“DEMOS GRACIAS POR EL DON DE NUESTRO BAUTISMO”

Arzobispo celebra Santa Misa en la Fiesta del Bautismo del Señor

09 de enero de 2022 (Oficina de Prensa).- La mañana de hoy, último domingo del Tiempo de Navidad, nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., presidió en la Basílica Catedral de Piura, la Santa Misa con ocasión de la Fiesta del Bautismo del Señor.

Al iniciar la celebración eucarística nuestro Pastor asperjó con agua bendita a los fieles católicos presentes, para recordarnos el misterio de este Sacramento que nos da la gracia santificante de Dios, purificándonos de todo pecado. Culminada la Santa Misa, Monseñor Eguren bendijo el agua que tradicionalmente llevan los fieles católicos para esta fecha.

A continuación, compartimos la Homilía completa pronunciada hoy por nuestro Arzobispo: 

“Demos gracias por el don de nuestro Bautismo”

La escena evangélica de hoy Domingo (ver Lc 3, 15-16.21-22), nos lleva al momento del Bautismo del Señor. Con este misterio de la vida de Jesús que hoy celebramos, culmina el tiempo de Navidad y damos inicio a la primera etapa del Tiempo Ordinario. El Bautismo del Señor, es un momento intenso de “epifanía”, es decir de “manifestación” de quién es Jesucristo. En efecto, el Niño adorado por los pastores y los reyes magos como Dios y hombre verdadero (ver Lc 2, 8-20; Mt 2, 1-12), se revela en las aguas del Jordán como el Ungido del Padre, es decir, como el Mesías y el Salvador prometido y esperado por Israel y la humanidad.   

Para que no haya duda de ello, dos signos acompañan la manifestación del Señor durante su Bautismo. Por un lado, el Espíritu Santo baja sobre Jesús en forma visible de paloma ungiéndolo como el Mesías enviado a anunciar la salvación a los pobres (ver Is 61, 1; Lc 4, 18), y del otro se escucha la voz del Padre, quien desde el Cielo solemnemente proclama que su Palabra de Vida ya habita entre nosotros: “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto” (Lc 3, 22). Estos dos signos o señales, están orientados a suscitar en nosotros el don de la fe en Cristo como el Verbo de Dios hecho carne, el cual viene a traernos el don de la Reconciliación.   

Siendo la segunda persona de la Santísima Trinidad, Jesús posee el Espíritu desde toda la eternidad, pero en cuanto se ha hecho hombre lo recibe hoy para realizar la obra de nuestra salvación y para comunicarla a todos los seres humanos.

La predicación de Juan el Bautista, había generado una gran expectativa sobre la inminente manifestación o aparición del Mesías. Más aún, mucho creían que Juan era el Mesías prometido. Pero él, en un gesto de profunda humildad que lo enaltece, proclama: “Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Lc 3, 15-16).

De esta manera, el Bautismo de Cristo en las aguas del Jordán, es también ocasión para manifestar el misterio del Bautismo cristiano. Así lo expresa bellamente la Iglesia en su liturgia bautismal, cuando momentos antes de administrar este sacramento al neófito, bendice el agua, materia de este sacramento, con la siguiente plegaria: “Mira, ahora, a tu Iglesia en oración y abre para ella la fuente del Bautismo: Que esta agua reciba, por el Espíritu Santo, la gracia de tu Unigénito, para que el hombre, creado a tu imagen y limpio en el Bautismo, muera al hombre viejo y renazca, como niño, a nueva vida por el agua y el Espíritu”.[1]

El agua bendecida, es un sacramental muy querido por nosotros los piuranos y tumbesinos, precisamente porque ella evoca el don de nuestro Bautismo.

Al llevarla a nuestras casas, ella nos recuerda que Cristo es el agua viva que sacia definitivamente nuestra sed de Dios (ver Jn 4 1-42; Jn 7, 37-39), y nos anuncia la felicidad prometida del Cielo, como bien lo describe San Juan, apóstol y evangelista, en su visión de la gloria futura que nos aguarda: “Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero” (Ap 22, 1). Finalmente, cuando rociamos nuestras casas con agua bendecida, ella atrae sobre nosotros y nuestros hogares, la presencia vivificante del Espíritu que todo lo purifica y defiende.

Pero regresemos a nuestro texto evangélico de hoy. San Lucas nos señala el momento preciso en que se produce la manifestación de Jesús en el Jordán: “Y, mientras oraba, se abrió el cielo” (Lc 3, 21). En nuestras vidas, cuando éramos pequeños, también hubo un momento en que nuestros padres y padrinos oraban por nosotros junto con toda la Iglesia. Ese momento decisivo en nuestra vida cristiana fue el día de nuestro Bautismo, sacramento necesario para nuestra salvación como lo es la Iglesia misma a la que el Bautismo nos incorpora. Ese día también se abrió para nosotros el Cielo, y Dios Padre viendo la vida de su Hijo Jesucristo sembrada en nosotros, por la gracia bautismal, también exclamó lleno de alegría: “Éste, es también mi hijo amado, mi predilecto”.  

El fruto del Bautismo, o gracia bautismal, es una realidad muy rica que comprende el perdón del pecado original y de todos los pecados personales, y el nacimiento a la vida nueva en Cristo, por la cual el bautizado es hecho hijo adoptivo del Padre, y templo del Espíritu Santo.

Asimismo, por la acción misma del Bautismo, el bautizado es incorporado a la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, y hecho partícipe del sacerdocio de Jesús.[2] Por eso cuando rezamos el Credo proclamamos con mucho fervor: “Confieso que hay un solo Bautismo para el perdón de los pecados”.  

En este día en que celebramos la Fiesta del Bautismo del Señor, los invito a que hagamos memoria agradecida de nuestro Bautismo, ya que si hoy hemos podido ingresar a esta iglesia para adorar a Dios, Uno y Trino, por la celebración del misterio de nuestra fe, que es la Eucaristía, es gracias a nuestro Bautismo. Si hoy podemos aspirar a la santidad y vernos libres de la esclavitud del pecado, es gracias a nuestro Bautismo. Si hoy podemos recibir la gracia de los demás sacramentos, y vivir el misterio de comunión que es la Iglesia, es gracias a nuestro Bautismo. En resumen: Si podemos vivir en la Verdad y el Amor, y así ser artesanos de un mundo nuevo, es gracias al don de nuestro Bautismo.   

Por eso la fiesta del Bautismo del Señor es ocasión propicia para que nos preguntemos: ¿Agradecemos al Señor el don de nuestro Bautismo? ¿Sabemos cuál es el día en que fuimos bautizados? ¿Celebramos esa fecha como lo hacemos con nuestro cumpleaños? ¿Renovamos con frecuencia las promesas de nuestro Bautismo, con las cuales un día renunciamos a Satanás y a sus obras, y nos comprometimos a servir a Dios, en la Santa Iglesia Católica?

Y tú, padre de familia, consciente del don inestimable e incalculable del Bautismo, ¿se lo procuras a tus hijos apenas han nacido? Conocedor que el Bautismo siembra en nosotros nuestra vocación a la santidad en la Iglesia, es decir a ser “otros cristos”, ¿das a tus hijos nombres de santos que sean modelos e intercesores para su vida cristiana? ¿O les das nombres extravagantes, impropios de personas, irreverentes para la fe o ajenos a nuestra cultura?

Queridos hermanos: El santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, es la puerta de la vida en el Espíritu, y la que nos abre el acceso a los demás sacramentos. No dejemos de procurárselos a los niños recién nacidos. La Iglesia les pide encarecidamente a los padres cristianos que lo hagan en el primer mes de nacidos y no después de meses o años. ¡No dejes a tu hijo tanto tiempo bajo el poder del Maligno y del pecado!   

Para concluir, escuchemos las palabras que nos dirige nuestro querido Papa Francisco al respecto: “¡No os olvidéis de bautizar a los niños! Nadie merece el Bautismo, que es siempre un don gratuito para todos, adultos y recién nacidos. Pero como sucede con una semilla llena de vida, este regalo arraiga y da fruto en una tierra alimentada por la fe. Las promesas bautismales que renovamos cada año en la Vigilia Pascual deben ser reavivadas todos los días para que el Bautismo «cristifique». No hay que tener miedo de esta palabra: el bautismo nos «cristifica», quien ha recibido el bautismo y es «cristificado» se asemeja a Cristo, se transforma en Cristo y se hace de verdad otro Cristo”.[3]

Que la Santísima Virgen María, la primera y más excelsa discípula de su Hijo Jesús, nos ayude a vivir con alegría y fervor apostólico nuestro Bautismo, acogiendo cada día el don del Espíritu Santo, que nos hace hijos de Dios.  

San Miguel de Piura, 09 de enero de 2022
Fiesta del Bautismo del Señor

[1] Ritual del Bautismo, Liturgia del Sacramento Rito de Bendición e invocación a Dios sobre el agua.

[2] Ver Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1279.

[3] S.S. Francisco, Catequesis, 11-IV-2018

Puede descargar el archivo PDF de la homilía pronunciada por nuestro Arzobispo AQUÍ