Exhortación Pastoral del Arzobispo Metropolitano a toda la Iglesia Arquidiocesana de Piura y Tumbes

con ocasión de la Solemnidad de la Natividad del Señor Jesús

 “He aquí que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3, 20).

A cada uno de nosotros se dirigen estas palabras del libro sagrado del Apocalipsis. Ellas son toda una invitación a hacernos sensibles a la presencia salvadora del Señor Jesús que viene a nosotros en el misterio de Navidad. Él llama a la puerta de nuestro corazón pidiendo humilde posada. Lamentablemente muchas veces los oídos de nuestro corazón están tan llenos de muchos ruidos del mundo, que no podemos percibir la presencia silenciosa del Señor que en compañía de su Madre Santa María y de San José, llama a nuestra puerta.

Al mismo tiempo seamos sinceros si realmente estamos dispuestos a abrirle las puertas de nuestro corazón. O tal vez nuestro corazón está tan lleno de otras muchas cosas, que no hay lugar en él, para el Señor Jesús. Así sordos e insensibles a su presencia, llenos de otras cosas, no percibimos lo esencial del espíritu navideño: Él llama a nuestra puerta. Él viene a nosotros esta Navidad trayéndonos la verdadera alegría que vence todas las tristezas y dolores del mundo; aquella alegría que llena la vida de felicidad y que el mundo es incapaz de darnos.

Cercana ya la noche santa de Navidad recemos así: “Señor Jesús, haznos sensibles a tu presencia, ayúdanos a escucharte, a no ser sordos a Ti; ayúdanos a tener un corazón dispuesto a acogerte, porque no hay Navidad sin Ti, o mejor dicho: ¡Tú eres la Navidad!"

La Navidad es la alegre noticia de la Encarnación
Navidad es la alegre noticia que Dios se ha encarnado y que el hombre ya no está solo. Navidad es la buena nueva que Dios nos ama y que nos busca sin desmayo para salvarnos. Navidad es el misterio de la Encarnación que reconcilia lo humano y lo divino, sanando las rupturas fruto del pecado. Navidad es el acontecimiento por medio del cual el Padre nos ha hecho hijos suyos en Cristo, su Unigénito, en quien recuperamos la semejanza perdida por culpa del pecado original; semejanza que nos hace capaces de ser nuevamente personas para el encuentro y la amistad con Dios-Amor, con nosotros mismos, con nuestros hermanos humanos y con toda la creación.

¡Sí, Navidad es alegría y gozo! No puede haber en efecto lugar para la tristeza, cuando nace aquella Vida que viene a destruir el temor de la muerte y a darnos la esperanza de una vida feliz y de una eternidad dichosa.

San Juan María Vianney, el santo Cura de Ars, a quien especialmente miramos en este Año Sacerdotal, expresa así la alegre noticia de la Navidad: “¿A un moribundo sumamente apegado a la vida puede acaso dársele más dichosa noticia que decirle que un médico hábil va a sacarle de las puertas de la muerte? Pues infinitamente más dichosa es la noticia que el ángel anuncia hoy a los hombres en la persona de los pastores” (1).

La Navidad y el Año Sacerdotal
Ahora que estamos en plena celebración del Año Sacerdotal quiero dirigirme una vez más a mis queridos sacerdotes de Piura y Tumbes. Queridos hijos: que la Navidad nos impulse a seguir siempre con alegría a Cristo y que nuestros corazones se inflamen en deseos profundos de santidad, conscientes que donde ella falta es inevitable que se introduzca la corrupción. Queridos sacerdotes: que en este tiempo en que “se ha manifestado la gracia salvadora de Dios a todos los hombres” (Tt 2, 11), ardamos en deseos por llevar adelante la misión para la que el Niño Jesús viene y que Él mismo nos ha confiado el día de nuestra ordenación: la salvación de las personas que pone en el camino de nuestro sacerdocio ministerial. Igualmente, amemos mucho a la Iglesia y hagamos que muchos la amen. Sobre todo expresemos este amor viviendo intensamente nuestra pertenencia y dedicación a nuestra Iglesia local. Vivamos en toda su radicalidad teológica y espiritual la incardinación, que tiene su origen en la ordenación sacramental con la que el Obispo nos ha introducido en el único y mismo presbiterio diocesano.

La Navidad y la Familia
Dios quiso entrar en la historia de la misma manera como lo hacemos todos nosotros: a través de una familia. En estos días de Navidad y por más humilde que sea nuestro hogar, no faltará en él un pesebre. Que a la luz de las imágenes de la Sagrada Familia de Nazaret, que representan el Nacimiento de nuestro Reconciliador, cada familia se descubra y se vea como una institución querida por Dios dentro de su designio divino de amor, llamada a ser una íntima comunión de vida y de amor conyugal, fundada sobre el matrimonio entre un hombre y una mujer, que tiene como don más precioso a los hijos y como misión su educación humana y cristiana.

Familia: no tengas miedo a ser lo que por vocación estás llamada a ser: “Célula primera y vital de la sociedad” (2). “Iglesia doméstica”(3), es decir comunidad de fe, esperanza y caridad. “Escuela del más profundo humanismo”(4), donde se aprenda a respetar y a favorecer la dignidad de los demás, alcanzando la capacidad natural de acogida cordial, encuentro y diálogo, disponibilidad desinteresada, servicio generoso y solidaridad profunda(5). Sé “santuario de la vida”(6), donde se transmita, custodie y desarrolle la vida humana y la vida divina de la gracia, es decir la vida cristiana. No olvides que surgida del matrimonio sacramento, eres camino de santidad y felicidad, frutos de la fidelidad. ¡Familia, sé fuerte! ¡Familia: en ti se fragua el futuro de la humanidad!

La Navidad y la Defensa de la Vida
La Navidad es la fiesta de la vida. Más aún, Aquel que es la Vida misma y el origen de la vida (ver Jn 1, 4) nace para traernos la vida eterna. “No temáis, pues vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido el Salvador, que es el Cristo, el Señor. Esta será la señal para que le reconozcáis: encontraréis al niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2, 10-12).

Navidad es ocasión propicia para promover una auténtica “cultura de la vida” en nuestra sociedad contemporánea. En los actuales momentos en que se ha abierto la posibilidad de la despenalización y legalización del aborto en nuestro País, el no de la Iglesia a este crimen abominable es un a la vida, que puede alcanzar a todo ser humano en el santuario de su conciencia.

La defensa de la vida desde la concepción hasta su fin natural con la muerte, no admite de nuestra parte silencios, excusas, ni excepciones. Todos debemos proclamar que Dios es el único Señor de la Vida, que el hombre no es ni puede ser amo o árbitro de la vida humana. Si nos conmueve hasta la entrañas ver a una gran cantidad de hombres y de mujeres, de niños, jóvenes y ancianos que se ven atropellados diariamente en su dignidad humana y en sus derechos, conmovámonos también con los concebidos no nacidos, los más pobres e indefensos de todos, que se ven amenazados en su derecho fundamental a la vida. Por tanto estemos alertas y vigilantes para condenar y rechazar cualquier intento por aprobar el aborto en nuestra Patria.

La Navidad y la Paz
La paz es el gran don de la Navidad. Así lo cantaron los ángeles en el primer villancico de la historia: “Gloria a Dios en el Cielo, y paz en la tierra a los hombres que ama el Señor” (Lc 2, 14). Pero al ver que aún hay hechos de violencia en nuestra vida social, hechos que engendran muerte y traen dolor a la vida de muchas familias, nos preguntamos: ¿Amanecerá por fin el alba de la paz en nuestras vidas? La fe nos dice que la paz es posible en la medida en que acojamos al Señor Jesús que viene y en la medida que acallemos los reclamos del egoísmo y busquemos juntos el bien común. La paz es posible es la medida que nos abramos a la verdad y vivamos en el respeto a las instituciones de derecho. Sólo así se podrá encontrar sentido a la dolorosa perdida de vidas humanas que causan estos conflictos que nunca más deben repetirse entre nosotros.

El cristianismo comprende y reconoce la noble y justa lucha por la justicia a todos los niveles, pero prohíbe buscar soluciones por caminos de odio y de muerte. Pidamos hoy al Niño Jesús, que es el Príncipe de la Paz (ver Is 9, 6), para que en el Perú se destierre toda forma de violencia.

Vivamos la Navidad en compañía de María, la Madre de Jesús
Nuestra mirada final se dirige a Santa María, la Virgen Madre de Dios. Que Ella nos ayude a profundizar en el misterio de la Navidad. Que Ella nos ayude a fijar nuestra mirada de fe y amor en su Divino Hijo que yace en su regazo. Que Ella, la Mujer fuerte de la fe, nos ayude a confesar a Cristo como el Hijo único del Padre, hecho hombre en su seno virginal e inmaculado, por obra del Espíritu Santo, quien vino al mundo para librarnos de toda esclavitud de pecado y para reconciliarnos con Dios, con nosotros mismos, con los hombres y con la creación.

A todos les deseo una muy Santa y Feliz Navidad y un Año Nuevo lleno de las bendiciones del Señor.

Los bendice y pide sus oraciones,

 

San Miguel de Piura, 20 de diciembre de 2009
Domingo IV de Adviento

 

(1) San Juan María Vianney, Sermón sobre el misterio.

(2) Ver S.S. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal, Familiaris consortio, n.42.

(3) Concilio Vaticano II, Constitución dogmática, Lumen gentium, n. 11.

(4) Concilio Vaticano II, Constitución pastoral, Gaudium et spes, n.52.

(5) Ver S.S. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal, Familiaris consortio n.43; y Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 221.

(6) S.S. Juan Pablo II, Carta Encíclica, Centesimus annus, n.39.

domingo 20 diciembre, 2009