ORACIÓN PATRIÓTICA CON OCASIÓN DEL BICENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA DEL PERÚ

27 de julio de 2021 (Oficina de Prensa).- Con ocasión de celebrarse el Bicentenario de la Independencia del Perú, los piuranos participaron de la Santa Misa y Te Deum en la Basílica Catedral de nuestra ciudad, respetando el aforo permitido y observando todos los protocolos de bioseguridad. La celebración eucarística estuvo presidida por nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi, S.C.V., y se contó con la asistencia de las más altas autoridades políticas, civiles, militares, diplomáticas y universitarias de la Región, presididas por el Dr. Servando García Correa, Gobernador Regional de Piura y el General de División EP Orestes Vargas Ortíz, Comandante General de la Primera División de Ejército y Comandante del Comando Operacional del Norte, así como de los miembros de las Asociaciones Cívico Patrióticas de nuestra ciudad. 

Al finalizar la Santa Misa con gran júbilo y expresando gran amor por el Perú, todos los presentes entonaron a viva voz el Himno Te Deum y las sagradas notas de nuestro Himno Nacional, acompañados por la Banda de Músicos de las Fuerzas Armadas del Perú.

A continuación les ofrecemos el texto completo de la Oración Patriótica que pronunció nuestro Arzobispo en esta importante ocasión:

ORACIÓN PATRIÓTICA
CON OCASIÓN DEL BICENTENARIO
DE LA INDEPENDENCIA DEL PERÚ 

En medio de una injusta crisis política, sanitaria, económica y educativa nunca imaginada, celebramos el Bicentenario de nuestra Independencia. Hubiéramos deseado una situación histórica completamente diferente para nuestro querido Perú, al celebrar nuestro país doscientos años de emancipación, pero lamentablemente no es así. Parece que no hemos aprendido la lección histórica que nos enseña que la unidad y la moral de un país se tienen que defender y alimentar cada día, con sacrificio y, en nuestro caso, además, con el aliento de nuestra fe católica. Los aciagos momentos que vivimos son fruto de haber buscado defender sólo el progreso económico más no el bien espiritual y el sentir solidario que necesitaba nuestro país, y por eso ahora estamos viviendo sus duras consecuencias.

El Generalísimo, don José de San Martín

Ofrecemos hoy la Santa Misa por nuestra querida Patria, siguiendo así la tradición que instituyera don José Francisco de San Martín y Matorras, a quien el Perú confirió agradecido los títulos de «Fundador de la Libertad del Perú», «Fundador de la República», «Generalísimo de las Armas», y «Protector del país». De todos sus títulos, San Martín, declara en su testamento, que el de Generalísimo del Ejército del Perú, es el primero de todos.

Después de haber proclamado la Independencia de nuestro país el 28 de julio de 1821, San Martín, solicitó al entonces Arzobispo de Lima, Monseñor Bartolomé de las Heras, que agradeciera a Dios el don de la libertad con la celebración de una Misa solemne, a la cual siguió el canto del himno del «Te Deum laudamus», «A ti, oh Dios, te alabamos», himno que se entona sólo en ocasiones importantes para agradecer al Señor por sus grandes beneficios. La Misa se celebró el 29 de julio.

Recuerdo y oración por las víctimas de la pandemia

Suplicamos a Jesucristo, Señor de la Historia, que bendiga, proteja, y en las actuales circunstancias, una, defienda y sane, a nuestra amada Patria, de la delicada coyuntura que vivimos, en donde la crítica situación sanitaria que aún nos afecta, se ha visto agravada con el mal moral de muchos, todo lo cual golpea con especial crueldad a los más pobres. Recordamos hoy en nuestra oración, a los más de ciento noventa y cinco mil peruanos fallecidos durante la pandemia, dentro de los cuales hay cerca de diez mil piuranos. Pedimos al Señor Jesús, les otorgue el don de la vida eterna, y a sus familiares y amigos, una fe inquebrantable en la esperanza de la Resurrección. Asimismo, reiteramos nuestro enérgico repudio a la indolencia e incapacidad con que los últimos gobiernos han manejado la pandemia, convirtiendo al Perú en uno de los países con peor manejo pandémico a nivel mundial, a pesar de contar con los recursos económicos para enfrentar este flagelo. Nunca más debe ocurrir entre nosotros un genocidio como el vivido, que ha superado a todas las muertes juntas de diez años de terrorismo y a las de la Guerra del Pacífico.    

La desunión: mal endémico del Perú

La actual situación que vivimos, ha desnudado una vez más, con dolorosa crudeza, la mayor debilidad que tenemos los peruanos: La desunión. Después de doscientos años de Independencia, qué lejos estamos de haber hecho realidad el ideal de nuestros mayores, plasmado en el lema, «Firme y Feliz por la unión», divisa que, por Orden del Congreso del 25 de febrero de 1825, y del Decreto del Consejo de Gobierno del 28 de mayo de 1825, se convirtió en el lema del Perú, y se acuñó por muchos años en nuestras monedas de oro y plata.

Hoy vemos con dolor un país dividido, enfrentado, polarizado y encrespado, y lo más peligroso, amenazado por una minoría totalitaria en su convivencia democrática y en sus libertades fundamentales. Ya el Generalísimo don José de San Martín, Libertador del Perú, avizoraba que, en la gesta emancipadora de su Patria, la Argentina, y de Chile y el Perú, la gran batalla a librar sería contra la desunión. Por eso el 20 de abril de 1815 escribe: «Nuestra existencia fenecerá si permanecemos en el estado de anarquía presente, y que sin la unión nada podemos ni valemos».

La auténtica unidad y cómo alcanzarla

Ahora bien, la auténtica unidad, sólo se alcanza en la verdad, jamás en la mentira. Con la mentira sólo se va a la desunión, a la desconfianza, a la violencia, a los enfrentamientos, y a la pobreza moral y económica. Sólo en la verdad se puede vivir y gobernar, nunca en falsedad y engaño.

Por eso, en las actuales circunstancias que vive el Perú, es fundamental encontrar la verdad en todos los niveles de nuestra vida social y política. Sólo ella nos hará verdaderamente libres, y evitará convulsiones sociales siempre dolorosas e innecesarias. Sólo la verdad ilumina los caminos de la paz, sólo la verdad fortalece los medios de la paz, sólo la verdad es la fuerza de la paz.

De otro lado, la unidad, que nos es tan esquiva en nuestra vida republicana, sólo se alcanza rechazando el uso de medios equívocos o ilícitos para conquistar, mantener y aumentar el poder a cualquier precio. Por eso es tan importante que los procesos electorales sean limpios y transparentes. Las elecciones, son la base del sistema democrático, y ellas se fundamentan en el respeto al voto personal, secreto y libre de cada ciudadano, por eso deben llevarse a cabo de forma limpia, a fin de que se acate estrictamente el resultado de las urnas, en respeto a la decisión soberana del pueblo.   

Asimismo, la unidad se alcanza, cuando la política se concibe como una forma emitente de caridad y de servicio, y a través de ella se promueve y defiende la dignidad de la persona humana, con todas sus exigencias, incluidas las trascendentes y eternas, y no como una forma de alcanzar el poder para servir a horizontes propios o ideológicos. La unidad se alcanza cuando se trabaja ardorosamente por el bien común, y cuando no se envilece la política haciendo de ella un instrumento para saciar apetitos personales o beneficiar intereses de grupo.

Finalmente, la unidad se alcanza, cuando los gobernantes y los políticos son conscientes que socavar la fe en Dios, y no respetar el derecho humano a la libertad religiosa, a la larga, se vuelve contra el hombre mismo y contra la fraterna convivencia humana, y en el caso del Perú, se vuelve contra su identidad nacional, ya que nuestro país es un pueblo cristiano, identificado con Cristo y su Madre, la Virgen María. Sin falsos triunfalismo podemos afirmar que, la identidad nacional del Perú existe por la fe en Cristo y el espíritu filial a María Santísima. No hay que, olvidar que más del 90% de los peruanos se identifica con la fe cristiana. 

De qué nos hablaría San Martín en el Bicentenario

A lo largo de estas semanas me he venido preguntando, ¿qué nos diría San Martín si viniera hoy al Perú? ¿Qué nos diría doscientos años después de haber proclamado la Independencia? ¿De qué nos hablaría?

En primer lugar, y como he venido diciendo, nos reclamaría unidad, y muy posiblemente nos repetiría lo que nos dijo en la víspera de su partida del Perú: «Peruanos: os dejo la representación nacional que vosotros mismos habéis establecido; si tenéis en ella entera confianza, podéis estar seguros de triunfar; si no, la anarquía va a devoraros. Que Dios os haga felices en todas vuestras empresas y os eleve al más alto grado de paz y de prosperidad».

Pienso que nuestro Libertador nos hablaría hoy de que hay que defender la verdadera democracia con inteligencia, unidad y firmeza.

Para ello nos diría que la auténtica democracia debe construirse sobre el sólido fundamento de la verdad y de los valores morales que tienen su sostén no en el relativismo moral y ético hoy imperantes, sino en la ley natural inscrita en el corazón del hombre, porque el bien propio se encuentra vinculado con el bien de los otros. Una democracia sólo se sostiene con los valores que ella encarna y promueve, ahí se encuentra su fortaleza o su debilidad. Entre ellos, son fundamentales e imprescindibles: La paz, la verdad, la justicia, la defensa y promoción de la dignidad de cada persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, el respeto a sus derechos inviolables e inalienables, entre ellos la libertad, que es libertad para el bien y el amor, y el considerar al bien común como fin y criterio regulador de la vida política. 

Para defender la verdadera democracia, será importante respetar el estado de derecho, fortalecer a las instituciones hoy muy debilitadas y algunas roídas y tomadas por dentro, así como promover los derechos fundamentales de la persona, especialmente el derecho a la vida desde la concepción hasta su fin natural; los derechos de la familia, como comunidad básica o célula primera de la sociedad; la justicia en las relaciones laborales; los derechos concernientes a la vida de la comunidad política en cuanto tal, así como los basados en la vocación trascendente del ser humano, empezando por el derecho a la libertad de profesar y practicar el propio credo religioso, así como fortalecer la separación y equilibrio de poderes y el control democrático.

Seguramente, San Martín nos hablaría hoy de que rechacemos toda forma de totalitarismo, sistema ominoso donde un grupo político usurpa el papel de único guía, así como la libertad de las personas-ciudadanos, y el hombre y el pueblo se convierten en objeto, no obstante, todas las declaraciones y promesas verbales. En un totalitarismo, un grupo político busca perpetuarse en el poder, así como vulnerar el derecho del pueblo a elegir a sus propios gobernantes mediante elecciones libres y justas. Asimismo, el Estado deja de ser «la casa común», donde todos pueden vivir según los principios de la igualdad fundamental, y se transforma en un Estado tirano que presume de poder disponer de la vida de las personas, en nombre de una utilidad pública, que no es otra cosa, en realidad, sino la búsqueda de interés y privilegios para una casta privilegiada. En un Estado totalitario, parece que todo acontece dentro de una legalidad, pero en verdad estamos ante una trágica e hipócrita apariencia de respeto por la ley y la justicia, donde el ideal democrático, que es verdaderamente tal cuando reconoce y tutela la dignidad de toda persona humana, es traicionado en sus mismas bases.[1] 

Militar de estilo sobrio, hombre honrado y honesto que despreciaba el lujo, nuestro Libertador nos pediría hoy trabajar por un Perú liberado de la lacra de la corrupción, ésa que debilita a la democracia y a sus instituciones, y que, si bien nos afecta a todos, lo hace especialmente con los más pobres y necesitados.

Al respecto nos dice el Papa Francisco: «La corrupción es un mal más grande que el pecado. Más que perdonado, este mal debe ser curado. La corrupción se ha convertido en algo natural, hasta el punto de llegar a constituir un estado personal y social relacionado con la costumbre, una práctica habitual en las transacciones comerciales y financieras, en los contratos públicos, en toda negociación que implique agentes del Estado. Es la victoria de las apariencias sobre la realidad y de la desfachatez impúdica sobre la discreción respetable». [2] 

No es posible, como ha difundido recientemente un medio de prensa piurano [3], que Piura lidere el ranking de las regiones más corruptas a nivel nacional, y que según estimados se hayan perdido un mil ciento ochenta y nueve millones de soles en el año 2020 por culpa de la corrupción, cifra mayor en ciento cincuenta millones a la del año 2019.

Que el Bicentenario de nuestra Independencia, sea ocasión para recuperar en la vida política y en nuestra vida social nacional y regional, las virtudes y los valores de la honestidad, la laboriosidad, el servicio y la solidaridad. No solamente no hay que ser corrupto, sino que hay que denunciar y luchar decididamente contra toda corrupción. En el ejercicio del poder político es fundamental aquel espíritu de servicio, que, unido a la necesaria competencia y eficiencia, es el único capaz de hacer «transparente» o «limpia» la actividad de los hombres políticos, como justamente, lo exige hoy en día el pueblo peruano.   

Un sistema judicial imparcial es la verdadera defensa de la libertad

Una vez Lima en sus manos, San Martín organiza el Estado. Dentro de sus gestiones deja establecida la Alta Corte de Justicia a semejanza de la Real Audiencia hispana y en el Reglamento de los Tribunales expresa una convicción que siempre resulta vigente y hoy día más que nunca necesaria: «La imparcial administración de justicia es el cumplimiento de los principales pactos que los hombres forman al entrar en sociedad. Ella es la vida del cuerpo político, que desfallece apenas asume el síntoma de alguna pasión, y queda exánime luego que, en vez de aplicar los jueces la ley, y de hablar como sacerdotes de ella, la invocan para prostituir impunemente su carácter. El que la dicta y el que la ejecuta pueden ciertamente hacer grandes abusos, más ninguno de los tres poderes que presiden la organización social es capaz de causar el número de miserias con que los encargados de la autoridad judicial afligen a los pueblos cuando frustran el objeto de su institución». Más tarde afirma, que si bien asumió provisionalmente las facultades ejecutivas y legislativas, no lo haría «jamás en el solemne  ejercicio de las funciones judiciales porque su independencia es la única y verdadera salvaguarda de la libertad del pueblo; y nada importan que se ostenten máximas exquisitamente filantrópicas, cuando el que hace la ley o el que ejecuta es también el que la aplica».[4] Estos pensamientos de nuestro Libertador no han perdido vigencia, sino todo lo contrario, mantienen su vigor y validez, ya que un sistema de justicia guiado por odios e intereses, venganzas e impunidades, privilegios para algunos, o paralizado por el miedo, que no tenga a la verdad como motivo y fin, se vuelve incapaz de construir una sociedad más justa y en paz.

Urgente necesidad de promover la justicia social

¿De qué más nos hablaría San Martín en el Bicentenario? Nos recordaría que aún existen en el Perú millones de compatriotas que viven en penuria, pobreza y miseria, quienes no tienen los más elementales servicios públicos, e igualdad de oportunidades para su realización personal, familiar y comunitaria. Todo ello por culpa de los malos gobiernos que hemos tenido, y de un sector frívolo de nuestra sociedad que aborda la vida con superficialidad, preocupándose solamente por lo que le pasa a nivel individual, sin comprometerse con las necesidades de los demás, especialmente de los más pobres.

Todo ello se ha agravado aún más por la terrible pandemia que todavía sufrimos, acentuada por la pésima gestión de los que integran el Ejecutivo, y como decíamos al comienzo, que ha cobrado la vida de miles de compatriotas, sumiendo en el dolor y la pobreza a muchísimas familias peruanas que no tienen un acceso digno a los servicios de salud.

Las desigualdades injustas y la marginación han de ser un constante incentivo para toda conciencia, especialmente la cristiana, pero no por medio de opciones de odio y de muerte. San Martín nos pediría atender las necesidades de estos hermanos peruanos, mediante una promoción adecuada de la justicia social en áreas tan importantes como la salud, la educación, la vivienda, el trabajo, y la economía.

Queridos hermanos: Sin negar la gravedad de muchos problemas y la injusticia de muchas situaciones, es imprescindible proclamar que el odio y la violencia nunca son el camino, como lo señaló San Juan Pablo II en Ayacucho en su primera visita a nuestro país el año 1985. Sólo el amor y el esfuerzo personal constructivo, pueden llegar al fondo de los problemas. De ahí la importancia de rechazar hoy y siempre, toda forma de violencia que es siempre anticristiana, y a toda ideología que tenga al odio y a la lucha como motores de la historia y como falsos medios para alcanzar la justicia social.

No dejarse robar la esperanza

En el Bicentenario de nuestra Independencia, hago un llamado al entendimiento y a la unión entre todos los peruanos y piuranos, especialmente entre las autoridades, para que puedan realizar un trabajo más coordinado en beneficio de todos, pero especialmente de los enfermos y de los más pobres del país y de nuestra Región. A alcanzar esta unidad nos interpela en primer lugar el mismo Señor Jesús, quien mañana será nuestro justo Juez, como nos advierte San Pablo: «Porque es necesario que todos nosotros seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal» (2 Cor 5, 10).

Queridos hermanos: En esta celebración del Bicentenario, y a pesar de todo lo que hemos vivido y estamos viviendo, no nos dejemos robar la esperanza ni la alegría que brota de nuestra fe en el Señor y que nos da la fuerza de vivir. No pensemos nunca que nuestros trabajos y esfuerzos aquí abajo son del todo inútiles.

Amemos a las personas, una a una, con nuestro servicio y dedicación cumpliendo cada cual cabalmente con sus responsabilidades, según el máximo de sus posibilidades y capacidades. No tengamos miedo de soñar en un futuro de vida y de bienestar para el Perú y Piura. Los hombres que han cultivado la esperanza son los que han vencido a la adversidad, y han traído mejores condiciones de vida a esta tierra para sus hermanos.  

Al celebrar estos doscientos años de Independencia, no podemos pedir que vuelva San Martín para que nos guíe en la causa de la libertad y el desarrollo integral. Doscientos años después estamos nosotros, quienes tenemos la altísima responsabilidad de construir un Perú justo y reconciliado donde se viva el espíritu de las Bienaventuranzas. Pero, haciendo un ejercicio de imaginación, podemos vislumbrar en la gloria a San Martín extendiendo nuestro sagrado bicolor, nuestra bandera roja y blanca, nuestra única bandera, para que aquel que sea de la verdad se ponga bajo ella, y se comprometa con el Perú, para que así nuestra Patria viva en libertad, paz, justicia, progreso constante y desarrollo integral.  

Que Dios, nuestro Padre, bendiga al Perú y bendiga a Piura. Que Él nos conceda la esperanza que no defrauda.

Que nuestra Madre Santísima, nuestra Señora de las Mercedes, nuestra amada Mechita, nos cuide y guíe en esta hora difícil de la Patria y de nuestra Región. Que así sea. Amén.

San Miguel de Piura, 27 de julio de 2021
Vísperas del Bicentenario Nacional

[1] Ver San Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium vitae, n. 20bc.

[2] S.S. Francisco, Discurso a la Asociación Internacional de Derecho Penal, 23-X-2014.

[3] Ver diario El Tiempo de Piura, edición del sábado de 10 de julio de 2021, Portada y págs. 4-5.

[4] Horacio Augusto Grillo, Nuestro San Martín, pp. 71-72; Editorial Dunken – Buenos Aires 2016.

Puede descargar el archivo PDF conteniendo la Oración Patriótica pronunciada la mañana de hoy por nuestro Arzobispo AQUÍ

Puede ver la transmisión de la Santa Misa presidida la mañana de hoy por nuestro Arzobispo AQUÍ

martes 27 julio, 2021