¡DIOS ES MI PADRE, Y ME LLEVA EN SU CORAZÓN!

Arzobispo celebra la II Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores

24 de julio de 2022 (Oficina de Prensa).- Hoy, XVII Domingo del Tiempo Ordinario, en el que la Iglesia Universal celebra la Jornada Mundial de los abuelos y las personas mayores, nuestro Arzobispo Metropolitano, Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., presidió la Santa Misa en la Basílica Catedral de nuestra ciudad, la cual fue especialmente ofrecida en acción de gracias al Señor por el don de nuestros abuelos.

En su homilía, Monseñor Eguren nos recordó que: Jesús, es Hijo de Dios por naturaleza, porque es de la misma sustancia divina que el Padre, pero nos enseña que también nosotros somos hijos de Dios por adopción, es decir por gracia, por don divino. Esta verdad, que Dios es su Padre y es nuestro Padre, es el núcleo de la enseñanza y misión del Señor. Hoy con verdadero gozo espiritual podemos decir, que tenemos un Padre en el Cielo que nos ama, que es providente, paciente y misericordioso. Un Padre que siempre está atento a las súplicas y necesidades de sus hijos, un Padre que nos admite en la intimidad de su corazón. Hoy, ante la revelación que hace Jesús, podemos decir con gozo y esperanza: ¡Dios es nuestro Padre! ¡Dios es mi Padre! ¡Él está cercano a mí, me lleva en su corazón!”.

A continuación, compartimos la Homilía completa de nuestro Pastor:

¡Dios es mi Padre, y me lleva en su corazón!

II Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores

Nuestro Evangelio dominical (ver Lc 11, 1-13), nos presenta una petición muy singular y hermosa que le hacen a Jesús: “Y sucedió que, estando Él orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: Señor, ensénanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos” (Lc 11, 1).

Notemos que el discípulo le hace este pedido a Jesús, como fruto de haberlo visto rezar. Si ver orar a un santo, o a un hombre de Dios impresiona, imaginémonos cuánto más de imponente y sobrecogedor habrá sido ver al mismo Señor Jesús orándole a su Padre Celestial. Por ello al discípulo le brotó espontáneamente del corazón pedirle en nombre de todos: “Señor, enséñanos a orar”. El Evangelio de hoy es un verdadero tratado sobre la oración, y lo más maravilloso de todo, es que el Maestro, es el mismo Cristo.   

Jesús complace este pedido y anhelo de los suyos, dejándonos la preciosa oración del Padrenuestro, también conocida como la Oración del Señor. Es una plegaria sencilla, pero a la vez, profunda. A través de ella, Jesús Maestro, nos pide que oremos, pero confesando e implorando las cosas que realmente nos son necesarias y fundamentales para nuestra vida, las cuales son:  

Confesar a Dios como Padre, y que su nombre sea santificado, es decir, que Dios sea reconocido y amado como Dios, y que todos conozcan y reconozcan que el Padre de nuestro Señor Jesucristo, es Santo y Fiel. Pedirle que su Reino de Verdad y Amor, instaurado con la primera venida de su Hijo Unigénito, se haga realidad plena y total en su última y definitiva venida al final de los tiempos. Que se haga siempre su voluntad, porque ella es la única fuente de paz, libertad, justicia, y salvación eterna. Que nos dé siempre el pan de cada día, que éste no falte en ningún hogar, y especialmente a los más pobres, pero que también nos dé siempre el pan eucarístico que restaura nuestras fuerzas espirituales y sacia el hambre de Dios que tiene el corazón humano. Que nos perdone nuestros pecados, y que nos dé la capacidad de perdonar a los que nos han ofendido y hecho mal, es decir, que no retengamos a nadie el perdón que nosotros recibimos de Dios. Más bien que, mirando al Crucificado, que perdonó en la Cruz a sus enemigos, sepamos perdonar a los que nos han hecho mal. Y que no nos deje caer en la tentación, y nos libre del mal, es decir, del Maligno, de Satanás, nuestro acusador y adversario, que busca nuestra infelicidad y condenación eterna.

Podríamos dedicar nuestra homilía dominical a seguir profundizando en cada una de las partes del Padrenuestro, es decir en su saludo y sus siete peticiones, pero para comprender la profundidad y belleza del Padrenuestro, bástenos por hoy, detenernos en su primera palabra: “Padre”.

En ella, está contenida toda la experiencia de Cristo y su enseñanza. Una enseñanza totalmente nueva para los tiempos del Señor, porque Cristo revela que Dios es su Padre, pero que también lo es nuestro, aunque de manera diversa. Efectivamente, Jesús, es Hijo de Dios por naturaleza, porque es de la misma sustancia divina que el Padre, pero nos enseña que también nosotros somos hijos de Dios por adopción, es decir por gracia, por don divino. Esta verdad, que Dios es su Padre y es nuestro Padre, es el núcleo de la enseñanza y misión del Señor. Hoy con verdadero gozo espiritual podemos decir, que tenemos un Padre en el Cielo que nos ama, que es providente, paciente y misericordioso. Un Padre que siempre está atento a las súplicas y necesidades de sus hijos, un Padre que nos admite en la intimidad de su corazón. Hoy, ante la revelación que hace Jesús, podemos decir con gozo y esperanza: ¡Dios es nuestro Padre! ¡Dios es mi Padre! ¡Él está cercano a mí, me lleva en su corazón!

Hagamos un firme propósito el día de hoy: Que cuando recemos la oración del Padrenuestro, la recemos tomando conciencia de cada una de las cosas que en ella decimos y pedimos, para que de esta manera la recemos con fe y piedad. A propósito de esto, Santa Teresita del Niño Jesús, decía: “A veces, cuando mi espíritu está tan seco que me es imposible sacar un solo pensamiento para unirme a Dios, rezo muy despacio un «Padrenuestro» y luego la salutación angélica. Entonces, esas oraciones me encantan, y alimentan mi alma mucho más que si las rezase precipitadamente un centenar de veces”.[1]

Ahora bien, del proclamar con nuestros labios la verdad de que Dios es nuestro Padre, se desprende una consecuencia moral, es decir, una exigencia de vida cristiana, que no es otra sino la necesidad de vivir como auténticos hijos de Dios. Al respecto nos dice San Cipriano, obispo, mártir y Padre de la Iglesia (S. III): “Ninguno de nosotros osaría pronunciar tal nombre en la oración, si no nos lo hubiera permitido Él mismo. Hemos de acordarnos, por tanto, hermanos amadísimos, y saber que, cuando llamamos Padre a Dios, es consecuencia, que obremos como hijos de Dios, con el fin de que, así como nosotros nos honramos de tenerle por Padre, Él pueda honrarse de nosotros. Hemos de portarnos como templos de Dios, para que sea una prueba de que habita en nosotros el Señor y no desdigan nuestros actos del Espíritu recibido”.[2]

Con ocasión de nuestro Evangelio dominical, quisiera pedirles a los padres de familia, y a los abuelos y abuelas, que les enseñen a rezar a sus hijos y nietos. Desde las cosas más sencillas como a hacer la señal de la cruz, aprender las oraciones básicas del cristiano, como el Padrenuestro y el Ave María, la Visita al Santísimo Sacramento, hasta leer y meditar la Sagrada Escritura, y participar devota y adecuadamente en la Misa dominical.

Igualmente, los exhorto para que vivamos la misericordia enseñándole a los demás a rezar. Cuántas personas hay hoy en día hambrientas de aprender a rezar, a semejanza de los discípulos de nuestro Evangelio dominical. Enseñar a rezar es una obra de misericordia valiosísima a los ojos de nuestro Padre Dios.    

Nada hay más hermoso que rezar. Así nos lo explica, con el siguiente ejemplo, el Papa Francisco, uniendo maravillosamente la oración a la misión de ser apóstoles del Señor. Dice el Santo Padre: “Hace tiempo escuché este ejemplo, que me parece muy apropiado: la respiración para el ser humano. La respiración está constituida por dos fases: inspirar, es decir, introducir aire, y espirar, dejarlo salir. La vida espiritual se alimenta, se nutre de la oración y se manifiesta en la misión: inspiración, la oración, y espiración la misión. Cuando inspiramos, en la oración, recibimos el aire nuevo del Espíritu, y, al espirarlo, anunciamos a Jesucristo, suscitado por el mismo Espíritu”. [3]

Hagamos de nuestra familias, comunidades y parroquias, escuelas de oración. “Una oración intensa, que sin embargo no aparta del compromiso en la historia: abriendo el corazón al amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y nos hace capaces de construir la historia según el designio de Dios”.[4]

El Evangelio de hoy, acaba con dos breves parábolas a través de las cuales Jesús quiere infundir en nosotros dos actitudes en la vida de oración: La perseverancia y la confianza que debemos tener cuando oramos. En la primera parábola, nos presenta a un hombre que, ante la insistencia de un vecino, que a medianoche le pedía tres panes, protesta: “No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos” (Lc 11, 7).

Pero Jesús concluye: “Os aseguro, que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos se levantará por su importunidad, y le dará cuanto necesite” (Lc 11, 8). La segunda parábola, esta introducida por estas breves sentencias: “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá” (Lc 11, 9-10).

Jesús nos anima a orar en todo tiempo sin desfallecer (Lc 18, 1), para así recibir los dones que necesitamos (Mt 7, 7), teniendo presente que Dios es un Padre bueno, que siempre nos da cosas buenas, y la mejor de todas: Nos da al Espíritu Santo que todo lo santifica y a todo le da vida.

Finalmente, alguien podría objetar: Yo he pedido y Dios no me ha escuchado. ¿Por qué Dios no me ha concedido lo que yo le pedí en mi oración? Muy probablemente, porque le hemos pedido cosas que Él sabe que no son las más convenientes para nosotros. Por eso Jesús concluye nuestro Evangelio dominical con esta enseñanza: “¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!” (Lc 11, 11-13).

Tengamos siempre la certeza de que nuestro Padre Dios, nos escucha y nos da siempre lo que más nos conviene, aunque haya veces en las que creamos, que no atiende nuestros ruegos.

II Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores

Hoy también celebramos, por iniciativa de nuestro querido Papa Francisco, la II Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores bajo el lema: “En la vejez seguirán dando fruto” (Sal 92, 15).

En Piura y Tumbes, muchas familias tienen en su seno la presencia activa de los abuelos, y esto es bueno. Hoy hay que hacer todos los esfuerzos posibles por unir a los jóvenes con sus abuelos. Los abuelos dan a los jóvenes raíces, historia y tradición, para que así éstos puedan vivir con pasión su presente y proyectarse proféticamente y con confianza al futuro. Sin los abuelos, los jóvenes corren el riesgo de vivir desarraigados, en el desconcierto, sin entender el valor y sentido de su vida, y sin saber de dónde vienen, no sabrán a dónde ir. Los abuelos, además, les transmiten a los jóvenes, sus sueños para que éstos puedan realizarlos. Por ello urge alentar el diálogo de los jóvenes con los abuelos, alentar una comunicación generacional entre ellos, y deben ser tanto los mayores, como los jóvenes, quienes tomen la iniciativa.

Pero la Jornada de hoy, también tiene por finalidad la de generar en nosotros una permanente actitud de preocupación, ternura, búsqueda, y cariño hacia aquellos a los que el Señor —como dice la Biblia— les ha concedido “una edad avanzada” (ver Jos 23, 1-2). Con el Santo Padre, los invito, a ir a visitar a los ancianos que están más solos, ya sea en sus casas, asilos, o residencias de reposo donde viven.

“Tratemos de que nadie viva este día en soledad. Tener alguien a quien esperar puede cambiar el sentido de los días de quien ya no aguarda nada bueno del futuro; y de un primer encuentro puede nacer una nueva amistad. La visita a los ancianos que están solos es una obra de misericordia de nuestro tiempo”.[5]

San Miguel de Piura, 24 de julio de 2022
Domingo XVII del Tiempo Ordinario

[1] Santa Teresita del Niño Jesús, Manuscrito C, folio 25.

[2] San Cipriano, Tratado de la Oración del Señor o Padrenuestro, De dom. orat., 11.

[3] S.S. Francisco, Discurso a los miembros de la Fraternidad Católica de las Comunidades y Asociaciones Carismáticas de Alianza, 31-X-2022.

[4] San Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, n. 33.

[5] S.S. Francisco, Mensaje para la II Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores, 03-IV-2022.

Puede descargar el archivo PDF de esta Homilía pronunciada hoy por nuestro Arzobispo AQUÍ

Puede ver la transmisión de la Santa Misa celebrada el día de hoy por nuestro Arzobispo AQUÍ