“NO TIENEN VINO…HAGAN LO QUE ÉL OS DIGA”

16 de enero de 2022 (Oficina de Prensa).- Hoy, II Domingo del Tiempo Ordinario, el Evangelio nos habla de lo sucedido en las Bodas de Caná de Galilea donde el Señor Jesús hizo su primer milagro público. Nuestro Arzobispo Metropolitano, Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., ha preparado una homilía basada en los textos que nos presenta la liturgia de hoy.

En su homilía, Monseñor Eguren nos exhorta a que: «Así como la poderosa intercesión de Santa María adelantó la hora de la manifestación pública de su Hijo, y su intervención hizo que Jesús manifestara su gloria y la fe de sus discípulos creciera en Él (ver Jn 2, 11), hoy le pedimos a Nuestra Madre que no deje de interceder por nosotros, que adelante la hora del fin de la pandemia que aún nos aflige, y que no deje nunca de conducirnos a su Hijo, para que de su mano veamos su gloria y creamos más en Él».

A continuación, compartimos la Homilía completa de nuestro Pastor:

No tienen vino…Hagan lo que Él os diga

Este domingo comienza el Tiempo Ordinario, el cual se interrumpirá con el inicio de la Cuaresma el próximo miércoles 2 de marzo, “Miércoles de Ceniza”. Nuestro pasaje evangélico de hoy, nos presenta el conocido pasaje de las Bodas de Caná (ver Jn 2, 1-12), en el cual el Señor Jesús realiza el milagro de convertir el agua en vino. San Juan, apóstol y evangelista, es quien recoge en su Evangelio este suceso de la vida del Señor, donde su Madre María, y sus discípulos también participan. Toda la narración, parece ser la descripción de un acontecimiento simple y sencillo, pero conocedores de la profundidad espiritual y teológica del autor del Cuarto Evangelio, toda la escena está orientada a revelar importantes verdades de fe.

Es oportuno señalar que, el “discípulo amado”, llama a los milagros del Jesús, “signos”. Por eso el episodio de hoy concluye con la frase: “Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus signos” (Jn 2, 11). Pero, ¿un signo de qué cosa? ¿Cuál es el sentido ulterior o posterior que el signo del agua transformada en vino nos quiere revelar? Orígenes, teólogo cristiano del siglo III, nos da un criterio de interpretación que hay que tener presente para comprender este pasaje evangélico: “Los Evangelios son las primicias de toda la Escritura, y el Evangelio de Juan es el primero de los Evangelios; ninguno puede percibir el significado si antes (como San Juan) no ha posado la cabeza sobre el pecho de Jesús y no ha recibido de Jesús a María como Madre”.[1]

Para comprender al pasaje de Caná, debemos decir en primer lugar que todo el episodio transcurre durante la celebración de una Boda donde el esposo es apenas mencionado y la esposa no aparece en absoluto. Ello es señal que la verdadera intención de San Juan es presentar a Jesús como el verdadero “esposo”, es decir como Aquel que, por el misterio de la Encarnación, se ha “desposado” con la humanidad para sanar al hombre de las rupturas producidas por el pecado, y llevarlo, por el don de la reconciliación, a la perfecta comunión con Dios, consigo mismo, con los hermanos humanos, y con la creación. Más aún, San Juan, siguiendo el testimonio que dio el Bautista de Cristo, nos quiere también decir que quien escucha la voz del Señor Jesús, en realidad está escuchando la voz del esposo, es amigo del esposo, y ello llena su vida de plena alegría: El que tiene a la esposa es el esposo; pero el amigo del esposo, el que asiste y le oye, se alegra mucho con la voz del esposo. Esta es, pues, mi alegría, que ha alcanzado su plenitud” (Jn 3, 29).

Dicho esto, fijemos ahora nuestra atención en el milagro de Caná. María, quien ha sido invitada a la Boda junto con su Hijo y con los discípulos de Jesús (ver Jn 2, 1-2), se da cuenta que los jóvenes esposos pronto van a pasar la vergüenza de no tener vino que ofrecer a sus invitados. Entonces, María, la servidora por excelencia, hace lo mejor que Ella sabe hacer en favor nuestro: Intercede ante su Hijo con una bella y conmovedora súplica: “Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su Madre: «No tienen vino»” (Jn 2, 3). Después, la Madre da a los sirvientes esta instrucción: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2, 5).   

En este breve diálogo se revela, en toda su belleza y dimensión, la maternidad espiritual de Santa María sobre nosotros, ya que Ella es realmente nuestra Madre en el orden de la gracia.[2] Frente a Dios, frente a Jesús, María se hace todo ruego, toda súplica, toda intercesión en favor nuestro. Pero de cara a nosotros, Ella es toda exhortación a la obediencia de la fe. Como la más excelsa de los discípulos de Cristo, como la más obediente Sierva de la Palabra de Dios, nadie mejor que Ella sabe que nuestra felicidad, libertad y salvación, dependen del “Sí” que le demos a su Hijo en nuestras vidas. “No tienen vino…Haced lo que Él os diga”, son las dos dimensiones de la única maternidad espiritual de Santa María sobre nosotros.  

Ahora bien, ante el pedido de María, pareciera que Jesús se resiste, pero no. El Señor ama profundamente a su Madre y jamás le niega nada de lo que Ella le pida. Por eso, aunque aún no ha llegado su hora de manifestarse públicamente, Jesús accede a realizar el milagro o signo, y de esta manera, María adelanta la hora de la manifestación de su Hijo como el Mesías esperado.  

Antes de realizar el milagro, Jesús da dos órdenes: “Llenad las tinajas de agua” (Jn 2, 7). Y, después que los sirvientes las llenan hasta arriba, agrega: “Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala” (Jn 2, 8). El Evangelio nos dice que se trataba de seis tinajas de dos o tres medidas cada una (ver Jn 2, 6)[3], por lo que cada tinaja tenía la cantidad aproximada de cien litros cada una.

Llenar las seis tinajas significaba mover seiscientos litros de agua. Fue un trabajo arduo, pero además fue mucho vino. Surge la pregunta: ¿Por qué tanto? El vino abundante y de excelente calidad que Jesús milagrosamente convirtió del agua, simbolizaba el gozo de los tiempos mesiánicos que se habían inaugurado con su venida y ahora con su manifestación. Asimismo, el vino de excelente calidad, como lo declara el mismo mayordomo al novio (ver Jn 2, 9-10), es señal que, todo aquel que acoge y sigue a Jesús, verá siempre su vida transformada en algo superior, más noble, verdadero, bello y digno.   

Es interesante observar que Jesús no hizo ningún gesto ni pronunció oración o palabra alguna para realizar el milagro. Sólo bastó la presencia del Señor para que el agua se convirtiera en vino. Curiosamente un elemento irracional como el agua reconoce la presencia de su Creador, cuando lamentablemente muchos seres humanos, es decir hombres racionales, no reconocen ni acogen a Cristo, como el Salvador. Como tristemente afirma San Pablo, el Señor Jesús es la Sabiduría de Dios, “desconocida de todos los príncipes de este mundo, pues de haberla conocido no hubieran crucificado al Señor de la Gloria” (1 Cor 2, 8).

Como hemos podido reflexionar juntos, la intervención de Santa María, fue decisiva para el milagro o signo de Caná. Ella aparece siempre interesada hasta en los más pequeños detalles que puedan afectarnos, porque como Madre nuestra que es, nos ama y se preocupa por nosotros. Ella está siempre solícita a ayudarnos en nuestras penurias y necesidades.

Así como la poderosa intercesión de Santa María adelantó la hora de la manifestación pública de su Hijo, y su intervención hizo que Jesús manifestara su gloria y la fe de sus discípulos creciera en Él (ver Jn 2, 11), hoy le pedimos a Nuestra Madre que no deje de interceder por nosotros, que adelante la hora del fin de la pandemia que aún nos aflige, y que no deje nunca de conducirnos a su Hijo, para que de su mano veamos su gloria y creamos más en Él.

A nuestra Madre Santísima, hoy le rezamos con fe:

Madre, tu Hijo no te niega nada de lo que le pides en favor nuestro. Tú que estás cerca de Él, ruégale y suplícale por nosotros. En esta hora de enfermedad y muerte, pídele que adelante la hora de la cura y de la sanación para este flagelo.

Santa María, bendita, siempre bendita, intercede para que nos veamos libres de los sufrimientos y de las angustias que nos oprimen. Por eso a ti acudimos, Madre de Dios y Nuestra, y buscamos refugio bajo tu poderosa intercesión, protección y guía.

Virgen Santísima, así como Tú, haznos sensibles al dolor y a la necesidad de nuestros hermanos, y enséñanos el valor del servicio, es decir, enséñanos a amar a nuestro prójimo con gestos concretos de solidaridad y caridad. Que nunca seamos indiferentes frente al sufrimiento del hermano que pasa cualquier tipo de necesidad y requiere de nuestra ayuda.

Madre, llévanos siempre a Jesús, y ayúdanos a creer más en Él y a creerle más a Él. Amén.  

San Miguel de Piura, 16 de enero de 2022
II Domingo del Tiempo Ordinario

[1] Orígenes, Comm. in Ioan., 1, 6: PG 14, 31.   

[2] Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, n.61

[3] Cada medida equivalía aproximadamente a 40 litros.

Puede descargar el PDF de la Homilía de nuestro Arzobispo AQUÍ