“ENTONCES VERÁN VENIR AL HIJO DEL HOMBRE CON GRAN PODER”

Arzobispo celebra la V Jornada Mundial de los Pobres

14 de noviembre de 2021 (Oficina de Prensa).- La mañana de hoy, nuestro Arzobispo Metropolitano, Monseñor José Antonio Eguren Anselmi, S.C.V., presidió en la Basílica Catedral de Piura, la Santa Misa en el XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, en el que la Iglesia universal celebra la V Jornada Mundial de los Pobres. Los fieles piuranos se dieron cita para participar de la Eucaristía, respetando el aforo permitido y observando todos los protocolos de bioseguridad.

Antes de concluir la Santa Misa, Monseñor Eguren reiteró su llamado a no bajar la guardia en nuestras medidas de prevención con el fin de evitar el aumento de contagios del coronavirus. Animó a los presentes a acudir a vacunarse, subrayando la importancia y exigencia moral que reviste la acción de vacunarse contra el Covid-19 y el hecho que no es suficiente recibir una sola dosis, sinó que hay que colocarse las dos dosis. Asimismo, reiteró la necesidad del uso adecuado de la mascarilla, el lavado y desinfección de manos, así como el distanciamiento físico necesario.

A continuación, les ofrecemos la homilía completa que pronunció hoy nuestro Pastor:

“Entonces verán venir al Hijo del hombre con gran poder”

El fiel cristiano que habitualmente viene a la Misa dominical, sabe muy bien que en los últimos domingos del Año Litúrgico se medita en los acontecimientos finales de la historia, es decir en la última y gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo al final de los tiempos, así como en sus consecuencias en nuestra vida. Es decir, en los últimos domingos del tiempo litúrgico, y estamos en el penúltimo, meditamos en los sucesos escatológicos. La palabra “escatología”, proviene del griego esjatón (Eσχατoν) que significa “los últimos tiempos”, y de logos (Loγoς), que significa “tratado” o “estudio”. Por lo tanto, la escatología, se define como la doctrina de los últimos tiempos, del hombre y del mundo que él habita. 

El Evangelio de hoy (ver Mc 13, 24-32) trata precisamente de ello y comienza con las palabras de Jesús, “en aquellos días” (Mc 13, 24). Con esta expresión, Jesús quiere decirnos que comenzará a instruirnos sobre los acontecimientos que pertenecen al desenlace o fin de la historia, del cual su “día y hora” es desconocido. Por ello no hay que estar creyendo a aquellas personas que cada cierto tiempo nos van sobresaltando, diciéndonos que ya llega el fin del mundo, “porque de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre” (Mc 13, 32). Pero con todo, el Señor nos da en el Evangelio de hoy algunas señales para que sepamos reconocer que el fin está cerca, y de esta manera estemos preparados.

En primer lugar, Jesús nos dice que el fin de los tiempos o de la historia, sucederá “después de aquella tribulación” (Mc 13, 24). Ésta, no es una indicación precisa, pues en el mismo Evangelio de San Marcos se sobreponen dos hechos. En un momento, Jesús parece estar hablando de la destrucción del templo de Jerusalén, acontecimiento que ocurrió en el año 70 de nuestra era cristiana por obra de los romanos, pero en otro momento la descripción supera este acontecimiento cuando el Señor afirma: “Porque aquellos días habrá una tribulación, cual no la hubo desde el principio de la creación, que hizo Dios, hasta el presente, ni la volverá a haber” (Mc 13, 19). De ella también nos ha hablado hoy la primera lectura (ver Dn 12, 1-3) y nos consuela saber que San Miguel Arcángel, nuestro Patrono, será nuestro protector y defensor.

En segundo lugar, Jesús habla de unos signos cósmicos que expresan una intervención de Dios: “Mas por esos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas irán cayendo del cielo, y las fuerzas que están en los cielos serán sacudidas” (Mc 13, 24-25). ¿Pero si estos son los signos o señales cósmicos, ¿cuál es el acontecimiento principal que ellos anuncian? Jesús mismo lo señala: “Entonces verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria” (Mc 13, 26). Ahora bien, si este es el acontecimiento principal, hay un segundo suceso que está íntimamente asociado a éste, y que nos afectará a todos los hombres: “Entonces enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo” (Mc 13, 27). Esta expresión abarca todo el espacio y el tiempo de la historia humana, es decir serán reunidos todos los hombres de todos los tiempos, tanto los que aún peregrinan por la tierra, como también los que ya han concluido su peregrinar terreno.

Este acontecimiento final dejará en evidencia una división definitiva dentro de los seres humanos: Entre aquellos que serán elegidos y aquellos que serán rechazados, es decir, entre los que serán reunidos para estar con el Señor por toda la eternidad, y los que serán apartados de Él para siempre; aquellos que merecerán la salvación y aquellos que serán condenados. Este hecho que llamamos el “Juicio final”, es el acontecimiento último que dará peso y sentido a toda la historia y a todo acto del hombre.

A propósito de él, nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica:

“El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso. Sólo el Padre conoce el día y la hora en que tendrá lugar; sólo Él decidirá su advenimiento. Entonces Él pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte (cf. Ct 8, 6). El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres todavía «el tiempo favorable, el tiempo de salvación» (2 Co 6, 2). Inspira el santo temor de Dios. Compromete para la justicia del Reino de Dios. Anuncia la «bienaventurada esperanza» (Tt 2, 13) de la vuelta del Señor que «vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído» (2 Tes 1, 10)”.[1]

Para concluir, Jesús agrega en nuestro Evangelio dominical una parábola para indicar la relación entre el tiempo presente y ese acontecimiento final que nos implicará a todos de manera tan radical: Así como sabemos percibir la cercanía del verano por el aspecto que toman las ramas de la higuera, así mismo, dice el Señor, “cuando veáis que sucede esto, sabed que Él está cerca, a las puertas” (Mc 13, 29).

Ahora bien, todos los signos y señales que Jesús nos da sobre el fin de los tiempos, son inciertas en lo que respecta a cuándo acontecerá. ¿Por qué lo hace Jesús? Para que siempre pensemos y sintamos que Él está cerca, que su venida es inminente, y que por lo tanto debemos estar en todo momento preparados, es decir en gracia de Dios, con el corazón convertido y en tensión hacia Jesús que viene hacia nosotros. El estar siempre alertas y dispuestos, es decir espiritualmente despiertos, es una actitud espiritual permanente y fundamental de la vida cristiana.

A este respecto debo decir que, no podemos desperdiciar toda la angustia y dolor provocado por la pandemia que venimos padeciendo, así como la dolorosa experiencia del gran número de fallecidos, algunos de ellos familiares nuestros y amigos muy queridos. Para muchos de nosotros el misterio de la muerte nos ha tocado muy de cerca en este tiempo de epidemia.

Todo ello tiene que hacernos reaccionar, es decir, llevarnos a una conversión sincera de vida, a un volver al Señor desde lo más profundo de nuestro corazón, a un estar siempre preparados.

La terrible experiencia de la presente pandemia tiene que llevarnos a darnos cuenta de que nuestra vida apunta al Cielo, al encuentro definitivo con Jesús, que no tarda en llegar entre nubes y en gran poder y gloria con sus ángeles, y que, por tanto, debemos querer y desear ardientemente nuestra salvación eterna, así como poner los medios para asegurarla.

Jesús concluye el Evangelio de hoy con esta enseñanza: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mc 13, 31). En primer lugar, esta expresión de Jesús indica que sus palabras son la verdad, son eternas, y por tanto más estables que el cielo y la tierra. En este caso nos invitan a vivir en la certeza de que Él está cerca, que su venida es inminente, y que para cada uno de nosotros ocurrirá en el tiempo y espacio de nuestra propia vida.  

Asimismo, son una invitación a construir nuestras vidas en la Palabra de Jesús porque, “todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina” (Mt 7, 24-27). Si queremos que, cuando el Señor llegue y nos llame, nos encuentre firmes en su presencia y seamos considerados dignos de estar con Él para siempre, debemos construir nuestras vidas en la única palabra que no pasa: la Suya.

V Jornada Mundial de los Pobres[2]

La Iglesia celebra también el día de hoy la V Jornada Mundial de los Pobres. Este año, el Papa Francisco nos propone como lema, “A los pobres los tienen siempre con ustedes” (Mc 14, 7), un lema, señala el Santo Padre, que nos recuerda que, aunque la presencia de los pobres en medio de nosotros es permanente, no debe conducirnos a un acostumbramiento tal que se convierta en indiferencia, sino a involucrarnos en un compartir la vida que no admite delegaciones.

En su Mensaje, el Papa recuerda las críticas de Judas por el hecho de que una mujer derramó sobre los pies del Señor un perfume muy valioso que valía unos trescientos denarios, una suma, dice el apóstol traidor, que bien se podía haber dado a los pobres. En realidad, señala el evangelista San Juan, “esto no lo dijo porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón y, como tenía la bolsa del dinero en común, robaba de lo que echaban en ella” (Jn 12, 5-6). Al haber escogido esta cita evangélica para su Mensaje Pontificio de este año, el Papa quiere subrayar con fuerza que, quienes no reconocen a los pobres traicionan la enseñanza de Jesús y no pueden ser sus discípulos, porque los pobres están “en el centro del camino de la Iglesia”.  

El Papa nos recuerda también que la terrible pandemia del coronavirus ha traído como consecuencia más pobres y mucho desempleo, y que por tanto, “es urgente dar respuestas concretas a quienes padecen el desempleo, que golpea dramáticamente a muchos padres de familia, mujeres y jóvenes”. Se necesita por tanto más solidaridad y proyectos de promoción humana a largo plazo.

El Papa nos advierte además que, “un estilo de vida individualista es cómplice en la generación de pobreza, y a menudo descarga sobre los pobres toda la responsabilidad de su condición. Sin embargo, la pobreza no es fruto del destino sino consecuencia del egoísmo”.

El Santo Padre afirma en su Mensaje de este año que, la cita evangélica, «A los pobres los tienen siempre con ustedes» (Mc 14, 7), “es una invitación a no perder nunca de vista la oportunidad que se ofrece de hacer el bien, pero no se trata de aliviar nuestra conciencia dando alguna limosna, sino más bien de contrastar la cultura de la indiferencia y la injusticia con la que tratamos a los pobres”. De hecho, “la limosna es ocasional, mientras que el compartir es duradero. La primera corre el riesgo de gratificar a quien la realiza y humillar a quien la recibe; el segundo refuerza la solidaridad y sienta las bases necesarias para alcanzar la justicia”. Finalmente, “los pobres son verdaderos evangelizadores porque fueron los primeros en ser evangelizados y llamados a compartir la bienaventuranza del Señor y su Reino (ver Mt 5, 3). Los pobres de cualquier condición y de cualquier latitud nos evangelizan, porque nos permiten redescubrir de manera siempre nueva los rasgos más genuinos del rostro del Padre”.

Hagamos por tanto de esta Jornada Mundial, una ocasión para ser más fraternos y solidarios con los más pobres, forjando cada vez más una cultura de la solidaridad, del compartir y del dar. Que Nuestra Madre Santísima, Santa María, nos ayude a vivir el amor fraterno, especialmente con los descartados.  

San Miguel de Piura, 14 de noviembre de 2021
XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario

[1] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1040-1041.

[2] S.S. Francisco, Mensaje para la V Jornada Mundial de los Pobres, 13-VI-2021.

Puede descargar el archivo PDF de la homilía pronunciada por nuestro Arzobispo AQUÍ 

Puede ver el video de la transmisión de la Santa Misa de hoy AQUÍ

domingo 14 noviembre, 2021