HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN LA VIGILIA PASCUAL 2021

El Amor siempre vence. Dios siempre puede más”

Con la Vigilia Pascual, la madre de todas las vigilias, celebramos esta noche la gloriosa Resurrección del Señor. La fiesta de la Pascua es la más importante de todo el año litúrgico o año cristiano. Es una fiesta de luz. El Señor resucitado, simbolizado en el cirio pascual que preside nuestra celebración, nos ilumina y pone en nuestros corazones una enorme alegría, una inmensa esperanza, y nos llena de amor y paz, a pesar de los duros momentos de pandemia que vivimos.

El Evangelio de hoy recoge el relato de San Marcos sobre la Resurrección de Cristo (ver Mc 16, 1-8), el cual resalta el aspecto inesperado y desconcertante de tan grande acontecimiento.

Efectivamente, las santas mujeres que el día de ayer Viernes Santo, observan de lejos dónde habían depositado el cuerpo de su Señor (ver Mc 15, 47), se dirigen al sepulcro, presurosas, muy de mañana, el primer día de la semana, es decir el domingo. Lo hacen impulsadas por su amor a Jesús. No tienen idea alguna de la sorpresa que les espera: Que la tumba está vacía, que su Maestro, ha resucitado.   

Apenas llegan comienzan a experimentar cosas cada vez más sorprendentes: En primer lugar, ven que la piedra de grandes proporciones que cerraba el ingreso al sepulcro estaba corrida. Al entrar en el sepulcro ven a un Ángel, con figura de joven, ataviado con una vestidura blanca refulgente. Superado el inicial momento de desconcierto y de temor, éste les anuncia la gran noticia de la Pascua: “No os asustéis. Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí. Ved el lugar donde le pusieron” (Mc 16, 6). Después, el Ángel de la Resurrección, les da a las santas mujeres una indicación: “Id a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo” (Mc 16, 7).

El anuncio de la Resurrección provoca en las mujeres un sentimiento de temor y espanto, incluso el texto original griego habla de “temblor”. Esta reacción de María Magdalena, María la de Santiago y Salomé (ver Mc 16, 1), nos ayuda a comprender el carácter totalmente inesperado, sorprendente y excepcional de la Resurrección del Señor, que supera toda expectativa humana, y que constituye sin lugar a dudas una novedad absoluta, una intervención divina tan extraordinaria que supera todo lo humanamente posible e imaginable.

De otro lado, la Resurrección se revela llena de consecuencias maravillosas para nosotros. No es sólo un acontecimiento que tiene que ver con Jesús, sino también con nosotros sus discípulos, porque es fundamento seguro de nuestra fe, (ver 1 Cor 15, 14), es el comienzo de una vida nueva y eterna, y es el principio de nuestra propia resurrección (ver Ef 2, 4-5; 1 Pe 1, 3; Rom 8, 11).

En la epístola de hoy, tomada de la carta a los Romanos, San Pablo nos enseña que nuestro Bautismo es una participación no sólo en la muerte de Cristo, sino también en su gloriosa Resurrección (ver Rom 3, 6-11). Esta es la razón por la cual, en esta Noche Santa, antes de pasar a la liturgia eucarística, renovaremos con gozo nuestras promesas bautismales en memoria agradecida de nuestro Santo Bautismo, por medio del cual hemos sido hechos partícipes del misterio pascual del Señor, es decir, hemos sido sepultados con Él en su muerte para resucitar con Él a una vida nueva.  

La Resurrección nos abre perspectivas asombrosas y maravillosas

En esta Noche Santa de Pascua debemos sentir en nosotros una alegría y una gratitud profundas, porque el misterio pascual de Jesús nos abre unas perspectivas asombrosas y maravillosas: La derrota de Satanás, la victoria sobre el pecado y la muerte, así como sobre el mal en todas sus formas; la posibilidad de la santidad como el alto grado de la vida cristiana ordinaria; la vida eterna; y al final de nuestro peregrinar por este mundo, la plena y perfecta comunión con Dios Uno y Trino en el Cielo: “Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2). Todo esto es posible gracias a que Cristo ha resucitado, y a que creemos en Él y hemos recibido el Santo Bautismo.

Cuando las Santas Mujeres se dirigían muy de mañana al Sepulcro se hacían una pregunta: “¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro?” (Mc 16, 3).

Ellas caen en la cuenta de que ni siquiera las tres juntas tienen la fuerza suficiente para remover la piedra que cubre la entrada a la tumba del Señor, porque ésta era muy grande (Mc 16, 4).

Sólo Jesús es capaz de remover las piedras más duras de la existencia

En esta Noche Santa, en plena segunda ola de la pandemia, la pregunta de las mujeres la podríamos reformular de esta manera: ¿Quién tiene la capacidad de remover las piedras más duras de la existencia como el pecado, la muerte, el miedo, la enfermedad? La respuesta no es otra sino Jesús Resucitado: “Por eso, no cedamos a la resignación, no depositemos la esperanza bajo una piedra. Podemos y debemos esperar, porque Dios es fiel, no nos ha dejado solos, nos ha visitado y ha venido en cada situación: en el dolor, en la angustia y en la muerte. Su luz iluminó la oscuridad del sepulcro, y hoy quiere llegar a los rincones más oscuros de la vida. Hermana, hermano, aunque en el corazón hayas sepultado la esperanza, no te rindas: Dios es más grande. La oscuridad y la muerte no tienen la última palabra. Ánimo, con Dios nada está perdido”.[1]

El Amor siempre vence, porque Dios siempre puede más

Queridos hermanos: La Resurrección del Señor disipa el miedo y la incertidumbre, porque Cristo Resucitado es la piedra viva en la que debemos siempre edificar nuestra existencia (ver 1 Pe 2, 4). No tengamos miedo, Jesús nos ama. Ama nuestra vida incluso en estos momentos en que tenemos temor de vivirla. El Señor en esta hora extiende su mano y nos dice: “No estás solo, confía en Mí que hoy resucito glorioso, porque el Amor siempre vence, porque Dios siempre puede más”.

Pascua significa “paso”. La Pascua de Cristo fue su paso de la muerte a la vida, de la Cruz a la Resurrección. Y esta Pascua de Cristo hace posible que también en nuestra vida diaria podamos dar “pasos de esperanza”. Por ejemplo “pasar” de la desolación al consuelo, del temor a la confianza, del pesimismo a la esperanza, de la incertidumbre a la certeza de sabernos amados por el Señor, de la indiferencia y el egoísmo individualista al compromiso de amor con el hermano. La Pascua es la buena noticia de que no hay problema, pecado, o dificultad que con Cristo no podamos vencer, ni siquiera esta terrible peste que nos aflige, ni siquiera la muerte.

Que la Luz de Cristo que resucita glorioso, simbolizada en nuestro Cirio Pascual, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu, y que desde nosotros se proyecte como un fuego que da calor y vida, esperanza y consuelo, a muchos que están cautivos de sus temores y dudas. 

Vayamos nosotros también a Galilea

Como decíamos al inicio, el Evangelio de la Resurrección concluye con una indicación del Ángel a las Santas Mujeres: “Id a decir a sus discípulos y a Pedro que Él irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo” (Mc 16, 7). ¿Qué significa este pedido de ir a Galilea? Galilea era la región más alejada de Jerusalén, lugar donde en esos momentos se encontraban los Apóstoles. Galilea representaba para ellos el lugar donde todo comenzó, el lugar donde conocieron a Jesús y dejándolo todo, le siguieron. Ir a Galilea significa encontrarse con Jesús resucitado, encuentro que, para nosotros, se da en el don de la Eucaristía.

Ir a Galilea significa renovarse en la propia vocación y en el seguimiento de Cristo. Ir a Galilea representa ponerse en camino para llevar la esperanza, el consuelo y el ánimo a todos los que hoy tienen el corazón quebrado por el dolor. Ir a Galilea expresa estar dispuestos a ser mensajeros de vida en tiempos de muerte.

A pesar de los duros momentos que vivimos, no dejemos de desearnos una ¡Feliz Pascua! Sí, ¡Feliz Pascua!, porque verdaderamente ha resucitado el Señor Jesús. ¡Feliz Pascua!, porque su Amor ha vencido al pecado y a la muerte, y de esta manera Cristo Resucitado nos abre el camino a un futuro de vida y de esperanza para todos nosotros.

Reina del Cielo, ¡Alégrate!

A María Santísima, quien hoy se alegra con la Resurrección de su Hijo, le presentamos nuestra oración para suplicarle:

Santa María de la Alegría,
Madre de toda santidad,
te suplicamos nos ayudes
a transformar nuestras penas en alegrías,
nuestras dudas en confianza y esperanza,
y nuestras desgracias en bendiciones.

No permitas que la tristeza
ni el desaliento nos invadan,
y enséñanos el camino de la esperanza,
hoy día en que tu Hijo vence y resucita glorioso.

Ayúdanos a descubrir cada día
los miles de regalos que el Señor nos manda,
pues en ocasiones como la que hoy vivimos
no los sabemos percibir.

Madre nuestra,
intercede siempre por nosotros,
y danos tu bendición.
Amén.

San Miguel de Piura, 03 de abril de 2021
Vigilia Pascual

[1] S.S. Francisco, Homilía en la Vigilia Pascual, 11-IV-2020.

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sábado 3 abril, 2021