«LA PAZ A VOSOTROS, Y SE ALEGRARON DE VER AL SEÑOR»

II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia

24 de abril de 2022 (Oficina de Prensa).- Hoy, II Domingo de Pascua, llamado también Domingo de la Divina Misericordia, el Evangelio nos presenta la lectura de Juan 20, 19-31, pasaje que nos relata el momento en que el Resucitado se presenta a los apóstoles, que se encuentran encerrados, tristes y con miedo, diciéndoles: “«Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor”. Nuestro Arzobispo Metropolitano, Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., ha preparado una homilía basada en los textos que nos presenta el Evangelio de hoy.

En su homilía, Monseñor Eguren nos recuerda que: “El Domingo es la Pascua semanal; es el día de la nueva creación que anuncia la eternidad; es el día del Señor resucitado, vencedor del pecado y de la muerte; es el día de la Fe. Para nosotros los cristianos, el Domingo es un día «irrenunciable»”.

A continuación, compartimos la Homilía completa de nuestro Pastor:

“La paz a vosotros. Y se alegraron de ver al Señor”
II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia

El Evangelio de este Domingo (ver Jn 20, 19-31), recoge dos apariciones del Señor resucitado a los Apóstoles. La primera, “al atardecer de aquel día, el primero de la semana” (Jn 20, 19), es decir, el mismo día de la Resurrección de Cristo, el Domingo de Pascua. Y la segunda aparición, “ocho días después”, es decir, nuevamente un día Domingo.

El Domingo, Día del Señor

Todo ello debe llevarnos a reflexionar en la importancia del Domingo como el día consagrado a Cristo resucitado y, por tanto, como un día que debemos santificar. El Domingo es la Pascua semanal; es el día de la nueva creación que anuncia la eternidad; es el día del Señor resucitado, vencedor del pecado y de la muerte; es el día de la Fe.

Para nosotros los cristianos, el Domingo es un día “irrenunciable”, y como los cuarentainueve mártires de Abitina, pequeña localidad de la actual Túnez, que en el año 304 D.C. entregaron sus vidas por no renunciar a la Misa dominical, nosotros también decimos con ellos: “Sin el domingo, no podemos vivir”, es decir, sin reunirnos en asamblea el Domingo para celebrar la Eucaristía, no podemos vivir, porque nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades diarias y no sucumbir.  

El Domingo, Día del Señor, es la ocasión propicia para sacar fuerzas de Él, que es el Señor de la vida. El Domingo, jamás debemos verlo como una obligación, “al contrario, participar en la celebración dominical, alimentarse del Pan eucarístico y experimentar la comunión de los hermanos y las hermanas en Cristo, es una necesidad para el cristiano; es una alegría; así el cristiano puede encontrar la energía necesaria para el camino que debemos recorrer cada semana”.[1] 

Es en la Eucaristía, donde experimentamos la presencia del Resucitado en medio de nosotros, realmente presente en el misterio de su Cuerpo y de su Sangre, una presencia que, también a nosotros como a los Apóstoles, nos trae el don de la paz: “La paz con vosotros” (Jn 20, 21.26).

¡La paz con vosotros!

Esta expresión, la usa el Señor Jesús en sus dos apariciones a los Apóstoles, y apenas se las pronuncia, los que estaban llenos de temor y miedo, “se alegraron de ver al Señor” (Jn 20, 20). El Evangelio de San Juan, nos hace notar que los discípulos se encontraban reunidos a puertas “cerradas, por miedo a los judíos” (Jn 20, 19). Los Apóstoles, necesitaban de la paz de Cristo, pues le habían abandonado el día su Pasión y Muerte en la Cruz, y después no habían creído en que había resucitado de entre los muertos. La experiencia interior de los Apóstoles debió de haber sido de una profunda tristeza espiritual, porque le habían fallado a su Señor. Sentían que no estaban en paz con Jesús, y cuando falta la paz de corazón, éste se llena de temor.

Sí, estaban encerrados, con las puertas cerradas, pero no hay puerta que detenga al Amor del Señor por los suyos. Y así, de pronto, todo cambia, porque el Señor resucitado se pone en medio de ellos para asegurarles que está vivo, que ha vencido, y que no los abandona. Jesús los tranquiliza diciéndoles: “La paz con vosotros” (Jn 20, 21.26). Antes de su Pasión el Señor los había llamado “sus amigos” (ver Jn 15, 14), ahora los confirma en su amistad dándoles el don de su paz. Así de bueno y misericordioso es el Señor con nosotros. Aun cuando le hayamos abandonado o negado, Él siempre está dispuesto al perdón y a la reconciliación, a darnos su amistad.  

Los signos de su Pasión, son los signos de su Amor por nosotros

“Dicho esto, (Jesús) les mostró las manos y el costado” (Jn 20, 20). Los signos de los clavos en las manos, y de su costado atravesado por la lanza, son los signos de su Pasión, son los signos de su Amor por nosotros. El Señor, muestra las señales de su Pasión, como una forma de indicarnos a todos, no sólo a sus Apóstoles, sino a sus discípulos de todos los tiempos, a qué precio el hombre vuelve a la amistad con Dios, es decir, a qué precio nos ha conquistado Jesús el don de la reconciliación con Dios, con nosotros mismos, con nuestros hermanos, y con la creación.

“Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré»” (Jn 20, 24-25).

Por ello, con una gran fineza de amor, el Señor se vuelve a aparecer para rescatar y rehabilitar a Tomás de su abatimiento e incredulidad: “Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente»” (Jn 20, 26-27). Es como si el Señor le dijese a Tomás, y a través de él a todos nosotros: “Estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos, de los siglos, y tengo poder sobre la muerte y el infierno” (Ap 1, 18).

Las señales de la Pasión fueron comprobadas por el Apóstol incrédulo quien, abriéndose al don de la Resurrección, le dedica a Jesús una de las más hermosas aclamaciones de fe del Evangelio, aclamación que hemos hecho nuestra para confesar públicamente nuestra fe en la presencia real de Cristo en el misterio de su Cuerpo y de su Sangre: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 28).

Dos lecciones podemos extraer para nuestra vida cristiana de esta parte de nuestro Evangelio dominical: La primera, no caigamos en la tentación de Tomás de apartarnos de la Comunidad de la Iglesia. Cuando lo hacemos la fe se debilita, y la desesperanza y las dudas se apoderan de nuestra mente y corazón. La segunda: En cada Santa Misa, el Resucitado viene a buscarnos para fortalecer nuestra fe y darnos el don de su paz. Que llenos de fe eucarística siempre le digamos a Jesús, cuando el sacerdote consagre el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 28), porque “Dichosos (son) los que no han visto y han creído” (Jn 20, 29).

El poder de perdonar los pecados

Después de haber vivido la experiencia del perdón de Cristo, los Apóstoles ya pueden recibir el poder de perdonar los pecados: “Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos»” (Jn 20, 21-23). Por propia experiencia, los Apóstoles, y todos los ministros sagrados que hemos recibido del Señor la potestad de perdonar los pecados en el Sacramento de la Confesión, sabemos muy bien que es en virtud del Espíritu de Cristo que, son perdonados los pecados de los hombres, porque como bien afirma el libro del Apocalipsis: “Jesucristo…nos ama y nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados” (Ap 1, 5).

Domingo de la Divina Misericordia

En este segundo Domingo de Pascua, celebramos a la Divina Misericordia. La misericordia es el nombre más auténtico del Amor, del Amor entendido en su aspecto más profundo y tierno, como esa capacidad de aliviar cualquier necesidad y de compadecerse de cualquier miseria.

Por eso, en estos tiempos en que vemos al mundo sumido en guerras, y a nuestro querido Perú sumido en una crisis moral, política, social y económica muy profunda, cuán necesario y urgente es que volvamos nuestro corazón a la Divina Misericordia, que es el mismo Cristo, para implorarle: ¡Por tu dolorosa Pasión y por tu gloriosa Resurrección, ten misericordia de nosotros y del mundo entero!

Que esta invocación a la Divina Misericordia brote incesantemente de lo más íntimo de nuestros corazones, hoy llenos de sufrimiento, de temor e incertidumbre, pero al mismo tiempo, en busca de una fuente segura y verdadera de esperanza y paz.

No nos cansemos de decir una y otra vez: “Jesús, en Ti confío”, porque como el Señor le aseguró a Santa Faustina Kowalska, la humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija con confianza a la Misericordia Divina”. Que la Divina Misericordia, envíe tiempos de consuelo y alivio a Ucrania, martirizada por la guerra, y a nuestra Patria, el Perú, sumido en una gran crisis. Junto con el rezo del Santo Rosario, tomemos con confianza en nuestras manos la Coronilla de la Divina Misericordia, y recémosla en familia, con la seguridad que la Divina Misericordia es capaz de librarnos de estas horas de aflicción.

Queridos hermanos: “¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado! Hoy más que nunca tenemos necesidad de Él, al final de una Cuaresma que parece no querer terminar. Hemos pasado dos años de pandemia, que han dejado marcas profundas. Parecía que había llegado el momento de salir juntos del túnel, tomados de la mano, reuniendo fuerzas y recursos. Y en cambio, estamos demostrando que no tenemos todavía el espíritu de Jesús, tenemos aún en nosotros el espíritu de Caín, que mira a Abel no como a un hermano, sino como a un rival, y piensa en cómo eliminarlo. Necesitamos al Crucificado Resucitado para creer en la victoria del Amor, para esperar en la Reconciliación. Hoy más que nunca lo necesitamos a Él, para que poniéndose en medio de nosotros nos vuelva a decir: «¡La paz esté con ustedes!»”.[2]

San Miguel de Piura, 24 de abril de 2022
II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia

[1] S.S. Benedicto XVI, Homilía en la Solemnidad de Corpus Christi, 29-V-2005.

[2] S.S. Francisco, Mensaje Urbi et Orbi con ocasión de la Pascua 2022, 17-IV-2022.

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