LA ORACIÓN, EL AYUNO Y LA CARIDAD, SON LOS MEDIOS PARA NUESTRA CONVERSIÓN

Arzobispo celebra el Miércoles de Ceniza

17 de febrero de 2021 (Oficina de Prensa).-  La tarde de hoy, nuestro Arzobispo Metropolitano, Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., celebró en la Basílica Catedral de nuestra ciudad, la Santa Misa de Miércoles de Ceniza, con la que se da inicio al tiempo de Cuaresma, durante el cual nos preparamos para celebrar el Misterio Pascual de Cristo en la Semana Santa. Los fieles piuranos recibieron la ceniza sobre sus cabezas en señal de penitencia y deseo sincero de conversión, asimismo participaron de la Eucaristía, en medio de un clima de oración, profunda meditación y recogimiento, observando todos los protocolos de bioseguridad. Durante su Homilía, Monseñor Eguren se pronunció sobre el lamentable escándalo de las vacunas preferenciales.

A continuación, compartimos la Homilía completa pronunciada hoy por nuestro Pastor: 

 La oración, el ayuno y la caridad,
son los medios para nuestra conversión

Muy queridos hermanos y hermanas en el Señor Jesús:

Dios Padre, rico en misericordia, nos concede en su infinito amor una nueva Cuaresma, y con ella, su gracia y perdón, es decir, la posibilidad de convertirnos y creer en el Evangelio. La Cuaresma es un camino de oración, ayuno y limosna. Es decir, en espíritu orante y practicando la penitencia y la caridad fraterna, caminamos con el Señor Jesús hacia la Pascua, para resucitar con Él a la vida verdadera. Como nos dice el Santo Padre en su Mensaje para la Cuaresma de este año: “El ayuno, la oración y la limosna, tal como los presenta Jesús en su predicación (cf. Mt 6,1-18), son las condiciones y la expresión de nuestra conversión. La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante”.[1]

Cuaresma significa cuarenta días, porque cuarenta fueron los días que Jesús permaneció en el desierto en combate contra el demonio, orando y ayunando (ver Mt 4, 1-2). La Cuaresma es el tiempo del humilde reconocimiento de nuestra condición de pecadores necesitados de abrirnos a la gracia de la conversión.

Por eso el profeta Joel en la primera lectura nos ha dicho: “Esto dice el Señor: Todavía es tiempo. Conviértanse a mí de todo corazón, con ayunos, con lágrimas y llanto; enluten su corazón y no sus vestidos” (ver Jl 2, 12-18); y en el Salmo Responsorial hemos cantado: “Misericordia, Señor, hemos pecado” (Salmo 50). La conversión no es un maquillaje o un cambio cosmético, es decir, un simple retoque moral de una u otra actitud o conducta de vida. La conversión supone un cambio radical de vida; supone cambiar nuestra existencia desde la raíz, desde el corazón, para tener una vida totalmente arraigada en Cristo.

De hecho, la imposición de la ceniza en este día nos va a recordar que somos polvo y al polvo volveremos, es decir, que tarde o temprano moriremos y que por lo tanto es urgente convertirse ahora y creer en el Evangelio, que es Jesús, porque sólo Él es la fuente de la salvación y de la vida. El casi un año de pandemia que estamos sufriendo nos viene recordando de manera dramática esta realidad.

No nos hagamos ilusiones diciéndonos que más adelante tendremos tiempo para convertirnos, para morir a nuestro pecado, para confesarnos, para acercarnos al Señor. A nadie se le ofrece el mañana, solamente se le ofrece el hoy. Con gran sabiduría espiritual San Agustín nos advierte: “Dios te prometió el perdón, pero ¿quién te ha prometido el día de mañana?”.[2] Por eso escuchemos la advertencia del apóstol San Pablo en la segunda lectura de hoy: «Éste es el tiempo favorable, éste es el día de la salvación» (2 Cor 6, 2)”. 

Conformación con Jesús por la oración, el ayuno y la caridad

¿Cuál es el fin de la Cuaresma? La conformación con Cristo, vida y resurrección para todo aquel que cree en Él (ver Jn 11, 25). El camino cuaresmal es un camino de configuración con el Señor hasta llegar a ser uno con Él, es decir hasta llegar a pensar, sentir y actuar como Jesús, el hombre nuevo y perfecto. Para ello y con la ayuda de la gracia, debemos abandonar el pecado y todo lo que es contrario a Dios y que nos impide adherirnos profundamente al misterio de gracia y amor que es Cristo, el camino, la verdad y la vida (ver Jn 14, 6).

Para este camino de profunda unidad con el Señor la oración es vital. Oración entendida como un abrirle la puerta de mi corazón a Jesús para que Él entre en mí y haga en mí todas las cosas nuevas (ver Ap 21, 5). Oración entendida como un encuentro con la Persona viva de Jesús, quien da a mi vida un nuevo horizonte y con ello una orientación decisiva.[3]

Se trata de una oración hecha desde el corazón, hecha en lo secreto, esto es, dedicando espacios y tiempos para la intimidad con Jesús para que así nuestra vida sea transformada. Se trata de una oración a través de la cual nos dejamos alcanzar por la Palabra de Dios para acoger y vivir la Verdad que se manifestó plenamente en Cristo, y así alcanzar la verdadera libertad (ver Jn 8, 32).

Junto con la oración está el ayuno que, en palabras del Papa Francisco, es vivir una experiencia de privación de renuncia, que nos debe llevar, “a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento. Haciendo la experiencia de una pobreza aceptada, quien ayuna se hace pobre con los pobres y «acumula» la riqueza del amor recibido y compartido. Así entendido y puesto en práctica, el ayuno contribuye a amar a Dios y al prójimo en cuanto, como nos enseña Santo Tomás de Aquino, el amor es un movimiento que centra la atención en el otro considerándolo como uno consigo mismo (ver Carta enc. Fratelli tutti, 93)”.[4]

Finalmente, para alcanzar la configuración con el Señor Jesús está la caridad, la cual es fundamental ya que, “cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40).  La caridad es abrirse al hermano, al otro, para amarle, servirle y ayudarle. El amor a Dios y al prójimo, son inseparables y complementarios, son las dos caras de una misma medalla.

Precisamente, el Papa Francisco en su mensaje para la Cuaresma de este año, nos pide descubrir al otro como un don y a no ser indiferentes a sus necesidades y sufrimientos. Escuchemos al Santo Padre: “Vivir una Cuaresma de caridad quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de COVID-19. En un contexto tan incierto sobre el futuro, recordemos la palabra que Dios dirige a su Siervo: «No temas, que te he redimido» (Is 43, 1), ofrezcamos con nuestra caridad una palabra de confianza, para que el otro sienta que Dios lo ama como a un hijo”.[5]

Oremos y hagamos penitencia para que Dios sane al Perú de la pandemia y de la corrupción

Queridos hermanos y hermanas: Los invito a todos a que durante la Cuaresma intensifiquemos la oración y la penitencia para pedirle al Señor que nos libre de la presente pandemia que estamos padeciendo, que sane a nuestros enfermos y de la vida eterna a nuestros difuntos. Estas dos poderosas armas espirituales, que están a nuestro alcance, pueden cambiar el curso de los acontecimientos actuales. Son las primeras y más importantes medidas de prevención y de acción que hay que tomar.

Orar es permitirle a Dios que actúe en nuestras vidas. Él es el Señor de la creación y puede librarnos de esta pandemia, si se lo pedimos con fe y humildad. De otro lado, hay que hacer penitencia como reconocimiento de que muchas veces nuestros pecados de omisión, de falta de prevención, de irresponsabilidad y de negligencia, están en la raíz de lo que estamos padeciendo en estas semanas, donde la seguridad, la salud y la vida humana están tan amenazadas.

Hagamos también penitencia por los casos de corrupción que con dolor vemos descubrirse día a día en nuestro país en plena epidemia, ahora con el vergonzoso escándalo de las vacunas preferenciales.  

Haberse vacunado primero es una afrenta a los miles de hermanos contagiados y especialmente a las decenas de miles de muertos a causa del Covid-19 en nuestra Patria que ha sumido en el dolor y el luto a tantísimas familias peruanas. Asimismo, es un agravio a todos los que desde el primer día están en la primera línea de lucha contra el coronavirus. La corrupción produce un gran daño en la sociedad y es como un cáncer que infesta y contamina todos los sectores de la vida social. Que nuestra penitencia cuaresmal nos ayude a recuperar en el Perú los valores, la moral, la veracidad, la honestidad, la decencia, la rectitud, la justicia, el trabajo por el bien común, la solidaridad y el servicio. Por todo ello hagamos penitencia.

Santa María, modelo para vivir la Cuaresma

Que Santa María, Madre de Dios y perfecta discípula de su divino Hijo Jesús, maestra de vida espiritual para todo cristiano, nos guíe y eduque durante el ejercicio de la Santa Cuaresma. Que, como Mujer Oyente, nos ayude a acoger con fe la Palabra de Dios. Que, como Mujer Orante, nos enseñe a vivir el encuentro personalizante con su Hijo Jesús en la oración. Que como Virgen-Madre nos configure con Cristo. Que, como Mujer Oferente, haga que nuestras vidas sean siempre una ofrenda agradable a Dios y una donación de amor a los hermanos.[6] Amén.

San Miguel de Piura, 17 de febrero de 2021
Miércoles de Ceniza 

[1] S.S. Francisco, Mensaje para la Cuaresma 2021, 12-II-2021.

[2] San Agustín, Sermón 82.

[3] S.S. Benedicto XVI, Carta Encíclica Deus Carita est, n. 1.

[4]  S.S. Francisco, Mensaje para la Cuaresma 2021, 12-II-2021.

[5] Allí mismo.

[6] Ver San Paulo VI, Exhortación Apostólica Marialis Cultus, nn. 17-20.

Puede ver el video de la Santa Misa que presidió nuestro Arzobispo la mañana de hoy AQUÍ

Puede descargar el archivo PDF de esta Homilía de nuestro Arzobispo desde AQUÍ

miércoles 17 febrero, 2021