«PARA SER SANTOS Y TRANSFIGURAR AL MUNDO,
HAY QUE ESCUCHAR A JESÚS»
RECEMOS A SAN MIGUEL POR LA PAZ EN UCRANIA

Arzobispo celebra Santa Misa en el II Domingo de Cuaresma

13 de marzo de 2022 (Oficina de Prensa).- La mañana de hoy, nuestro Arzobispo Metropolitano, Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., presidió la Santa Misa correspondiente al II Domingo de Cuaresma, en la Basílica Catedral de Piura. 

En el noveno año de su elección, oremos por el Papa Francisco

La Santa Misa fue especialmente ofrecida en acción de gracias por el noveno aniversario de elección de nuestro querido Papa Francisco. Monseñor Eguren reiteró su llamado a todos los fieles de nuestra Arquidiócesis a elevar, hoy y siempre a Dios Padre, una oración de agradecimiento por el don de la elección del Papa Francisco y a continuar rezando fervorosa e intensamente por su santidad, salud e intenciones, así como por los frutos de su ministerio petrino. 

A continuación, compartimos el íntegro de la Homilía pronunciada hoy por nuestro Pastor:

“Para ser santos y transfigurar el mundo, hay que escuchar a Jesús”

Seguimos avanzando en el camino de la Cuaresma. En el segundo domingo de este tiempo penitencial, la Liturgia de la Palabra nos presenta el episodio de la Transfiguración según San Lucas (ver Lc 9, 28-36). La Transfiguración fue un acontecimiento real e histórico del cual fueron testigos Pedro, Santiago y Juan, apóstoles a quienes Jesús llevó consigo al monte a orar, como era su costumbre. Y delante de ellos, el Señor se transfiguró: “Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante” (Lc 9, 29). Es decir, el Señor les hizo ver por un instante su divinidad a través de su humanidad, les hizo experimentar la gloria del Hijo de Dios, la gloria del Hijo eterno del Padre.

San Lucas precisa que la Transfiguración ocurrió mientras el Señor oraba, por tanto, aquí hay una enseñanza muy importante y fundamental para nuestra vida cristiana: La oración es el medio imprescindible para nuestra transformación en “otros cristos”. Por la oración, que es un don de Dios, me encuentro con Jesús, voy derribando los muros de mi egoísmo y de mi pecado, y voy uniéndome al Señor, adquiriendo su forma de pensar, sentir y actuar, hasta poder exclamar con San Pablo: “Vivo yo, pero no yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20).

Sin oración, sin ese tratar frecuentemente con Aquel que sé que me ama, no hay posibilidad de transfigurarme en Cristo el hombre nuevo y perfecto, y no hay posibilidad de cambiar el mundo para llenarlo de la luz divina, hoy más necesaria que nunca, cuando vemos cómo las tinieblas de la guerra cubren peligrosamente al mundo. Ahora bien, la oración auténtica, aquella hecha en comunión con el Señor, me exige morir y renunciar a todo aquello que hay en mí, que me impide “vivir en Cristo” (Flp 1, 21) y existir en Él (ver Flp 3, 8-9).

Pero hay tres detalles más de la escena de la Transfiguración que debemos destacar y comentar. El primero es la exclamación de Pedro cuando ve a Cristo transfigurado: “Maestro, bueno es estarnos aquí” (Lc 9, 33). Podemos concluir que, si Pedro se entusiasma tanto y se llena de gozo experimentando apenas un rayo de la divinidad de Cristo en el Tabor, ¡cómo será nuestra alegría de plena y total cuando veamos al Señor cara a cara en el Cielo! (ver 1 Cor 13, 12). La experiencia de la Transfiguración llevará a San Juan a escribirnos este hermoso pasaje en su primera carta, que sin lugar a dudas tiene los ecos de lo que vivió ese día: “Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2).

Todos hemos tenido, en mayor o menor medida, una experiencia como la de Pedro, sea cuando hemos experimentado lo bien que nos sentimos en la Santa Misa, o cuando hemos adorado al Santísimo Sacramento, o rezado a solas o en comunidad, o cuando hemos asistido con caridad a Cristo en el pobre, o rezado delante de la Virgen María implorando su maternal intercesión.

Todos hemos dicho, aunque sea interiormente: ¡Qué bien me siento! ¡Qué paz que tengo aquí, qué felicidad la que experimento! Con lo cual podemos concluir que la felicidad que aquí en la tierra experimentamos con Jesús, la Virgen y los hermanos, gracias al don de nuestra fe, no es más que un destello de la felicidad que nos aguarda en el Cielo, la cual es infinita y eterna como bien describe el libro del Apocalipsis cuando nos habla de la condición de los bienaventurados, es decir de los que han merecido la salvación: “Verán el rostro del Señor, y tendrán su nombre en la frente. Y no habrá más noche, y no necesitarán luz de lámpara ni de sol, porque el Señor Dios alumbrará sobre ellos, y reinará por los siglos de los siglos” (Ap 22, 4-5).

El segundo detalle, que es propio y único de San Lucas, es que el Evangelista nos cuenta de qué hablaban Elías y Moisés con Jesús: Hablaban de la hora de su Pasión. Con estas palabras lo relata San Lucas: “He aquí que conversaban con Él dos hombres, que eran Moisés y Elías, los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén” (Lc 9, 30-31).

Por eso, San Paulo VI, definía muy bien el mensaje del misterio de la Transfiguración del Señor con la siguiente expresión: “Por la cruz, a la luz”. Efectivamente, nuestra vida es ciertamente un camino hacia la luz perpetua del Cielo. Pero es un camino que pasa necesariamente a través de la Cruz y del sacrificio. Hasta el último momento habremos de luchar contra el demonio, nuestro hombre viejo y el mundo.

Es posible que también llegue a nosotros la tentación de querer hacer compatible la entrega que el Señor nos pide con una vida fácil, cómoda, sin sufrimiento, sin cruz, sin exigencia alguna de muerte personal, donde arrancando las páginas incómodas del Evangelio pretendamos vivir un evangelio amoldado a nuestro egoísmo y en sintonía con las corrientes de moda del mundo de hoy. “¡Pero no es así! El cristianismo no puede dispensarse de la cruz: la vida cristiana no es posible sin el peso fuerte y grande del deber… Si tratásemos de quitarle esto a nuestra vida, nos crearíamos ilusiones y debilitaríamos el cristianismo; lo habríamos transformado en una interpretación muelle y cómoda de la vida”.[1] Y bien sabemos que ésta, no es la senda que nos señaló el Señor.

Queridos hermanos: Jesús sabía que sus discípulos quedarían profundamente desconcertados al presenciar los hechos de la Pasión. Por eso, condujo a tres de ellos, a Pedro, a Santiago y a Juan, quienes lo iban a acompañar en su Agonía en el Huerto de Getsemaní, a la cima del monte Tabor para que contemplaran su gloria, y así no desfallecieran ante el escándalo de la Cruz. También a nosotros el Señor nos quiere confortar, sobre todo en la Misa Dominical, con la esperanza del Cielo que nos aguarda, para que cuando el camino se haga costoso y asome el desaliento, seamos fuertes y perseveremos.

Finalmente, al diálogo de Jesús con Moisés y Elías, donde la Ley y los Profetas dan unánime testimonio de que Jesús es el Mesías esperado, se une el Padre desde el Cielo proclamando: “Este en mi Hijo, mi Elegido, escuchadle” (Lc 9, 35).

El Padre da solemne testimonio que su Palabra de salvación está en medio de nosotros, y nos exhorta a la obediencia de la fe: ¡Escuchadlo! Lo mismo nos pidió María Santísima, la Madre de Dios, en Caná de Galilea: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2, 5). El Padre y la Madre de Jesús, nos invitan a escuchar a su Hijo, a hacerle caso en nuestras vidas, y a seguirle con decisión, en una palabra, a creer en Él.

Preguntémonos: Como Santa María: ¿Sé escuchar a Jesús y me esfuerzo por seguirle con todo mi corazón? ¿Acojo en mi vida su Palabra y con la ayuda de la gracia divina me esfuerzo por vivirla con todas sus exigencias? ¿Cuán dispuesto estoy a abrazarme a su Cruz, consciente de que no hay cristianismo sin cruz? ¿La fidelidad a Cristo es el valor central de mi vida cristiana? ¿Estoy dispuesto a ir en contra de la corriente del mundo, aun cuando ello me pueda acarrear persecuciones, incomprensiones, y dolor? ¿La meta del Cielo, llena mi vida cristiana de esperanza y fortaleza, de alegría y perseverancia mientras peregrinamos por este “valle de lágrimas” que es la tierra? Sólo seremos santos y transfiguraremos el mundo si escuchamos a Jesús y hacemos todo lo que Él nos diga.         

Recemos a San Miguel por la Paz en Ucrania

Queridos hermanos: En este Domingo de la Transfiguración, pidamos al Señor, que llene con el consuelo de su gloria divina y con su paz a Ucrania, en estos días tan atormentada y torturada por la locura de la guerra.

Ya son más de dos millones y medio de refugiados que vienen huyendo de la diabólica violencia, y hay miles de heridos y muertos, sin contar con el desolador panorama de la destrucción de ciudades y poblaciones enteras. Ucrania se está convirtiendo en un campo de batalla donde inocentes civiles están siendo brutalmente asesinados.

Horror y condena ha causado especialmente el reciente bombardeo al hospital materno infantil de la ciudad portuaria de Mariúpol, conocida como la ciudad de María, donde además hay cerca de 400,000 personas sin la posibilidad de poder huir. Desde hace varios días, los soldados rusos han sitiado la ciudad y los civiles se encuentran atrapados con apenas luz, comida y calefacción en pleno crudo invierno. Los que no logran sobrevivir son enterrados en fosas comunes algo que no se veía desde la época nazi, según ha denunciado el Patriarca ucraniano greco católico, Monseñor Sviatoslav Shevchuk. Por eso hoy el Papa en su Angelus dominical, ante la dramática guerra en Ucrania ha exclamado: “Con dolor en el corazón, uno mi voz a la de la gente común, que implora el fin de la guerra, en nombre de Dios, que se escuche el grito de quien sufre y se ponga fin a los bombardeos y a los ataques…En nombre de Dios os pido, ¡parad esta masacre!”[2]

Desde Piura, imploramos al Señor que bendiga a Ucrania, salve a sus hijos, y le conceda la paz. Y que San Miguel Arcángel, patrono de Kiev y de Piura, cuya imagen hemos entronizado en nuestra Catedral con las banderas entrelazadas de nuestros dos países, defienda a ese querido pueblo de la injusta agresión que está sufriendo.

Que San Miguel luche por la paz en ese país, y que al grito de “Quién como Dios”, arroje fuera al demonio que ataca y mata, y así ponga fin a la guerra, a la destrucción, al sufrimiento y a la muerte de muchísimos. Los invito a todos a seguir rezando diariamente, junto con el Santísimo Rosario, la Oración a San Miguel, para que Dios conceda a Ucrania y al mundo entero el don de la paz. Amén.

San Miguel de Piura, 13 de marzo de 2022
II Domingo de Cuaresma

[1] San Paulo VI, Homilía durante el Via Crucis del Viernes Santo, 08-IV-1966.

[2] S.S. Francisco, Angelus, 20-III-2022.

Mujer embarazada es evacuada del edificio bombardeado del centro materno-infantil de la ciudad portuaria de Mariupol (Ucrania).

Mujer embarazada herida es rescatada de las ruinas del bombardeado centro materno-infantil de Mariupol (Ucrania).

Puede descargar el archivo PDF de la homilía pronunciada hoy por nuestro Arzobispo AQUÍ 

Puede ver el video de la transmisión de la Santa Misa de hoy AQUÍ