HOMILÍA JUEVES SANTO – SANTA MISA CRISMAL 2010

SANTA MISA CRISMAL 

“El que quiera servirme, que me siga
y donde esté yo, allí también estará mi servidor” (Jn 12, 26)

Muy queridos sacerdotes y hermanos todos en el Señor Jesús:

1. Nos hemos reunidos esta mañana en la Basílica Catedral de Piura para celebrar la Santa Misa Crismal. En esta Misa el Obispo, rodeado de su presbiterio y de su pueblo, consagra el santo crisma y bendice los óleos de los catecúmenos y de los enfermos, que luego serán para toda la diócesis materia de varios sacramentos. Así como el aceite suaviza, embellece, fortalece y cura, así lo hace invisiblemente la gracia del Espíritu Santo en la vida sobrenatural del cristiano.

Quiero aprovechar de esta oportunidad para que le renovemos al Papa nuestra adhesión y filial afecto. Ante la reciente campaña de difamación y calumnias orquestada para atacar y denigrar la persona del Santo Padre, desde esta Eucaristía queremos hacerle llegar al Papa Benedicto XVI el testimonio de nuestra solidaridad y apoyo. Sabemos bien de su actuar coherente, enérgico y claro ante las dolorosas situaciones delictivas ocurridas en la Iglesia, primero como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y ahora como Sumo Pontífice.

Santo Padre: desde esta cálida y católica tierra piurana y tumbesina queremos decirle que lo queremos y que rezamos siempre por usted. Santidad: usted no está sólo, cuenta con nuestro aprecio, afecto y adhesión. Agradecemos al Señor Jesús el don de su vida y de su ministerio petrino, su infatigable labor por proclamar a tiempo y a destiempo la verdad de Cristo, de la Iglesia y del Hombre, que constituyen fuente de renovada esperanza para la Iglesia y para el mundo de hoy.

Bien sabemos que la Misa Crismal ha de ser tenida como una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del Obispo y como un signo de la unión estrecha de los presbíteros con él. Ya que los sacerdotes son los primeros colaboradores del Obispo y durante la Semana Santa recordamos, entre otros misterios, la institución del sacramento del Orden Sagrado, quiero hoy, en el marco del presente “Año Sacerdotal”, dirigirme a mis sacerdotes que han venido de todo Piura y Tumbes y que concelebran esta solemne Eucaristía.

Queridos sacerdotes: recientemente el Santo Padre dirigiéndose a nosotros nos ha dicho que “hoy la profecía más necesaria es la de la fidelidad que, partiendo de la fidelidad de Cristo a la humanidad, mediante la Iglesia y el sacerdocio ministerial, lleve a vivir el propio sacerdocio en la adhesión total a Cristo y a la Iglesia. De hecho, el sacerdote ya no se pertenece a sí mismo, sino que, por el carácter sacramental recibido, es “propiedad” de Dios. Este “ser de Otro” deben poder reconocerlo todos, gracias a un testimonio límpido. En el modo de pensar, de hablar, de juzgar los hechos del mundo, de servir y de amar, de relacionarse con las personas, incluso en el hábito (entiéndase en el modo de vestir), el sacerdote debe sacar fuerza profética de su pertenencia sacramental, de su ser profundo”. (1)

Ya que hoy ustedes renovarán sus promesas sacerdotales, aquellas que hicieron el día de su ordenación ante su Obispo y el Pueblo santo de Dios, quisiera meditar en ellas para que así se reavive en ustedes su identidad y fidelidad y pueda hacerse realidad en sus vidas el lema del presente “Año Sacerdotal”: “Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote”.

2. El día de nuestra ordenación se nos preguntó en primer lugar: ¿Queréis ejercer toda la vida el ministerio sacerdotal, colaborando con el Obispo en el servicio del Pueblo de Dios bajo la guía del Espíritu Santo? A lo que respondimos con fuerte y firme voz: Sí, quiero. La Iglesia siempre ha enseñado con maternal sabiduría que la vocación sacerdotal es fruto de la armoniosa y bella confluencia entre gracia y libertad. En la historia de nuestra vocación, el Señor fue el que tomó la iniciativa y nosotros desde nuestro silencio activo y libertad poseída respondimos a su llamado con un “SÍ” para toda la vida. Es bueno recordar que nuestro “SÍ” fue un “SÍ” libre y consciente, un acto explícito de nuestra voluntad desde el juicio de la razón iluminada por la fe y sostenida por la gracia. Por ello renovemos todos los días el “SÍ” de nuestra ordenación en el encuentro con el Señor sobre todo en la Eucaristía y en la oración, ya que “quien reza no tiene miedo; quien reza no está nunca solo; quien reza se salva”. (2)

Renovemos nuestro “SÍ” sacerdotal redescubriendo cada día con asombro aquello que somos, aquello que el Señor ha querido que seamos en su Iglesia y para su Pueblo: “Alter Christus” (otro Cristo) que actúan según su persona: “in persona Christi capitis” (en persona de Cristo cabeza). No olvidemos nunca la máxima espiritual que dice: “la fidelidad o se la construye día a día o si no llega el día en que ya no la tenemos más”.

3. El día de nuestra ordenación también se nos preguntó si estábamos dispuestos a realizar el ministerio de la Palabra, preparando la predicación del Evangelio y la exposición de la fe católica con dedicación y sabiduría. Sí, lo haré; fue nuestra pronta respuesta. Realizar el ministerio de la Palabra supone gastar la propia vida en el anuncio del Señor Jesús, Verbo encarnado, muerto y resucitado, ya que el hombre no tiene sentido fuera de Él.

La plena disponibilidad para el anuncio de la Palabra es característica propia e irrenunciable de nuestro sacerdocio y constituye parte esencial del munus docendi recibido en el sacramento del Orden Sagrado.

En la pregunta se destaca que hay que cumplir con este servicio de manera “digna y sabia”. La dignidad hace referencia al objeto del anuncio: al Señor Jesús, único Salvador y Reconciliador. Ningún sacerdote se predica o anuncia a sí mismo, o a sus propias ideas o interpretaciones personales o subjetivas del Evangelio. Por ello se hace imprescindible profundizar constantemente en la Sagrada Escritura; profundización que tiene que ser ciertamente exegético-teológica, pero sobre todo espiritual ya que el conocimiento pleno de la Escritura nace del trato íntimo y diario con la Palabra de Dios, nace de la Lectio divina, hecha según la Tradición de la Iglesia, ya que la Sagrada Escritura está más en el corazón de la Iglesia que en la materialidad de los libros escritos.

Queridos sacerdotes: hemos sido constituidos mensajeros del Evangelio que es Cristo mismo. Se trata de anunciar al Señor Jesús en primera persona, como quien se ha encontrado con Él. (3) Ello implica dar testimonio de Él a partir de la experiencia personal de encuentro y comunión con su Persona.

Pero el servicio a la palabra no sólo debe ser realizado con “dignidad” sino además con “sabiduría”. La “sabiduría” es humilde y no hace sobresalir al anunciador por encima de Aquel que es anunciado, ni tampoco sobre la Iglesia que desde hace más de dos mil años custodia y proclama el Evangelio. Cumplir de manera sabia el ministerio de la Palabra significa ser conscientes que en el anuncio de la Palabra el que actúa es el Señor por medio de su Espíritu: es Él quien llama, prepara los corazones, mueve a la conversión y hace brotar los frutos de la santidad y del amor. Cumplir de manera “sabia” el ministerio de la Palabra, supone que el sacerdote conozca a las personas a las que se va a dirigir, para poder iluminar con la Palabra de Dios las preocupaciones, dolores y alegrías de los fieles a él encomendados.

4. Igualmente el Obispo nos interrogó si estábamos dispuestos a presidir con piedad y fielmente la celebración de los sagrados misterios de Cristo, especialmente el sacrificio de la Santa Misa y el sacramento de la Reconciliación, para gloria de Dios y santificación del pueblo cristiano, según la tradición de la Iglesia, a lo que respondimos: Sí, estoy dispuesto.

Ciertamente el ministerio sacerdotal que el Señor Jesús nos ha confiado por medio de la Iglesia, encuentra en el munus santificandi su más plena realización. Esta potestad se despliega cuando celebramos “los misterios de Cristo” es decir los sacramentos, y entre ellos de manera especial la Eucaristía y la Penitencia.

La celebración de “los misterios de Cristo” debe comprometer las mejores energías de nuestra vida sacerdotal ya que es lo medular y más importante de nuestro ministerio. Es bueno recordar que en la celebración de los misterios se actualiza perennemente la obra de la Reconciliación realizada por el Señor Jesús. Por tanto nunca es más necesario un sacerdote que cuando está en el altar o en el confesionario o celebrando los demás sacramentos donde está el mismo Cristo presente con su virtud. No nos engañemos: “los hombres y las mujeres de nuestro tiempo sólo nos piden que seamos sacerdotes de verdad y nada más. Los fieles laicos encontrarán en muchas otras personas aquello que humanamente necesitan, pero sólo en el sacerdote podrán encontrar la Palabra de Dios que siempre deben tener en los labios; la misericordia del Padre, abundante y gratuitamente dada en el sacramento de la Reconciliación; y el Pan de vida nueva, ‘alimento verdadero dado a los hombres’…”. (4)

Por tanto seamos conscientes con humildad, pero con mucha responsabilidad, de que nadie, sin excepciones, puede hacer y dar lo que un sacerdote, en virtud de su consagración sacramental entrega a la Iglesia y al mundo. Sería un despropósito, además de una traición al Pueblo de Dios, que el sacerdote se dedique a tareas temporales, políticas y sociales que son responsabilidad de los fieles laicos y que éstos no solamente pueden sino que deben asumir.

Al sacerdote se le pide celebrar los misterios con “piedad y fidelidad”. Piedad que significa tratar las cosas del Señor con reverencia, ternura y respeto, actitudes que deben brotar naturalmente de nuestro corazón que ama al Señor y por tanto ama “Sus cosas”. Fidelidad que es el respeto a la forma establecida por la Iglesia para celebrar reverentemente los sacramentos y que se manifiesta en la fiel observancia a las normas litúrgicas. La liturgia que celebramos no es nuestra, es de Cristo, y Él la ha confiado a Su Iglesia.

Finalmente celebramos los sagrados misterios “para gloria de Dios y santificación del Pueblo cristiano”. La acción litúrgica es una ventana abierta de par en par hacia la eternidad y también una irrupción de lo Eterno en el tiempo. Queridos presbíteros: el sacerdote es hombre de lo sagrado, sacado del mundo para interceder en favor del mundo, constituido, en esa misión, por Dios y no por los hombres (ver Hb 5, 1). Por ello celebramos para proclamar a Dios como Dios en una época que excluye progresivamente al Señor del ámbito público, y para manifestar su santidad y soberanía sobre nuestras vidas y sobre toda la creación. Celebramos los sagrados misterios, y sobre todo la Eucaristía, para que la gracia nos santifique a nosotros y a nuestros fieles y de esa manera podamos glorificar a Dios-Amor con toda nuestra vida. (5)

5. Finalmente el día de nuestra ordenación sacerdotal, el Obispo nos hizo dos preguntas finales: ¿Queréis uniros cada día más a Cristo, sumo Sacerdote, que por nosotros se ofreció al Padre como víctima santa, y con Él consagraros a Dios, para la salvación de los hombres? ¿Prometes obediencia y respeto a mí y a mis sucesores?

La única razón de ser de nuestra vida y de nuestro ministerio es el Señor Jesús. Nuestra vocación sacerdotal tiene en Él y sólo en Él su origen y su fin, en el tiempo y en la eternidad. Él nos miró con amor y nos llamó por nuestro nombre. A su llamado respondimos dejándolo todo y nos fuimos con Él (ver Mt 4, 18-22).

Para que el “primer amor” (ver Ap 2, 4) de nuestra vocación no decaiga con el tiempo sino más bien se mantenga siempre vivo y con los años madure y se haga más hondo y bello, debemos vivir en todo momento muy unidos al Señor, Sumo y Eterno Sacerdote, el Amado de nuestro corazón. Nunca hay que olvidar que la primera intención del Señor Jesús a la hora que convocó a los apóstoles fue sobre todo para que “estuviesen con él” (Mc 3,14). El sacerdote por tanto debe mantener durante el día vivos y frecuentes momentos de silencio y oración, para cultivar en ellos la amistad y el trato existencial con la Persona viva del Señor Jesús. No nos engañemos: un ministerio pastoral fructuoso brota de una sintonía particular y profunda con Cristo, el Buen Pastor, el único y verdadero protagonista de cada acción pastoral.

Asimismo como bien enseña el Santo Padre, “unirse a Cristo supone la renuncia. Hace que no queramos imponer nuestro camino y nuestra voluntad; que no queramos llegar a ser esto o lo otro, sino que nos abandonamos a Él, dónde y en el modo en el que Él quiera servirse de nosotros”. (6)

Unirse a Cristo implica vivir el sacrificio personal de cada día ofreciéndole a Jesús nuestra libertad en actitud de obediencia oblativa, muriendo a nuestros pecados y renunciando realmente a nuestras comodidades con el fin de servir a nuestros hermanos trabajando generosamente por su salvación. Sólo así reflejaremos la misma actitud del Señor que por reconciliarnos entregó su vida obedeciendo hasta la muerte y muerte de Cruz (ver Flp 2,8).

Prometimos también respeto y obediencia a nuestro Obispo y a sus sucesores. En nuestros tiempos marcados por el relativismo, el liberalismo y por modelos autonómicos que dejan como ultima medida sólo al propio yo y a sus caprichos, pareciera ser que la obediencia es una disminución de la propia dignidad y libertad humana, cuando bien sabemos que no lo es. La obediencia es camino de auténtica libertad. Por la obediencia seguimos las huellas del Señor Jesús, somos conformados a Él, quien fue obediente en todo al Padre (ver Mt 26, 24; Flp 2,8; Rom 5,19). Por la obediencia nos hacemos totalmente libres para vivir en plenitud nuestro “ser sacerdotal” bajo la guía del Obispo. La obediencia nos libera de nuestros subjetivismos y nos ayuda a permanecer en la verdad, que es permanecer en Cristo mismo (ver Jn 14, 6). Ella nace de una fe viva y sólo es auténtica si está sostenida por la esperanza y está vivificada por el amor.

San Agustín llama a la obediencia “madre y tutora de todas las demás virtudes” (7); y San Ignacio de Antioquía nos dirá que “obedecer al Obispo es obedecer al Padre de Jesucristo. (8) La obediencia hay que vivirla con “respeto” y el respeto brota del reconocimiento de que alguien tiene valor, significado e importancia para mí, en este caso el Obispo como principio de unidad en su Iglesia particular. Antes de terminar quiero reiterarles una vez más mi disponibilidad para servirlos y ayudarlos en todo. Asimismo les reitero mi gratitud por su generosa entrega y confío que siempre demos al Pueblo de Dios un testimonio claro de comunión, fidelidad y santidad.

Queridos sacerdotes: Pidamos a Santa María, la Mujer “del todo y para siempre”, que nos asista y proteja en nuestra vida sacerdotal y que en medio de nuestras limitaciones y debilidades nos ayude a vivir y a custodiar con profunda fe el don precioso de nuestro sacerdocio ministerial, con el que Cristo nos ha configurado a Sí, haciéndonos partícipes de Su Misión salvífica.

Que así sea. Amén.

San Miguel de Piura, 30 de marzo de 2010
Martes Santo – Santa Misa Crismal

 

 

(1) S.S. Benedicto XVI, Discurso a los participantes del Congreso Teológico organizado por la Congregación para el Clero, 12-III-2010.

(2) S.S. Benedicto XVI, Audiencia General, 1-VII-2009.

(3) S.S. Juan Pablo II, Homilía en la Catedral de Santo Domingo, 26-I-79, n. 2.

(4) S.S. Benedicto XVI, Discurso a los participantes del Congreso Teológico organizado por la Congregación para el Clero, 12-III-2010.

(5) Ver Sacrosanctum Concilium, n. 10.

(6) S.S. Benedicto XVI, Homilía en la Santa Misa Crismal, 9-IV-2009.

(7) San Agustín, La Ciudad de Dios, XIV, 12.

(8) Ver San Ignacio de Antioquía, Carta a los Magnesios, III, 1-2.