«JESÚS ES LA PALABRA DE SALVACIÓN Y EL PAN DE VIDA ETERNA»

Arzobispo celebra I Jornada Mundial de los Abuelos y las Personas Mayores       

25 de julio del 2021 (Oficina de Prensa).- La mañana de hoy, nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi, S.C.V., celebró la Santa Misa correspondiente al XVII Domingo del Tiempo Ordinario, día en que la Iglesia Universal celebra la Primera Jornada Mundial de los Abuelos y las Personas Mayores.

Durante su homilía, nuestro Pastor pidió: «Que esta Jornada Mundial, nos ayude a comprender que los abuelos y personas mayores, ofrecen a los jóvenes aquellas raíces, tradiciones, sueños, sabiduría y fe, que éstos requieren para vivir su profetismo. Sin ellos, los jóvenes no saben de dónde vienen ni lo que tienen que hacer para construir un mundo más justo y reconciliado. Por eso el diálogo intergeneracional es tan importante y urgente hoy en día».

A continuación les ofrecemos la homilía completa que pronunció nuestro Arzobispo hoy: 

“Jesús es la Palabra de salvación y el Pan de vida eterna”

Por cinco domingos, dejaremos de leer el Evangelio según San Marcos, que venimos leyendo durante el presente año litúrgico, para comenzar a leer y meditar en el capítulo sexto del Evangelio de San Juan, capítulo que recoge el hermoso discurso de Jesús como el Pan de vida. En dicho capítulo, Jesús nos revela su identidad, su misión y su permanencia en la Iglesia como alimento de vida eterna, en el Sacramento de la Eucaristía.

El capítulo sexto de San Juan está introducido por el milagro de la multiplicación de los panes (ver Jn 6, 1-15), que es el “signo” que está en el trasfondo de todo el desarrollo del discurso del Pan de vida. Es bueno indicar que San Juan llama a los milagros de Jesús, “signos”, porque lo propio del “signo” es conducirnos de lo sensible y material, al pensamiento de una realidad de orden superior y espiritual. De esta forma, Jesús a través de los milagros o signos que realiza, quiere llevarnos a descubrir y comprender su identidad como el Hijo de Dios vivo, como el Mesías, como el Salvador que tenía que venir al mundo. Por eso, cuando Juan el Bautista le manda a preguntar a Jesús, si Él es el Salvador esperado, Jesús no responde con argumentos, sino que lo pone en contacto con los milagros-signos que realiza: “Id y decid a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos caminan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres el Evangelio” (Lc 7, 22).

Sólo añadiremos que, el milagro-signo de la multiplicación de los panes que realizó Jesús, debió de ser tan impresionante, que los cuatro evangelistas lo narran de manera unánime en sus Evangelios. Y en verdad, debió de ser asombroso que de cinco panes de cebada y dos peces, el Señor saciase a toda una multitud, calculada sólo en hombres de más de cinco mil, y que además no sólo a cada uno le alcanzase un pedazo de pan y pescado, sino que pudieron repetir tantas veces como quisieron hasta quedar saciados, y encima sobraron doce cestas repletas de pan que el Señor mandó a sus discípulos a recoger con cuidado para que nada se desperdiciase, enseñándonos así Jesús, a no despilfarrar, lo cual es una lamentable y común actitud de la sociedad de consumo en la que vivimos. Al respecto nos dice el Papa Francisco: “Pienso en la gente que tiene hambre y en cuánta comida sobrante tiramos…que cada uno piense: el alimento que sobra en la comida, la cena, ¿a dónde va? ¿En mi casa qué se hace con la comida que sobra? ¿Se tira? No…Nunca se tira la comida sobrante. Se vuelve a hacer o se da a quien pueda comerlo, a quien tiene necesidad. Nunca se tira la comida sobrante. Este es un consejo y también un examen de conciencia: ¿Qué se hace en casa con la comida que sobra?”.[1]

Pero volviendo al pasaje evangélico de hoy, Jesús tuvo compasión de la multitud que lo seguía, “porque estaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas” (Mc 6, 34), pero también el Señor se preocupó de darles de comer. Por eso ordenó a sus Apóstoles: “Haced que se recueste la gente. Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron” (Jn 6, 10-11). Las series de acciones realizadas por el Señor Jesús, evocan la institución del Sacramento de la Eucaristía, cuando Él mismo, “tomó el pan, y dando gracias lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad y comed todos de él, esto es mi cuerpo” (Mt 26, 26). 

De otro lado, en el milagro de la multiplicación de los panes y peces, Jesús se revela como el Buen Pastor que se preocupa por sus ovejas y las nutre o alimenta con la doble mesa de su Palabra y de su Cuerpo. Jesús les da la Palabra de salvación y el Pan de vida eterna. Ambas mesas se nos ofrecen en la celebración de la Santa Misa. Si pensamos con atención, la primera parte de la Misa es la Liturgia de la Palabra, ahí es donde se nos da la Palabra de vida eterna. Después, con la presentación de los dones del pan y del vino comienza la Liturgia de la Eucaristía, en la cual se nos da el mismo Cristo, como Pan de vida eterna. De ambas mesas los cristianos siempre debemos tener hambre. Es conmovedor que, a pesar de los siglos transcurridos, el Señor Jesús siga teniendo compasión de sus discípulos, es decir de nosotros, y cada domingo salga a nuestro encuentro en la Santa Misa, nos haga descansar en Él, para que, con el ánimo tranquilo, pueda para darnos su Palabra de salvación y su Cuerpo y Sangre, como alimentos de vida eterna. Por eso la Santa Misa debe vivirse íntegramente de principio a fin, desde que nos persignamos con la señal de la cruz hasta que recibimos la bendición al final de la Eucaristía con el “pueden ir en paz”. Que siempre podamos reconocer a Jesús en las Escrituras y en la fracción del pan.

Pero el Evangelio de hoy, nos narra además que, “al ver la gente la señal que había realizado, decía: Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo” (Jn 6, 14). La gente estaba en lo cierto, porque Jesús es “el profeta” que iba a venir al mundo, pero se quedaron cortos en su testimonio, porque Cristo es mucho más que un profeta: Es el Verbo eterno encarnado y nacido de Santa María la Virgen, y por tanto la palabra definitiva de salvación y vida. Pero, además, las gentes no sólo se quedaron cortas en dar con la real identidad de Jesús, sino que además no comprendieron el milagro-signo.  

En efecto, la multitud lamentablemente se quedó en el nivel de lo sensible y material. Después de haber seguido al Señor, haber escuchado su enseñanza, y sobre todo haber sido saciados de pan, en vez de abrirse a la fe y adherirse a la persona de Jesús, comienzan a calcular los beneficios materiales que puede aportarles el Señor. Pero el Señor, escapa a estos proyectos: “Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte Él solo” (Jn 6, 15). El que posee todo el poder, el honor y la gloria, es renuente a los reinos de este mundo. El Señor Jesús, venía a reinar, pero en un nivel mucho más profundo. Vino a reinar en las conciencias, en los corazones, y en la vida de sus discípulos de todos los tiempos. Esto es lo que le declara a Pilato durante el juicio previo a su crucifixión: “Entonces Pilato le dijo: ¿Luego tú eres Rey? Respondió Jesús: Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn 18, 37).

Si la multitud hubiera escuchado su voz, si hubiera comprendido a través del milagro-signo, su verdadera identidad, Jesús habría aceptado ser su rey, reinando sobre sus conciencias y vidas, por la verdad que es Él: “Yo soy la verdad” (Jn 14, 6). En estos tiempos qué urgente es que Jesús reine en las conciencias por la verdad. Tiempos en donde muchos se guían por los propios intereses, el relativismo moral y ético, y el utilitarismo. Tiempos donde sólo importa el beneficio personal o de grupo. Tiempos donde las personas están dispuestas a vender sus conciencias al mejor postor.

I Jornada Mundial de los Abuelos y los Mayores

Como mencioné al inicio de la Eucaristía, hoy celebramos la I Jornada Mundial de los Abuelos y los Mayores, instaurada por el Papa Francisco. Jornada que busca que expresemos siempre ternura hacia los mayores, porque, como nos recuerda el Santo Padre, la pandemia les ha reservado un trato más duro. Por eso, el Papa espera la visita de un ángel, que baje a consolarlos en su soledad, e imagina que este ángel puede también tener el semblante de un joven que visita a un anciano, o simplemente a su abuelo o abuela.

Jornada que también nos habla de la ternura de los abuelos hacia sus nietos, de la guía segura que pueden ser los mayores para tantos jóvenes que se encuentran hoy perdidos, especialmente en una época como la que vivimos, en la que las relaciones humanas se han enrarecido. La ternura no es sólo un sentimiento sino una forma de relacionarse con los demás. La pandemia, nos ha acostumbrado a vivir solos, a no abrazarnos, a considerar al otro un peligro para nuestra salud.

Que esta Jornada Mundial, nos ayude a comprender que los abuelos y personas mayores, ofrecen a los jóvenes aquellas raíces, tradiciones, sueños, sabiduría y fe, que éstos requieren para vivir su profetismo. Sin ellos, los jóvenes no saben de dónde vienen ni lo que tienen que hacer para construir un mundo más justo y reconciliado. Por eso el diálogo intergeneracional es tan importante y urgente hoy en día.

Confío, junto al Santo Padre, que el “Día Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores”, nos ayude a crecer en el afecto por ellos, y a descubrirlos como maestros de ternura, guardianes de nuestras raíces y dispensadores de sabiduría. Por nuestra parte, toda la Iglesia repite a cada abuelo y a cada persona mayor: “Estaremos contigo todos los días, hasta el fin del mundo”. Frente a una sociedad del descarte, les decimos a nuestros abuelos y abuelas: Ustedes valen mucho para nosotros, los amamos y estaremos siempre dispuestos a acogerlos y defenderlos. Gracias por ser simplemente nuestros abuelos y mayores. Que San Joaquín y Santa Ana, los abuelos de Jesús, intercedan por ustedes, para que la bendición de su Divino Nieto, los acompañe siempre, y los cuide en todo momento. 

San Miguel de Piura, 25 de julio de 2021 

XVII Domingo del Tiempo Ordinario
I Jornada Mundial de los Abuelos y los Mayores

[1] S.S. Francisco, Angelus, 29-VII-2018.

ORACIÓN DE LA PRIMERA JORNADA MUNDIAL DE LOS ABUELOS Y LAS PERSONAS MAYORES

“Te doy las gracias, Señor, por el consuelo de tu presencia: También en la soledad, eres mi esperanza, mi confianza; ¡Desde mi juventud, eres mi roca y mi fortaleza! Gracias por haberme dado una familia y por la bendición de una larga vida. 

Te agradezco los momentos de alegría y de dificultad, por los sueños cumplidos y por los que aún tengo por delante. 

Te agradezco este tiempo de renovada fecundidad al que me llamas. 

Aumenta, Señor, mi fe, hazme un instrumento de tu paz; enséñame a acoger a quien sufre más que yo, a no dejar de soñar y a narrar tus maravillas a las nuevas generaciones. 

Protege y guía al papa Francisco y a la Iglesia, para que la luz del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra. 

Envía tu Espíritu, Señor, a renovar el mundo, para que la tormenta de la pandemia se apacigüe, los pobres sean consolados y toda guerra termine. 

Sostenme en la debilidad, y concédeme vivir plenamente cada momento que me das, con la certeza de que estás conmigo cada día hasta el fin del mundo. Amén”.

Puede descargar el archivo PDF de esta homilía pronunciada por nuestro Arzobispo AQUÍ

Puede descargar el archivo PDF de la Oración de la I Jornada Mundial de los Abuelos y Personas Mayores AQUÍ

Puede ver la Santa Misa celebrada el día de hoy por nuestro Arzobispo AQUÍ

domingo 25 julio, 2021