HOMILÍA EN LA SANTA MISA POR EL ETERNO DESCANSO DEL R.P. DERGI FACUNDO

“Ven a Mí, que mi muerte será tu vida” 

Nos reunimos esta mañana para ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa, por nuestro querido hermano e hijo Dergi. La Eucaristía es lo más grande que tenemos en nuestro peregrinar por este mundo, porque contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua. Damos gracias al Señor por el don de su vida y ministerio sacerdotal, y rogamos con fe y esperanza, para que Dios, rico en misericordia, lo tenga muy cerca de sí en el gozo de su Reino eterno. Nuestra oración esta mañana es también por su familia para que en estos momentos de dolor reciban del Señor el consuelo y la paz.

Esta mañana le rezamos a Jesús con confianza: Concede, Señor, a este hijo tuyo sacerdote, el reposo sin fin en tu amor, el descanso de sus fatigas, el gozo eterno en tu presencia, la compañía amorosa de María Santísima, Madre de todos los sacerdotes, así como la participación en la gloria de tus santos.  

San Pablo en su carta a los Tesalonicenses ilumina con esta categórica sentencia, el misterio de la muerte cristiana: “¡Estaremos siempre con el Señor!” (1 Tes 4, 17). Si estas palabras se aplican a todo fiel cristiano, cuánto más a un sacerdote quien por su ordenación ha sido configurado con Cristo Sacerdote, Cabeza y Pastor, hasta tal punto que su ministerio es el del mismo Señor Jesús.

En efecto, al responder a la llamada divina, y más tarde al recibir la ordenación sacerdotal, los sacerdotes decidimos prestarle a Jesús nuestras manos y pies, nuestros labios y palabras, nuestra inteligencia y nuestro corazón, nuestro tiempo y nuestra vida entera. Por eso el sacerdote es nada sin Cristo, pero con Él lo es todo. Dergi lo sabía muy bien.   

Queridos hermanos sacerdotes: Esta verdad de nuestro ministerio nos la recuerdan las palabras de la Consagración que a diario pronunciamos en la Santa Misa: “Esto es mi Cuerpo que se entrega por ustedes, esta es mi Sangre derramada por ustedes y por muchos”. ¿No consiste justamente nuestra santidad sacerdotal en poder exclamar, “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20)? Este es el hermoso misterio del sacerdocio católico: Ser un «Alter Christus» (otro Cristo), que actúa «in persona Christi capitis» (según la persona de Cristo cabeza).

Dergi, sintió la llamada del Señor en su tierna juventud. Con tan sólo 16 años ingresó a nuestro Seminario. Percibió claramente que el Señor lo había mirado con amor y le había dicho: “Sígueme” (Mc 2, 14). Y tal como lo hicieron los Apóstoles, “dejándolo todo lo siguió” (ver Lc 5, 11). De esta manera se embarcó en la más grande, bella y trascendental de todas las aventuras: Ser Sacerdote del Señor.

Después de 10 años de formación, se ordenó diácono el Domingo del Buen Pastor del año 2013, y de sacerdote el Domingo de la Divina Misericordia del año 2014, junto con los padres Alfredo More, Edgar Vite y Juan Arturo García Trelles.

El próximo 27 de abril, habría cumplido 7 años de sacerdocio en la tierra, ahora los cumplirá en el Cielo, porque desde que se nos imponen las manos y somos consagrados presbíteros, somos sacerdotes para siempre, en la tierra y en la gloria.

A Dergi, se le pueden aplicar con justicia las palabras del libro de la Sabiduría: “Acabó pronto, pero había recorrido ya un largo camino” (Sab 4, 13). Ahora nuestro querido hermano, celebra en el Cielo el Domingo que no conoce ocaso, y estoy seguro de que la Divina Misericordia, que no es otra sino el mismo Cristo, lo habrá cargado sobre sus hombros, para que libre de la muerte, absuelto de sus culpas y reconciliado con el Padre, disfrute para siempre de la gloria eterna.

Dergi tenía un carácter abierto y franco, solía decir las cosas de manera directa, una cualidad que no es muy común entre nosotros pero que es muy necesaria. De otro lado era una persona muy servicial. Nunca decía no a nada de lo que se le pedía. Siempre entusiasta, se caracterizaba por su espíritu alegre, optimista y lleno de confianza en el Señor.

A lo largo de este duro año de pandemia, su caridad sacerdotal lo impulsó a trabajar infatigablemente por sus hermanos enfermos y contagiados de coronavirus. Ahí están como testimonio sus esfuerzos para que a nadie le faltara oxígeno en Querecotillo y Lancones. A la hora que fuera necesario, salía en su camioneta a repartir esta vital e indispensable medicina, para combatir esta cruel pandemia.

También está como testimonio de su caridad pastoral, su botiquín parroquial desde el cual proporcionaba las medicinas necesarias para sus enfermos de Covid-19. Cómo no recordar su celo por impulsar la devoción al Señor de la Buena Muerte de Chocán, de cuyo Santuario en Querecotillo fue hasta el final de su vida su fiel guardián. Estoy seguro de que en el momento de su partida habrá escuchado las palabras del Santo Cristo Crucificado de Chocán que le decía: “Ven a Mí, que mi muerte será tu vida”. Y él le habrá respondido: “A Ti voy, oh Salvador mío”.

Por eso, a pesar del dolor que hoy nos embarga por su temprano tránsito, podemos cantar: “Qué alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor” (Sal 122 (121)). Sí, podemos cantar así, porque nuestro destino apunta al Cielo, allá donde está Cristo (ver Col 3, 1); porque la muerte ha sido devorada en la victoria del Resucitado (ver 1 Cor 15, 54), victoria que precisamente celebramos en este tiempo pascual, porque la muerte no tiene la última palabra, sino Cristo que la ha vencido.

La muerte nos acerca a la Vida con mayúscula. Es la puerta que debe ser franqueada para entrar en la Gloria. Ella nos conduce a la reunión definitiva con Dios nuestro Padre, con Jesucristo Nuestro Señor, con María Santísima, con San José, con los ángeles y los santos. La fe en Cristo resucitado, nos hace entender que la muerte no es una tragedia, sino un alegre “llegar a casa” y recibir la herencia prometida por el Señor: “Bien, siervo bueno y fiel…entra en el gozo de tu Señor” (Mt 25, 23). Por eso el cristiano y el sacerdote no la temen.  

Como todo buen sacerdote, Dergi hizo de la Eucaristía el centro de su vida y se alimentó del Pan de vida eterna. Cada día al celebrar la Santa Misa él recordaría las palabras y la promesa de Jesús en el Evangelio: “Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo” (Jn 6, 49-51).   

Queridos hermanos sacerdotes: Hoy, ante la partida de Dergi, nos conmueven de manera muy especial las palabras del apóstol San Pablo: “Llevamos este tesoro en vasijas de barro” (2 Cor 4, 7). Un sacerdote es una vasija hecha de un de un barro muy débil. Ninguno de nosotros puede tenerse por seguro. El virus no hace acepción de personas, ataca por igual, sin distinción alguna, y lo hace de manera sorpresiva y artera.

Pero San Pablo nos recuerda que nuestra condición de vasijas de barro es también oportunidad para que se vea el tesoro que llevamos. Y, ¿cuál es este tesoro? Que la fuerza de nuestra vida está en Dios. Que nuestra esperanza radica en Él. Por eso no tenemos  miedo a la debilidad, ni a la muerte, porque Cristo la ha vencido: “Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado; y la fuerza del pecado, la Ley. Pero ¡gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!” (1 Cor 15, 55-57).

Dios es Amor. Él no puede ser nunca la causa del mal, por tanto, no lo es de esta pandemia, ni de esta muerte. Estamos seguros de que Él nos acompaña en estos momentos dolorosos y guía nuestros pasos, para que del mal y de sus consecuencias, brote una abundancia de bien para nosotros y nuestra Iglesia particular.

Queridos hermanos: Hacemos memoria de nuestro hermano Dergi, y damos gracias a Dios por su existencia sacerdotal, porque en él quiso acercarse a los hombres para amarlos y salvarlos. Nos sentimos unidos a él, como él estuvo unido a nosotros en este presbiterio diocesano de Piura y Tumbes.

Ofrecemos a Dios, por Dergi, el mismo Sacrificio que él ofreció tantas veces por los vivos y los difuntos. Nos ha dado ejemplo de muchas cosas. Cada uno de nosotros conserva imborrable el recuerdo de alguna de ellas. Todos juntos, sabedores de la fuerza de la oración en el nombre del Señor Jesús, pedimos al Padre que le dé el descanso eterno, y que brille para él la luz perpetua. Querido Dergi: ¡Descansa en paz para siempre!

Que así sea. Amén.

San Miguel de Piura, 17 de abril de 2021
Santa Misa por el Eterno Descanso del R.P. Dergi Facundo Facundo


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sábado 17 abril, 2021