“EL QUE COME EL CUERPO DE CRISTO, VIVIRÁ ETERNAMENTE”

Arzobispo celebra Santa Misa Dominical 

08 de agosto de 2021 (Oficina de Prensa).- Nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi, S.C.V., celebró la mañana de hoy, la Santa Misa en el IXI Domingo del Tiempo Ordinario. 

En su homilía, nuestro Arzobispo, destacó que: «el Sacramento de la Eucaristía es verdadero sacrificio. La Misa hace presente el sacrificio de la Cruz, y de esta manera, la Eucaristía aplica en favor nuestro la reconciliación obtenida por Cristo en el Calvario, de una vez por todas, para la humanidad de todos los tiempos». Pero Monseñor Eguren acotó también que: «La Eucaristía es también verdadero banquete, en el cual Cristo se ofrece como alimento de vida eterna. No se trata de un alimento metafórico, figurado o simbólico, sino de un alimento real: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn 6, 55). Podemos concluir, que el Sacramento de la Eucaristía es inseparablemente sacrificio y banquete a la vez».

Al finalizar la Santa Misa, nuestro Pastor reiteró su exhortación a que sigamos cuidándonos, para así cuidar a los demás, observando estricta y fielmente todas las medidas de higiene, bioseguridad y distanciamiento físico, así como acudiendo a vacunarnos para así ayudar a contener el avance de la pandemia.

A continuación les ofrecemos la homilía completa que pronunció nuestro Arzobispo: 

“El que come el Cuerpo de Cristo, vivirá eternamente”

Continuamos, por tercer domingo consecutivo, meditando en el discurso del “pan de vida” que recoge el capítulo sexto del Evangelio según San Juan. En esta ocasión, se nos proponen para nuestra reflexión los versículos del 41 al 51.

Para poder comprender mejor nuestro Evangelio dominical, y toda la enseñanza de Jesús contenida en este discurso, es importante tener presente la experiencia del pueblo de Israel durante los cuarenta años que peregrinó por el desierto después de su liberación de Egipto, antes de entrar a la tierra prometida. Este período es evocado por los mismos judíos cuando le dicen al Señor que el prodigio del maná acreditó a Moisés ante el pueblo: “Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: Pan del cielo les dio a comer” (Jn 6, 30).

Ante esto, Jesús, les responde diciéndoles: “En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo…Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron” (Jn 6, 32.49). Ante esta afirmación del Señor, queda claro que el maná no es el verdadero “pan del cielo” o “pan de vida”, porque mal se puede llamar así a un pan que después de comerlo no nos previene de la muerte, que por tanto, sólo sirve para esta vida mortal, y que en definitiva no sacia el anhelo de vida eterna que tiene el corazón del ser humano. Un pan así, es un pan ordinario, no es un pan celestial, no puede ser el “pan del cielo” o el “pan de vida”.

En el Antiguo Testamento, hay hermosos pasajes que desarrollan el tema del “pan del cielo”. En esta ocasión quiero hacer memoria sólo de dos de ellos, uno tomado del libro de los Salmos, y el otro del libro de la Sabiduría. En el libro de los Salmos leemos: “(Dios) abrió las compuertas de los cielos; hizo llover sobre ellos maná para comer, les dio pan del cielo, el hombre comió pan de ángeles” (Sal 78, 23-24). Como vemos, a la luz de este pasaje bíblico, Jesús tiene toda la razón de rectificar a los judíos al decirles que no fue Moisés quien les dio el maná a sus antepasados en el desierto, sino su Padre celestial. De otro lado, en el libro de la Sabiduría leemos: “A tu pueblo lo alimentaste con manjar de ángeles, les suministraste sin cesar desde el cielo un pan ya preparado que podía brindar todas las delicias y satisfacer todos los gustos. El sustento que les dabas revelaba tu dulzura con tus hijos” (Sab 16, 20-21).

Ahora bien, a la luz de estos dos pasajes bíblicos, debemos preguntarnos: Estos pasajes de la Sagrada Escritura, ¿están hablando solamente del maná histórico que Israel comió en el desierto? O se refieren más bien a otro alimento que Dios está prometiendo a futuro. En otras palabras, estos pasajes del Antiguo Testamento, ¿no habría que considerarlos como una promesa de Dios para el futuro, y que por tanto el maná del desierto no sería más que una señal de un pan venidero, de un pan verdadero que sí daría la vida eterna a diferencia del maná? El maná no es el verdadero “pan del cielo” porque no da la vida eterna. El maná fue tan sólo una figura del verdadero “pan de vida”, aquel que el Padre nos dará con la encarnación de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

Efectivamente, el maná, con el cual Israel se alimentó en el desierto, no era más que una sombra del auténtico “pan de vida”. Por eso Jesús les afirma a los judíos: “Es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo” (Jn 6, 32-33). Podríamos ahora preguntarnos: ¿Cuál, o mejor dicho, quién es ese pan? La respuesta la da el mismo Jesús, revelando con ello su identidad divina: “Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre” (Jn 6, 48-51).

Todos los judíos que comieron el maná en el desierto no entraron a la tierra prometida y murieron, incluido el mismo Moisés. En cambio, quien se alimenta de Jesús, tiene vida eterna. Cuando alguno de nosotros come el alimento cotidiano, nuestro organismo lo digiere. Ese alimento, nutre nuestra vida natural. El cuerpo humano lo asimila, lo aprovecha para su sostenimiento. En cambio, “el pan del cielo” o “pan de vida”, es un pan vivo superior al hombre. Por eso, cuando el ser humano lo recibe no lo hace parte suya, sino que más bien, al recibirlo, somos nosotros incorporados a una vida superior, a la vida divina, que Jesús llama “vida eterna”. Cuando nos alimentamos de Jesús, el pan vivo bajado del cielo, podríamos decir que uno hace una digestión a la inversa: No somos nosotros los que asimilamos a Jesús, es Jesús quien nos asimila a nosotros, y de esta manera Él nos da su misma vida divina haciéndonos divinos. Por eso, el que come el Cuerpo de Cristo, vivirá eternamente.

El Evangelio de hoy concluye con una sentencia del Señor que nos revela el maravilloso don que es la Eucaristía: “El pan que yo les voy a dar, es mi carne por la vida del mundo” (Jn 6, 51). Este pan es la Eucaristía, que es el Cuerpo de Cristo entregado en sacrificio para que el mundo viva. Como bien sabemos, el Sacramento de la Eucaristía es verdadero sacrificio. La Misa hace presente el sacrificio de la Cruz, y de esta manera, la Eucaristía aplica en favor nuestro la reconciliación obtenida por Cristo en el Calvario, de una vez por todas, para la humanidad de todos los tiempos.

Pero la Eucaristía es también verdadero banquete, en el cual Cristo se ofrece como alimento de vida eterna. No se trata de un alimento metafórico, figurado o simbólico, sino de un alimento real: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn 6, 55). Podemos concluir, que el Sacramento de la Eucaristía es inseparablemente sacrificio y banquete a la vez. Por eso, repitiendo los gestos y las palabras de Jesús en la Última Cena, el sacerdote dice en cada Misa durante la consagración: “Tomen y coman todos de él, porque esto es mi Cuerpo que será entregado por ustedes”. Por todo ello, no hay mayor mal que privarse de la Eucaristía por culpa del pecado. Esto equivale a privarse de Jesús, privarse de la vida eterna, que es la vocación superior y última del hombre. Pero Jesús es tan bueno que, para que no nos privemos de recibirlo a Él, el “pan de vida”, nos dejó el Sacramento de la Reconciliación para que, absueltos de nuestros pecados, podamos acercarnos a la mesa Eucarística para recibirlo, sobre todo cada domingo.

Nunca hay que olvidar que la Iglesia, que la formamos todos nosotros, vive de la Eucaristía. De éste “pan vivo” se alimenta y gracias a él, existe.

Pidámosle a María, Mujer Eucarística, que despierte en nosotros el asombro frente al don inconmensurable de la Eucaristía. “Aquel cuerpo entregado en la Cruz como sacrificio y realmente presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Para María, recibir la santa comunión, debía significar como si acogiera de nuevo en su vientre el corazón que había latido al unísono con el suyo para revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz”.[1]  

San Miguel de Piura, 08 de agosto de 2021
XIX Domingo del Tiempo Ordinario

[1] San Juan Pablo II, Carta Encíclica, Ecclesia de Eucharistia, n. 56.

Puede descargar el archivo PDF de esta Homilía pronunciada por nuestro Arzobispo AQUÍ

Puede ver la transmisión de la Santa Misa de hoy AQUÍ

domingo 8 agosto, 2021