“JESÚS ENSEÑABA, CURABA Y ORABA”

Médicos y enfermeras: sean hoy la voz y manos de Jesús

07 de febrero de 2021 (Oficina de Prensa).- La mañana de hoy, nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., presidió la Santa Misa correspondiente al V Domingo del Tiempo Ordinario.

En su homilía, Monseñor Eguren, les dirigió unas palabras a todos los médicos, enfermeras y personal sanitario que se encuentran trabajando al límite de sus fuerzas en la primera línea de batalla contra el Covid-19, entregándose amorosamente a la tarea de salvar las vidas de nuestros hermanos contagiados. A ellos les recordó que el Señor Jesús quiere valerse de ellos para seguir imponiendo sus manos con amor sobre nuestros enfermos, para así darles consuelo y paz, y hacerles experimentar su cercanía, amor y ternura, las cuales ayudan a soportar con paciencia los sufrimientos del cuerpo y del espíritu.

Al final de la Eucaristía, nuestro Arzobispo invitó todos a participar de la Santa Misa que presidirá este Jueves 11 de febrero a las 7:00 pm., con ocasión de la Fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, y día en el que celebramos también la XXIX Jornada Mundial del Enfermo.

A continuación, compartimos la Homilía completa pronunciada hoy por nuestro Pastor: 

“Jesús Enseñaba, Curaba y Oraba”

Médicos y enfermeras: sean hoy la voz y manos de Jesús

El Evangelio de hoy (ver Mc 1, 29-39), nos permite conocer algo del horario de vida que llevaba el Señor Jesús durante dos días muy especiales de la semana: El sábado, que para los judíos era el último día de la semana y día del descanso semanal o “shabat”, que hacía referencia al día en que Dios descansó después de los seis días de trabajo de la creación del mundo (ver Gen 2, 2-3); y el día siguiente, es decir el primer día de la semana, que todavía no recibía el nombre de “Domingo” o “Día del Señor”, denominación que recién le darán los cristianos a la luz del gran acontecimiento de la Pascua o Día de la Resurrección de Cristo.

Pero volvamos a nuestro Evangelio dominical. Por él sabemos que Jesús estaba en Cafarnaúm, pueblo pesquero ubicado en la antigua Galilea a orillas del Lago de Tiberíades o Mar de Galilea. En el Nuevo Testamento, Cafarnaúm es conocida como la ciudad de Jesús. Fue uno de los lugares elegidos por el Señor, para desde ahí, anunciar la Buena Nueva y realizar algunos de sus más importantes milagros. San Marcos nos dice que estando allí, “al llegar el sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar” (Mc 1, 21). Esta era la actividad habitual del Señor el día sábado. Efectivamente, Jesús la hacía también en su ciudad de Nazaret: “Vino a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado” (Lc 4, 16).   

Si leemos con atención los diversos Evangelios, veremos que varios sucesos de la vida del Señor ocurren en la sinagoga, en un día sábado y mientras Jesús enseñaba. Por lo tanto, podemos concluir que Jesús conservó esta costumbre a lo largo de toda su vida.   

Pero, ¿qué hacía el Señor después que terminaba el servicio en la sinagoga? El Evangelio de hoy nos dice que, “cuando salió de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés” (Mc 1, 29). En Cafarnaúm, Jesús se quedaba siempre en la casa de estos dos hermanos, por eso se la considera la “prima domus ecclesia” o “primera casa de la Iglesia”. 

Como ya lo he mencionado, el sábado era para los judíos el día del descanso, y allí, en la casa de Simón Pedro y Andrés, Jesús pasó la tarde con sus cuatro primeros discípulos o apóstoles, los únicos que hasta ese momento había llamado a su compañía: Pedro, Andrés, Santiago y Juan, estos dos últimos hijos de Zebedeo, todos pescadores de profesión.

Podemos imaginar que habrá sido una tarde de profunda intimidad y amistad donde además de haber compartido los alimentos habrán conversado de muchas cosas importantes en relación al Reino de Dios. No hay que olvidar que las palabras de Jesús son palabras de vida eterna (ver Jn 6, 68), palabras que dan sentido pleno a la vida, palabras que son espíritu y vida (ver Jn 6, 63), palabras que resisten al paso del tiempo y permanecen para la eternidad (Mt 24, 35).

Ciertamente no sabemos el detalle de lo que habrán conversado todas esas horas en que estuvieron juntos, pero tampoco lo ignoramos del todo, porque las palabras de vida eterna pronunciadas por Jesús, nos han sido transmitidas por los evangelistas, y no tenemos más que leer los Evangelios para saber lo que hablaba Jesús con sus discípulos. Precisamente será San Juan, el discípulo amado, el que nos dirá: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de Vida, pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó, lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo” (1 Jn 1, 1-4). De ahí, hermanos, la importancia de dedicarle un tiempo cada día a la lectura y meditación de los Evangelios. 

Para nosotros, el día termina a medianoche, y esa es la hora cero en la que comienza el nuevo día. En cambio, para los israelitas del tiempo de Jesús, el día terminaba al ponerse el sol. Esa es la hora cero en que comenzaba para ellos un nuevo día. Por eso el Evangelio de hoy nos dice que, “al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y endemoniados” (Mc 1, 32). De esta manera no violaban el precepto del descanso del sábado. Transportar a un enfermo durante el sábado sería violar la ley.          

Siguiendo el horario de Jesús, desde esa tarde hasta la noche, “Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. Y no dejaba hablar a los demonios, pues le conocían” (Mc 1, 34). 

Por lo que nos narran los Evangelios de los encuentros del Señor con los enfermos y de la forma cómo los curaba, podemos imaginar que esa tarde hasta entrada la noche, Jesús se detuvo con cada enfermo, a pesar de que el pueblo entero estaba reunido a la puerta de la casa de Pedro y Andrés. El Señor, se habría interesado por la situación de cada uno de ellos y de sus familias, los habría tomado de la mano como hizo con la suegra de Pedro, al curarla de su fiebre, o les habría impuesto las manos para sanarlos como también era su costumbre. Asimismo, les habría dirigido palabras de ánimo, los habría instruido en la fe, y los habría devuelto a la vida llenos de esperanza y de alegría al haberlos curado de sus enfermedades y liberado del poder de satanás. Sin lugar a dudas todos los sanados y exorcizados jamás olvidarían lo que el Señor, por la misericordia de Dios, hizo por ellos.

A propósito de esta dedicación de Jesús por curar a los enfermos, pienso hoy de manera especial en nuestros médicos, enfermeras y personal de salud. En estas horas dramáticas de pandemia, Jesús quiere también valerse de ellos para seguir imponiendo sus manos con amor sobre nuestros enfermos, tal como lo hacía en el Evangelio (ver Lc 4, 40), para así darles consuelo y paz, y hacerles experimentar su cercanía, amor y ternura, las cuales ayudan a soportar con paciencia los sufrimientos del cuerpo y del espíritu.

La hospitalización por Covid-19, se caracteriza por la soledad, por la imposibilidad de tener al lado a los propios seres queridos, y en muchos casos de poder recibir los sacramentos, es decir de estar acompañados. En el último aliento, son los médicos y enfermeras, la única y la última voz amiga que los enfermos y moribundos tendrán cerca, y qué importante es que en ese momento su voz y su presencia sea la de Cristo que les dice: “No tengas miedo. Toma mi mano y ven a Mí. ¡Nada podrá apartarte de mi Amor, ni siquiera la muerte!”.

Pero Jesús, no se limitaba sólo a curar las dolencias y enfermedades físicas. Sabemos bien por los Evangelios que, junto con el don de la salud, el Señor concede un don aún mayor: El del encuentro personal con Él que nos abre a la fe en su persona, y con ello, al don de la salvación eterna. Bástenos citar el caso de la curación del ciego de nacimiento y el diálogo final que tiene con él después que los fariseos lo expulsaron. Escuchemos: “Jesús se enteró de que le habían echado fuera y, encontrándose con él, le dijo: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». El respondió: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dijo: «Le has visto; el que está hablando contigo, ése es». El entonces dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante Él” (Jn 9, 35-38). En realidad, todas las palabras y los actos de Jesús, en especial sus milagros y curaciones, son una gradual revelación de su identidad que suscita la fe y la adhesión cordial a su Persona.                    

Y así terminó aquel día sábado de Jesús, pero no nuestro relato evangélico de hoy, porque San Marcos añade que, al día siguiente, es decir el Domingo, “de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración” (Mc 1, 35).

Esta referencia del Evangelio es maravillosa. Nos da a conocer que Jesús acostumbraba a levantarse antes que todos los demás, cuando aún era de noche, para dedicarse a la oración en el silencio y la soledad, es decir para encontrarse con su Padre celestial y unir más y más su voluntad a la suya. Como el día era muy agitado, pues “los que iban y venían eran muchos y no les quedaba tiempo ni para comer” (Mc 6, 31), Jesús dedicaba a la oración las horas de la madrugada, antes del amanecer. Esta actitud del Señor nos enseña que incluso en medio de la agitación y la bulla de la vida actual, todos sus discípulos debemos procurarnos momentos de silencio y soledad para el contacto más íntimo y personal con Él, porque la oración es un encuentro personal con Cristo, es trato de amistad con Él que transforma la vida. Como en ningún otro momento del día, en la oración tomamos conciencia de lo pasajera que es esta vida presente y de la eternidad que nos aguarda. Si se hace silencio en soledad, el hombre no puede dejar de oír la voz del Señor que con amor le llama por su nombre. 

San Miguel de Piura, 07 de febrero de 2021
V Domingo del Tiempo Ordinario 

Puede ver el video de la Santa Misa que presidió nuestro Arzobispo la mañana de hoy AQUÍ

Puede descargar el archivo PDF de esta Homilía de nuestro Arzobispo desde AQUÍ

domingo 7 febrero, 2021