“LA PRESENCIA REAL DE JESÚS EN EL MISTERIO DE SU CUERPO Y DE SU SANGRE, ES FORTALEZA E IMPULSO EN NUESTRA VIDA”

Arzobispo celebra Santa Misa Vespertina de la Cena del Señor y realiza lavatorio de pies a doce jóvenes seminaristas

14 de abril de 2022 (Oficina de Prensa).-  La noche de hoy, en la Basílica Catedral de Piura, los fieles piuranos se reunieron, tras dos años de no poder hacerlo a causa de la pandemia, para participar en medio de un clima de profundo recogimiento y gran devoción, de la Santa Misa Vespertina de la Cena del Señor que presidió nuestro Arzobispo Metropolitano, Monseñor José Antonio Eguren Anselmi, S.C.V.

Lavatorio de Pies 

Durante la celebración eucarística se realizó el rito del lavatorio de los pies que expresa plenamente el significado del gesto efectuado por el Señor Jesús en el Cenáculo. En esta oportunidad Monseñor Eguren lavó los pies de doce jóvenes seminaristas del Seminario Arquidiocesano «San Juan María Vianney» de nuestra Ciudad, como una manera de expresar la importancia de promover las vocaciones sacerdotales y de que los presbíteros sean pastores al estilo de Jesús. No hay que olvidar que hoy Jueves Santo también recordamos el día en que Jesús, junto con el don de la Eucaristía y el Mandamiento Nuevo del Amor, regaló a su Iglesia el don del Orden Sagrado. El rito del lavatorio de los pies es un símbolo, es una señal de que como cristianos siempre debemos estar dispuestos a servir a los hermanos. El cristiano debe estar siempre dispuesto a ayudar a los demás, sea éste un conocido o un desconocido.

Monumento Eucarístico y visita a las 7 iglesias

Antes de finalizar la Santa Misa nuestro Arzobispo llevo en procesión el Santísimo Sacramento para reservarlo en el monumento especialmente preparado en el Templo Catedralicio, donde quedará expuesto para la adoración de los fieles, que durante toda la noche realizan la hermosa tradición de la visita a las siete iglesias. Esta hermosa tradición tiene como fin acompañar al Señor en la soledad y sufrimientos en el Huerto de Getsemaní, se recuerda las afrentas que recibió en las casas de Anás, Caifás, Herodes, Pilato, en el Calvario y se le acompaña en el silencio del sepulcro. Según la tradición, cada iglesia, después de la Misa de la Cena del Señor, guarda el Santísimo Sacramento en el tabernáculo y erige un monumento en señal de acción de gracias a Jesús por su Sagrada Pasión con la que redimió con amor al mundo.

A continuación, publicamos la homilía completa pronunciada hoy por nuestro Pastor:

JUEVES SANTO 

Misa Vespertina de la Cena del Señor

En la noche del Jueves Santo celebramos grandes misterios: La institución de la Sagrada Eucaristía y del Orden Sacerdotal, así como el mandamiento del Señor sobre el amor fraterno. Este año, quiero centrar mi reflexión en el don de la Eucaristía, sacramento que tanto amamos los piuranos y tumbesinos, y al cual le profesamos tantísima adoración y devoción. De esta manera, renovaremos nuestro “asombro eucarístico”, para que, en compañía de Santa María, podamos reconocer el rostro del Señor Jesús ahí donde Él se manifiesta de manera más eminente: En la Eucaristía.    

En esta noche de Jueves Santo, es cuando más resuenan en nuestros corazones las palabras de Jesús: “Este es mi Cuerpo que es entregado por vosotros” (Lc 22, 19). “Ésta es mi Sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados” (Mt 26, 28). “Haced esto en memoria mía” (1 Cor 11, 24; Lc 22, 19). “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

Que esta Misa Vespertina de Jueves Santo, nos permita redescubrir y celebrar la Eucaristía como sacrificio, memorial, acción de gracias, presencia real, banquete pascual, fuente de caridad fraterna, y prenda de la gloria futura.

La Eucaristía es verdadero sacrificio, porque concentra todo el misterio pascual del Señor que vamos a vivir estos días: Su Pasión, Muerte y gloriosa Resurrección. “De este modo la Eucaristía aplica a los hombres de hoy la reconciliación obtenida por Cristo una vez por todas para la humanidad de todos los tiempos. El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio… La Santa Misa hace presente el sacrificio de la Cruz, no se le añade y no lo multiplica. Lo que se repite es su celebración memorial, por la cual el único sacrificio redentor de Cristo se actualiza siempre en el tiempo”.[1] Por eso la Misa es “memorial”, pero no nos olvidemos que ella es también culto de “acción de gracias”, que elevamos al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo, por la obra de la creación, y la más admirable obra de nuestra reconciliación, así como por todo lo bueno que Dios-Amor nos da cada día. Precisamente la palabra griega “eucharistia” (εχαριστία), significa acción de gracias.

La Eucaristía es además presencia real: No veas en el pan y en el vino meros y naturales elementos, porque el Señor ha dicho expresamente que son su Cuerpo y su Sangre: La fe te lo asegura, aunque los sentidos te sugieran otra cosa”.[2] Sobre esta dimensión de la Eucaristía, Santa Teresa de Calcuta solía decir: “La Palabra se hace carne otra vez y habita entre nosotros, bajo las especies de la Eucaristía. El mismo Jesús, nacido hace dos mil años como un pequeño Niño en Belén, está verdadera, real, física y personalmente presente para nosotros en el Santísimo Sacramento…Cuando miras al crucifijo, comprendes cuánto te amó Jesús. Cuando miras a la Eucaristía, comprendes cuánto te ama hoy”.

Por eso, parte significativa de nuestra liturgia de Jueves Santo, es nuestra adoración a Jesús Eucaristía en el Monumento que hemos preparado especialmente para velar con Él en oración, conforme al deseo del Señor: “Quedaos aquí y velad conmigo” (Mt 26, 38). Qué hermoso es estar con Él, y poder reclinar nuestra cabeza en su Corazón como los hizo el discípulo amado en la Última Cena (ver Jn 13, 25). Que esta noche Santa, y como anhelaba Santa Teresa de Calcuta, fijemos los ojos en Aquél que es la Luz, nos acerquemos de corazón a Su Divino Corazón, y le pidamos en nuestra oración que nos conceda gracia para conocerlo, amor para amarlo, y valentía para seguirlo y servirlo.

Roguemos a Santa María, el primer Sagrario viviente, para que toque el corazón de todos los sacerdotes, para que ellos promuevan más aún la Adoración Eucarística en sus parroquias y comunidades, y mejor si ésta pudiese ser perpetua.

Ustedes también, queridos fieles cristianos de Piura y Tumbes, pídanselo de corazón a sus sacerdotes. Verán que ahí donde hay adoración eucarística, desaparece el mal, las divisiones y la violencia, y en cambio florece la verdad, el amor, las vocaciones, la vida, y la unidad, en la familia y en la vida social.   

En esta noche de Jueves Santo, no olvidemos al gran número de cristianos que, en el mundo entero, en más de dos mil años de historia, han muerto mártires por defender la Eucaristía, y de cuántos, que todavía hoy en día, arriesgan la vida para participar en la Misa dominical.

Además, la Eucaristía es también banquete y comunión: En cada comunión eucarística en la que recibimos a Jesús con un corazón limpio de pecado, Él nos estrecha en su amistad y nos dice: “Vosotros sois mis amigos” (Jn 15, 14), y además, nos da vida eterna y habita en nosotros: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día” (Jn 6, 53-54). “Permaneced en mí como yo en vosotros” (Jn 15, 4).

San Pablo afirma: “Todo fue hecho por Él y para Él” (Col 1, 16). ¿Somos conscientes que, en cada comunión, Aquel que es la Palabra, Aquel que es el fundamento de todo lo que existe, Aquel que es el significado eterno del mundo entra en nosotros? ¡Cuánta necesidad hay de estar siempre en gracia de Dios para recibirlo!  

Sobre la comunión eucarística nuestro querido Papa Francisco nos enseña: “Mientras nos nutrimos con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, nos asimilamos a Él, recibimos en nosotros su Amor, no para retenerlo celosamente, sino para compartirlo con los demás. Esta lógica está inscrita en la Eucaristía, recibimos su Amor en nosotros y lo compartimos con los demás. Esta es la lógica eucarística. En ella, de hecho, contemplamos a Jesús como pan partido y donado, sangre derramada por nuestra salvación. Es una presencia que, como un fuego, quema en nosotros las actitudes egoístas, nos purifica de la tendencia a dar sólo cuando hemos recibido, y enciende el deseo de hacernos, también nosotros, en unión con Jesús, pan partido y sangre derramada por los hermanos”.[3]

Es significativo que San Juan en su Evangelio, allí donde los otros evangelistas narran la institución de la Eucaristía, él nos relate la escena del lavatorio de los pies (ver Jn 13, 1-20). Lo hace para señalarnos que aquel que participa en la Eucaristía, y comulga el Cuerpo y la Sangre de su Señor, se debe sentir comprometido e impulsado a ser como Jesús: Artesano de comunión y de servicio, especialmente con quienes están en búsqueda de comprensión, ayuda, aliento y, están marginados y solos.   

Finalmente, la Eucaristía es prenda de la Gloria Futura. Por eso después de la consagración junto con exclamar, “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección”, añadimos, “Ven Señor Jesús. Si bien Jesús esta realmente en las especies eucarísticas, con esta invocación expresamos nuestro anhelo que su presencia sea una realidad plena y total con su última y definitiva venida.

Que la Eucaristía sea prenda de la gloria futura, significa que es tensión hacia la meta, es pregustar el gozo pleno prometido por Cristo en el Cielo (ver Jn 15, 11) es, en cierto modo, anticipación del Paraíso, porque quien se alimenta de Cristo en la Eucaristía no tiene que esperar el más allá para recibir la vida eterna. La posee ya en la tierra como primicia de la plenitud futura, que abarcará al hombre en su totalidad. En efecto, en la Eucaristía recibimos también la garantía de la resurrección corporal al final del mundo: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6, 54).

Igualmente, cada Misa que celebramos une a la Iglesia peregrina con la Iglesia celestial, que en su liturgia eterna aclama sin cesar: “La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero” (Ap 7, 10).[4]

“Una consecuencia significativa de la tensión escatológica propia de la Eucaristía es que da impulso a nuestro camino histórico, poniendo una semilla de viva esperanza en la dedicación cotidiana de cada uno a sus propias tareas”.[5]

Pidamos a Santa María, Mujer Eucarística, que interceda por nosotros y nos ayude a crecer en nuestro amor a la Eucaristía. A Ella le rezamos esta hermosa oración en este Jueves Santo:  

María Inmaculada, tú creíste lo que se te dijo de parte de Dios. Fuiste así anticipo de la fe eucarística de la Iglesia. Fortalece nuestra fe en la presencia real de Jesús en el misterio de su Cuerpo y de su Sangre, para que sea para cada uno de nosotros fortaleza e impulso en la vida.

De esta manera, llenos de Cristo, con la fuerza del Espíritu Santo, sabremos llevar a Jesús a nuestros hermanos, y acompañarlos en su camino hacia Él.

María, Madre de la Eucaristía, obtennos la luz del Espíritu Santo, para que podamos en todo momento «asombrarnos» del infinito amor que Jesús, realmente presente en el Santísimo Sacramento del Altar, tiene por cada uno nosotros.

María, Madre de la Eucaristía, ruega ante tu Hijo para que nos veamos libres del mal de la guerra, que sólo trae destrucción, sufrimiento y muerte de inocentes. Pídele a tu adorado Jesús que pronto reine en nuestro mundo la paz, y en especial en Ucrania.

María, Madre de la Eucaristía, pídele también que bendiga a nuestra Patria, el Perú, país eucarístico por excelencia. Que lo libre de todo peligro presente y futuro que ponga en riesgo la paz, el orden social y los derechos fundamentales de todos los peruanos. Que nos ayude a preservar nuestra frágil democracia, y con ella la libertad, la justicia, la unidad y la amistad social.

Nosotros, unidos a Ti, oh Madre nuestra, pediremos por todas estas intenciones delante del Monumento.

Amén.  

San Miguel de Piura, 14 de abril de 2022
Misa Vespertina de la Cena del Señor

[1] San Juan Pablo II, Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia, n. 12.

[2] San Cirilo de Jerusalén, Catequesis mistagógicas, IV, 6.

[3] S.S. Francisco, Angelus, 03-VI-2018.

[4] Ver San Juan Pablo II, Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia, nn. 18-19.

[5] Lugar citado n. 20.

Puede descargar el archivo PDF de esta Homilía de nuestro Arzobispo desde AQUÍ

Puede ver el vídeo de la transmisión de la Santa Misa AQUÍ