«LA GRANDEZA DEL VIERNES SANTO, ES LA DE DESCUBRIRNOS AMADOS POR JESÚS»

Arzobispo celebra los Oficios del Viernes Santo de la Pasión del Señor

01 de abril del 2021 (Oficina de Prensa).- La tarde de hoy, nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi, S.C.V., celebró los Oficios del Viernes Santo de la Pasión del Señor, día en que la Iglesia se une en penitencia, abstinencia y ayuno para conmemorar la Pasión del Señor y en el que la celebración litúrgica conmemora la Muerte de Jesús.

Durante su homilía, nuestro Pastor, destacó que el Señor Jesús, es el Siervo Sufriente, el Varón de Dolores, y por ello hoy, cuando lo vemos padecer y morir en la cruz, no debemos olvidar ni por un instante que Él soportó sus sufrimientos por nuestros pecados. También nos exhortó a que en este día santo, pasemos de la admiración al asombro, para que florezca lo mejor de nuestra condición de cristianos, que nos lleve a ser testigos de Cristo en medio de tanto dolor e incertidumbre como la que vivimos hoy en día a causa de esta peste. Además recalcó que debemos renovar nuestro amor filial a nuestra Madre, la Virgen María, para que Ella nos ayude a tener esa profunda esperanza que esta prueba será superada y que la vida florecerá con más fuerza y belleza, tal como del Viernes de la Pasión brotó la gloria del Domingo de Pascua. Finalmente, tras la celebración de la Palabra, Monseñor Eguren realizó la adoración de la Cruz.

A continuación les ofrecemos la homilía completa que pronunció nuestro Arzobispo hoy: 

«La grandeza del Viernes Santo, es la de descubrirnos amados por Jesús»

Estamos en Viernes Santo, un día doloroso y tenebroso, pero a la vez dulce y luminoso porque Jesús, a través de su pasión, se dirige a la luz de la Pascua.

Jesús es el Siervo sufriente, el Varón de dolores

La profecía de Isaías que hemos escuchado en la primera lectura (ver Is 52, 13-53,12) nos habla de un personaje único que sufre por los pecados de los demás. Sufre terriblemente y es humillado en grado extremo: “Pues tan desfigurado tenía el aspecto que no parecía hombre, ni su apariencia era humana…No tenía apariencia ni presencia; y no tenía aspecto que pudiésemos estimar. Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta” (Is 52, 14 y 53, 3). Isaías también describe los sufrimientos extremos que aquel misterioso personaje acepta padecer, con mansedumbre y amor, por nuestros pecados: “Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestros crímenes” (Is 53, 5).

Pero a pesar de lo desgarrador del sufrimiento que nos describe Isaías, se trata de un sufrimiento fecundo y redentor, de un sufrimiento que nos sana de nuestros pecados y nos da vida: “El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados…Si se da a sí mismo en expiación, verá descendencia, alargará sus días…Por las fatigas de su alma, verá la luz” (Is 53, 5.10-11).

A la luz del Nuevo Testamento, y en particular gracias a los relatos de la Pasión, sabemos muy bien que el misterioso personaje de Isaías no es otro sino el Señor Jesús. Él es el Siervo Sufriente, el Varón de Dolores, profetizado por Isaías. Por eso cuando hoy lo vemos padecer y morir en la cruz, no debemos olvidar ni por un instante que Él soportó sus sufrimientos por nuestros pecados. Así nos lo dirá San Pedro: “Cargado con nuestros pecados, subió al leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus heridas nos han curado (1 Pe 2, 24).

Por eso el autor de la Carta a los Hebreos en la segunda lectura de hoy (ver Heb 4, 14-16; 5,7-9), nos ayuda a comprender que la Pasión del Señor Jesús es una ofrenda sacrificial, más aún, que es el más perfecto de los sacrificios. A pesar de encontrarse en una situación de angustia y sufrimiento extremos, Jesús asume su pasión con espíritu de oración, y hace de ella una ofrenda perfecta por su obediencia, llena de amor, a la voluntad de su Padre: “Aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen” (Heb 5, 8-9).

Finalmente, el Evangelio de hoy es la Pasión según San Juan (ver Jn 18, 1-19,42). La Iglesia siempre proclama el Viernes Santo este relato de la Pasión, porque Juan estuvo ahí al pie de la Cruz, acompañando a Santa María, durante las tres horas de la agonía de su Hijo. El Discípulo a quien Jesús tanto quería, fue testigo directo y privilegiado de la pasión y muerte de su Señor.

Así nos lo dice él mismo exhortándonos a la fe: “El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis” (Jn 19, 35).

Pasemos de la admiración al asombro

Queridos hermanos: Hoy Viernes Santo, y tal como nos lo ha pedido el Papa Francisco, pasemos de la admiración al asombro, porque admirar a Jesús no es suficiente. En cambio, dejarse asombrar es dejarse tocar por su amor, es estar dispuestos a seguir su camino, es dejarse cuestionar por Él, y es abrirnos a la fe como el centurión y confesar: “Verdaderamente, éste era hijo de Dios” (Mt 27, 54).  

En esta tarde de Viernes Santo, miremos al Crucificado y digámosle con gratitud: Señor, ¡cuánto me amas! ¡cuán valioso soy para Ti! Tanto valgo para Ti, que por mí te humillas, desciendes hasta lo más terrible del sufrimiento, y experimentas la muerte, y todo para salvarme.

Que, en este Viernes Santo, cuando adoremos la Cruz y en ella al Crucificado, brote en cada uno la certeza de saber que nunca estamos solos, que el Señor Jesús está con nosotros en cada herida, en cada miedo, en cada enfermedad, en esta pandemia, incluso en cada muerte, porque ningún pecado, ningún mal, ni siquiera la muerte, tiene la última palabra. La última palabra la tiene su amor crucificado que hará que la tumba estalle de gloria el Día de Pascua. Esta es la grandeza del Viernes Santo, la de descubrirnos amados. Ya nunca estaremos solos. Y ese Amor-presencia nos abre a la esperanza y nos da fortaleza, como a María la Madre de Jesús. 

En este Viernes Santo contemplemos con qué amor y confianza, Jesús se abraza a su Cruz enseñándonos así a abrazarnos a la nuestra.

Y cuando lo hagamos descubriremos que, en las cruces de nuestra vida, Él ya está presente, y como un nuevo Cireneo nos ayuda a cargarlas abriéndonos desde el dolor y el desánimo al consuelo y a la confianza.

Toquemos a Cristo crucificado con fe y amor en los que más sufren

Queridos hermanos: El relato de la Pasión es sumamente duro y lleno de descripciones que hieren la sensibilidad: Un beso traidor, bofetadas y puñetazos en todo momento, escupitajos, burlas, insultos, gritos de rechazo, las laceraciones de la flagelación y de la corona de espinas que no dejan un solo lugar sano de la piel del Señor, un pesado madero que ahonda aún más el dolor de las heridas de los hombros de Jesús, los clavos que traspasan inmisericordes sus pies y manos, y finalmente una lanza que atraviesa sin piedad el costado del Señor hasta herir su Corazón. Por eso con acierto alguien ha dicho que la Semana Santa hay que vivirla con todos los sentidos, pero sobre todo tocando con el sentido de la fe las heridas del Señor, para hacer nuestro el dolor de Jesús, y así dejarnos conmover y transformar de una vez por todas por su Amor. 

Que, en este día de Viernes Santo, florezca lo mejor de nuestra condición de cristianos, que nos lleve a ser testigos de Cristo en medio de tanto dolor e incertidumbre como la que vivimos hoy en día a causa de esta peste. El Señor con su muerte nos ha conquistado la libertad y la vida verdadera para que mostremos su Amor a los demás, y demos testimonio de que el amor todo lo puede.

Hoy no es difícil encontrarnos con el rostro sufriente de Jesús presente en tantos hermanos que se encuentran en dificultad y angustia, como son nuestros enfermos de Covid-19, el dolor de muchas familias que han perdido un ser querido, y los miles de pobres que hoy pasan hambre por culpa de la crisis económica. Como la Verónica, que tuvo el valor de enjugar el rostro de Cristo, no pasemos de largo frente a estos sufrimientos, más bien dejemos que nuestro corazón se mueva a compasión y se acerque a ellos. Al hacerlo, el Señor dejará impreso su rostro en nuestro espíritu y con él la paz de su amor.

María la Mujer fuerte de la fe y de la invicta esperanza

No puedo terminar sin referirme al hermoso y tierno momento que San Juan nos narra en el Calvario cuando Jesús ve a su Madre y desde la Cruz le habla: “Junto a la cruz de Jesús estaban su Madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu Madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa” (Jn 19, 25-27).

Con estas palabras, Jesús manifiesta su profundo amor filial por su Madre Santa María. En la cruz, Jesús nos revela una verdad escondida desde la Encarnación: Que María es realmente nuestra Madre en el orden de la fe y de la gracia, porque el que Ella pronunció en la Anunciación, también nos engendró a la salvación. Jesús desde la Cruz hace explícita esta verdad, y María uniendo su dolor al de su Hijo, al pie de la cruz, nos da a luz.

Si somos verdaderamente sus hijos, hijos de su gran fe, entonces estamos llamados a amarla como otros Cristos, es decir con los sentimientos más puros y nobles del Sagrado Corazón de Jesús, hasta poder exclamar: “La amo yo, pero no soy yo, es Cristo quien la ama en mí”.

Preguntémonos además en este día santo: En estas horas de dolor y prueba, en estas horas de pandemia, ¿Tenemos la fortaleza y la serenidad de María, la Mujer fuerte de la fe? ¿Tenemos su invicta esperanza y su ardiente amor? Pidámosle a María que nos alcance el don de su gran fe, aquella que le permitió ver que después del Viernes de la pasión y de la muerte estaba el Domingo de la gloria y de la vida. Que Ella nos ayude a tener esa profunda esperanza que esta prueba será superada y que la vida florecerá con más fuerza y belleza, tal como del Viernes de la Pasión brotó la gloria del Domingo de Pascua.

Que María, Madre Dolorosa, nos acompañe en el camino de la cruz y del amor que su Divino Hijo Jesús nos enseña. A Ella que tiene hoy su Inmaculado Corazón traspasado por la espada, profetizada por el anciano Simeón (ver Lc 2, 35), le rezamos con amor filial:

Señora y Madre nuestra: Tú estabas serena y fuerte junto a la Cruz de Jesús. Ofrecías tu Hijo al Padre para la reconciliación del mundo.

Lo perdías, en cierto sentido, porque Él tenía que estar en las cosas del Padre, pero lo ganabas porque se convertía en Reconciliador del mundo, en el Amigo que da la vida por sus amigos.

Santa María, qué hermoso es escuchar desde la Cruz las palabras de Jesús: «Ahí tienes a tu hijo». «Ahí tienes a tu Madre».

¡Qué bueno si te recibimos en nuestra casa como el apóstol San Juan! Queremos llevarte siempre a nuestros hogares. Nuestra casa es el lugar donde vivimos. Pero nuestra casa es sobre todo nuestro corazón. Amén.

San Miguel de Piura, 02 de abril de 2021
Viernes Santo de la Pasión del Señor 

Puede descargar esta Homilía de nuestro Arzobispo desde AQUÍ

Puede ver el video de la Santa Misa de hoy desde AQUÍ

viernes 2 abril, 2021