE CONSAGRACIÓN DE RUSIA Y UCRANIA
AL CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA
Viernes 25 de Marzo de 2022

Estimados Párrocos, Rectores de iglesias, Capellanes, Superiores y Superioras de las Comunidades de Vida Consagrada, Responsables de los Movimientos Eclesiales, de Hermandades y Cofradías, y Directores de los Colegios Religiosos:

Tengo a bien hacerles llegar el Acto de Consagración, que el Papa Francisco, pronunciará este viernes 25 de marzo, Solemnidad de la Anunciación del Señor, para consagrar Ucrania y Rusia al Corazón Inmaculado de María, rogándoles que sea este Acto de Consagración, el que usen en sus Misas y Liturgias, en sustitución al que se les envió junto con la Circular ARZPASTORAL 009/2022, el pasado 16 de marzo.

Como lo explica el mismo Papa Francisco en una carta dirigida el día de hoy, esta Consagración, “quiere ser un gesto de la Iglesia universal, que en este momento dramático lleve a Dios, por mediación de la Madre suya y nuestra, el grito de dolor de cuantos sufren e imploran el fin de la violencia, confiando el futuro de la humanidad a la Reina de la Paz”. 

Asimismo en su carta, el Santo Padre pide se unan a este Acto de Consagración, “los sacerdotes, religiosos y demás fieles, rezándolo en los lugares sagrados, para que el Pueblo Santo de Dios eleve la súplica a su Madre de manera unánime y apremiante”. 

Que también en los hogares cristianos, verdaderas Iglesias domésticas, los padres de familia, juntos con sus hijos y los abuelos, así como en nuestras Comunidades, Colegios, Movimientos Eclesiales, Hermandades y Cofradías, se rece con fe y devoción este Acto de Consagración, tal como tuve a bien solicitarlo en mi Carta Circular del pasado 16 de marzo, cuyas demás indicaciones permanecen válidas y vigentes.

Rogando sus oraciones por la Paz y por el Santo Padre, los bendice con afecto en Jesús y María. 

ACTO DE CONSAGRACIÓN
AL 
CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA

Oh María, Madre de Dios y Madre nuestra, nosotros, en esta hora de tribulación, recurrimos a ti. Tú eres nuestra Madre, nos amas y nos conoces, nada de lo que nos preocupa se te oculta. Madre de misericordia, muchas veces hemos experimentado tu ternura providente, tu presencia que nos devuelve la paz, porque tú siempre nos llevas a Jesús, Príncipe de la paz. 

Nosotros hemos perdido la senda de la paz. Hemos olvidado la lección de las tragedias del siglo pasado, el sacrificio de millones de caídos en las guerras mundiales. Hemos desatendido los compromisos asumidos como Comunidad de Naciones y estamos traicionando los sueños de paz de los pueblos y las esperanzas de los jóvenes. Nos hemos enfermado de avidez, nos hemos encerrado en intereses nacionalistas, nos hemos dejado endurecer por la indiferencia y paralizar por el egoísmo. Hemos preferido ignorar a Dios, convivir con nuestras falsedades, alimentar la agresividad, suprimir vidas y acumular armas, olvidándonos de que somos custodios de nuestro prójimo y de nuestra casa común. Hemos destrozado con la guerra el jardín de la tierra, hemos herido con el pecado el corazón de nuestro Padre, que nos quiere hermanos y hermanas. Nos hemos vuelto indiferentes a todos y a todo, menos a nosotros mismos. Y con vergüenza decimos: perdónanos, Señor. 

En la miseria del pecado, en nuestros cansancios y fragilidades, en el misterio de la iniquidad del mal y de la guerra, tú, Madre Santa, nos recuerdas que Dios no nos abandona, sino que continúa mirándonos con amor, deseoso de perdonarnos y levantarnos de nuevo. Es Él quien te ha entregado a nosotros y ha puesto en tu Corazón inmaculado un refugio para la Iglesia y para la humanidad. Por su bondad divina estás con nosotros, e incluso en las vicisitudes más adversas de la historia nos conduces con ternura. 

Por eso recurrimos a ti, llamamos a la puerta de tu Corazón, nosotros, tus hijos queridos que no te cansas jamás de visitar e invitar a la conversión. En esta hora oscura, ven a socorrernos y consolarnos. Repite a cada uno de nosotros: “¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu Madre?”. Tú sabes cómo desatar los enredos de nuestro corazón y los nudos de nuestro tiempo. Ponemos nuestra confianza en ti. Estamos seguros de que tú, sobre todo en estos momentos de prueba, no desprecias nuestras súplicas y acudes en nuestro auxilio. 

Así lo hiciste en Caná de Galilea, cuando apresuraste la hora de la intervención de Jesús e introdujiste su primer signo en el mundo. Cuando la fiesta se había convertido en tristeza le dijiste: «No tienen vino» (Jn 2,3). Repíteselo otra vez a Dios, oh Madre, porque hoy hemos terminado el vino de la esperanza, se ha desvanecido la alegría, se ha aguado la fraternidad. Hemos perdido la humanidad, hemos estropeado la paz. Nos hemos vuelto capaces de todo tipo de violencia y destrucción. Necesitamos urgentemente tu ayuda materna. 

Acoge, oh Madre, nuestra súplica.
Tú, estrella del mar, no nos dejes naufragar en la tormenta de la guerra.
Tú, arca de la nueva alianza, inspira proyectos y caminos de reconciliación.
Tú, “tierra del Cielo”, vuelve a traer la armonía de Dios al mundo.
Extingue el odio, aplaca la venganza, enséñanos a perdonar.
Líbranos de la guerra, preserva al mundo de la amenaza nuclear.
Reina del Rosario, despierta en nosotros la necesidad de orar y de amar.
Reina de la familia humana, muestra a los pueblos la senda de la fraternidad.
Reina de la paz, obtén para el mundo la paz.

Que tu llanto, oh Madre, conmueva nuestros corazones endurecidos. Que las lágrimas que has derramado por nosotros hagan florecer este valle que nuestro odio ha secado. Y mientras el ruido de las armas no enmudece, que tu oración nos disponga a la paz. Que tus manos maternas acaricien a los que sufren y huyen bajo el peso de las bombas. Que tu abrazo materno consuele a los que se ven obligados a dejar sus hogares y su país. Que tu Corazón afligido nos mueva a la compasión, nos impulse a abrir puertas y a hacernos cargo de la humanidad herida y descartada.

Santa Madre de Dios, mientras estabas al pie de la cruz, Jesús, viendo al discípulo junto a ti, te dijo: «Ahí tienes a tu hijo» (Jn 19,26), y así nos encomendó a ti. Después dijo al discípulo, a cada uno de nosotros: «Ahí tienes a tu madre» (v. 27). Madre, queremos acogerte ahora en nuestra vida y en nuestra historia. En esta hora la humanidad, agotada y abrumada, está contigo al pie de la cruz. Y necesita encomendarse a ti, consagrarse a Cristo a través de ti. El pueblo ucraniano y el pueblo ruso, que te veneran con amor, recurren a ti, mientras tu Corazón palpita por ellos y por todos los pueblos diezmados a causa de la guerra, el hambre, las injusticias y la miseria. 

Por eso, Madre de Dios y nuestra, nosotros solemnemente encomendamos y consagramos a tu Corazón inmaculado nuestras personas, la Iglesia y la humanidad entera, de manera especial Rusia y Ucrania. Acoge este acto nuestro que realizamos con confianza y amor, haz que cese la guerra, provee al mundo de paz. El “sí” que brotó de tu Corazón abrió las puertas de la historia al Príncipe de la paz; confiamos que, por medio de tu Corazón, la paz llegará. A ti, pues, te consagramos el futuro de toda la familia humana, las necesidades y las aspiraciones de los pueblos, las angustias y las esperanzas del mundo.

Que a través de ti la divina Misericordia se derrame sobre la tierra, y el dulce latido de la paz vuelva a marcar nuestras jornadas. Mujer del sí, sobre la que descendió el Espíritu Santo, vuelve a traernos la armonía de Dios. Tú que eres “fuente viva de esperanza”, disipa la sequedad de nuestros corazones. Tú que has tejido la humanidad de Jesús, haz de nosotros constructores de comunión. Tú que has recorrido nuestros caminos, guíanos por sendas de paz. Amén. 

Puede descargar esta Carta Circular de nuestro Arzobispo AQUÍ

Puede descargar el Acto de Consagración AQUÍ