HOMILÍA MISA DE NOCHE BUENA 2006

1. En todas las iglesias del mundo resuena esta noche la voz del Ángel del Señor que dijo a los pastores de la comarca de Belén: “Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo; Hoy os ha nacido en la ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo, Señor” (Lc 2,10-11). Lo más extraordinario es que este anuncio se ha repetido todos los años, por más de dos mil años, y en todas las latitudes, sin perder nada de actualidad. ¿Cómo es posible esto?

Hay en este anuncio dos términos que responden a esta interrogante: la palabra “Hoy” y el nombre “Señor”. La primera es una noción temporal, histórica, y que en el texto evangélico suena como un campanazo. Ese “Hoy” fija la atención sobre un punto determinado de la historia humana, que sucesivamente ha sido adoptado con razón como el centro de la historia. El nombre “Señor”, en cambio se refiere a Dios, que es eterno, infinito, ilimitado, sin sucesión de tiempo. El anuncio angelical quiere decir entonces que el Eterno se hizo temporal, que entró en la Historia. ¿Para qué? Para que nuestra historia tuviera una dimensión de eternidad.

“En la noche de Belén, el Redentor se hace uno de nosotros, para ser compañero nuestro en los caminos insidiosos de la historia. Tomemos la mano que Él nos tiende: es una mano que no nos quiere quitar nada, sólo dar”.

2. En esta Noche santa se cumple la antigua promesa: el tiempo de la espera ha terminado y la Virgen Madre da a luz al Mesías, al Reconciliador.

Jesús nace para la humanidad que busca libertad y paz. Nace para todo hombre oprimido  por el pecado, necesitado de salvación y sediento de esperanza.

Dios responde en esta noche al clamor incesante de los pueblos: ¡Ven, Señor, a salvarnos! Su eterna Palabra de amor ha asumido nuestra carne mortal. El Verbo ha entrado en el tiempo: ha nacido el Emmanuel, el Dios con nosotros.

Por ello en esta noche santa en las catedrales como la nuestra de Piura, así como en las iglesias más pequeñas y esparcidas por todos los lugares de la tierra y de nuestra Arquidiócesis, se eleva con emoción el canto de los cristianos: “Hoy nos ha nacido el Salvador, el Mesías el Señor”.

3.  María, “dio a la luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre” ( Lc 2, 7).

He aquí el icono, la estampa de la Navidad: un recién nacido frágil, que las manos de su Madre amorosísima y purísima, envuelven con ropas humildes y acuestan llenas de ternura y reverencia en el pesebre.

¿Quién puede pensar que ese pequeño ser humano es el “Hijo del Altísimo” (Lc 1, 32), el Dios Eterno? Sólo ella, su Madre Santa María, conoce la verdad y con su casto esposo San Jose custodia su misterio.

En esta noche también nosotros podemos y debemos “pasar” a través de la mirada llena de fe y de amor de María, para descubrir en este Niño, su Hijo, el rostro humano de Dios y adorar al Salvador recién nacido.

4. En la segunda lectura, de la Santa Misa de hoy, san Pablo nos ha dicho: “Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres” ( Tt 2, 11). Con ello el apóstol de los gentiles nos quiere ayudar a comprender el misterio que hoy por la liturgia se hace presente y celebramos.

La “gracia de Dios aparecida” es Jesús, quien con su amor misericordioso, conduce toda la historia de la salvación y la lleva a su cumplimiento definitivo, a su plenitud.

Pero además, el Apóstol nos dice que con su Encarnación, el Señor Jesús, nos enseña a “renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar desde ahora una vida sobria honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos” ( Tt 2, 12-13). Cristo, el Verbo eterno del Padre, se encarna para enseñarnos a vivir verdadera y auténticamente, y así estar preparados para su última y definitiva venida al final de los tiempos.

Es decir, nos enseña que no es en la avidez del tener, ni en el ansia de dominio y de poder, ni en la impureza donde está la felicidad. Sino que más bien la felicidad y la verdadera alegría está en el donarse con generosidad, como Él que esta noche se hace don total para nosotros; está en la caridad hecha servicio, como Él que viene a servir y no a ser servido; y está en la pureza y decencia de vida, a semejanza de Él, el Santo, el Hijo de Dios y de la Inmaculada.

En el darse, en el servir, y en la pureza de mente, corazón y acción, es donde el corazón humano hallará su paz y plenitud. ¡Esto es lo que viene a enseñarnos en Niño de Belén!

Por eso el Santo Padre Benedicto XVI nos dice que, “en Navidad, el Omnipotente se hace niño y pide ayuda y protección; su modo de ser Dios pone en crisis nuestro modo de ser hombres; llamando a nuestras puertas nos interpela, interpela nuestra libertad y nos pide que revisemos nuestra relación con la vida y nuestro modo de concebirla”.

5. “Encontraréis  un  niño  envuelto en pañales y acostado en un pesebre” ( Lc 2, 12).

El Niño acostado en la pobreza de un pesebre: esta es la señal de Dios. Dios actúa siempre con sencillez. Pasan los siglos y los milenios, pero queda la señal, y vale también para nosotros, hombres y mujeres de Piura y Tumbes.

Es señal de esperanza para toda la familia humana: señal de paz para cuantos sufren a causa de todo tipo de conflictos, de violencia, de guerras. Señal de misericordia y compasión para los pobres y los oprimidos. Señal de liberación hecha de reconciliación para quien se encuentra esclavo del pecado viviendo en la ruptura y en el destierro de la tierra de la desemejanza. Señal de amor y de consuelo para quien se siente solo y abandonado. Señal pequeña y frágil, humilde y silenciosa, pero llena de la fuerza de Dios, que por amor se hizo hombre.

“En aquel Niño acostado en el pesebre Dios muestra su gloria: la gloria del amor, que se da a sí mismo como don y se priva de toda grandeza para conducirnos por el camino del amor”.

“Encontraréis  un  niño  envuelto en pañales y acostado en un pesebre” ( Lc 2, 12).

Dios se hace niño, se hace pequeño para que podamos comprenderlo a Él, el infinito, el ilimitado, el inabarcable.

Dios se hace niño, se hace pequeño para enseñarnos a amar a los pequeños, a los débiles. A los niños que sufren miseria y hambre, a los niños que son explotados, a los niños nacidos como no nacidos, a los niños huérfanos de todo amor. Dios se hace niño, se hace pequeño para enseñarnos a respetar la dignidad de los pequeños.

6. Si Jesús nace esta noche en un pesebre, es “porque no había lugar para ellos en la posada” (Lc 2,7), y porque además quiso ubicarse en el grado más bajo de la escala humana. Lo hizo para que nadie se sienta excluido, ni siquiera el hombre más desdichado, y para que todos tengan abierto el camino de la salvación. A todos, como a los pastores, se les anuncia, “Hoy os ha nacido un Salvador”. Acojámoslo. El gran desafío de la Navidad es acoger por la fe al Niño Dios que nace.

Hermanos, hoy nace el Salvador: “Hoy nace aquella vida que viene a destruir el temor de la muerte y a darnos la esperanza de una eternidad dichosa” (San León Magno).

Que en Navidad se renueve nuestra esperanza, porque el pecado, la muerte, la enfermedad, la pobreza, el sufrimiento, no tienen la última palabra. La última palabra la tiene el Señor Jesús, el Reconciliador, el único Salvador del Mundo, ayer, hoy y siempre.

Por eso, “que nadie se considere excluido de esta alegría, pues el motivo de este gozo es común para todos. Nuestro Señor, en efecto vencedor del pecado y de la muerte, como no encontró a nadie libre de culpa, así ha venido a salvarnos a TODOS. Alégrese, pues, el justo, porque se acerca la recompensa; regocíjese el pecador, porque se le brinda el perdón; anímese el pagano, porque es llamado a la vida” (San León Magno).

En Navidad, nos abrimos a la esperanza contemplando la gloria divina oculta en la pobreza de un Niño envuelto en pañales por su Madre y acostado en un humilde pesebre. Aceptar esta paradoja, la paradoja de Navidad, es descubrir la Verdad que nos hace libres y el Amor que colma y transforma la vida.

Les deseo a todos de una muy Feliz Navidad y de un Año Nuevo lleno de las bendiciones del Señor.

 

San Miguel de Piura, 25 de diciembre de 2006

Misa de Nochebuena, Solemnidad de la Natividad del Señor

Mons.  JOSÉ ANTONIO EGUREN ANSELMI, S.C.V.

Arzobispo Metropolitano de Piura

S.S. Benedicto XVI, Mensaje Urbi et Orbi de Navidad, 25 de diciembre de 2005.

S.S. Benedicto XVI, Mensaje Urbi et Orbi de Navidad, 25 de diciembre de 2005.

S.S. Benedicto XVI, Homilía en la Solemnidad de la Natividad del Señor, 24-XII-05.

martes 26 diciembre, 2006