«EUCARISTÍA: MISTERIO DE FE»

Arzobispo renueva exhortación a vacunarnos contra el Covid-19

22 de agosto de 2021 (Oficina de Prensa).- La mañana de hoy, nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi, S.C.V., celebró la Santa Misa en el XXI Domingo del Tiempo Ordinario, desde la Basílica Catedral de nuestra ciudad, donde los fieles piuranos se dieron cita para participar de la Eucaristía, respetando el aforo permitido y observando todos los protocolos de bioseguridad.

En la Santa Misa, Monseñor Eguren renovó su exhortación a que sigamos cuidándonos, para así cuidar a los demás, observando estricta y fielmente todas las medidas de higiene, bioseguridad y distanciamiento físico que permitirán frenar el avance de pandemia. Asimismo, nos recordó la importancia y necesidad de vacunarse contra el Covid-19: «Vacunarse es una responsabilidad moral y una exigencia de caridad en estos momentos de una crisis sanitaria sin precedentes en nuestro país. La moralidad de la vacunación depende no sólo del deber de proteger la propia salud, sino también el trabajo, el sustento de la familia y del deber de contribuir al bien común».

Cabe destacar que, el 06 de Mayo pasado, nuestro Pastor emitió un Mensaje en el que hizo un llamado recordándonos la responsabilidad moral que tenemos de vacunarnos, ya que hoy por hoy las vacunas salvan vidas, disminuyen los contagios, y permiten que haya más camas y oxígeno para los que aún no están vacunados. Puede leer el Mensaje completo AQUÍ.

A continuación les ofrecemos la homilía completa que pronunció hoy Monseñor Jose Antonio:

“Eucaristía: Misterio de fe”

El Evangelio de hoy (ver Jn 6, 60-69), recoge la conclusión del discurso del “Pan de Vida”, el cual ha ocupado nuestra meditación durante los últimos domingos. Es importante subrayar que de los 21 capítulos que tiene el Evangelio según San Juan, el más extenso es éste, lo cual pone en evidencia la importancia del tema que considera. El discurso del “Pan de Vida” (Jn 6, 1-71), trata sobre la revelación del don de la Eucaristía, sacramento fruto del amor del Señor Jesús, que estaba destinado a ser, “fuente y culmen” de toda la vida y misión de la Iglesia.[1] A lo largo de sus 71 versículos, el discurso del Señor responde a unas preguntas esenciales para la vida cristiana: ¿Cuál es el pan de vida que baja del cielo? ¿Quién es Aquel que nos lo da? ¿Dónde se encuentra? ¿Qué virtud tiene? Después de haber meditado por cinco domingos en él, podemos responder con seguridad que Jesús es el “pan de vida que ha bajado del cielo”, quien se nos da como alimento verdadero en la Eucaristía; un alimento que tiene la virtud de darnos la vida eterna.  

Cuando Jesús proclama: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo” (Jn 6, 51), muchos de los judíos lo rechazaron diciendo: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? (Jn 6, 52).

Este rechazo le exigió a Jesús reafirmar el sentido literal de sus palabras: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida” (Jn 6, 53-55).

El Evangelio de este domingo profundiza en la reacción ante esta revelación que Jesús hace, pero ya no de los judíos, sino de los discípulos, es decir de los más próximos al Señor. El Evangelio nos dice con dolor que, “muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?” (Jn 6, 60). Es la dolorosa reacción de los más cercanos a Jesús, de aquellos que seguramente le habían seguido desde el comienzo de su ministerio público.

De ellos se esperaba un acto de fe, es decir un acto de total abandono y confianza ante las palabras de Jesús, porque la Eucaristía es un misterio que trasciende la capacidad del entendimiento humano para comprenderlo. La Eucaristía es un misterio meta racional, porque no le alcanza a la razón capacidad para poder asirlo. Por eso cada vez que se celebra la Santa Misa, después de las palabras de la consagración, el sacerdote, actuando “in persona Christi capitis”, es decir, actuando como Cristo mismo, nos dice: “Misterio de la fe”. Y nosotros haciendo un acto de fe profundo asentimos respondiendo: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven, Señor Jesús”.  Es decir, la fe suple la incapacidad de los sentidos y la limitación de nuestro entendimiento de comprender el misterio eucarístico.

Queridos hermanos: La Eucaristía, es un “misterio grande, que ciertamente nos supera y pone a dura prueba la capacidad de nuestra mente de ir más allá de las apariencias. Aquí fallan nuestros sentidos…pero nos basta sólo la fe, enraizada en las palabras de Cristo y que los Apóstoles nos han transmitido”.[2] 

Pero volviendo a nuestro Evangelio de hoy, vemos que en los discípulos del Señor, se desarrolla una resistencia interior, que la Palabra de Dios califica como “murmuración”. Jesús los enfrenta directamente: “¿Esto os escandaliza? ¿Y cuándo veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?” (Jn 6, 61-62). El triste resultado nos lo cuenta San Juan: “Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con Él (Jn 6, 66). Es interesante observar que el punto que determinó la crisis de estos discípulos fue un asunto o cuestión de fe, y más precisamente la revelación relativa a la Santa Eucaristía. También hoy en día, lamentablemente, hay muchos que incluso llamándose “cristianos”, encuentran obstáculo, es decir escándalo, en esta enseñanza de Jesús y de la Iglesia, y no la aceptan, por eso el Señor sentencia: “Hay entre vosotros algunos que no creen” (Jn 6, 64). El acto de fe, en cambio, sigue un camino contrario: Se abandona y confía en atención a Quién es el que revela y, recién entonces el creyente recibe una luz abundante que le permite ver. Es oportuno subrayar que nosotros los cristianos no creemos en algo sino en Alguien, creemos en el Señor Jesús, en su palabra, en su testimonio. Por eso cuando decimos “creo”, en verdad estamos diciendo “creo en ti, Señor”.

El acto de fe es un acto de encuentro con la persona viva de Jesús, y en ese encuentro con el Señor, uno alcanza la más profunda comprensión del misterio de Dios, de uno mismo y del mundo que habitamos.  

Finalmente, entra en escena el grupo de los más íntimos de Jesús: Los Doce Apóstoles. El Señor, abandonado por sus discípulos, se queda sólo con ellos y también a ellos los pone ante la opción de fe: “¿También vosotros queréis marcharos?” (Jn 6, 67). Ante la pregunta de Jesús, viene la espléndida respuesta de fe de Pedro: “Le respondió Simón Pedro: «Señor, ¿dónde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6, 68-69). El orden de los verbos “creer” y “saber” no es indiferente, ya que primero se cree y después se comprende y nunca al revés. Pedro, primero creyó en Jesús y luego supo que era el “Santo de Dios”, el “Ungido de Dios”, es decir, el “Cristo”.

El capítulo 6 de San Juan, es una bella puesta en escena de aquella alabanza que Jesús dirigió a su Padre: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito” (Lc 10, 21). Los Apóstoles, que eran gente sencilla, confiaron en Jesús, creyeron en su palabra, es decir, que su carne era verdadera comida y su sangre verdadera bebida. Qué emocionante resulta pensar que aquello en lo que creyeron los Apóstoles al decidir quedarse con Jesús ese día, se les hizo plena luz en la Última Cena: “Tomen y coman todos de él, porque esto es mi Cuerpo que será ofrecido en sacrificio por ustedes”…”Tomen y beban todos de él, porque este es el cáliz de mi Sangre, que será derramada por ustedes”. En el prefacio I de la Santísima Eucaristía expresamos esta misma fe diciendo: “Su carne inmolada por nosotros, es alimento que nos fortalece; su sangre derramada por nosotros, es bebida que nos purifica” .

Como acertadamente reflexiona el Papa Francisco: “Pedro…no dice: «¿dónde iremos?», sino «¿a quién iremos?». El problema de fondo no es ir y abandonar la obra emprendida, sino a quién ir. De esa pregunta de Pedro, nosotros comprendemos que la fidelidad a Dios es una cuestión de fidelidad a una persona, a la cual nos adherimos para recorrer juntos un mismo camino. Y esta persona es Jesús. Todo lo que tenemos en el mundo no sacia nuestra hambre de infinito. ¡Tenemos necesidad de Jesús, de estar con Él, de alimentarnos en su mesa, con sus palabras de vida eterna! Creer en Jesús significa hacer de Él el centro, el sentido de nuestra vida. Cristo no es un elemento accesorio: es el «pan vivo», el alimento indispensable”.[3]  A lo que con San Juan Pablo II podemos añadir que, a Jesús lo encontramos de manera eminente en el Sacramento de la Eucaristía porque, “junto con toda la tradición de la Iglesia, nosotros creemos que bajo las especies eucarísticas está realmente presente Jesús. Por esto la fe nos pide que, ante la Eucaristía, seamos conscientes de que estamos ante Cristo mismo. La Eucaristía es misterio de presencia, a través del que se realiza de modo supremo la promesa de Jesús de estar con nosotros hasta el fin del mundo”.[4]

Por eso, vayamos cada Domingo jubilosos al altar de Dios, para encontrarnos realmente con el Señor, quien por nosotros se ofrece en sacrificio y se nos da como alimento y bebida de vida eterna.

San Miguel de Piura, 22 de agosto de 2021
XXI Domingo del Tiempo Ordinario

[1] Ver Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen gentium, n. 11.

[2] San Juan Pablo II, Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia, n. 60.

[3] S.S. Francisco, Angelus, 23-VIII-2015.

[4] San Juan Pablo II, Carta Apostólica Mane nobiscum Domine, n. 16.

Puede descargar el PDF conteniendo la Homilía pronunciada hoy por nuestro Arzobispo AQUÍ

Puede ver el video de la transmisión de la Santa Misa de hoy AQUÍ

domingo 22 agosto, 2021