“¡HIJO DE DAVID, JESÚS, TEN COMPASIÓN DE MÍ!”

Arzobispo celebra el Domingo Mundial de las Misiones

24 de octubre de 2021 (Oficina de Prensa).- La mañana de hoy, nuestro Arzobispo Metropolitano, Monseñor José Antonio Eguren, S.C.V., presidió en la Basílica Catedral de Piura, la Santa Misa en el XXX Domingo del Tiempo Ordinario en el que la Iglesia Universal celebra con júbilo la Jornada Mundial de las Misiones (Domund). La Eucaristía se realizó ante la Sagrada Imagen del «Señor de los Milagros», el primero y mayor evangelizador o misionero de nuestra Patria. Los fieles piuranos se dieron cita para participar de la Eucaristía, respetando el aforo permitido y observando todos los protocolos de bioseguridad.

Bendición con la Reliquia de San Juan Pablo II

Durante toda la Celebración Eucarística, estuvo colocada en el altar la reliquia de primer grado de sangre de San Juan Pablo II, cuya fiesta hemos celebrado recientemente. Ésta reliquia de nuestro tan querido y siempre recordado Papa Santo, se encuentra entronizada en la Catedral de nuestra ciudad. Al concluir la Santa Misa, nuestro Pastor dio la bendición solemne con la reliquia de San Juan Pablo II, a todos los presentes y a todos quienes seguían la transmisión en vivo a través de la redes sociales.

Invitación a Santa Misa de Fiesta del «Señor de los Milagros»

Al finalizar la Eucaristía, se renovó la invitación a todos los fieles devotos del «Señor de los Milagros», a participar de la Santa Misa de Fiesta que celebrará nuestro Arzobispo Metropolitano el día Jueves 28 de Octubre a las 8:00 am., en la Catedral de Piura. Cabe recordar que ese día, la Sagrada Imagen del «Cristo de Pachacamilla» saldrá nuevamente hasta la puerta principal de la Catedral, para que, desde ahí, nuestro Amo y Señor, imparta su bendición y derrame su amor misericordioso a todos sus fieles devotos, acogiendo las súplicas y oraciones de todos nosotros en estos tiempos de tanta necesidad. La Sagrada Imagen permanecerá en la puerta principal de nuestra Catedral hasta las 8:30 pm., hora en la que ingresará al templo catedralicio.

A continuación, les ofrecemos la homilía completa que pronunció hoy nuestro Pastor:

“¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!”

Nuestro Evangelio dominical, nos presenta un nuevo episodio de la vida de Jesús, nada menos que la curación de un ciego, cuyo nombre en esta ocasión, sí conocemos. Se trata de Bartimeo, el hijo de Timeo, quien además era mendigo (ver Mc 10, 46). A diferencia del joven rico, cuya triste historia meditábamos hace dos domingos, el cual prefirió quedarse atrás con sus riquezas, este mendigo ciego a quien el Señor le devuelve la vista, termina por seguir lleno de alegría a Jesús por el camino (Mc 10, 52).

Un mendigo ciego sigue a Cristo, y un joven rico no. Por eso, cuánta sabiduría hay en las palabras del Señor cuando afirma: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños” (Lc 10, 21). Y lo más conmovedor de esta enseñanza de Jesús, es que ella se sigue cumpliendo hoy en día en la devoción al “Señor de los Milagros”, porque en este “Octubre Morado”, vemos con asombro que son los humildes y sencillos, es decir los pequeños, los que son capaces de descubrir al Señor Jesús como el camino a recorrer, la verdad a ensayar, y la vida a vivir, y por eso lo buscan y le siguen con fe, esperanza y amor.

El Evangelio nos dice que Bartimeo se sentaba a mendigar a las afueras de Jericó, una ciudad que en los tiempos de Jesús era un cruce importante de caminos para muchos peregrinos y comerciantes.

Cuando oye y percibe que el Señor está saliendo de Jericó y que estaba pasando cerca de donde él se encontraba, Bartimeo inmediatamente, utilizando la única arma que tiene que es su voz, se pone a gritar para alcanzar a Jesús con su oración de súplica: “¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!” (Mc 10, 47).

Los que le rodean comienzan a increparlo y tratan de callarlo, pero Bartimeo no se dejaba intimidar y gritaba mucho más fuerte, a pleno pulmón: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!” (Mc 10, 48). Los que quieren callar a Bartimeo, representan a ese tipo de personas que siempre buscan arrancarnos la esperanza del corazón, sobre todo en los momentos de más necesidad y penuria. Son los espiritualmente vulgares y mediocres que no creen en el poder de la fe, de la oración y que los milagros existen. Son ese tipo de individuos que pretenden siempre tirarnos hacia abajo para hundirnos en la desesperanza y el abatimiento, en la angustia y la desazón.

Como Bartimeo, no los escuchemos. ¡No nos dejemos jamás robar la esperanza! Cuando más busquen desanimarnos, cuando más nos digan que no hay nada que hacer, que todo es inútil, con Bartimeo gritemos más fuerte que ellos: “¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!” (Mc 10, 47), porque el Señor siempre nos escucha y está dispuesto a mostrarnos su amor misericordioso. Para Jesús ninguno de nosotros es un extraño, o le somos indiferentes, porque somos sus hermanos y amigos muy amados (ver Jn 13, 1; Jn 15, 14-15).   

Es interesante la manera como el mendigo ciego de nuestra historia se dirige a Jesús. Lo llama “Hijo de David”. Ciertamente es un claro reconocimiento a la mesianidad de Jesucristo. En efecto, David había sido ungido rey (“ungido” en hebreo se dice “mesías”) y a él, Dios le había prometido: “Afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de tu realeza…tu trono estará firme eternamente” (2 Sam 7, 12.16). Por ello, el pueblo de Israel esperaba con ansias a aquel descendiente de David, aquel Mesías en quien se cumpliera esta promesa. Por las palabras del arcángel San Gabriel a María Santísima el día de la Anunciación-Encarnación, “el Señor Dios, le dará el trono de David su padre…su reino no tendrá fin” (Lc 1, 32-33), nos queda claro que Jesús, el Divino Hijo de María, es el Mesías que Israel aguardaba.

Al proclamarlo a gritos como “Hijo de David”, Bartimeo reconoce y confiesa a Jesús como el Mesías esperado. Así como ayer fue Bartimeo, un mendigo ciego, el que dio valiente testimonio de Jesús, hoy en día, en este “Mes Morado”, son los pobres y sencillos, los humildes y desposeídos, los que reconocen y confiesan a Jesús como el “Señor”, es decir como el Mesías, el Salvador. Lo hacen con sus cánticos, cirios, sahumerios, y hábitos morados, pero sobre todo con su presencia orante ante la Sagrada Imagen del “Cristo de las Maravillas”. 

El Evangelio nos cuenta que Jesús escuchó los gritos de Bartimeo. Su súplica tocó el corazón del Señor, por eso, “Jesús se detuvo y dijo: Llamadle” (Mc 10, 49) … y él, arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús” (Mc 10, 49-50).

Es cierto que, durante su ministerio público, el Señor había evitado usar el título “Hijo de David”, por la connotación política que tenía. Sin embargo, en este caso al ser interpelado de esta manera, Jesús se detiene, pues en las palabras de nuestro mendigo ciego había algo más que una mera alusión a una mesianidad político terrena. En efecto, Bartimeo había agregado a su grito: “Ten compasión de mí” (Mc 10, 47-48). Muy probablemente, esto fue lo que llamó la atención de Jesús. Por eso ya estando en su presencia, Jesús le pregunta: “¿Qué quieres que te haga? El ciego le pide algo que ningún mendigo le habría pedido a David o a rey terreno alguno, porque simplemente era imposible que un mero hombre, por más poder terrenal que tuviera, sería capaz dárselo: “Rabbuní (Maestro), ¡que vea!” (Mc 10, 51).   

Si Jesús hubiera sido un simple rey terreno, cualquier mendigo le habría pedido una limosna, pero Bartimeo, con su petición ¡Maestro, que vea!, le expresa al Señor su inmensa fe en Él como el Mesías esperado, como el Dios encarnado, como el Salvador que tenía que venir al mundo.

Sólo Dios podía obrar un milagro como el que Bartimeo pedía: Recuperar la vista. Pero su fe en Jesús no sólo hace posible el milagro que vuelva a ver, sino además atrae a su vida el don de la salvación. Por eso Jesús le dice: “Vete, tu fe te ha salvado. Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino” (Mc 10, 52). Podemos decir que recuperar la vista, es la señal exterior de un don mucho mayor que Bartimeo recibe por su fe en Cristo: El don de la salvación.

Ciertamente era algo extraordinario para el ciego de nuestra historia de hoy, recuperar la vista material, pero más extraordinario aún para él, fue abrirse al don de la fe en el Señor, y con ello a Aquel que es la “Luz de Mundo” (ver Jn 8, 12), que nos permite conocer la verdad plena del misterio de Dios y del hombre, así como comprender la más profunda significación de este mundo, que es hechura de Dios, su Creador.

Queridos hermanos: En este Mes Morado, sigamos el ejemplo de Bartimeo, de este hombre ciego, pobre, y despreciado, pero que tuvo una riqueza que lo hacía espiritualmente superior a los demás: Su fe en Cristo. Con él, abrámonos al don de la fe en el Señor que nos mueva a gritarle a Jesús con confianza: “¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!” (Mc 10, 47). 

A la luz de la historia de Bartimeo seamos conscientes que es la fe, hecha oración suplicante, la que atrae la misericordia y el poder de Dios a nuestras vidas. Como Bartimeo, elevemos estos días al “Señor de los Milagros” nuestra oración de súplica llena de fe y esperanza, con la seguridad que Jesús, “tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar” (Ef 3, 20). 

Hagamos de la oración de súplica, de Bartimeo, nuestra gran arma espiritual de Octubre. Un antiguo profesor mío de teología afirmaba que, en la devoción y procesión del Señor de los Milagros, “la oración de súplica es un acto lleno de sentimiento religioso, pues por una parte se cuentan al Señor las propias desgracias, los anhelos de solución, pero a la vez esta oración es suma resignación, pues el fiel sabe que pide a Aquel, a quien no puede obligar ni encantar, sino sólo suplicar con humildad. Y esta actitud de humildad es lo que más impresiona al observar a los que oran en esta procesión: manos juntas, cabeza inclinada, lágrimas que brotan de los ojos”.[1] 

Si le suplicamos al “Señor de los Milagros” con humildad y fe, tengamos la seguridad que atraeremos la misericordia y el poder de su amor a nuestras vidas porque, “cuando el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo salva de sus angustias” (Sal 34, 7). 

Domingo Mundial de las Misiones

Finalmente, hoy celebramos el “Domingo Mundial de las Misiones” (Domund), día en que toda la Iglesia universal reza y colabora económicamente en favor de la actividad evangelizadora de los misioneros y misioneras en el mundo entero. El “Domund” es una llamada a la corresponsabilidad de todos los católicos en la evangelización, que es la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda, ya que Ella existe para evangelizar.

En este día, la Iglesia nos lanza una especial invitación a amar y apoyar la causa misionera, ayudando a aquellos que dedican su vida a llevarla adelante. Los misioneros dan a conocer a todos la Buena Nueva de Jesús, especialmente en aquellos lugares del mundo donde el Evangelio está en sus comienzos y la Iglesia aún no está establecida. Por eso seamos lo más generosos posibles durante la colecta de hoy.

Jesucristo, nuestro Señor, es el primer y más grande Evangelizador. Él es el Evangelizador viviente en su Iglesia. En el caso del Perú no hay mayor evangelizador o misionero que el “Señor de los Milagros”, quien cada año sale a nuestro encuentro para anunciarnos la Buena Nueva del Evangelio que no es otra sino Él mismo, el Camino, la Verdad, y la Vida (ver Jn 15, 6), porque, “la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”.[2] 

Queridos hermanos: Las Misiones siguen necesitando de nuestra oración y de cualquier colaboración que podamos brindarle, no olvidando nunca que en la misión Evangelizadora de la Iglesia, todos los bautizados y confirmados, tenemos el deber de participar activamente, anunciando a Jesucristo en primera persona, porque “lo que hemos visto y oído no lo podemos callar” (Hch 4, 20). 

San Miguel de Piura, 24 de Octubre de 2021
XXX Domingo del Tiempo Ordinario

[1] R.P. Rodrigo Sánchez Arjona Halcón, S.J., “La Religiosidad Popular Católica”, pág. 150.

[2] S.S. Francisco, Exhortación Apostólica, Evangelii gaudium, n. 1.

Puede descargar el archivo PDF de la homilía pronunciada por nuestro Arzobispo AQUÍ

Puede ver el video de la transmisión de la Santa Misa de hoy AQUÍ

domingo 24 octubre, 2021