CARTA PASTORAL
DEL ARZOBISPO METROPOLITANO DE PIURA
CON OCASIÓN DE LA SEMANA SANTA 2022

Muy queridos hermanos y hermanas:

Después de dos años, volveremos a celebrar juntos, en asamblea litúrgica, la Semana Santa. Nos volveremos a congregar en nuestras iglesias para celebrar los misterios más santos de nuestra fe: La Pasión, Muerte y gloriosa Resurrección del Señor Jesús. Misterios que nos alcanzaron la perfecta reconciliación con Dios, con nosotros mismos, con nuestros hermanos, y con la creación. Misterios a través de los cuales, el Señor Jesús, nos alcanzó el perdón de nuestros pecados y nos dio vida eterna.

En primer lugar, los invito a que demos gracias a Dios, que nos concede poder volver a celebrarlos juntos de manera pública, pero hagámoslo con responsabilidad y observando las medidas de bioseguridad por todos conocidas.

En segundo lugar, hagamos de esta Semana Santa una ocasión para recordar con fe, amor y esperanza a nuestros familiares, amigos y compañeros fallecidos durante la pandemia.

Pidamos para ellos el don de la vida eterna, y para nosotros, que lloramos su partida, el bálsamo de la esperanza que nos asegura que el dolor y la muerte no tienen la última palabra, sino Cristo resucitado.    

Asimismo, y como nos lo viene pidiendo nuestro querido Papa Francisco, roguemos intensamente en la Semana Santa por la paz mundial, especialmente en Ucrania, para que cese esta “guerra repugnante, esta locura, esta masacre”. En Semana Santa hagamos nuestra la oración por todos nuestros hermanos y hermanas que están viviendo la atrocidad de la guerra, especialmente en Ucrania.

En Semana Santa recemos también al Señor por nuestra Patria, el Perú, hoy inmersa en una convulsión social fruto de una crisis moral, política, y económica de grandes proporciones. Es urgente que nuestras autoridades asuman seriamente sus compromisos y responsabilidades en la búsqueda de darle al Perú del bicentenario una estabilidad que apunte a corregir errores, evitar incertidumbres, y buscar el bien común, y no intereses particulares ni ideológicos. ¡Piensen en el Perú y en los peruanos antes que en sí mismos! ¡No podemos sufrir más muertes de compatriotas que están enlutando, como siempre, a las familias más humildes!

El espíritu cristiano y católico del pueblo peruano es muy alto, hondo e intenso, y por ello sabemos que Dios siempre escucha nuestros ruegos por la Patria. Por eso en esta Semana Santa vivamos esta hermosa enseñanza: “Encomiéndate a Dios de todo corazón, que muchas veces suele llover sus misericordias en el tiempo que están más secas las esperanzas”.[1]  

Les dirijo esta Carta en forma de una sencilla catequesis para profundizar en el sentido de las celebraciones santas de estos días en las cuales participaremos. De esta manera, nuestra participación podrá ser más “plena, consciente y activa, como lo exige la naturaleza de la Liturgia misma, y a la cual tiene derecho y obligación, en virtud del bautismo, el pueblo cristiano, «linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido»” (1 Pe 2 ,9; ver 2, 4-5).[2]

Con la celebración del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, damos inicio a la Semana Santa, llamada con justicia la semana mayor del año cristiano o año litúrgico. Una vez más, con la ayuda de los ritos sagrados del Jueves Santo, Viernes Santo y de la Solemne Vigilia Pascual, reviviremos el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor Jesús.

Como su nombre lo dice, son días santos que nos manifiestan el insondable amor de Dios por nosotros. Son días en que el Señor Jesús nos dará la prueba suprema de su amor, entregando su vida por nuestra reconciliación. Durante la Semana Santa, acojamos la exhortación que San Agustín nos hace: “Aprende, pues, ¡oh hombre!, y conoce a qué extremos llegó Dios por ti”.[3] Por ello, durante estos días, no amemos con tibieza a Dios que nos ama con tanto ardor.

Los tres días centrales de la Semana Santa, son el Viernes Santo, el Sábado Santo y el Domingo de Pascua de Resurrección del Señor, con su introducción que es el Jueves Santo. Estos días constituyen lo que llamamos el Santo Triduo Pascual, que San Agustín designa con acierto como la “Pascua de Cristo, muerto, sepultado y resucitado”, entendiendo como una unidad el misterio de la Pascua del Señor Jesús.

El Triduo Pascual

El Triduo Pascual, tiene su introducción con el Jueves Santo, día en que conmemoramos la Institución de la Eucaristía. Antes de ofrecerse a Sí mismo al Padre en la Cruz, el Señor Jesús anticipa ese sacrificio en la Última Cena e instituye la Eucaristía, memorial de su Pasión, Muerte y Resurrección. La Eucaristía es por tanto sacrificio en sentido propio, ya que actualiza siempre en el tiempo el único y definitivo sacrificio redentor de Cristo. Pero, además, la Eucaristía es sacramento de la presencia real del Señor, verdadero banquete y alimento de vida eterna, prenda de la gloria futura y sacramento de unidad. ¿Cómo no agradecer a Jesús por tan maravilloso don?

El Jueves Santo es también el día en que recordamos la Institución del Sacerdocio ministerial, y por tanto somos invitados a rezar por la fidelidad y santidad de nuestros sacerdotes, diáconos, y seminaristas, así como por el aumento de las vocaciones al sacerdocio. Finalmente, es el día en que Jesús nos dejó el Mandamiento Nuevo del amor fraterno realizando el conmovedor gesto del lavatorio de los pies: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 13, 34).

Este día singular, que evoca tan grandes misterios, concluye con el Traslado del Santísimo Sacramento al Monumento Eucarístico, donde adoraremos a Jesús Eucaristía, y nuestro amor le hará compañía en recuerdo de la agonía del Señor en el Huerto de Getsemaní. Somos invitados a velar y permanecer con Él en oración: “Quedaos aquí y velad conmigo” (Mt 26, 38).

El Viernes Santo, día penitencial de ayuno y abstinencia, es el primer día del Triduo Pascual, evoca el drama de la Pasión del Señor Jesús, ya comenzada la víspera con su agonía en el huerto de Getsemaní, y que concluye con su muerte en la Cruz. Es un día de sufrimiento sobrehumano y de misteriosa confrontación entre el amor infinito de Dios y el pecado del hombre. En este día hemos de compartir intensamente los sentimientos del Señor Jesús. Tras haberlo acompañado en su subida al monte Calvario, con el madero de la Cruz, debemos detenernos a sus pies en el Gólgota, en unión con Santa María, la Madre del Corazón traspasado, para hacer memoria de fe sobre estos acontecimientos dramáticos, y al mismo tiempo, llenos de gloria. En este día somos invitados a contemplar a Cristo crucificado. Sólo así es posible comprender el infinito amor misericordioso de Dios. En la liturgia del Viernes Santo, la Cruz, concita toda nuestra atención: Ella es proclamada en la Liturgia de la Palabra, invocada en la gran Oración Universal, adorada por todos los fieles cristianos, y comulgada en la Sagrada Comunión. Contemplando al crucificado es posible medir hasta el fondo la verdad de las palabras de Jesús: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16).

El Sábado Santo, segundo día de Triduo Pascual, recuerda el tiempo misterioso y sagrado en que el cuerpo del Señor Jesús permaneció en el sepulcro. Es un día de silencio y reflexión en el cual conmemoramos al Señor Jesús en la sepultura, y su descenso a los infiernos o lugar de los muertos. “¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey duerme. La tierra está sobrecogida, porque Dios se ha dormido y ha despertado a los que dormían desde antiguo. Dios hecho hombre ha muerto y ha conmovido la región de los muertos”.[4]

El Sábado Santo no es una extensión del Viernes Santo, es un día de dolor y tristeza que se destina para el silencio y la reflexión. Es el día que Dios pasa bajo tierra. Es el día de la ausencia de Dios, en que Él se hace silencio, y tomamos conciencia de lo aterradora que sería nuestra vida sin Él. Por eso, durante el Sábado Santo no se celebra la Eucaristía, no se tocan las campanas, el Sagrario se deja abierto y vacío, el altar está despojado, y no se administra ningún sacramento excepto la Unción de los Enfermos y la Confesión de los pecados. Sin embargo, las puertas de la iglesia permanecen abiertas.

En el Sábado Santo, se conmemora también la Soledad de María, recordando el momento en que Ella lleva el cuerpo de su Hijo Jesús al sepulcro. En medio de todo el dolor que la embarga, por las horas amargas de la Pasión y de la Cruz, la Virgen María no ha perdido el rumbo. En su corazón reinan la fe y la esperanza. Ella sabe que la promesa de su Hijo se cumplirá: “Al tercer día resucitaré” (Mt 17, 23).

Por eso, el Sábado Santo, día de silencio y de espera, debemos vivirlo en la compañía de Santa María, la mujer fuerte de la fe, de la invicta esperanza, y de la ardiente caridad, que confiada espera el triunfo de su Hijo: la Resurrección.

El Domingo de Pascua, tercer día del Triduo Pascual, es el día del triunfo de la luz sobre las tinieblas, de la gracia sobre el pecado, del amor sobre el odio, de la vida sobre la muerte. Es el día en que el Señor Jesús resucita glorioso. El Domingo de Pascua lo comenzamos a vivir con la solemne Vigilia Pascual, durante la cual en cada iglesia el canto gozoso del Gloria y del Aleluya pascual se elevará del corazón de los nuevos bautizados y de toda la comunidad cristiana, feliz porque Cristo ha resucitado y ha vencido a la muerte.

La Resurrección del Señor Jesús nos da la certeza que, a pesar de toda la oscuridad que podamos ver hoy en el mundo, el mal no tiene la última palabra. La última palabra la tiene la misericordia divina que es el límite que Dios ha impuesto al mal. Jesucristo resucitado es la misericordia divina en persona. Llenos de esta certeza, los cristianos podemos comprometernos con más valentía, esperanza, y entusiasmo, en la construcción de la ansiada Civilización del Amor y de la Misericordia, y de un mundo más justo y reconciliado. Con la Solemnidad de la Pascua, la más importante del año, podemos decir que la obra de la Reconciliación está concluida, y que sólo el Señor Jesús, hijo de Dios y de María Santísima, podía convertir una semana de odio, dolor y muerte, en la semana más santa del año.  

La Confesión Pascual

Con ocasión de la proximidad de la Pascua, la Iglesia invita a todos sus hijos a un deber característico de nuestra participación en la celebración de la gran fiesta de la Pascua: El deber de confesarnos, es decir, de acercarnos sincera y personalmente al sacramento de la Reconciliación, confesando los propios pecados con humilde arrepentimiento, y con un firme propósito de enmienda. Invitación difícil de acoger para algunos, pero muy saludable, sabia y liberadora, para el que tiene el valor de aceptarla en su vida.   

Si queremos participar fructuosamente en la celebración de la Pascua, no dejemos de acercarnos confiadamente a la confesión sacramental, que es como una especie de muerte y resurrección para cada uno de nosotros. Una buena confesión nos ofrece la posibilidad de volver a comenzar nuestra vida, y tener realmente parte en la alegría del Señor Resucitado. El perdón que el Señor Jesús nos da en este sacramento es fuente de paz interior y exterior, y nos hace capaces de ser artesanos de reconciliación en un mundo donde aún continúan presentes las divisiones, las injusticias, los odios, y la violencia. Reconciliados con Dios y con nosotros mismos, podemos ser instrumentos de reconciliación con los hermanos, esforzándonos por ser amables con todos, por ser sembradores de comunión, y personas capaces de perdonar y acoger a todos, incluso a los enemigos. Por ello exhorto a todos los fieles cristianos de Piura y Tumbes a que se acerquen con confianza al Sacramento de la Reconciliación. Tengamos la valentía del arrepentimiento y de alcanzar la gracia de Dios por la confesión sacramental.

Esto nos hará libres y nos dará la fuerza que necesitamos para llevar adelante las tareas y trabajos que nos esperan a diario en la sociedad y en la Iglesia. De otro lado, no caigamos en la tentación de creer que no necesitamos de este Sacramento: “Nunca falta qué perdonar; somos hombres. Hablé algo de más de la cuenta, dije algo que no debía, reí con exceso, bebí demasiado, comí sin moderación, oí de buen grado lo que no me estaba bien oír, vi con gusto lo que no era bueno ver, pensé con deleite lo que no debí pensar”.[5] Pido a todos los sacerdotes de mi Arquidiócesis que, con ocasión de la Semana Santa, ofrezcan a los fieles las máximas facilidades posibles para confesarse. Que los horarios de confesión que establezcan en sus parroquias e iglesias, estén adecuados a las necesidades reales de los penitentes, es decir, horas que les resulten asequibles.

Hacia la Pascua

Queridos hermanos, con la ayuda de la gracia divina, dispongamos nuestros corazones para participar activa y conscientemente en el Triduo Pascual, a fin de que, contemplando la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, podamos acoger en nuestros corazones el amor del Señor Jesús y darlo a los demás como nuestro mayor tesoro.

Que María Santísima, la Madre que siguió fielmente a su Hijo en su Pasión y compartió la alegría de su Resurrección, sea la Madre en cuya compañía vivamos estos días santos, para que tengamos un encuentro gozoso con Cristo Resucitado, y caminemos hoy y siempre tras las huellas del Reconciliador.  

Con mi deseo de una Feliz Pascua de Resurrección, que nos renueve en la esperanza y en la alegría de vivir, les imparto con afecto mi bendición pastoral, pidiendo sus oraciones para el Papa Francisco.                                                                                        

San Miguel de Piura, 08 de abril de 2022

Viernes de la V Semana de Cuaresma
Viernes de los Dolores de la Santísima Virgen

[1] Don Miguel de Cervantes y Saavedra, Autor del “Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha” (1547-1616).

[2] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la Sagrada Liturgia, n. 14.

[3] San Agustín, Sermón 183.

[4] De una Antigua Homilía, sobre el Santo y grandioso Sábado.

[5] San Agustín, Sermón 57.

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