«CONVERTIRSE Y CREER»

Arzobispo celebra Santa Misa en el III Domingo del Tiempo Ordinario

24 de enero de 2021 (Oficina de Prensa).- La mañana de hoy, nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., presidió la Santa Misa correspondiente al III Domingo del Tiempo Ordinario, en el que celebramos también el II Domingo de la Palabra de Dios.

Al finalizar la Eucaristía, Monseñor Eguren exhortó una vez más a todos a que sigamos observando las medidas de higiene, bioseguridad y distanciamiento físico, para evitar el aumento de los contagios a causa del Covid-19. Recordó también que este un tiempo en el que estamos llamados a demostrar una gran madurez, y si es necesario, a hacer sacrificios y mortificaciones, con el fin de salvaguardar la salud y la vida de todos. Finalmente, hizo un llamado especial a los jóvenes, a que asuman con mucha responsabilidad el cuidado de su salud y la de sus semejantes, los llamó a que obedezcan a sus padres y las recomendaciones de sus mayores, para así evitar más contagios y muertes que lamentar.

A continuación, compartimos la Homilía completa pronunciada hoy por nuestro Pastor: 

“Convertirse y creer”

El Evangelio de este III Domingo del Tiempo Ordinario (ver Mc 1, 14-20), está tomado de San Marcos, quien será el evangelista que nos acompañará a lo largo de este año 2021. En dicho pasaje evangélico, se recogen las primeras palabras que pronunció el Señor Jesús al inicio de su ministerio público, así como la vocación de sus primeros apóstoles: Simón, de sobrenombre Pedro, su hermano Andrés, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, todos ellos pescadores de profesión.

San Marcos condensa en una frase la predicación inicial del Señor: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 15). Veamos a continuación el significado o sentido de cada una de las partes de esta conocida expresión, puerta y umbral del Evangelio de Nuestro Señor.

En primer lugar: “El tiempo se ha cumplido”. Significa que el tiempo que Dios Padre echó a andar el día de la creación y que transcurrirá hasta el fin del mundo, ha alcanzado su punto más alto cuando Cristo, el Hijo de Dios, irrumpió en nuestra historia al hacerse hombre y nacer de Santa María, la Virgen. San Pablo lo dirá con estas palabras en su carta a los Gálatas: “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva” (Gal 4, 4-5).

Cuando hace apenas algunas semanas atrás recibíamos con esperanza el año nuevo, muchos se preguntaban: ¿2021 años de qué? La respuesta fue: Del nacimiento de Cristo. El nacimiento de Jesús dividió la historia en un antes y un después. Todo lo anterior apuntaba a Él, y todo lo posterior toma su origen y plenitud en Él. En Cristo, la cuenta regresiva de la hora de la salvación llegó a cero, y su encarnación-nacimiento suscitó la salvación. El Señor Jesús, el Hijo de Dios, ha entrado en nuestra historia hace 2021 años para transformarla en historia de salvación, para ser el único Camino a recorrer, la única Verdad a ensayar, y la única fuente de Vida de la cual beber. Fuera del Señor Jesús no hay felicidad, libertad, alegría, y reconciliación. Por eso, al comienzo del año renovémosle a Cristo nuestra fe y adhesión, y pongamos en Él toda nuestra confianza.

Pero la frase del Evangelio continúa, y Jesús añade: “El Reino de Dios está cerca”. Esta expresión el Señor la usó con frecuencia a lo largo de todo su ministerio público, y constituyó uno de los temas principales de su predicación. Jesús la usó para aclarar el misterio de su propia Persona y para que las gentes fueran descubriendo y conociendo su identidad, es decir quién es Él: Dios encarnado, el Amor encarnado.  

En el fondo, Jesús es el Reino de Dios. En la persona misma de Jesucristo está irrumpiendo la acción salvífica de Dios en el mundo y en la historia. Allí donde Él está, están la verdad y la vida, la santidad y la gracia, la justicia, el amor y la paz. Por el contrario, ahí donde a Jesús se le rechaza, reina el pecado y todos los males que este produce: La mentira, la injustica, el egoísmo, la violencia y la muerte.

A propósito de esta parte de la sentencia de Jesús, hay que recordar la segunda petición que hacemos a diario cuando rezamos el Padre Nuestro: “Venga a nosotros tu Reino”, petición que equivale a decirle a Dios Padre: “Venga a nosotros tu Hijo Jesús”. Por ello, San Pablo y los primeros cristianos oraban a menudo diciendo: “Ven Señor Jesús” (1 Cor 16, 22). 

A propósito de la segunda petición del Padre Nuestro, en una hermosa Catequesis el Papa Francisco nos enseña: “«Venga a nosotros tu Reino», repite con insistencia el cristiano cuando reza el «Padre Nuestro». Jesús ha venido. Pero el mundo todavía está marcado por el pecado, poblado por tanta gente que sufre, por personas que no se reconcilian y no perdonan, por guerras y por tantas formas de explotación; pensemos en la trata de niños, por ejemplo (nosotros podríamos añadir el mal de la pandemia que todavía nos aflige). Todos estos hechos son una prueba de que la victoria de Cristo aún no se actuado completamente: muchos hombres y mujeres todavía viven con el corazón cerrado. Es sobre todo en estas situaciones que la segunda invocación del «Padre Nuestro» brota de los labios del cristiano: «¡Venga a nosotros tu Reino!». Que es como decir: «¡Padre, te necesitamos!, ¡Jesús te necesitamos! ¡Necesitamos que en todas partes y para siempre seas Señor entre nosotros!». «Venga a nosotros tu Reino, ven en medio de nosotros…para sentir en el corazón (que Tú nos respondes): «Sí, sí, vengo, y vengo pronto»”.[1] 

Finalmente está la tercera parte de la expresión de Jesús, su llamado a la conversión y a la fe: “Convertíos y creed en el Evangelio”. 

Son dos palabras pronunciadas en imperativo a través de las cuales el Señor Jesús nos indica la imperiosa necesidad de convertirnos y de creer en Él. Para muchos hoy en día, estas palabras resultan más comprensibles que antes a causa de la actual pandemia que nos ha hecho tomar conciencia de nuestra pequeñez, finitud y fragilidad, así como de la necesidad de Dios en nuestras vidas.

Pero, ¿qué es la conversión? Conversión quiere decir “cambio de mentalidad”, pero no se trata solamente de un modo distinto de pensar a nivel intelectual, sino de la revisión del propio modo de actuar a la luz de los criterios evangélicos. En efecto, la conversión o metánoia a la que estamos llamados, consiste en el esfuerzo por interiorizar y asimilar los valores evangélicos que contrastan con las tendencias dominantes presentes en el mundo. La conversión, supone despojarnos de los pensamientos, sentimientos, conductas y hábitos que se oponen al Evangelio o que prescinden de él, para revestirnos de aquellos pensamientos, sentimientos y conductas del Señor Jesús, el hombre nuevo y perfecto. La conversión es un proceso que abarca toda nuestra vida. Es suscitado y es sostenido por la gracia que cuenta con nuestra libre colaboración.[2] 

La conversión es fruto de haberse encontrado con Jesús. Por eso “conversión y creer” se implican mutuamente. El encuentro con Jesús vivo, nos mueve a la fe la cual exige la conversión como un proceso  permanente y constante que abarca toda la vida como bien decíamos.

Lo que antes me importaba, ahora lo considero insignificante, como nos manifiesta San Pablo de su propia experiencia de conversión: “Lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo” (Flp 3, 7-8). 

San Marcos nos ilustrará con la vocación de Simón Pedro, de Andrés, de Santiago y de Juan, los hijos de Zebedeo, lo que significa “convertirse y creer”, por eso concluye nuestro Evangelio de hoy con la vocación de estos cuatro apóstoles: “Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: «Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres». Al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes; y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras Él” (Mc 1, 16-20).

Queridos hermanos: Esto es convertirse, esto es creer. Cuando Jesús apareció en el horizonte de sus vidas, Simón Pedro, Andrés, Santiago y Juan, lo dejaron todo: Barca, redes, padre, jornaleros, para irse con Jesús. El Señor atrajo todo su interés y corazón. Lo anterior quedó atrás, porque Jesús era mucho más valioso e importante que aquello que dejaban. Sólo el conocimiento de Cristo fue capaz de hacerlos cambiar de vida de manera tan radical.

En el camino de la conversión se trata de ser verdaderos discípulos, aspirando incesantemente a dejarnos educar por el Espíritu Santo, por medio de la acción maternal de Santa María, de modo que lleguemos a ser “otros Cristos”, teniendo “la mente de Cristo” (1Cor 2,16), guardando entre nosotros “los mismos sentimientos de Cristo” (Flp 2,5), obrando en todo como Él ha obrado (ver Jn 13, 15).

Domingo de la Palabra de Dios

El día de hoy también celebramos el II Domingo de la Palabra de Dios instituido por el Papa Francisco mediante su Carta Apostólica Aperuit illis, expresión latina tomada del encuentro del Señor con los discípulos de Emaús y que significa: “Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras” (ver Lc 24, 45). 

En palabras del Santo Padre, este Domingo tiene por finalidad que no dejemos “empolvar la Biblia como si fuera un libro más”. Se trata entonces de que, de manera personal, pero también en la familia, le hagamos más espacio a la Palabra de Dios en nuestras vidas. Al respecto nos dice el Papa Francisco: “Leamos algún versículo de la Biblia cada día. Comencemos por el Evangelio; mantengámoslo abierto en casa, en la mesita de noche, llevémoslo en nuestro bolsillo, veámoslo en la pantalla del teléfono, dejemos que nos inspire diariamente. Descubriremos que Dios está cerca de nosotros, que ilumina nuestra oscuridad, que nos guía con amor a lo largo de nuestra vida”.[3]

Hagamos hoy el firme propósito de leer cada día la Biblia, aunque sea por unos minutos, para que así la Sagrada Escritura transforme nuestras vidas y nos ayude a convertirnos y a creer.

Amén.   

San Miguel de Piura, 24 de enero de 2021

III Domingo del Tiempo Ordinario y
II Domingo de la Palabra de Dios

[1] S.S. Francisco, Audiencia de los Miércoles, 06-III-2019.

[2] San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Ecclesia in America, nn. 26, 28 y 32.

[3] S.S. Francisco, Homilía III Domingo del Tiempo Ordinario y I Domingo de la Palabra de Dios, 26-I-2020.

Puede descargar el archivo PDF de esta Homilía de nuestro Arzobispo desde AQUÍ

Puede ver el vídeo de la Santa Misa de hoy AQUÍ

domingo 24 enero, 2021