“NO HAGAN DE LA CASA DE MI PADRE UNA CASA DE MERCADO”

¡Respira Piura, la meta está cerca!   

07 de marzo de 2021 (Oficina de Prensa).- La mañana de hoy, nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., presidió la Santa Misa correspondiente al III Domingo de Cuaresma.

A continuación, compartimos la Homilía completa pronunciada hoy por nuestro Pastor: 

“No hagan de la Casa de mi Padre una casa de mercado”

El Evangelio de este tercer domingo de Cuaresma esta tomado de San Juan, apóstol y evangelista (ver Jn 2, 13-25). Hacemos por tanto un alto en nuestra lectura del Evangelio según San Marcos. Si algo define a San Juan, es que es el gran testigo de la Pascua. Todo su Evangelio tiene un gran trasfondo pascual, por eso, él estructura el ministerio público del Señor Jesús en base a tres celebraciones de la pascua hebrea. De esta manera, San Juan quiere relacionar todo el ministerio público de Jesús con la fiesta de la pascua judía. Ya desde el comienzo de su Evangelio, San Juan nos presenta al Señor como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 36), asociando así el sacrificio del cordero pascual con la muerte redentora de Jesús. Más aún, la muerte del Señor coincidirá con la fiesta de la pascua judía, en concreto con la tercera que narra su Evangelio, y Jesús morirá crucificado a la misma hora en que los judíos estaban sacrificando el cordero pascual, en el templo. De esta manera, lo que San Juan desea transmitirnos es que Jesús murió en la Cruz como el verdadero cordero pascual ofrecido a su Padre, en sacrificio por la reconciliación del mundo. 

El Evangelio que hemos escuchado, corresponde a la primera de las tres pascuas judías que San Juan menciona en relación a la vida pública de Jesús, y lo hace con las siguientes palabras: “Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén” (Jn 2, 13).

Como todo buen judío devoto, Jesús sube a la ciudad santa de Jerusalén a celebrar la pascua, y lo primero que hace es ir al templo, casa de oración, pero al ver ahí a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, animales que se vendían para ser ofrecidos en sacrificio, así como a los cambistas, ya que muchos judíos venían de diversas partes del mundo trayendo sus propias monedas, haciendo un látigo los echó a todos fuera del templo y volcó la mesa de los cambistas diciendo: “Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado” (Jn 2, 16).

La indignación del Señor está justificada pero, ¿cómo entender esta acción de Jesús? ¿Cómo entender que Él sólo con un látigo, haya podido echar a todos los vendedores y cambistas, es decir a una multitud de personas?

En primer lugar, hay que decir que no fue una acción violenta. Si lo hubiera sido, habría provocado la intervención de la fuerza pública encargada de imponer el orden, y no fue así. No, la acción de Jesús fue interpretada más bien como una acción típica de un profeta, los cuales a lo largo de toda la historia de Israel a menudo denunciaban, en nombre de Dios, abusos y excesos con gestos proféticos. Más aún, es muy posible que Jesús haya logrado echar por sí solo a todos los vendedores y cambistas, es decir a un gran gentío, al manifestar en aquella ocasión su propia identidad de Hijo de Dios. Lo que los vendedores experimentaron fue el temor que se experimenta ante la divinidad. Ante la Persona divina del Hijo, no hay poder humano que se pueda resistir.  

Con  todo, las autoridades judías, viendo amenazados sus intereses económicos, increpan a Jesús su autoridad y le demandan una señal que justifique su actuar: “¿Qué señal nos muestras para obrar así?” (Jn 2, 18), es decir, ¿qué autoridad tienes para actuar como lo has hecho? Demuéstranos que actúas en nombre de Dios.

Para poder interpretar el gesto de Cristo, de purificar la Casa de Dios, sus discípulos citan un texto tomado del libro de los Salmos: “El celo por tu Casa me devorará” (Salmo 69, 17). Será el celo de Jesús, por su Padre y por su Casa, lo que lo llevará hasta la Cruz. Su celo es el del amor que lo llevará al sacrificio, a la entrega de sí mismo por nosotros. De hecho, el signo que Jesús dará como prueba de su autoridad, será precisamente su muerte y resurrección: “Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré” (Jn 2, 19). Y San Juan comenta: “Pero Él hablaba del Santuario de su cuerpo” (Jn 2, 21).

Esta respuesta de Jesús, permaneció oscura hasta que Él resucitó al tercer día. Efectivamente, cuando el Señor resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron de lo que había dicho y creyeron. Por eso San Juan añade: “Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús” (Jn 2, 22). Si el templo es el lugar de la presencia de Dios entre los hombres, entonces, el templo por excelencia es el cuerpo de Jesús: Como afirma San Pablo: “En Él habita la plenitud de la divinidad corporalmente” (ver Col 2, 9).

Algo similar nos dirá San Juan de su visión de la Jerusalén celestial, en su libro del Apocalipsis: “Pero no vi Santuario alguno en ella; porque el Señor, el Dios Todopoderoso, y el Cordero, es su Santuario” (Ap 21, 22).

El templo del cuerpo del Señor fue torturado y destruido, pero fue reconstruido y resucitado al tercer día. Este es el misterio que nos disponemos a celebrar en plenitud la próxima Semana Santa y más concretamente en el Triduo Pascual. Nosotros estamos llamados a transformarnos en piedras vidas de ese templo cuando en la Eucaristía nos alimentamos del Cuerpo resucitado del Señor.

Queridos hermanos: La actitud de Jesús que narra nuestro Evangelio dominical, nos exhorta a no vivir nuestra vida en la búsqueda de nuestras ventajas e intereses, sino más bien a vivir nuestra vida por la gloria de Dios, que es el Amor. Somos llamados a tener presente siempre las palabras de Jesús: “No hagáis de la casa de mi Padre una casa de mercado” (Jn 2, 16). Estas palabras, nos ayudan también a rechazar el peligro de convertir nuestra alma, que es la casa de Dios, en un mercado que viva en la continúa búsqueda del propio interés, en vez de vivir el amor generoso y solidario. Esta enseñanza de Jesús es siempre actual, no sólo para su Iglesia, para sus discípulos, sino también para la sociedad, para toda comunidad humana. Lo hemos visto con dolor estas semanas en el Perú, cómo se han cultivado interés privados e incluso inmorales en plena pandemia. Hoy Jesús nos quiere sacudir de este peligro mortal.

De otro lado, los exhorto a seguir sumándose a la gran campaña humanitaria “Respira Piura”, una ocasión maravillosa que el Señor nos pone por delante en el camino cuaresmal hacia la Pascua, para hacer realidad nuestra planta de oxígeno medicinal para los piuranos más necesitados y enfermos de Covid-19. Seamos generosos haciendo llegar nuestra donación. Si lo hacemos estaremos expulsando el egoísmo y la codicia del templo de Dios que es nuestro corazón, y estaremos más bien dando culto verdadero al Señor con nuestro amor al prójimo enfermo. Quiero agradecer a todas las personas e instituciones que en estas dos semanas que llevamos de la campaña humanitaria “Respira Piura” nos han hecho llegar sus donativos haciendo que la meta esté cada vez más cerca. Les pido a todos los que aún no se han sumado a esta iniciativa que lo hagan para que dentro de muy poco podamos decir: “Misión cumplida”.

Que la Virgen María, nos sostenga en el compromiso de hacer de esta Cuaresma una buena ocasión para reconocer a Jesús como el único Señor de nuestra vida, quitando de nuestro corazón cualquier tipo de idolatría y egoísmo. Que Ella, la Mujer que hizo de su vida, una vida de amor a Dios y a los hombres, nos enseñe a poner nuestra vida al servicio de los demás. Y no se olviden: ¡En Cuaresma, donemos oxígeno para salvar vidas!  

San Miguel de Piura, 07 de marzo de 2021
III Domingo de Cuaresma 

Puede ver el video de la Santa Misa que presidió nuestro Arzobispo la mañana de hoy AQUÍ

Puede descargar el archivo PDF de esta Homilía de nuestro Arzobispo desde AQUÍ

domingo 7 marzo, 2021