ORACIÓN PATRIÓTICA CON OCASIÓN DEL LXXX ANIVERSARIO DE LA INMOLACIÓN DEL CAPITÁN FAP. JOSÉ ABELARDO QUIÑONES GONZALES

18 de julio del 2021 (Oficina de Prensa).- En medio de un clima de profundo agradecimiento a Dios, nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., pronunció la mañana de hoy una Oración Patriótica durante la Santa Misa con ocasión del 80° Aniversario de la inmolación del Capitán FAP don José Abelardo Quiñones Gonzales. La Eucaristía se celebró en la Basílica Catedral de Piura, respetando el aforo permitido y observando todos los protocolos de bioseguridad. También fue transmitida virtualmente, en vivo, a través de la redes sociales del Arzobispado.

Estuvieron presentes en la Santa Misa el Alto Mando de la Fuerza Aérea en nuestra Región, conformado por el Mayor General FAP Javier Tryon Carbone, Comandante General del Ala Aérea N° 1, el Coronel FAP Edar Echegaray Pacheco, Jefe de Estado Mayor del Ala Aérea N° 1 y el Coronel Juan Ricardo Ruesta Changman, Comandante del Grupo Aéreo N° 7, asimismo, un grupo representativo de oficiales, suboficiales, técnicos, personal de tropa y personal civil que forman parte de la Fuerza Aérea del Perú en Piura, así como las esposas de los oficiales FAP que integran la Asociación de Damas de la Virgen de Loreto.

Al finalizar la Eucaristía, todos los presentes entonaron las sagradas notas del Himno Nacional del Perú y del Himno de la Fuerza Aérea Peruana, acompañados por los acordes de la Banda de Guerra del Ala Aérea N° 1.

A continuación compartimos la Oración Patriótica completa pronunciada hoy por nuestro Arzobispo:

80° ANIVERSARIO DE LA INMOLACIÓN
DEL CAPITÁN FAP
JOSÉ ABELARDO QUIÑONES GONZALES

Una Nación que no rinde homenaje a los hombres que le dieron gloria, es una Nación que no tiene encendida la antorcha de los ideales que la hacen grande. En cambio, aquella Nación que rinde merecido tributo a sus héroes, sabe inspirarse en su ejemplo imperecedero de vida para forjarse un destino de grandeza. Es por eso que nos hemos congregado esta mañana para enaltecer los méritos de uno de los hijos más queridos del Perú, el Capitán FAP José Abelardo Quiñones Gonzales, Héroe de Quebrada Seca y Gran General del Aire del Perú, con justicia llamado “el guerrero del aire insuperable”, quien el 23 de julio de 1941, voló a la eternidad al entregar su vida por nuestra amada Patria, el Perú. Dentro de pocos días conmemoraremos el 80° aniversario de su inmolación durante el conflicto armado con el Ecuador, donde defendió con valentía y sacrificio heroicos el honor nacional. Su ejemplo, digno de ser imitado por todos los peruanos, constituye una inextinguible lección de patriotismo para nosotros, y especialmente para las futuras generaciones de peruanos. Quiñones fue en realidad un predestinado para la gloria. Ya en sus años de formación como aviador militar, había expresado en dos contundentes y definitivas frases el ideal que ardía apasionantemente en su juvenil corazón: “Todo ser humano tiene en el camino su pedestal de héroe. El mérito consiste en que, llegado el momento, tenga el coraje suficiente para subir a él” … “El aviador, llegado el momento debe ir hasta el sacrificio”.

Quiñones siempre soñó con ser héroe, es decir, siempre anheló los más altos ideales, aquellos que llenan de sentido pleno la vida. Los rasgos esenciales que definían su personalidad eran la fortaleza de ánimo, que lo volvía capaz de superar cualquier obstáculo y dificultad, y la serena aspiración a la gloria, propia de los grandes corazones y espíritus heroicos. Qué modelo para nuestra juventud de hoy tan asediada y tentada por las ideologías de moda, el reclamo fácil, el hedonismo, la violencia, el afán de tener, poder, y placer impuro. Qué juicio y condena, para aquellos que, en vez de servir al Perú, quieren servirse de la Patria para sus agendas políticas o intereses personales o de grupo. Quiñones es el joven héroe que, con apenas 27 años de edad, nos dejó una lección imperecedera de honor y de amor al Perú, cuando aquel 23 de julio de 1941, supo defender a su Patria con su vida, enseñándonos a todos, pero especialmente a la juventud peruana, que la vida sólo se despliega plenamente cuando ésta se entrega por amor, porque no hay nada más grande que dar la vida para que otros vivan (ver Jn 15, 13).

Quiñones, no conocía el miedo, y por eso, noble y honesto en su anhelo, llegó exacto a la cita en que se jugaba el destino del Perú. Inflamado de auténtico amor por su Patria, como bólido encendido, rompe sus fuegos, una y otra vez, contra aquellos que intentaron mancillar nuestro suelo, enseñándonos que al Perú no se le manosea, sino todo lo contrario, se le ama y se le sirve poniéndolo siempre por delante, defendiéndolo de todo enemigo externo e interno que ponga en riesgo la soberanía nacional y la seguridad de todos los peruanos.

En el momento crucial de la batalla, su avión prendió fuego por sus cuatro costados, pero Quiñones no se amilanó. Herido por desventura, y en vez de salvarse lanzándose en su paracaídas, en cuyo uso era diestro, enfila su aeronave cual dardo encendido hacia las baterías enemigas, y se estrella contra ellas para silenciarlas completamente, haciendo honor al lema “derribado pero sobre el objetivo”.

La heroicidad de Quiñones no fue improvisada. Su heroísmo no fue un acto o arrebato del momento, sino fruto de su educación y formación, del cultivo de las virtudes y de los valores en el seno de su familia y de los colegios donde estudió. Su heroicidad se fue construyendo en primer lugar en su hogar cristiano y católico, formado por sus padres José María Quiñones Arisola y María Juana Rosa Gonzáles Orrego, en unión con sus hermanos José Salvador y Raúl Augusto.

Junto con el hogar, colaboran en la formación de nuestro héroe las distintas escuelas donde estudió: La Escuela de Educación Inicial “Juana Alarco de Dammert”, que dirigían las hermanas Elvira, Delia y Esperanza Bulnes. El Colegio Nacional “San José” de Chiclayo, cuyo director Karl Weiss, al impulsar la actividad del vuelo en planeador, fortaleció en Quiñones su amor por la aviación, ya despertado en él por las hazañas de destacadas figuras de la aeronáutica civil peruana, como Jorge Chávez y Juan Bielovucic. Y los colegios secundarios limeños de los “Sagrados Corazones” de la Recoleta y el Colegio Nacional “Nuestra Señora de Guadalupe”.

Es oportuno señalar que el Colegio de la Recoleta era un plantel regido por sacerdotes franceses que habían participado como capellanes durante la I Guerra Mundial. De ellos aprenderá Quiñones, no sólo a amar a Dios, sino también el amor a la Patria, la disciplina, la valentía y el coraje. Posteriormente ingresará como cadete, el año 1935, a la Escuela de Oficiales de Aeronáutica “Jorge Chávez”, y hace la primera revelación de sus extraordinarias condiciones como aviador, al realizar su primer vuelo “solo” con únicamente cuatro horas y media de instrucción.

Son en los ámbitos de la familia y la escuela, donde nuestro Héroe aprende a amar al Perú, y forja su personalidad abnegada, vivaz, llena de fortaleza y arrojo; donde aprende a ser honesto, valiente, leal, disciplinado, paciente y buen amigo. Gracias a este binomio familia-escuela, a la cual se unió la formación recibida en su amada Fuerza Aérea del Perú, la cometa, firmemente unida al tenso cordel, que en su niñez Quiñones echó al viento, con el paso de los años se convirtió en el legendario avión North American NA-50 “Pantera”, quien comandado por el audaz piloto, señor y caballero de los aires, voló hacia la inmortalidad, elevando a nuestro joven Teniente a la condición de héroe y paradigma nacional, hoy reconocido póstumamente por la Ley N° 29160, del 18 de diciembre de 2007, con el grado de Gran General del Aire. La heroicidad de Quiñones fue posible gracias al amor fiel y generoso de sus padres. Gracias a ese amor, él pudo crecer sereno, ganar confianza en sí mismo y en la vida, y aprender a ser capaz de vivir un amor auténtico y generoso hasta el sacrificio.

La heroicidad de Quiñones también fue posible gracias a que tuvo buenos maestros que le dieron un testimonio coherente de vida, y le ayudaron a templar su carácter, enseñándole a distinguir entre el bien y el mal, y a construir su vida sobre sólidas reglas, las cuales le sostuvieron en las pruebas futuras y de manera especial, el día de su inmolación. Sólo con familias fuertes, edificadas sobre matrimonios fuertes entre un varón y una mujer, y con buenas escuelas que tengan al frente buenos maestros, el Perú siempre tendrá la posibilidad de contar con héroes que estén dispuestos a entregar sus vidas por la Nación, haciendo de nuestra Patria, una Patria digna, libre y soberana, donde reinen la unidad y la paz.       

Quisiera dedicar mi reflexión final a una virtud en la cual el Capitán FAP José Abelardo Quiñones destacó: La amistad. Para ello quisiera leerles parte del testimonio del Técnico de Segunda FAP Carlos Raffo García, quien fuera el encargado del mantenimiento del avión de nuestro héroe. Este testimonio que consta en los Archivos de la Dirección de Información de la Fuerza Aérea del Perú, manifiesta cuán alta era esta virtud en la vida de Quiñones, la cual no sólo se limitaba a los oficiales, sino que se extendía también al personal subalterno, dándonos así una maravillosa lección de cómo en un instituto militar, como la Fuerza Aérea del Perú, debe vivirse la amistad dentro de la jerarquía y disciplina que caracterizan a todo instituto armado, y cómo ella ayuda a vivir mejor nuestras responsabilidades y deberes. Leo a continuación el vibrante y emocionante testimonio de Carlos Raffo:

“La confianza que tenía hacia mi persona era tanta que me sentía en todo momento comprometido hasta con lo mínimo de mi trabajo, para que en ningún momento él se sintiera defraudado. «Cuando estoy allá arriba en las alturas, tengo dos motivos para sentirme firme y seguro de lo que hago…la mano de Dios y tus manos amigo», me decía. Fueron muchas veces que él salía rumbo a lo alto, se despedía desde su cabina y yo levantaba mi mirada hasta que desaparecía de mi vista. Nunca imaginé que aquel 23 de julio, él subliminalmente se despidiera y yo no. En el fondo presentía su partida; después de revisar su avión y abrir la cabina me dio un abrazo y apretando muy fuerte mi mano me dijo: «Agradezco a Dios por habernos encontrado en el camino…Gracias Carlos, gracias». Entonces yo le dije: «Agradezco sus palabras mi Teniente, el tiempo y el destino nos ha marcado para encontrarnos en esta etapa de nuestras vidas y créame que me siento muy contento de conocerlo y que usted me considere su amigo». Esas fueron las últimas palabras que cruzamos…después todo está escrito. Nunca imaginé que aquel joven de vida corta, hiciera su gloria eterna. Su imagen se quedó entre nosotros como un rápido y rasante vuelo; como aquel vuelo invertido del día de su graduación. Hasta ahora sigo contando esta historia a las nuevas generaciones. José Quiñones fue un magnífico aviador, una estupenda persona pero sobre todo un gran amigo…Mucha gente entrará y saldrá de tu vida, pero sólo los amigos verdaderos dejarán huellas en tu corazón. Porque es muy difícil encontrar un buen amigo…Más difícil todavía dejarlo, e imposible olvidarlo”.       

El ejemplo de Quiñones no ha sido en vano. Su estela indeleble ha sido seguida por muchos aviadores de nuestra Fuerza Aérea en estos 80 años.

Por citar algunos nombres ahí están los héroes del Cenepa, el Coronel Schenone, el Coronel Maldonado, el Comandante Caballero, el Mayor Phillips, el Mayor Alegre, el Capitán Vera y el Técnico Díaz, con quienes seguramente compartió misiones de defensa nacional nuestro actual Comandante General del Ala Aérea N° 1.

Y con ellos los aviadores de la paz caídos en el VRAEM, los Comandantes Ángel Vejarano Pacheco y Jorge Sánchez Pérez, y el mecánico armero, Técnico de Tercera FAP Carlos Arturo Caicedo Castro, entre otros. Y más recientemente, el Comandante FAP Luis Manuel Humberto Flores Muñoz, el Capitán FAP Bryan Steve Calleja Martins, el Técnico de Primera FAP Ronal Wilton Cortéz Miñope, y el Técnico de Segunda FAP Nicolás Estrada Orejón, fallecidos al caer el helicóptero en el que se desplazaban hacia la localidad de Chija, provincia de Bagua, región Amazonas, para llevar alimentos del programa “Qali Warma”, a los sectores vulnerables de la Amazonía peruana. Todos ellos son “Héroes de la Democracia y de la Paz”, valerosos aviadores, que cumplieron hasta el final la misión de defendernos del terrorismo, ese que ahora amenaza volver para arrebatarnos nuestras libertades fundamentales y democracia, así como llevar esperanza y ayuda a quienes más lo necesitaban. Con cuánta razón se afirma que, “los aviadores no mueren, simplemente vuelan más alto. Arriba, siempre arriba”.

Nuestro homenaje también a nuestros aviadores militares, que desde el primer día de la pandemia salieron a enfrentar a un enemigo invisible e impasible, para brindarnos a todos seguridad y tranquilidad.

Ellos también han sufrido la muerte y el contagio, el dolor de ver compañeros de armas, personal civil y eclesiástico, fallecidos y enfermos, entre ellos el Reverendo Padre Edgar Peña, capellán castrense del Grupo Aéreo N° 11 con sede en Talara, y a pesar de todo no han claudicado ni un solo momento, prodigándose en tareas que han contribuido al orden interno y al control de la pandemia. A todos ellos recordamos hoy también en nuestra oración. Además, los miembros de nuestra Fuerza Aérea, vienen realizando loables campañas cívicas de salud, alimentación y evacuaciones aeromédicas.

Por eso y mucho más, es hora de que el Supremo Gobierno no sólo reconozca de palabra sino con gestos concretos el gran sacrificio que realizan a diario nuestros hermanos que visten el uniforme azul de la Patria, con mejores remuneraciones, y dotándolos de los equipos y unidades aéreas que necesitan para realizar su misión fundamental cual es, la de defender y conservar la independencia nacional, dar seguridad y estabilidad a la República, y preservar el honor y la soberanía nacional. Es urgente que el gobierno comprenda, de una vez por todas, que tener una Fuerza Aérea fuerte es fortalecer al Perú.

Que Nuestra Señora de Loreto, Madre y Reina de los aviadores, derrame abundantes bendiciones sobre nuestra Fuerza Aérea, sus miembros y sus familias.

Queridos Aviadores Militares: Ustedes son los herederos de Quiñones, de su heroicidad, de su hazaña inmortal. Como canta vuestro Himno institucional, cuiden en los cielos a nuestra hermosa Patria, con orgullo y con valor, y velen siempre porque en todo nuestro territorio bata invicta su ala solamente y siempre nuestro gran bicolor. 

¡Honor y gloria al Gran General del Aire del Perú don José Abelardo Quiñones! 

¡Honor y gloria a la Fuerza Aérea del Perú! 

¡Honor y gloria a nuestra Patria: el Perú!

 San Miguel de Piura, 18 de julio de 2021

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Puede ver la Santa Misa celebrada el día de hoy por nuestro Arzobispo AQUÍ

domingo 18 julio, 2021