«EL REINO DE DIOS CRECE INDEFECTIBLEMENTE»

Arzobispo celebra Santa Misa en el XI Domingo del Tiempo Ordinario

13 de junio del 2021 (Oficina de Prensa).- Nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi, S.C.V., celebró la Santa Misa en el XI Domingo del Tiempo Ordinario, la cual fue especialmente ofrecida para pedirle a Dios por los Frayles Hermanos Menores de la Provincia Franciscana de los XII Apóstoles del Perú, por el personal directivo, administrativo y de servicios, por los profesores, padres de familia y alumnos de la Institución Educativa Particular San Antonio en Piura, así como por los miembros y bienhechores de la Fraternidad San Antonio de Padua, quienes celebran hoy la fiesta de su Santo Patrono, para que el Señor les bendiga y los proteja en su diaria labor en beneficio de la educación de los niños y jóvenes de nuestra ciudad. 

Al finalizar la Eucaristía, Monseñor Eguren, siguiendo la hermosa tradición, realizó la Bendición de los Panes de San Antonio. Como se sabe, el Santo fue un gran predicador y muy generoso con los pobres y necesitados, y Dios obraba muchos milagros a través de él. Uno de estos milagros fue cuando un día se presentaron ante San Antonio un grupo de pobres que no tenían para comer. Él se fue a la cocina de los frailes, cogió todo el pan y se lo dio a los pobres. Al llegar los frailes vieron que los cestos de pan estaban vacíos y pidieron a San Antonio explicaciones. El santo les dijo que miraran bien en los cestos. Fueron y estaban llenos de pan.

A continuación les ofrecemos la homilía completa que pronunció nuestro Arzobispo hoy: 

“El Reino de Dios crece indefectiblemente”

Una vez concluidos los tiempos litúrgicos que tienen un carácter propio, como son el Adviento, la Navidad, la Cuaresma y la Pascua, quedan 33 ó 34 semanas del Año Litúrgico, en las cuales no se celebra algún aspecto propio o característico del misterio del Señor Jesús, sino más bien se hace memoria del misterio de Cristo en su plenitud y totalidad, principalmente los días domingos. A este período del Año Litúrgico lo llamamos “Tiempo Ordinario”. Éste, está dividido en dos etapas: Una primera que comienza el lunes que sigue al domingo posterior al 06 de enero, y se prolonga hasta el martes antes de la Cuaresma, inclusive; y una segunda etapa que comienza el lunes después del Domingo de Pentecostés, y termina con las primeras Vísperas del I Domingo de Adviento.  

El nombre de “Tiempo Ordinario” puede no sonar muy afortunado, por eso también se le llama “Tiempo durante el Año”. Lo de “ordinario”, no hay que interpretarlo como de “poca importancia” o “insignificante”, porque este tiempo litúrgico tiene su particular valor. Como dijimos, nos ayuda a comprender y vivir el misterio de Cristo en su totalidad, pero, además, nos acompaña en la tarea de crecimiento y maduración de lo que hemos celebrado en la Navidad y en la Pascua; pone en evidencia la primacía del Domingo cristiano; nos ofrece una escuela única y constante de la Palabra de Dios; y nos hace descubrir el valor de lo ordinario, de lo cotidiano como tiempo de salvación y santificación.                

El día de hoy, después de haber celebrado los tiempos fuertes del Año Litúrgico, así como algunas solemnidades en los dos domingos siguientes a Pentecostés, retomamos los Domingos del Tiempo Ordinario, los cuales nos ayudarán a profundizar en las enseñanzas, gestos, y obras salvíficas de Cristo, para que así, haciendo memoria de fe de lo que dijo e hizo el Señor Jesús, podamos ser mejores discípulos-misioneros suyos en la Iglesia y el mundo, y podamos santificarnos en la vida cotidiana, convirtiendo todos los momentos y circunstancias de nuestra vida en ocasión de amar al Señor, y de servir con alegría y sencillez a la Iglesia, y a los hermanos, iluminando los caminos de la tierra con la luz de la fe y del amor.  

Entrando a la meditación del Evangelio de hoy (ver Mc 4, 26-34), Jesús nos explica el misterio del Reino de Dios, mediante dos parábolas o comparaciones. En la primera, el Reino de Dios es como un grano de trigo que, esparcido en la tierra, brota y crece sin saberse cómo, hasta que llega a ser trigo abundante. En la segunda: El Reino de Dios es como un grano de mostaza, que siendo la más pequeña de todas las semillas, crece hasta convertirse en una hortaliza de gran tamaño, de modo que hasta las aves del cielo anidan en sus ramas.

A través de ambas parábolas, la del grano de trigo que crece indefectiblemente, y la del grano de mostaza, que crece hasta llegar a ser un arbusto de gran tamaño, Jesús quiere enseñarnos el origen humilde, sencillo y hasta desapercibido del Reino de Dios, pero que una vez iniciado, con su primera venida, será de un crecimiento constante e imparable hasta el final de los tiempos, en donde alcanzará su plenitud.

Ahora bien, si nos preguntamos, ¿qué es el Reino de Dios?, podemos responder a esta pregunta con estas palabras de San Juan Pablo II: “El Reino de Dios no es un concepto, no es una doctrina, no es un programa sujeto a libre elaboración. El Reino de Dios es ante todo una persona, que tiene el nombre y rostro de Jesús de Nazaret, imagen del Dios invisible”.[1] Por tanto, lo que Jesús nos quiere decir con estas dos parábolas, es que la luz de vida y salvación que es Él, está destinada a resplandecer sobre la Iglesia y el mundo entero, aun cuando su origen haya sido tan humilde como haber comenzado a brillar, como una frágil y pequeña llama, en el establo en Belén, y en una región remota y olvidada del entonces imperio romano como era Galilea.   

De otro lado, las dos parábolas del crecimiento del Reino de Dios, deberían ser suficientes para que comprendamos que Jesucristo es el Señor de la Historia. No es necesario tener fe para comprender que estas parábolas de Jesús constituyen toda una profecía. Jesús propuso esta enseñanza alrededor del año 30 de nuestra era cristiana, y viendo hoy, en pleno tercer milenio de la era cristiana, el crecimiento de la Iglesia por todo el mundo, cualquier persona inteligente, no tiene más que reconocer que la profecía de Jesús fue de una clarividencia extraordinaria.

Jesús anunció el crecimiento de su Reino, del cual la Iglesia es portadora, cuando nada hacía preverlo, y cuando nadie lo habría imaginado. Al contrario, todo hacía suponer que todo había terminado con su muerte en la cruz.  

Al respecto, la opinión más sensata fue la que dio el maestro fariseo Gamaliel, delante del Sanedrín, cuando se discutía qué hacer con los Apóstoles: “Os digo, pues, ahora: desentendeos de estos hombres y dejadlos. Porque si esta idea o esta obra es de los hombres, se destruirá; pero si es de Dios, no conseguiréis destruirles. No sea que os encontréis luchando contra Dios. Y aceptaron su parecer (Hch 5, 38-39).  

A la luz de las dos parábolas de hoy también podemos concluir algunas enseñanzas sobre Reino de Dios y nuestra vida cristiana. En primer lugar, en el lenguaje evangélico, la semilla es símbolo de la Palabra de Dios, cuya fecundidad nos recuerda sobre todo la primera parábola de hoy del grano de trigo. Como la humilde semilla se desarrolla en la tierra, así la Palabra actúa con el poder de Dios en el corazón de quien la escucha y acoge con fe. Esta Palabra, si es acogida con generosidad, da ciertamente sus frutos, porque Dios mismo la hace germinar y madurar a través de caminos misteriosos, incomprensibles, pero reales. (ver Mc 4, 27).

Qué importante es entonces meditar diariamente la Palabra de Dios, acogerla en nuestras vidas, para que ella con su poder vaya transformando nuestra mente, corazón y acción, es decir todo nuestro ser. Por ello, les reitero lo que tantas veces les he pedido: La importancia de tener la Biblia o por lo menos los cuatro Evangelios al alcance de la mano, y alimentarnos diariamente con la Palabra viva de Dios. Hay que leer cada día un pasaje de la Biblia, un pasaje del Evangelio, porque esta es la fuerza que hace germinar en nosotros la vida del Reino de Dios.  

En segundo lugar, otra enseñanza, es la necesidad de la virtud de la humildad en nuestra vida cristiana, simbolizada en la semilla de mostaza, la más pequeña de todas las semillas, pero que llega a convertirse en un arbusto de grandes dimensiones. Sólo siendo humildes podremos entrar a formar parte del Reino de Dios. Al respecto nos enseña el Papa Francisco: “Para entrar a formar parte de él (es decir del Reino de Dios) es necesario ser pobres en el corazón; no confiar en las propias capacidades, sino en el poder del amor de Dios; no actuar para ser importantes ante los ojos del mundo, sino preciosos ante los ojos de Dios, que tiene predilección por los sencillos y humildes. Cuando vivimos así, a través de nosotros irrumpe la fuerza de Cristo y transforma lo que es pequeño y modesto en una realidad que fermenta toda la masa del mundo y de la historia.[2]

Finalmente, una tercera y última enseñanza que nos dejan ambas parábolas es esta: “El Reino de Dios requiere nuestra colaboración, pero es, sobre todo, iniciativa y don del Señor. Nuestra débil obra, aparentemente pequeña frente a la complejidad de los problemas del mundo, si se la sitúa en la obra de Dios no tiene miedo de las dificultades. La victoria del Señor es segura: su amor hará brotar y hará crecer cada semilla de bien presente en la tierra. Esto nos abre a la confianza y a la esperanza, a pesar de los dramas, las injusticias y los sufrimientos que encontramos. La semilla del bien y de la paz germina y se desarrolla, porque el amor misericordioso de Dios hace que madure”.[3]

Que la Santísima Virgen, quien acogió como “tierra fecunda” la semilla de la Divina Palabra (ver Lc 11, 28), nos sostenga en esta esperanza que nunca nos defrauda.

San Miguel de Piura, 13 de junio de 2021
XI Domingo del Tiempo Ordinario

[1] San Juan Pablo II, Carta Encíclica, Redemptoris missio, n. 18.

[2] S.S. Francisco, Angelus, 14-VI-2015.

[3] Allí mismo.

Puede descargar el archivo PDF de la Homilía pronunciada hoy por nuestro Arzobispo AQUÍ

Puede ver el video de la Santa Misa de hoy AQUÍ

domingo 13 junio, 2021