La Virgen María en el Dogma de la Iglesia

La Gloriosa Asunción de Santa María25 de mayo (Oficina de Prensa).- Cuatro son los dogmas de María que la Iglesia ha pronunciado. Y durante este mes de mayo, mes de María hemos reflexionado acerca de cada uno de ellos: la Virginidad Perpetua, la Maternidad Divina, su Inmaculada Concepción y este último viernes, lo dedicaremos al Dogma de su gloriosa Asunción.

La Asunción Gloriosa de María

Este dogma –el último en ser definido en la Iglesia Católica- indica que la Santísima Virgen María, terminada su vida terrestre, ha sido glorificada en toda su realidad humana integral y se encuentra (ahora) en la situación que tendrán los justos después de la Resurrección definitiva.

En la Sagrada Escritura no encontramos –como en el dogma de la Inmaculada Concepción- fundamento bíblico explícito sobre esta verdad de fe. Hay referencias implícitas que se esclarecen desde la Tradición de la Iglesia, y que desde esa luz pueden ser comprendidas como refiriéndose a este gran misterio. Así por ejemplo, Gén 3, 15 nos sitúa en línea con la Asunción. Si María tiene las mismas enemistades que su Hijo para con el diablo, quiere decir que la muerte no puede tener dominio sobre Ella, así como no la tuvo sobre Jesús. Ahora bien, la Resurrección de Jesús, y su existencia en una humanidad glorificada es su triunfo sobre la muerte y el pecado. María, partícipe de la victoria de Jesús, también triunfa sobre la muerte, consecuencia del influjo satánico. ¿Cómo? Mediante la Glorificación de su humanidad completa, y desde ahora –como desde ahora lo vive Jesús- y no recién al final de los tiempos. Por otra parte, las referencias que aparecen en 1 Cor 15, 21 ss; Ap 12, 1 ss, así como Rom 5 y 6 ayudan a profundizar en esta doctrina.

La Tradición de la Iglesia testimonia la Asunción de María desde muy antiguo. Están los testimonios recogidos en los Apócrifos cristianos, que con frecuencia hablan del “Tránsito de María”, así como de su Glorificación corporal. Tenemos desde el sigo IV el libro llamado “Tránsito de Santa María” del Pseudo Melitón; en el siglo VI el testimonio de San Gregorio de Tours ayudó muchísimo a difundir esta verdad en Occidente. Pero ha sido la liturgia la que ha brindado los testimonios más convincentes. Así, la fiesta de la Dormición de María (que incluye su glorificación corporal) es celebrada desde el siglo VI en Jerusalén y en Constantinopla. A finales del siglo VII esta fiesta ya se celebra en Occidente, y a partir de este momento se hace permanente y definitiva. Vale aquí el principio teológico: “Lex orandi, lex credendi” como confirmación de que se trata de una verdad revelada. Mientras que desde el siglo VIII son numerosos los Padres que atestiguan la Asunción: San Andrés de Creta; San Germán de Constantinopla; San Juan Damasceno, etc. En el Occidente medieval también son muchísimos los Doctores y escritores que profundizan en la Asunción. Mencionamos algunos nombres: Pedro Abelardo; Ricardo de San Víctor; San Alberto Magno; Santo Tomás de Aquino y otros muchos.

Por eso, no es de sorprender que a medida que se hiciese cada vez más fuerte en el pueblo cristiano la convicción de María Asunta a los cielos, comenzara todo un movimiento que pedía la definición dogmática de esta verdad. En el Concilio Vaticano I (1870) se elevó una moción pidiendo la proclamación “ex cathedra” de la Asunción de María. Pero fue el papa Pío XII, quien, recogiendo los pedidos que se elevaban de todas partes, y luego de consultar al Pueblo de Dios, con su Autoridad de Supremo Pastor y doctor de la Iglesia, procedió a la proclamación del dogma. Esta tuvo lugar el 1 de noviembre de 1950, mediante la Bula “Munificentissimus Deus” y –como dijimos anteriormente- es el último dogma proclamado en la Iglesia. En lo fundamental, dice así: “Por eso, para gloria de Dios omnipotente que otorgó su particular benevolencia a la Virgen María, para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte, para aumento de la gloria de la misma augusta Madre, y gozo y regocijo de toda la Iglesia, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y nuestra, PROCLAMAMOS, DECLARAMOS Y DEFINIMOS ser dogma divinamente revelado: Que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial” (DH 3903).

Son necesarias algunas precisiones en torno al significado del dogma. En primer lugar, dice la Bula de la definición: “(Que la Virgen María) … cumplido el curso de su vida terrestre …”. El dogma de la Asunción no especifica si la Santísima Virgen María murió. La fórmula empleada deja abierta la posibilidad de afirmar tanto que murió o que no murió, si bien la mayor parte de los teólogos están de acuerdo en afirmar la muerte de María. Por lo demás, la Tradición es casi unánime en este punto. En segundo lugar, cuando la Bula definitoria señala: “fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial” quiere decir que la Virgen María ha recibido en toda su humanidad la Gloria que es propia de la Humanidad Resucitada. Ella ya ha llegado a la meta definitiva que los que han partido todavía no han alcanzado y a la que todos nosotros estamos invitados a llegar, esto es, la participación en la Resurrección Gloriosa de Jesucristo. Significa que en el Cielo, en la Comunión con Dios, hay dos seres humanos que en su naturaleza humana completa (cuerpo, alma y espíritu, cfr. 1 Tes 5, 23) piden e interceden por nosotros. Es como dice un gran mariólogo contemporáneo: “dos corazones de carne, allá arriba en el cielo, laten de amor por nosotros, y uno de ellos es un Corazón de Madre”.

¿Qué nos enseña el dogma de la Asunción de María?

Así como el dogma de la Inmaculada Concepción de María nos habla de lo que Dios quiso para la humanidad en los orígenes, el dogma de la Asunción de María nos dice lo que Dios quiere para la humanidad en el final de la historia. En María vemos la realización definitiva del plan de Dios para el ser humano, en ella aparece claro que Dios nos llama para sí, y no sólo en nuestra realidad de espíritus vivificados, sino en todo nuestro ser de hombres. La Asunción de María muestra que el cuerpo humano no es un añadido de la esencia humana, una especie de envoltura que cubre lo más importante que sería el alma espiritual.

viernes 25 mayo, 2007