«ÁBRETE Y VIVE EL AMOR»

Arzobispo celebra Santa Misa Dominical

05 de Septiembre de 2021 (Oficina de Prensa).- La mañana de hoy, nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi, S.C.V., celebró la Santa Misa en el XXIII Domingo del Tiempo Ordinario, desde la Basílica Catedral de nuestra ciudad, donde los fieles piuranos se dieron cita para participar de la Eucaristía, respetando el aforo permitido y observando todos los protocolos de bioseguridad.

Durante su homilía, Monseñor Eguren recordó su visita pastoral al Colegio “Nuestra Señora de La Paz” de nuestra Ciudad, donde las queridas religiosas Franciscanas de la Inmaculada Concepción, con mucho amor y espíritu de servicio cristiano, educan a niños piuranos sordomudos, niños a quienes se pudo apoyar con la donación de equipos especiales de audición no hace mucho, a través del programa de corresponsabilidad eclesial, “Construyamos juntos nuestra Iglesia”. A ellos les envió su saludo y bendición. En otro momento, y reflexionando en el mensaje del Evangelio, Nuestro Pastor destacó que, gracias a su encarnación, muerte y resurrección, el Señor Jesús nos liberó del pecado y de la muerte, y con ello nos ha dado la capacidad de poder sobrellevar, con esperanza y fortaleza, cualquier sufrimiento de la vida presente, pero sobre todo nos ha dado la capacidad de vencer el sufrimiento definitivo que es la pérdida de la vida eterna. Jesús vence el pecado con su obediencia hasta la muerte, y vence a la muerte con su resurrección, dándonos parte en su victoria pascual.

A continuación les ofrecemos la homilía completa que pronunció hoy nuestro Pastor:

“Ábrete y vive el Amor”

El Evangelio de este domingo (ver Mc 7, 31-37), nos presenta una curación milagrosa de Jesús. Ésta acontece en Galilea, donde el Señor ya se había manifestado y la gente hablaba con asombro de Él. El evangelista San Marcos nos dice a manera de introducción que, “le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él” (Mc 7, 32). Se trata de un hombre que claramente no se encuentra en la plenitud de su humanidad, porque lo normal en el ser humano es que escuche y hable sin dificultad.

El Evangelio de hoy me recuerda mi visita pastoral al Colegio “Nuestra Señora de La Paz” de nuestra Ciudad, donde las queridas religiosas Franciscanas de la Inmaculada Concepción, con mucho amor y espíritu de servicio cristiano, educan a niños piuranos sordomudos, niños a quienes pudimos apoyar con la donación de equipos especiales de audición no hace mucho, a través de nuestro programa de corresponsabilidad eclesial, “Construyamos juntos nuestra Iglesia”. Desde aquí les envío mi saludo y bendición. Si ya de por sí es un gran desafío la educación de estos niños y adolescentes nuestros, me imagino el reto en que se habrá convertido ahora en estos tiempos de pandemia con la educación no presencial.

Pero volviendo a nuestra historia de hoy, vemos que Jesús acoge el pedido que le hacen, y sanando al sordomudo, lo devuelve a la plenitud de su integridad original.  

Efectivamente el Evangelio nos relata que, “apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: «¡Effatá!», que quiere decir: «¡Ábrete!». Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente” (Lc 7, 33-35).  

El milagro del Señor Jesús, adquiere un sentido más profundo si lo consideramos dentro del marco de las profecías de Israel. En efecto, éstas señalaban claramente los signos que acompañarían al Mesías esperado. Así nos lo ha anunciado el profeta Isaías en la primera lectura de hoy: “Mirad que vuestro Dios viene vengador; es la recompensa de Dios, Él vendrá y os salvará. Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, y las orejas de los sordos se abrirán. Entonces saltará el cojo como ciervo, y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo” (Is 35, 4-6).

El mismo Jesús menciona estos milagros y señales a los discípulos de San Juan Bautista quien, desde la cárcel, y antes de ser martirizado, le manda preguntar con ellos: “«¿Eres Tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?» … Y les respondió: «Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva” (Lc 7, 20-22). De esta manera Jesús da testimonio que Él es el Mesías prometido y esperado, que ha venido al mundo a traernos la salvación definitiva. En el Señor Jesús, se realiza aquel antiguo anuncio del profeta Isaías: “¡Ahí está vuestro Dios; ahí viene el Señor Yahveh con poder!” (Is 40, 9-10).

Ahora bien, este milagro de Jesús suscita el inmediato asombro de los presentes quienes exclaman: “Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc 7, 37). Para quienes leemos la Sagrada Escritura, esta expresión de admiración nos evoca de inmediato el relato de la creación. Efectivamente, después de haberse concluido la obra creadora, el libro del Génesis sentencia: “Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien” (Gen 1, 31).

A la luz de este pasaje bíblico del Antiguo Testamento, podemos comprender el significado de la exclamación de los testigos de la curación del sordomudo, “todo lo ha hecho bien”. El milagro que Jesús realiza, es un signo o señal de una nueva creación que Dios Padre realiza, por medio de su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo, después que el hombre al pecar introdujo el sufrimiento y la muerte en su vida y el mundo. Esa nueva creación no es otra sino la obra de nuestra salvación.

Gracias a su encarnación, muerte y resurrección, el Señor Jesús nos liberó del pecado y de la muerte, y con ello nos ha dado la capacidad de poder sobrellevar, con esperanza y fortaleza, cualquier sufrimiento de la vida presente, pero sobre todo nos ha dado la capacidad de vencer el sufrimiento definitivo que es la pérdida de la vida eterna. Jesús vence el pecado con su obediencia hasta la muerte, y vence a la muerte con su resurrección, dándonos parte en su victoria pascual. Por eso San Pablo afirma: “El que está en Cristo es una nueva creación” (2 Cor 5, 17). Ciertamente la salvación no es automática, requiere nuestra conversión, es decir, nuestra respuesta y acogida al don de la salvación del Señor.    

Pero demos un paso final en nuestra reflexión dominical. En algunas oportunidades, el Evangelio conserva la palabra textual usada por Jesús en su lengua nativa, que era el arameo. Nuestro relato evangélico de hoy es una de esas ocasiones. Jesús le dijo al sordomudo con un fuerte gemido: “Effatá”, que significa “Ábrete”, y así efectivamente al sordomudo se le “abrieron sus oídos y, al instante, se le soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente” (Lc 7, 35).  

“Effatá”, “Ábrete”, es una de esas palabras claves que Jesús usa en el Evangelio para transmitirnos una enseñanza. ¿Cuál es esa enseñanza? Veamos. El ser humano, es decir cada uno de nosotros, ha sido creado para el encuentro con Dios, consigo mismo, con sus hermanos humanos y con la creación entera. Por el libro del Génesis sabemos que el hombre es imagen y semejanza de Dios (ver Gen 1, 27), y por San Juan en su primera carta que Dios es Amor (ver 1 Jn 4, 8), entonces no sólo hemos sido creados por el Amor, sino también para el Amor, es decir para el encuentro, la comunión, y la donación. Lo propio de la persona humana es vivir la apertura y no la cerrazón.

Pero el pecado nos encerró en nosotros mismos, haciéndonos prisioneros de nuestro egoísmo, volviéndonos incapaces de vivir la dinámica del encuentro y la comunión, es decir, nos volvió incapaces de amar, que es aquello para lo que hemos sido creados. Pero gracias a la muerte de Jesús en la cruz, Cristo nos liberó del pecado, devolviéndonos la capacidad de “abrirnos”, es decir, de vivir el amor, y así ser felices, y ser capaces de edificar la ansiada “Civilización del Amor”, que es la única civilización que da alma a nuestro mundo globalizado.   

Es interesante señalar que, en el sacramento del Bautismo, el sacerdote realiza el mismo rito que Jesús usó para curar al sordomudo. Es un símbolo poderoso que nos explica que el pecado nos dejó sordos y mudos en nuestra capacidad de oír y entender a Dios y su Palabra de salvación, y de poder dirigirnos a Él en la oración y el culto. El Bautismo, al borrar de nuestras vidas el pecado original, y al hacernos hijos de Dios en Cristo y miembros de su Iglesia, restituye en nosotros la capacidad de poder oír y entender al Señor, así como de dirigirnos adecuadamente a Él en nuestra oración y participación en la liturgia de la Iglesia.   

Pero además de hacernos capaces de vivir abiertos a Dios, también nos hace capaces de poder abrirnos para vivir el amor fraterno. Al respecto el Papa Francisco nos dice: “Se trata de abrirnos a las necesidades de nuestros hermanos que sufren y necesitan ayuda, escapando del egoísmo y la cerrazón del corazón. Es precisamente el corazón, es decir el núcleo profundo de la persona, lo que Jesús ha venido a «abrir», a liberar, para hacernos capaces de vivir plenamente la relación con Dios y con los demás. Él se hizo hombre para que el hombre, que se ha vuelto interiormente sordo y mudo por el pecado, pueda escuchar la voz de Dios, la voz del Amor que habla a su corazón, y así aprenda a hablar a su vez el lenguaje del amor, traduciéndolo en gestos de generosidad y de donación de sí”.[1]

Para concluir, si como hemos visto, el Evangelio de hoy, hay que leerlo en clave de una “nueva creación”, no podemos dejar de recordar esta mañana el “Fiat”, el “Hágase” de María en la Anunciación-Encarnación; un “Hágase” similar al que pronunció Dios-Amor durante todo el acto de la creación (ver Gen 1, 1-31).

A través de su “Hágase”, María se convierte en la puerta abierta de par en par, por medio de la cual la humanidad acoge la salvación de Dios que tanto anhelaba y necesitaba. Que María, Aquella que se ha “abierto” totalmente al Amor del Señor, nos conceda experimentar cada día, en la fe, el milagro del “Effatá”, para vivir en comunión con Dios, Uno y Trino, con nosotros mismos, con nuestros hermanos y con la toda creación.

San Miguel de Piura, 05 de septiembre de 2021
XXIII Domingo del Tiempo Ordinario

[1] S.S. Francisco, Angelus, 09-IX-2018.

Puede descargar el archivo PDF de la homilía presentada por nuestro Arzobispo AQUÍ

Puede ver el video de la transmisión de la Santa Misa de hoy AQUÍ

domingo 5 septiembre, 2021