«CRISTO REY ES LA VERDAD A ANUNCIAR»

Arzobispo ordena a tres nuevos Diáconos para Piura y Tumbes

21 de Noviembre del 2021 (Oficina de Prensa).- En medio de un clima de profunda alegría y esperanza, la mañana de hoy, Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, fueron ordenados tres nuevos Diáconos para nuestra Arquidiócesis quienes recibieron la imposición de manos de parte de Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., Arzobispo Metropolitano de Piura. La Santa Misa fue celebrada en la Basílica Catedral de nuestra Ciudad, respetando el aforo permitido y observando todos los protocolos de bioseguridad.

Participaron de la Eucaristía un grupo representativo de sacerdotes de nuestra Arquidiócesis, seminaristas y religiosas, así como los familiares más cercanos de los ordenandos, quienes se reunieron con inmenso gozo para participar de la ceremonia y dar gracias a Dios por el don de estos tres nuevos Diáconos.

Monseñor Eguren agradeció también a los padres de los nuevos Diáconos por la contribución de sangre que hacen a la Iglesia. Del mismo modo a los formadores y profesores del Seminario «San Juan María Vianney» de Piura y «Corazón de Cristo» del Callao, les agradeció por todos estos años de paciente trabajo de formación y les animó a que prosigan su labor con renovado entusiasmo, manteniendo el nivel de exigencia y la permanente fidelidad a las orientaciones de la Iglesia en el camino de formación de los jóvenes que se preparan para el sacerdocio. Demos gracias a Dios por estas tres ordenaciones diaconales que se suman a las cuatro ordenaciones presbiterales que se realizaron el pasado mes de Junio, y no dejemos de orar por la santidad y fidelidad de los nuevos Diáconos, para que el Señor Jesús y Santa María los bendigan, acompañen y protejan siempre.

A continuación, les ofrecemos la homilía completa que pronunció nuestro Arzobispo hoy: 

“Cristo Rey es la Verdad a anunciar”

Muy queridos Emanuel, Denis, y Gino:

En la Solemnidad de Jesucristo Rey de Universo, son ordenados diáconos. ¿Cuál es el don que hoy Jesús, nuestro Rey y Señor, les otorga por el ministerio de la Iglesia a través de la imposición de mis manos?

El Catecismo de la Iglesia Católica lo expresa con estas palabras cuando nos dice que, por el diaconado, “se recibe un carácter indeleble que configura de modo especial al cristiano con Cristo, quien se hizo diácono, es decir servidor de todos”.[1]

Por tanto, el ministerio sagrado que hoy reciben los configurará con el Señor Jesús en su disposición de humilde servicio, la cual deberá informar de aquí en adelante toda su forma de pensar, sentir y actuar, ahora como diáconos y mañana, Dios mediante, como sacerdotes, a semejanza de Cristo Rey, “que no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10, 45; Mt 20, 28), y quien definiera su misión reconciliadora como, “Yo estoy entre vosotros como el que sirve”(Lc 22, 27).

Como bien nos enseña el Papa Francisco, “en la Iglesia debe prevalecer la lógica del abajamiento. Todos estamos llamados a abajarnos, porque Jesús se abajó, se hizo siervo de todos. Si hay alguien grande en la Iglesia es Él, que se hizo el más pequeño y el siervo de todos. Todo comienza aquí, como nos recuerda el hecho de que el diaconado es la puerta de entrada al Orden. Y diácono se permanece para siempre. Recordemos, por favor, que siempre para los discípulos de Jesús amar es servir y servir es reinar. El poder reside en el servicio, no en otra cosa…Los diáconos son los custodios del servicio en la Iglesia, por consecuencia se puede decir que son los custodios del poder «verdadero» en la Iglesia, para que nadie vaya más allá del poder del servicio”.[2]

¿Cuáles serán los alcances del servicio diaconal que hoy reciben? Se trata de un servicio que deberán prestar ante todo en forma de ayuda al obispo y al presbítero, tanto en el anuncio de la Palabra, el culto divino, como en la caridad.

En el ejercicio de su ministerio diaconal, serán servidores de la Palabra Divina, proclamando el Evangelio. Por ello, sean valientes anunciadores del Señor Jesús, quien es la Verdad a ensayar, que nos hace auténticamente libres (ver Jn 14, 6; 8, 32). Así lo afirma Él mismo cuando le dice a Pilato en el pasaje evangélico de hoy: “Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn 18, 37). Cristo Rey de la Verdad, le indica el camino al hombre perdido, y le da una nueva luz a nuestra existencia marcada por la duda, la sospecha y el relativismo. Sólo Jesús, nos permite discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad.

Por eso, como diáconos, anúncienlo sin temor y vergüenza, pero sin triunfalismos, y con mucha coherencia de vida, para que así vuestro anuncio sea creíble y fecundo.

Queridos Emanuel, Denis, y Gino, una dimensión esencial del diaconado que hoy reciben, es el servicio a la Eucaristía, sacramento con el cual entran, a partir de hoy, a tener una relación nueva y particular. Durante el tiempo de su diaconado crezcan en su amor por la Eucaristía. Acompañen diariamente a Jesús escondido en el Sagrario; adórenlo en la exposición solemne del Santísimo Sacramento; llévenlo con amor a los hermanos en la Sagrada Comunión, sobre todo a los enfermos y moribundos; y trátenlo con mucha reverencia en el servicio del Altar, para que, así cuando llegue el momento en que sean ordenados sacerdotes, le acojan con mucha humildad, asombro y amor en la celebración diaria de la Eucaristía, pues Él mismo, obediente a sus palabras, descenderá del Cielo a sus manos en el Santo Sacrificio de la Misa.  

Finalmente, en el ejercicio de su ministerio diaconal sirvan con amor a todos, especialmente a los más pobres, convirtiéndose en expresión viva y operante de la caridad de la Iglesia que es al mismo tiempo pan para el hambriento, luz y cooperación para el desarrollo integral de la persona humana, y palabra y acción de justicia según su Doctrina Social. Recuerden que, “los diáconos no son «medio sacerdotes», ni «monaguillos de lujo», sino siervos solícitos que se desviven para que nadie quede excluido y el amor del Señor toque concretamente la vida de las personas”.[3]

Ahora bien, todo don trae consigo deberes y responsabilidades. En el caso del diaconado, ¿cuáles son? El Papa San Pablo VI, en su Carta Apostólica en forma de motu proprio sobre el sagrado orden del diaconado, nos ayuda a comprender mejor los deberes y las exigencias que conlleva este ministerio cuando nos dice: “Los diáconos, como todos aquellos que están dedicados a los misterios de Cristo y de la Iglesia, deben abstenerse de toda mala costumbre y procurar ser siempre agradables a Dios, prontos a toda obra buena para la salvación de los hombres. Por el hecho, pues, de haber recibido el orden, deben superar en gran medida a todos los otros en la práctica de la vida litúrgica, en el amor a la oración, en el servicio divino y en el ejercicio de la obediencia, de la caridad y de la castidad”.[4] 

Hoy asumen pública y solemnemente el celibato, con la firme convicción de que este don de Cristo a su Iglesia está en orden a que puedan unirse más íntimamente al Señor con un corazón indiviso, y puedan dedicarse más libremente al servicio ministerial de Dios y de los hermanos. Por ello, cuiden en todo momento su pureza, porque el alma de un ministro sagrado, “debe ser más pura que los rayos del sol, para que el Espíritu Santo no lo abandone y para que pueda decir: «Ya no soy yo el que vive, sino que es Cristo quien vive en mí»” (Gal 2, 20).[5]  

También hoy se comprometen desde su libertad poseída a celebrar fielmente con espíritu de oración y alabanza la Liturgia de las Horas por la Iglesia y por todo el mundo.

Al respecto es bueno recordar, lo que enseña la Iglesia sobre esto: “Sería una visión empobrecida mirar dicha responsabilidad como el mero cumplimiento de una obligación canónica, aunque también lo es, y no tener presente que la ordenación sacramental confiere al diácono y al presbítero un especial encargo de elevar a Dios uno y trino la alabanza por su bondad, por su soberana belleza y por el designio misericordioso acerca de nuestra salvación sobrenatural. Junto con la alabanza, los sacerdotes y diáconos presentan ante la Divina Majestad la oración de intercesión a fin de que se digne acudir a las necesidades espirituales y temporales de la Iglesia y de toda la humanidad”.[6]

Queridos Emanuel, Gino y Denis: Para poder responder a estas hermosas y liberadoras obligaciones, esfuércense por vivir su ministerio como camino específico hacia la santidad. Aspiren siempre a la santidad, ya que las obras de Dios las hacen los hombres de Dios. Que cuando la gente los vea pueda desde ahora decir de ustedes lo que aquel abogado de Lyon decía de San Juan María Vianney, el santo Cura de Ars, cuando después de visitarlo le preguntaron: “¿Qué has visto en Ars?” Y él respondió: “He visto a Dios en un hombre”. Por ello encarecidamente les pido que no descuiden su vida espiritual. Profundicen en su amistad con Jesús, nuestro Rey y Pastor en la diaria y fervorosa oración. Hablen con Él de corazón a corazón. Dedíquense asiduamente a la lectura y a la íntima meditación de la Palabra de Dios. Participen diariamente de la Santa Misa.

Asimismo, renueven sus fuerzas desgastadas por la cotidiana jornada con la comunión Eucarística, y con la devota y diaria visita al Santísimo Sacramento. Purifiquen frecuentemente sus corazones con el Sacramento de la Reconciliación, y para poder recibir digna y fructuosamente este sacramento, hagan todos los días su examen de conciencia. Rechacen toda tentación de ostentación, de vanidad, y de hacer “carrera eclesiástica”. Tiendan hacia un estilo de vida caracterizado auténticamente por la sobriedad, el decoro, la castidad, la humildad, y la caridad hecha servicio, imitando así a Cristo Rey, el Sumo y Eterno Sacerdote, del que deben llegar a ser imagen viva. Igualmente, no descuiden la dirección espiritual y la formación permanente en la Iglesia.[7] En este día en que también veneramos a Santa María en el misterio de su Presentación en el Templo, llénense de amor filial por Ella, y esfuércense por amarla con los sentimientos nobles y puros del Corazón de Jesús. Conságrenle ahora su diaconado y mañana su sacerdocio. Que Ella sea en todo momento, vida, dulzura y esperanza vuestra; refugio, consuelo y aliento en su ministerio; fuente de piedad y alegría, y sobre todo la Madre tierna de cuya mano siempre vayan al encuentro pleno de amor con Jesús, su Divino Hijo y de ahí a servir a los hermanos.

Queridos Emanuel, Denis, y Gino: El don del diaconado es para ustedes, medio de preparación para un servicio mayor: el sacerdocio ministerial. Hoy les entregaré el Evangeliario pidiéndoles, “convierte en fe viva lo que lees, y los que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado”.  

Mañana, Dios mediante cuando se ordenen sacerdotes, les entregaré la patena y el cáliz diciéndoles, “considera lo que realizas, imita lo que conmemoras y en todo conforma tu vida con la Cruz del Señor”. Que el diaconado sea preparación seria y responsable para el sacerdocio ministerial, pero no olvidando jamás, que la dimensión servicial que hoy asumen, pues el diaconado los configura con Cristo-Servidor, deberá informar mañana sus vidas como sacerdotes, porque el sacerdote es servidor de Dios y de los hermanos.

Queridos ordenandos y hermanos todos: Jesús hoy nos pide que dejemos que Él se convierta en nuestro Rey y Señor, en nuestro Salvador. Un Rey que, con su palabra, su ejemplo, y su vida inmolada en la Cruz, nos ha liberado del pecado y salvado de la muerte. Acojámoslo hoy de manera renovada en nuestras vidas dándole el homenaje de nuestra fe y amor. Él nos dará a cambio la felicidad y la vida eterna, solamente con la condición de que nosotros no sigamos las lógicas del mundo y de sus «reyes».

Que la Virgen María nos ayude a acoger a Jesús como Rey de nuestra vida, y a difundir su Reino dando testimonio de la Verdad y del Amor que en Cristo coinciden. Amén. 

San Miguel de Piura, 21 de noviembre de 2021
Solemnidad de Cristo Rey del Universo

[1] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1570.

[2] S.S. Francisco, Discurso a los Diáconos Permanentes de Roma, 19-VI-2021.

[3] Ídem.

[4] San Pablo VI, Carta Apostólica en forma de motu proprio, Sacrum diaconatus ordinem, n. 25.

[5] San Juan Crisóstomo, De Sacerdocio, VI, 2.  

[6] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Acerca de la Obligatoriedad de la recitación de la Liturgia de las Horas, 15-XI-2000.

[7] Ver San Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, n. 33.

Puede descargar el archivo PDF de la homilía pronunciada por nuestro Arzobispo AQUÍ 

Puede ver el video de la transmisión de la Santa Misa de hoy AQUÍ

domingo 21 noviembre, 2021