MENSAJE DE NAVIDAD DEL ARZOBISPO METROPOLITANO DE PIURA 2006

1. “Nos ha nacido un niño, se nos ha dado un Hijo…y su nombre será llamado Consejero Maravilloso, Dios Todopoderoso…Príncipe de la Paz (Is 9,5).

Dentro de muy pocos días celebraremos llenos de gozo el nacimiento de Cristo, el Salvador. Celebraré con ustedes mi primera Navidad en Piura y Tumbes. Nuevamente nos pondremos de rodillas en torno al pesebre, y maravillados en actitud de adoración contemplaremos el inefable misterio de «Dios que se hace hombre». Y esto no es solamente un acontecimiento inconmensurable y divino, sino que es también un acontecimiento visible, audible, tangible, próximo y humano. «Se trata del gran misterio del autovaciamiento divino, el trabajo de nuestra redención desplegado en la debilidad: esta no es una verdad simple»[1].

Nos asombraremos ante el inefable misterio de «Dios que se hace niño».

Es decir, un ser que entra en el mundo con lágrimas. Cuyo primer sonido es un grito de ayuda. Cuyos primeros gestos son sus manos extendidas buscando seguridad. Y esto no es sentimentalismo. Para la fe de la Sagrada Escritura y de la Iglesia es importante que Dios haya querido ser dependiente del amor de su Madre, del amor protector del ser humano.

«Dios que se hace niño».

Y por eso la Navidad es de los niños y de los que son como ellos (ver Mt 18, 1-4). Y los niños son por naturaleza dependientes. Y este Niño Divino llama, busca nuestro brazos, el calor de nuestro corazón, de nuestra acogida, como hace más de dos mil años buscó los brazos de su Madre María y en ellos el calor de su regazo, de su amor. El gran desafío de la Navidad es no ser indiferentes a sus gritos y a sus brazos extendidos hacia nosotros. El gran desafío de la Navidad es acoger por la fe al Niño Dios que nace. «En la noche de Belén, el Redentor se hace uno de nosotros, para ser compañero nuestro en los caminos insidiosos de la historia. Tomemos la mano que Él nos tiende: es una mano que no nos quiere quitar nada, sólo dar»[2].

2. Y la gran paradoja es que al acogerlo descubrimos con humildad que también nosotros somos dependientes, y lo somos más que un niño recién nacido. Al acogerlo descubrimos que lo necesitamos a Él mucho más de lo que Él ha querido necesitar de nosotros y que la seguridad que nosotros podemos darle no se compara a la que Él nos da. Al acogerlo descubrimos que el Niño Jesús es la respuesta a las ansias más profundas de nuestro ser. Y que sólo este Niño de Belén puede calmar y saciar el hambre de infinito y la sed de comunión que tienen nuestros corazones. Al acogerlo descubrimos que si queremos ser realmente felices, la vida no se puede construir más que por Él, con Él y en Él.

El indefenso Niño de Belén tiene el poder de destruir nuestra soberbia, nuestro orgullo y nuestra autosuficiencia. El Niño de Belén, el Hijo de Dios y de María, Jesucristo, tiene el poder de liberarnos de nuestro pecado que es ruptura y muerte, y devolvernos por la reconciliación, la inocencia, la pureza, la sencillez y la humildad, para así tener vida verdadera. El poder del Niño de Belén, que es Cristo, es el poder que transforma nuestra naturaleza débil y nos hace capaces, a través de la gracia del Espíritu Santo, de tener paz entre nosotros y comunión con Dios mismo: «Pero a todos los que lo recibieron, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios: a los que creen en su nombre» (Jn 1, 12).

3. «La gloria del Señor los envolvió de claridad y se llenaron de gran temor. El Ángel les dijo: no temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido el Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2, 9-11).

«La alegría anunciada por el Ángel no es cosa del pasado. Es una alegría de hoy, del eterno hoy de la salvación de Dios que alcanza cualquier tiempo, pasado, presente y futuro. En el alba del nuevo milenio, estamos llamados a ver más claramente que el tiempo tiene sentido porque aquí la Eternidad entró en la historia y permanece con nosotros para siempre. Las palabras del Venerable Beda expresan la idea claramente: “Aún hoy, y cada día hasta el final de los tiempos, el Señor será continuamente concebido en Nazaret y nacido en Belén (En Ev. S. Lucae, 2, PL 92,330)»[3].

El anuncio del Ángel de la Navidad a los pastores la noche santa del nacimiento del Señor Jesús, nos llena a nosotros de particular alegría. Y con la Iglesia toda proclamamos: «Jesucristo es el Único Salvador del Mundo, ayer, hoy y siempre» (Hb 13, 8).

En los tiempos que nos han tocado vivir es bueno recordar que e l Señor Jesús no es un moralista, ni un filántropo, ni un sabio más. ¡Es Dios hecho hombre: el Camino, la Verdad y la Vida! (Jn 14, 6).

Gracias al misterio del Verbo de Dios hecho carne, conocemos el misterio íntimo de Dios, que es Uno y Trino, comunión de amor, pero además conocemos el misterio del ser humano. El Señor Jesús, Hijo consustancial al Padre, revela el Plan de Dios sobre toda la creación y en particular sobre el hombre. «Él manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación»[4]. «Él es el camino a seguir para llegar a la plena realización personal, que culmina en el encuentro definitivo y eterno con Dios. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14, 6)…Jesucristo es, pues, la respuesta definitiva a la pregunta sobre el sentido de la vida y a los interrogantes fundamentales que asedian también hoy a tantos hombres y mujeres»[5].

La gloria del Señor que envolvió de claridad a los pastores de Belén también nos envuelve a nosotros en Nochebuena. Esa gloria es la Luz de Belén. Aquella que nos permite que nos conozcamos a nosotros mismos. Por eso la Luz de Belén siempre nos cautiva, no importando la edad que tengamos, o cual pueda ser nuestra situación actual, porque ella despierta en nosotros la nostalgia por la Vida Verdadera. La Luz de Belén es siempre una Luz fascinante que irradia belleza, alegría y esperanza. Porque la Luz de Belén es ¡Cristo, Luz del Mundo!, la Luz que viene a iluminar a todo hombre (ver Jn 8, 12). Fuera de esta Luz nunca sabremos el valor real de nuestra vida.

El Señor Jesús nacido en Belén para nuestra salvación es quien nos descubre el misterio de quiénes somos, la grandeza de nuestra dignidad y el horizonte de nuestro despliegue como persona.

La Luz de Belén, es “la Luz del bien que vence al mal, del amor que supera al odio, de la vida que derrota a la muerte…es el anuncio de la victoria definitiva del amor de Dios sobre el pecado y sobre la muerte”[6].

4. Por ello mi deseo en esta Navidad y a lo largo de todo el Nuevo Año:

Que la Luz de Belén ilumine a nuestros sacerdotes, para que sean santos y ejemplares ministros de Cristo.

Que la Luz de Belén ilumine a nuestros consagrados, para que viviendo fielmente los consejos evangélicos y en fidelidad a su carisma fundacional, sean fermento de santidad y apostolado.

Que la Luz de Belén brille sobre nuestros laicos, para que realicen la misión apostólica de la Iglesia según su modo propio y peculiar, y ocupándose de las realidades temporales las ordenen según el Plan de Dios.

Que la Luz de Belén alumbre a nuestras familias, para que sean verdaderas iglesias domésticas, cenáculos de amor fiel y duradero hasta el fin, donde la vida sea querida, esperada y acogida como don único e irrepetible.

Que la Luz de Belén resplandezca sobre los concebidos no nacidos, los más indefensos de todos, para que puedan ver la luz del día.

Que la Luz de Belén ilumine a nuestros jóvenes, para que como los Pastores y los Magos de Oriente descubran que Jesús es el único capaz de saciar esa nostalgia de infinito que anida en lo profundo de sus corazones, y surjan de entre ellos muchas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.

Que la Luz de Belén ilumine a los pobres, a los enfermos, a los ancianos, a los encarcelados, a los marginados y abandonados, a los que sufren injusticia, a los perseguidos por causa de su fe, y a todas aquellas personas en quienes descubrimos el rostro de Cristo sufriente, para que por nuestra oración y amor fraterno encuentren consuelo y esperanza.

Que la Luz de Belén resplandezca sobre los que tienen en sus manos el poder político, científico y económico, para que construyan una cultura de la solidaridad, del respeto a la dignidad humana y de defensa de la vida desde su concepción hasta su fin natural.

Que la Luz de Belén brille sobre todos los rincones del mundo para que haya paz duradera, reconciliación y amor entre los hombres.

Que la Luz de Belén ilumine a nuestra Patria y especialmente a Piura y Tumbes, para que en este nuevo milenio y, como fruto de la Nueva Evangelización, surja entre nosotros una nueva floración de santidad, que nos permita construir el Perú justo y reconciliado que todos anhelamos.

Que Santa María, la Madre de Jesús, la que por su Hágase generoso hizo posible el milagro de la Encarnación, presente todas nuestras súplicas a su Divino Hijo, nuestro Reconciliador, el Señor Jesús.

Que San José, el casto esposo de la Virgen María, el justo custodio del Señor Jesús, el apoyo de la Familia de Nazaret, nos ayude con su ejemplo e intercesión a brindarle al Niño Jesús el lugar central de nuestra mente, el abrigo de nuestro corazón, y el alimento de nuestras acciones.

5. Queridos hermanos, en esta Navidad, “entremos con los pastores en la cueva de Belén, bajo la mirada amorosa de María, testigo silencioso del prodigioso nacimiento. Que Ella nos enseñe a guardar en el corazón el misterio de Dios, que se ha hecho hombre por nosotros; que Ella nos guíe para dar al mundo testimonio de su verdad, de su amor, y de su paz”[7].

En Navidad, nos abrimos a la esperanza contemplando la gloria divina oculta en la pobreza de un Niño envuelto en pañales por su Madre y acostado en un humilde pesebre. Aceptar esta paradoja, la paradoja de Navidad, es descubrir la Verdad que nos hace libres y el Amor que colma y transforma la vida.

Con mi deseo de una Feliz Navidad y de un Año Nuevo lleno de las bendiciones del Señor, les imparto con afecto mi bendición pastoral.

12 de diciembre de 2006

Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe

Mons. JOSÉ ANTONIO EGUREN ANSELMI, S.C.V.
Arzobispo Metropolitano de Piura

Notas

[1] S.S. Juan Pablo II, Homilía en la Misa celebrada en la plaza del Pesebre (Belén), 22 de marzo de 2000, N° 3.

[2] S.S. Benedicto XVI, Mensaje Urbi et Orbi, 25 de diciembre de 2005.

[3] S.S. Juan Pablo II, Homilía en la Misa celebrada en la plaza del Pesebre (Belén), 22 de marzo de 2000, N° 2.

[4] Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et spes, N° 22.

[5] S.S. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Post Sinodal Ecclesia in America, N° 10.

[6] S.S. Benedicto XVI, Audiencia General de los miércoles, 21 de diciembre de 2005.

[7] S.S. Benedicto XVI, Mensaje Urbi et Orbi, 25 de diciembre de 2005.

jueves 14 diciembre, 2006