«LOS CRISTIANOS ESTAMOS HECHOS PARA AMAR Y SERVIR»

Arzobispo celebra Santa Misa Vespertina de la Cena del Señor

01 de abril del 2021 (Oficina de Prensa).- Hoy Jueves Santo, nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi, S.C.V., celebró la Santa Misa Vespertina de la Cena del Señor, día en que la Iglesia conmemora también la institución de los sacramentos de la Eucaristía y del Sacerdocio, así como el mandamiento del amor fraterno que nos dejó Jesús.

Durante su homilía, nuestro Pastor, además de reflexionar en el misterio de la Eucaristía, destacó que en el lavatorio de los pies el cristiano está llamado a seguir el mandamiento del amor hecho servicio. Además, Monseñor Eguren volvió a hacer un llamado a defender nuestro derecho y necesidad de celebrar juntos la Eucaristía, que es el termómetro de nuestra fe, de nuestra pertenencia y vivencia eclesial.

Al finalizar la Eucaristía, nuestro Arzobispo presidió un momento de adoración al Santísimo Sacramento, este especial momento de oración también fue transmitido en directo a través de la redes sociales para que los fieles puedan adorar desde sus hogares a Jesús Sacramentado, realmente presente en la Hostia Santa.

A continuación les ofrecemos la homilía completa que pronunció Monseñor Eguren hoy: 

Misa “In Cena Domini”

La Iglesia conmemora en este día la Última Cena de Jesús con sus Apóstoles, cena sacrificial que se renueva cada vez que celebramos la Eucaristía. Ella tuvo lugar con ocasión de la Pascua judía, por eso la primera lectura que nos ha sido proclamada hoy está tomada del libro del Éxodo (ver Ex 12, 1-8.11-14), que nos relata las precisas disposiciones que Dios dio al pueblo de Israel para celebrarla debidamente, antes de que ellos fueran liberados de la esclavitud de Egipto. La segunda lectura de hoy, recoge el relato de San Pablo sobre la institución de la Eucaristía (ver 1 Cor 11, 23-26). Finalmente, el Evangelio de este día de Jueves Santo, está tomado de San Juan (ver Jn 13, 1-15), y nos refiere otro episodio acontecido durante la Última Cena: El Señor Jesús, en un acto de profundo amor servicial, lava los pies a sus discípulos.  

Para los judíos, la Pascua fue un momento decisivo en su historia porque marcó el inicio del éxodo, es decir, el momento en que liberados de la esclavitud, emprendieron el camino hacia la libertad, hacia la tierra prometida. Es en este marco de la Pascua judía, en que Jesús celebra Su Pascua, es decir “su paso” de la muerte a la vida, paso que marcará nuestra liberación del pecado y de la muerte. Los Evangelios son claros en decirnos que el Señor mandó a preparar esta Última Cena con gran cuidado, reverencia, e ilusión.

San Pablo nos refiere que, “el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió diciendo: «Esto es mi Cuerpo, que es entregado por ustedes; hagan esto en memoria mía». De igual manera, tomando la copa, después de haber cenado, dijo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. Todas las veces que la beban háganlo en memoria mía»” (1 Cor 11, 23-25).

Lo que nos relata San Pablo, es la Pascua cristiana, un paso asombrosamente dramático y positivo a la vez. Con palabras inesperadas acompañadas de gestos sencillos, Jesús transforma, de manera anticipada, toda la trágica situación que va a vivir durante su pasión y muerte, en el sacramento de nuestra fe. Él sabe que va a ser traicionado, entregado, juzgado y condenado injustamente, así como torturado y ajusticiado con el peor de los suplicios, aquel que estaba reservado para los esclavos y los peores criminales: La crucifixión.

Y con todo, en la noche del Jueves Santo, toma por anticipado todos estos acontecimientos negativos, y haciéndolos presentes en el pan y el vino consagrados, convertidos en su Cuerpo y en su Sangre, los transforma en amor, es decir en la más pura, completa y total entrega de sí mismo por nuestra salvación. Sólo Jesús, con el poder divino de su amor, era capaz de transformar radicalmente unos acontecimientos tan crueles, fruto del pecado del hombre, en una entrega de amor, y crear un sacramento como la Eucaristía donde perpetúa el misterio de su pasión, muerte y resurrección, estableciendo a través de este Sacramento una alianza de salvación para siempre: “Esta es mi sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna”.

Por eso, en esta noche de Jueves Santo, nos unimos a Jesús a través del misterio de la Eucaristía, y le ofrecemos todos nuestros sufrimientos, angustias, incertidumbres y muertes ocasionadas por esta pandemia para que Él entregándoselas a su Padre en nuestro nombre, las convierta para nosotros, por la acción del Espíritu Santo, en fuente de gracia, de consuelo, de paz, de salud, y de vida.   

Dejarse lavar y lavar los pies

La noche del Jueves Santo, vivida en el Cenáculo de Jerusalén, es una noche que se desarrolla en un clima de calidez, amistad e intimidad, de revelaciones y confidencias, donde el Señor abre su corazón a los suyos. Nuevamente es el Evangelista San Juan, el discípulo amado, el que nos relata lo que ahí se dijo y vivió: “Con plena conciencia de haber venido del Padre y de que ahora volvía a Él, y perfecto conocedor de la plena autoridad que el Padre le había dado, Jesús se levantó de la mesa, se quitó el manto, tomo una toalla y se la ciñó a la cintura. Después echó agua en una palangana y se puso a lavarles los pies y a secárselos con la toalla que llevaba a la cintura” (Jn 13, 3-5).

Cómo se habrán sorprendido los Apóstoles al ver que su Maestro se ponía a lavarles los pies, una tarea reservada a los esclavos. De manera particular el Evangelio recoge la sorpresa y la resistencia de Pedro: “Señor, ¿lavarme tú los pies a mí? ¡Jamás! (Jn 13, 6-8). Como diciéndole Pedro a Jesús: ¿Cómo puedes tú, siendo el Hijo de Dios vivo comportarte como un siervo, como un esclavo? ¿Cómo puedes tú siendo el Maestro ponerte a los pies de tus discípulos y lavárselos? Y la respuesta de Jesús no se hace esperar: “Si no te dejas lavar los pies, no tienes que ver nada conmigo” (Jn 13, 8-9).

Y Pedro, quien ya no puede concebir su vida sin Jesús, se rinde ante al Maestro: “Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza” (Jn 13, 9).  Después de lavarles los pies, Jesús les dice a sus discípulos: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que hagáis como yo he hecho con vosotros” (Jn 13, 12-15).

Estoy seguro de que como el bueno de Pedro y los demás apóstoles, todos nosotros queremos estar siempre con Jesús y ser contados entre sus discípulos. Pero para ello, debemos estar dispuestos a dos cosas: Primero, a dejarnos lavar por Él, y segundo a estar dispuestos a ponernos a los pies de los demás para lavárselos.

Dejarnos lavar por Jesús significa estar dispuestos a dejarnos amar por Él, y a que el Señor nos purifique con los sacramentos del Bautismo, la Reconciliación y la Eucaristía. De otro lado, estar dispuestos a ponernos a los pies de los demás para lavárselos, significa amar a nuestro prójimo como Cristo nos ha amado, incluyendo a nuestros enemigos. Lavar los pies a los demás, significa entonces, poner toda nuestra vida a disposición de nuestros hermanos para ayudarlos en su camino de santidad y en sus necesidades concretas, no haciendo distinciones entre ellos, ya que cada uno de ellos, como tú y yo, tiene en lo profundo de su ser la imagen y semejanza divina, y por tanto la altísima dignidad de ser hijo de Dios. Si el Señor Jesús, nunca apartó a nadie de su amor, ¿quiénes somos nosotros para excluir del nuestro a alguien?

Lavar los pies a los demás, supone también quererse entrañablemente, estar dispuestos a perdonar de corazón al hermano que nos ha ofendido o hecho algún mal. Significa estar prestos a volver a comenzar juntos siempre de nuevo, aunque ello pueda parecer inútil. Lavar los pies a los demás, expresa también cada obra de caridad y misericordia hecha en favor del prójimo, especialmente en beneficio de los que más sufren, que sin lugar a dudas son, en estos momentos, nuestros enfermos de Covid-19. Sobre esto último, pienso de manera especial en nuestros médicos, enfermeras, personal de salud, y en nuestros sacerdotes. El Señor nos invita a abajarnos, a ponernos a los pies de los demás, a aprender la humildad y a tener la valentía de “lavarnos los pies” los unos a los otros con la única agua que purifica y embellece, que todo lo limpia y ennoblece, que todo lo reconcilia y sana: El agua purísima de su Amor.

Los cristianos estamos hechos para amar y servir

En esta noche de Jueves Santo, noche de intimidad y amistad de Jesús con los suyos, noche en que el Sacratísimo Corazón de Jesús se abre desde lo más profundo de sí para compartir con nosotros sus sentimientos más puros, nobles e intensos, les pido que escuchemos con reverencia al Señor, quien por el misterio de la Liturgia se hace presente entre nosotros para decirnos: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros” (Jn 13, 34-35). 

El amor fraterno es una dimensión esencial de la vida cristiana. Los cristianos estamos hechos para amar, estamos hechos para servir, a semejanza de Jesús, quien, había amado a los suyos que quedaban en el mundo hasta el extremo (ver Jn 13, 1), y vino no a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por todos (ver Mc 10, 45). Amor y servicio se implican mutuamente. El amor sin el servicio es un amor vacío, desencarnado y abstracto, y el servicio sin amor es una servidumbre y esclavitud. Amor y servicio deben estar siempre estrechamente unidos. Ésta es la gran lección de la Última Cena.  

Nuestro derecho y necesidad de celebrar juntos la Eucaristía

En cada Eucaristía, Jesús nos ama y se pone a nuestro servicio. Se hace nuestro alimento y nuestra bebida de vida. Por eso nos duele tanto celebrar el Triduo Pascual, con los templos nuevamente cerrados, sin la ocasión de poder participar presencialmente en la Eucaristía, sobre todo de la pascual; sin poder experimentar la presencia real de Jesús muerto y resucitado, que renueva su entrega de amor por nosotros, y se nos da como alimento de vida eterna. La asistencia presencial a la Eucaristía dominical que inaugura la Pascua, es el corazón de una fe vivida y practicada. La Eucaristía ciertamente no lo es todo, pero sin la asistencia frecuente a ella, especialmente los domingos, el resto de la vida cristiana corre el riesgo, cierto y grave, de diluirse tarde o temprano. La Eucaristía, es el termómetro de nuestra fe, de nuestra pertenencia y vivencia eclesial. De otro lado no podemos equiparar las transmisiones de la Santa Misa, que ciertamente nos ayudan, a la participación personal y comunitaria en la Eucaristía.

Aunque en algo nos favorezcan, nada sustituye al contacto físico con el Señor, realmente presente en la Eucaristía, y con los hermanos en la fe, porque la Iglesia no es una comunidad virtual sino una comunidad viva.

Finalmente, necesitamos nutrirnos del Cuerpo y de la Sangre del Señor porque como nos advirtió el mismo Cristo, “si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes” (Jn 6, 53). Gracias a la comunión eucarística, por la que nos alimentamos con fe del Cuerpo y Sangre de Cristo, el amor del Señor, aquel que le impulsó a dar su vida por nosotros en la Cruz, pasa a nuestros corazones y nos hace capaces a su vez, de dar nuestra vida por los hermanos, y así brota la verdadera alegría, la alegría cristiana, la alegría del amor-servicio.

Sólo es posible vivir el mandamiento del amor que Jesús nos dejó –“como yo os he amado, así amaos también vosotros los unos a los otros” (Jn 13, 34)– si permanecemos unidos a Él, “como el sarmiento a la vid” (Jn 15, 1-8); y esto se realiza de manera privilegiada en la Eucaristía, celebrada y comulgada. Por eso no podemos permitir que la autoridad civil reduzca la Santa Misa y los demás Sacramentos, a una reunión equiparable a actividades sociales o recreativas, así como permitir que el Estado desconozca a los fieles cristianos su derecho a participar en el Misterio de la Fe, y a recibir el Cuerpo de Cristo y adorarle en los modos previstos.

Que María Santísima, Mujer eucarística, nos enseñe a amar este misterio de amor que es la Eucaristía y a traducirlo en una vida de servicio a todos sin distinción alguna.

San Miguel de Piura, 01 de abril de 2021
Jueves Santo

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Puede ver el video de la Santa Misa de hoy desde AQUÍ

jueves 1 abril, 2021