«JESÚS, TEN MISERICORDIA DE NOSOTROS»

Arzobispo celebra II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia

11 de abril del 2021 (Oficina de Prensa).- Nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi, S.C.V., celebró la Santa Misa en el II Domingo de Pascua, también conocido como Domingo de la Divina Misericordia. 

La Santa Misa fue especialmente ofrecida por todos los integrantes de la gran familia de la Corte Superior de Justicia de Piura, pidiéndole al Señor que conceda el eterno descanso a los fallecidos, la pronta recuperación a los contagiados y la salud a todos los integrantes de esta familia judicial. Al finalizar la Eucaristía, nuestro Pastor rezó, junto a todos lo que seguían la transmisión en vivo, la coronilla a la Divina Misericordia, pidiendo especialmente al Señor por el pronto fin de la pandemia, así como nuestro país, en esta importante fecha de elecciones generales.

A continuación les ofrecemos la homilía completa que pronunció nuestro Pastor hoy: 

 “Jesús, ten misericordia de nosotros”

En este segundo Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, quiero dar inicio a mi homilía con la misma súplica que hiciera hace un año cuando comenzábamos a vivir esta dura pandemia que aún nos aflige: “Jesús, ten misericordia de nosotros”.

Ten misericordia de nosotros ante esta nueva ola de contagios y muertes que estamos sufriendo, en gran parte provocada por no ser más responsables y solidarios en el cuidarnos y en el cuidar a los demás.

Ten misericordia de nosotros, por las graves omisiones, incompetencias e irresponsabilidades de nuestras autoridades que vienen costando hasta el momento miles de miles de vidas de peruanos, piuranos y tumbesinos, haciendo que el Perú tenga en la actualidad el peor desempeño pandémico del mundo, y que en un año de pandemia nuestras autoridades no hayan aprendido a preservar mejor la salud de todos nosotros, dejando a nuestros médicos, enfermeras y personal sanitario sin los recursos hospitalarios y logísticos necesarios para enfrentar adecuadamente a este mortal asesino, como son entre otros el oxígeno, las camas UCI y hospitalarias, las medicinas, y las vacunas que urgentemente necesita nuestra población para ser inmunizada.

¡Sí Señor, ten misericordia y apiádate de nosotros! ¡Ayúdanos en esta difícil hora que vivimos!, porque a más de un año de la pandemia, no hay familia que no haya perdido a un ser querido o a un amigo, no hay institución que no haya perdido a un compañero de trabajo o de armas. Por todo ello, en este día consagrado a la Divina Misericordia, le pedimos su compasión y que nos mande tiempos de consuelo y alivio.

La misericordia es el nombre más auténtico del amor, del amor entendido en su aspecto más profundo y tierno, como esa capacidad de aliviar cualquier necesidad y de compadecerse de cualquier miseria. Por eso, en estos tiempos en que la pandemia arrecia, cuán necesario y urgente es que volvamos nuestro corazón a la Divina Misericordia, que es el mismo Cristo, para implorarle: ¡Por tu dolorosa Pasión y por tu gloriosa Resurrección, ten misericordia de nosotros y del mundo entero! En estos tiempos de Covid-19, es preciso que la invocación a la Divina Misericordia brote incesante de lo más íntimo de nuestros corazones, hoy llenos de sufrimiento, de temor e incertidumbre, pero al mismo tiempo, en busca de una fuente segura y verdadera de esperanza y paz, que no es otra sino la Divina Misericordia, que tiene un rostro y un nombre: El Señor Jesús. Hoy, necesitamos dirigirnos con confianza a la Divina Misericordia y no cansarnos de decir una y otra vez: “Jesús, en Ti confío”, porque como el Señor le dijo a Santa Faustina Kowalska, la santa depositaria de las revelaciones, “la humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija con confianza a la Misericordia Divina”.[1]

Junto con el rezo del Santo Rosario, tomemos con confianza en nuestras manos la Coronilla de la Divina Misericordia y recémosla en familia, con la seguridad que la Divina Misericordia es capaz de librarnos de esta hora de aflicción. Pidamos a Jesús, clemente y misericordioso que, así como curó de sus enfermedades a todos los enfermos que acudieron a Él, sane hoy con su divino poder a nuestros hermanos que están aquejados por el terrible mal del Covid-19.

Los dones de la Pascua: Paz y Alegría

El Evangelio de hoy (ver Jn 20, 19-31), nos presenta dos apariciones de Jesús Resucitado: Una primera, a los discípulos reunidos en el Cenáculo de Jerusalén, la noche del mismo día de la Resurrección. Y una segunda que tiene lugar ocho días después, es decir el domingo siguiente a la Resurrección del Señor, también en el Cenáculo, pero ahora con la presencia del apóstol Santo Tomás.  

Veamos. Los discípulos están encerrados en el Cenáculo por miedo a los judíos. De pronto, Jesús resucitado se presenta en medio de ellos y les dirige unas palabras inesperadas: ¡Paz a vosotros! Jesús podría haberles dirigido unas palabras de reproche porque todos le habían abandonado durante la Pasión, e incluso Pedro le negó tres veces.  Sin embargo, les dice: ¡Paz a vosotros! (Jn 20, 19). La paz que el Señor Resucitado les desea y trae, es la paz que viene después de la victoria. Jesús ha vencido al pecado, al mal en todas sus formas, a la muerte, al odio y a todo egoísmo, por eso puede traernos el consuelo y el alivio, la reconciliación y la paz.

La paz que Jesús Resucitado nos da, nos permite seguir adelante en el camino de la vida, nos da la serenidad para afrontar las tribulaciones y sufrimientos de la existencia con entereza, nos ayuda a mirar el futuro con ilusión. Después, para que los discípulos no tengan la más mínima duda que ha resucitado, Jesús les muestra sus manos y el costado abierto, es decir sus llagas, aquellas por las cuales nos ha obtenido la victoria. Sus llagas glorificadas testifican sus sufrimientos soportados con amor. Precisamente por medio del amor, Él ha vencido al mal y a la muerte.

La reacción de los discípulos no se hace esperar: “Y los discípulos se llenaron de alegría al ver a Jesús” (Jn 20, 20). Junto con la paz, Jesús resucitado les trae el don de la alegría. Se trata de la alegría por su victoria, pero sobre todo por su Amor fiel hasta el extremo. A pesar de los duros momentos que vivimos, que la presencia del Resucitado en medio de nosotros nos dé paz y serenidad, nos dé calma y regocijo, porque no estamos solos, lo tenemos a Él quien está siempre con nosotros, tenemos en nuestras vidas su Amor.

Pensemos por un momento en la difícil circunstancia que vivían los apóstoles: Su Maestro muerto, ellos se encuentran solos y encerrados, el miedo se ha apoderado de sus corazones porque temían correr la misma suerte que Jesús, es decir ser capturados, torturados y ajusticiados. Y de pronto, todo eso cambia porque el Señor Resucitado se pone en medio de ellos para asegurarles que está vivo, que ha vencido y que no los abandona.

Hoy en día nos encontramos en una situación similar a los Apóstoles. El miedo y la incertidumbre quieren apoderarse de nosotros, nos asaltan la angustia y la desesperación, pero en Pascua, estamos llamados a experimentar la presencia del Resucitado en medio de nosotros que nos asegura que su Amor nos sostiene y acompaña.

Ser testigos de la esperanza que Jesús nos da

Pero el Evangelio continúa:  Además de la paz y de la alegría, Jesús deja a sus discípulos una misión: “Como el Padre me envió, yo os envío a vosotros” (Jn 20, 21). La Resurrección de Jesús no es un hecho individual, que sólo tiene que ver con Él, sino que involucra a todos.

Él quiere que prolonguemos hasta el final de los tiempos la misión que el Padre le ha confiado: La de transformar el mundo por medio de su amor salvador. Como la tarea es grande, así como lo hizo con los Apóstoles, hoy nos da la fuerza necesaria, nos da su mismo Espíritu para que podamos llevarla a cabo: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 22).  

El evangelista San Juan nos hace comprender que el Espíritu Santo es un don del Resucitado que Jesús nos ha obtenido con su victoria sobre el pecado y la muerte. Este don se manifestará de una manera extraordinaria el día de Pentecostés. Por ello, ese día San Pedro proclamará: “A este Jesús, Dios le resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos. Y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís” (Hch 2, 32-33).

En estos tiempos de pandemia cada uno de nosotros, discípulos del Señor Resucitado, sintamos que Jesús nos envía para que seamos testigos de esperanza y de vida, de alegría y de paz en la existencia de los demás, especialmente de los más abatidos y descorazonados, porque, “la fe no es un repertorio del pasado. Jesús no es un personaje obsoleto. Él está vivo, aquí y ahora. Camina contigo cada día, en la situación que te toca vivir, en la prueba que estás atravesando, en los sueños que llevas dentro. Abre nuevos caminos donde sientes que no los hay, te impulsa a ir contracorriente con respecto al remordimiento y a lo ya visto…Aunque todo te parezca perdido, déjate alcanzar con asombro por su novedad: te sorprenderá… Porque más allá de toda derrota, maldad y violencia, más allá de todo sufrimiento y más allá de la muerte, el Resucitado vive y gobierna la historia”.[2]

Bienaventurados los que crean sin haber visto

El Evangelio de hoy nos relata que cuando Jesús se apareció el día de Pascua, Tomás no estaba con los otros discípulos. Él, no quiere creer lo que ellos le dicen: “Hemos visto al Señor” (Jn 20, 24). Tomás incluso declara: “Si no veo en sus manos la marca de los clavos y no meto el dedo por el agujero, si no meto la mano por su costado, no lo creo” (Jn 20, 25). Jesús se había hecho reconocer precisamente mostrándole a sus discípulos las manos y el costado, y ahora Tomás exige ver estas señales para creer. La identidad de Jesús Resucitado, está definida por sus llagas glorificadas, por el amor que ellas manifiestan.

Ocho días después Jesús va misericordiosamente al encuentro de la incredulidad de su apóstol Tomás a quien le tiende la mano con amor y le invita a tocar sus llagas y su costado traspasado: “Mete aquí el dedo y mira mis manos; trae la mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino antes cree” (Jn 20, 27). Tomás se rinde y se abre a la fe con una de las más puras y vigorosas de las confesiones: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 28).  Esta es posiblemente la confesión de fe más perfecta y profunda de todo el Nuevo Testamento, porque Tomás no sólo confiesa la mesianidad de Jesús, sino también su divinidad.

¿De dónde le brota esta confesión de fe tan hermosa y sentida? Del contacto con las manos y con el costado traspasado de Jesús. ¡El Sagrado Corazón de Jesús le comunica una fe fuerte y profunda! Por eso es tan importante esta devoción en la Iglesia, junto con la del Inmaculado y Doloroso Corazón de María. En esas heridas, y especialmente en su Corazón Sacratísimo traspasado, Tomás tocó con sus propias manos la cercanía y la presencia amorosa de Dios.

Pero la confesión de fe de Tomás produce un beneficio para nosotros porque Jesús le responde: “¿Porque me has visto, has creído? Dichosos los que crean sin haber visto” (Jn 20, 29). Queridos hermanos: Nosotros no hemos visto al Señor, pero creemos en Él. La respuesta de Jesús nos hace comprender que le fe nos pone en una relación mucho más bella y profunda con Cristo que aquella de haberlo visto con nuestros propios ojos.

Por eso en este tiempo de Pascua debemos dar gracias a Dios por el don de la fe. La fe es un don maravilloso de Dios que nos introduce en una relación íntima de amistad y encuentro con Jesús, y por medio de Él, con el Padre, en el Espíritu Santo. San Juan nos dice en la segunda lectura de hoy (ver 1 Jn 5, 1-6), que la fe es nuestra victoria. Por medio de ella participamos en el triunfo de Jesús sobre el mundo: “Esta es la victoria que venció al mundo: nuestra fe” (1 Jn 5, 4). El que cree en Jesús, recibe de Él toda la gracia necesaria para vencer a este mundo malo, es decir, para vencer todas las tendencias egoístas, las tentaciones del pecado, las fuerzas del odio, y de esta manera poder vivir el amor fraterno como los primeros cristianos que vivían en perfecta comunión, amistad, solicitud y asistencia mutua.

Si queremos saber si participamos o no de la victoria de Cristo Resucitado, examinemos dos cosas en nuestra vida: Qué tanto testimonio damos de nuestra fe a los demás, y qué tanto vivimos y practicamos el amor fraterno.  

En estos tiempos de virus, toquemos con fe las santas llagas del Señor para que experimentemos nosotros también la cercanía de su amor. Su amor trae a nuestros corazones la paz y la alegría que tanto necesitamos en los actuales momentos.

San Miguel de Piura, 11 de abril de 2021
II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia

[1] Santa Faustina Kowalska, El Diario, n. 300.

[2] S.S. Francisco, Homilía Vigilia Pascual, 04-IV-2021.

Puede descargar el PDF conteniendo la homilía de nuestro Arzobispo AQUÍ

Puede ver el video de la esta Santa Misa AQUÍ

domingo 11 abril, 2021