“AMAR A LOS ENEMIGOS Y BENDECIR A QUIENES NOS MALDICEN”

Arzobispo preside Santa Misa Dominical 

20 de febrero de 2022 (Oficina de Prensa).- La mañana de hoy, nuestro Arzobispo Metropolitano, Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., presidió la Santa Misa en la Basílica Catedral de Piura, correspondiente al VII Domingo del Tiempo Ordinario. Los fieles piuranos se dieron cita en medio de un clima de profundo fervor y agradecimiento a Dios y participaron de la Eucaristía cumpliendo todos los protocolos de bioseguridad.

En su homilía, Monseñor Eguren nos exhortó a abrir nuestro corazón y darnos cuenta que muchas veces: «Vivimos prisioneros de nuestro egoísmo. No comprendemos que el cristianismo se resume, en una palabra: Amar. Y que todos nuestros esfuerzos deben conducirnos a que Cristo y María nos enseñen a amar, porque no sabemos amar. Y que el grado supremo del amor es el perdón».

A continuación, compartimos el íntegro de la Homilía pronunciada hoy por nuestro Pastor:

“Amar a los enemigos y bendecir a quienes nos maldicen”

Si alguno de nosotros cree que lleva una vida cristiana perfecta, y que con el Señor y nuestro prójimo se encuentra en muy buenas relaciones, tendrá que leer con suma atención el Evangelio de hoy Domingo (ver Lc 6, 27-38) y hacer un honesto examen de conciencia, para así darse cuenta cuán lejos aún está de vivir en plenitud la enseñanza de Jesús y así ser santo. Asimismo, nuestro pasaje evangélico de hoy, nos evidencia que más que confiar en nuestros propios esfuerzos, debemos confiar sobre todo en la gracia de Dios para poder llegar a la cumbre del amor, que consiste en perdonar a nuestros enemigos, y así ser compasivos como nuestro Padre celestial lo es.

He aquí recopiladas algunas de las enseñanzas que Jesús nos pide vivir en el Evangelio de hoy, si queremos ser considerados como discípulos suyos: Amen a sus enemigos, hagan el bien a aquellos que los odian, bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra, y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, dale, y al que tome lo tuyo no se lo reclames. Y lo que quieren que les hagan los hombres, háganselo también ustedes a ellos. Como vemos, Jesús nos solicita vivir la radicalidad del amor que Él vivió hasta el extremo de la Cruz, y ello no se puede alcanzar sin su gracia, sin su ayuda.

Así de exigente es el mandamiento nuevo del amor (ver Jn 13, 35), que Cristo quiere que sea el distintivo de sus discípulos: Perdonar al que busca nuestro daño y ruina, vivir sin rencores u odios, vivir la generosidad y el desprendimiento sin esperar nada a cambio, hacer el bien como respuesta al que nos hace el mal, etc.

Los santos han vivido esta radicalidad del amor, por eso nos hace bien leer sus vidas, para que inspirados y animados por su ejemplo, sepamos abrirnos a la gracia de Dios, y vivir un amor heroico, que es el único capaz de llenar nuestras vidas de sentido, transformar la vida de los demás y a nuestro mundo. Un acontecimiento no muy lejano en el tiempo, que de seguro muchos de nosotros recordamos, fue el encuentro de San Juan Pablo II con Alí Agca, aquella persona que intentó asesinarlo en la Plaza de San Pedro, el 13 de mayo de 1981, memoria de Nuestra Señor de Fátima. No sabemos lo que conversaron ese día en la prisión, pero podemos deducir, sin temor a equivocarnos, que San Juan Pablo II le habría dicho a Alí Agca que lo perdonaba y que lo amaba.

Para que nos demos cuenta cuán diferente es nuestra forma de pensar, sentir y actuar con respecto a lo que Jesús nos enseña y pide, reflexionemos por un instante cuales son las máximas que muchas veces guían nuestra vida: “Perdono, pero no olvido”. “Que Dios te multiplique lo que me deseas”. “Hay que ser humilde pero no tonto”. “Te presto, pero me pagas con intereses”. Queridos hermanos, estos adagios que rigen nuestras vidas son antievangélicos, y se basan en el criterio errado de que, si vivo la ley del amor del Señor, entonces todos se aprovecharán de mí.

Pensamos así, porque no le creemos a Jesús cuando nos afirma: “Vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo” (Lc 6, 35).

El día de hoy, el Papa Francisco ha explicado, con profundidad y claridad espirituales, qué significa el pedido de Jesús de “poner la otra mejilla”, cuando recordando la escena en que el Señor fue abofeteado durante su pasión (ver Jn 18, 22-23), el Santo Padre ha dicho: “Poner la otra mejilla no significa sufrir en silencio, ceder a la injusticia. Jesús con su pregunta denuncia lo que es injusto. Pero lo hace sin ira ni violencia, es más, con gentileza. No quiere desencadenar una discusión, sino calmar el rencor…Poner la otra mejilla no es el repliegue del perdedor, sino la acción de quien tiene una fuerza interior más grande, que vence el mal con el bien, que abre una brecha en el corazón del enemigo, desenmascarando lo absurdo de su odio. No lo dicta el cálculo, sino el amor”.[1]

Asimismo, es interesante ver que Jesús nos pide en el Evangelio de hoy, vivir el servicio desinteresado, a diferencia de las empresas y negocios que se esmeran en atender a sus “clientes” pero en búsqueda de un beneficio económico. Ante ello, Jesús llega al extremo de solicitarnos: “Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente. Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y los perversos” (Lc 6, 34-35). La lógica de Jesús es diametralmente opuesta a la del mundo y a la nuestra.

En lo personal debo confesarles que me cuesta mucho vivir el amor a los enemigos, en especial a los que me difaman y quieren hacerme daño. Por ello, todos los días le pido al Señor que me conceda la gracia de la paz del corazón y el don de amarlos. No hay un día en que no pida en mi oración por ellos y su conversión, así como por la mía, porque sólo el que ama a sus enemigos, pide perdón por sus propios pecados, y hace todo el bien posible, es auténtico hijo de Dios, quien ama a todos sus hijos, tanto a los buenos como a los ingratos y perversos.  

Reitero, que vivir un amor así de radical como el de Jesús, no se logra con el esfuerzo personal. Se requiere de la gracia del Señor. Sin ella es imposible amar a los enemigos, hacer el bien y bendecir a los que nos odian, y poner la otra mejilla a quien nos golpee o hiera en una. Por eso no hay que cansarse de pedir esta gracia en nuestra oración diaria, en cada Misa, y sobre todo en cada comunión eucarística donde el amor de Jesús pasa y entra a nuestro corazón, para que seamos capaces de amar como Él ama, porque, aunque nos cueste entenderlo, sólo quien ama como Jesús es feliz, y es capaz de construir un mundo mejor, más justo y más fraterno.  

Quiero terminar esta homilía con unas palabras de reflexión que preparé cuando era sacerdote y que pronuncié en el “Sermón de las Siete Palabras”, un Viernes Santo, en la fue mi Parroquia en Lima. Creo que vienen a propósito del Evangelio de hoy. Reflexionando sobre la Primera Palabra de Cristo en la Cruz, “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34), prediqué en aquella ocasión:

Según el Evangelista San Lucas en su relato de la Pasión, es la primera palabra que pronuncia Jesús en la Cruz. ¿No es quizás la palabra que más necesitamos oír pronunciar sobre nosotros? Pero, ante aquel ambiente, tras aquellos acontecimientos, ante aquellos hombres reos por haber pedido la condena de Jesús y haberse ensañado tanto contra Él, ¿quién habría imaginado que saldría de los labios de Jesús la palabra perdón? Con todo el Evangelio nos da la certeza: ¡Desde lo alto de la Cruz resonó la palabra, “perdón”! ¡Oh Caridad inefable y tierna la de Jesucristo para con los hombres!, dice San Agustín, que el Salvador pedía perdón al mismo tiempo que le injuriaban sus enemigos, porque entonces no atendía tanto a las injurias que recibía y a la muerte que le daban, como el amor que le arrastraba a morir por ellos”.[2]

Es cosa realmente digna de admiración, lo que Jesucristo exclama: “Perdónales”, mientras los judíos habían gritado horas antes, “Crucifícale”. Es digno de admiración que mientras los judíos habían trabajado para matarle, Jesucristo se esforzaba por salvarlos. ¡Qué grado de abnegación de sí mismo, qué grado supremo de amor! ¡Qué lección para nosotros egoístas, siempre preocupados en nuestros propios intereses antes que en las necesidades reales de los demás! Vivimos prisioneros de nuestro egoísmo. No comprendemos que el cristianismo se resume, en una palabra: Amar. Y que todos nuestros esfuerzos deben conducirnos a que Cristo y María nos enseñen a amar, porque no sabemos amar. Y que el grado supremo del amor es el perdón.

Que bien nos vienen a propósito las palabras de San Pablo. “El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidiosos, no es jactancioso, no se engríe, no busca el propio interés; no se irrita no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia, se alegra con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta” (1Cor 13, 4-7). Y qué extraordinaria plasmación de estas palabras del apóstol encontramos en Cristo crucificado que revela la profundidad de su amor por nosotros al decir simple pero conmovedoramente: “Perdónales”.

Jesús demostró que, a pesar de su propia tortura y sufrimiento en la Cruz, más le dolía la perdición de los pecadores que lo que Él mismo padecía en su cuerpo torturado; se olvidaba de sí mismo para preocuparse de nosotros.

Que María, Madre de misericordia, nos alcance la gracia de amar como Jesús, para así tener vida y dar vida al mundo. Amén.

San Miguel de Piura, 20 de febrero de 2022
VII Domingo del Tiempo Ordinario

[1] S.S. Francisco, Angelus y Tweet, 20-II-2022.

[2] San Agustín, Tratado XXXI del Evangelio de San Juan.

Puede descargar el archivo PDF de la homilía pronunciada por nuestro Arzobispo AQUÍ 

Puede ver el video de la transmisión de la Santa Misa de hoy AQUÍ