HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN LA SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA MADRE DE DIOS 2022

“Santa María, Madre de Dios”

1 de Enero

Con la Solemnidad de la Maternidad Divina de Santa María (ver Lc 2, 16-21), concluye la “Octava de Navidad”. Durante ocho días, hemos celebrado y adorado con inefable gozo el gran misterio de la Encarnación-Nacimiento del Señor Jesús, el Hijo de Dios y de la Santísima Virgen María. La fiesta de la Navidad es de tal trascendencia para el hombre y para la historia de la humanidad, que la Iglesia la celebra por ocho días, como si estos fueran un solo y largo día. Es oportuno señalar que las “octavas”, tienen sus raíces en el Antiguo Testamento. De esta manera, Israel festejaba sus grandes fiestas como, por ejemplo, la de las Tiendas (ver Lev 23, 33-44), o la de la Dedicación (ver 2 Cro 7, 9 y 1 Mac 4, 59).  

La “Octava de Navidad”, ha ido del 25 de diciembre al día de hoy 1 de enero, día en que además de la circuncisión del Señor, del inicio del nuevo año civil, y de la Jornada Mundial de la Paz, se celebra, sobre todo, la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Por tanto, es el momento adecuado para detenerse y preguntarse si la Navidad ha dejado o no una huella profunda en nosotros. Preguntémonos: ¿Qué ha significado para mí el Nacimiento del Hijo de Dios? ¿Cuáles han sido los frutos y las resoluciones de conversión, santidad y apostolado que la Navidad ha dejado en mi vida? ¿O simplemente la Navidad ha sido una ocasión para el consumismo, y para expresarnos deseos y sentimientos vagos y superficiales?  

Al concluir la celebración de estos ocho días de gozo navideño, ojalá que tengamos la misma actitud de los pastores quienes, después de ver y adorar al Niño Dios recostado en el pesebre, “se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto” (Lc 2, 20).

Sorprendentemente la actitud de los pastores es la misma actitud de la multitud del ejército celestial que alaba a Dios diciendo: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes Él se complace” (Lc 2, 14). El nacimiento de Cristo en la tierra, es motivo de alabanza y gloria a Dios, tanto por parte de los hombres como de los ángeles. Por ello, para ver si hemos celebrado y vivido con verdadero espíritu cristiano la Navidad, examinemos nuestro corazón para ver si en él ha brotado la alabanza a Dios por “todo lo oído y visto”.

Alguno se preguntará: ¿Por qué es tan importante dar gloria a Dios? Porque donde no se da gloria a Dios, donde se le olvida o incluso se le niega, tampoco hay paz: “Si la luz de Dios se apaga, se extingue también la dignidad divina del hombre. Entonces, ya no es la imagen de Dios, que debemos honrar en cada uno, en el débil, el extranjero, el pobre. Entonces ya no somos todos hermanos y hermanas, hijos del único Padre que, a partir del Padre, están relacionados mutuamente”.[1]

Por ello, y a diferencia de algunos para quienes Dios no forma parte de sus vidas o de sus prioridades, nosotros tengamos más bien la actitud de los pastores, y con presteza vayamos a dar gloria al Señor, y después, demos a conocer a los demás el misterio de amor que hemos contemplado en Belén: “Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al Niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel Niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían” (Lc 2, 16-18).  

El Nuevo Año 2023

Con alegría y esperanza iniciamos hoy un Nuevo Año: El 2023. Pero, ¿2023 años de qué? La respuesta es del nacimiento de Cristo, nuestro Salvador. San Pablo nos ha dicho en la segunda lectura que, “cuando llegó la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo nacido de mujer” (Gal 4, 4). El Señor Jesús, el Hijo de Dios, ha entrado en nuestra historia hace 2023 años para transformarla en historia de salvación. Por eso a partir de su nacimiento, la historia se divide en antes y después de Cristo. Jesús es el único Camino a recorrer, la única Verdad a ensayar, y la única fuente de Vida de la cual beber. Fuera del Señor Jesús no hay felicidad, sentido, libertad, alegría, y sobre todo salvación eterna.

Por eso al comienzo del año hay que renovarle nuestra fe y adhesión al Señor, poner en Él toda nuestra confianza, y no en los amuletos, las cábalas, la hechicería, las cartas, los horóscopos, etc., porque “si eliges a Cristo no puedes recurrir al mago: la fe es abandono confiando en las manos de un Dios fiable que se da a conocer no mediante prácticas ocultas, sino por revelación y con amor gratuito.[2]

En la segunda lectura, San Pablo nos dice además algo que debe llamar nuestra atención: “Envío Dios a su Hijo nacido de mujer” (Gal 4, 4). Lo normal entre los judíos era identificar a alguien por su padre, pero Jesús es identificado por su Madre, Santa María, porque Jesús es el Hijo de Dios y de María Santísima. Por eso, al comienzo del nuevo año celebramos la Maternidad Divina de la Virgen María, que es uno de los cuatro dogmas marianos.[3] El dogma de la Maternidad Divina se refiere a que la Virgen María es verdadera Madre de Dios. Fue solemnemente definido por el Concilio de Éfeso, el año 431. La tradición secular de la Iglesia siempre ha considerado el Nacimiento de Jesús y la Maternidad Divina de María, como dos aspectos de la Encarnación del Verbo eterno del Padre. “En efecto, Aquel que María concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda Persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios «Theotokos»”.[4] María Santísima, una humilde criatura, ha engendrado al Creador del mundo, y de esta manera coopera, con fe y obediencia libres, en los misterios centrales de la historia de la salvación.

Pero la Virgen María, además de ser invocada como la Madre de Dios, es invocada también como la “Madre del Cuerpo Místico de Cristo”, es decir, de la Iglesia. Ella, “es verdaderamente la Madre de los miembros de Cristo, porque colaboró con su amor a que nacieran en la Iglesia los creyentes, miembros de aquella cabeza”.[5]

Por ello, como nosotros somos también hijos de su gran fe, nos ponemos bajo su cuidado y guía maternales para implorarle que, a lo largo de todo el año 2023, nos cuide y guarde de todo mal y nos conduzca siempre al encuentro de vida con su Hijo Jesús. Que a lo largo del nuevo año que hoy comenzamos a vivir, le recemos con confianza: “Madre del Redentor, Virgen fecunda, puerta del Cielo siempre abierta, estrella del mar, ven a librar al pueblo que tropieza y se quiere levantar. Ante la admiración de cielo y tierra, engendraste a tu Santo Creador, y permaneces siempre Virgen, recibe el saludo del ángel Gabriel y ten piedad de nosotros pecadores”. Que ante todos los acontecimientos que el nuevo año nos traiga, sean éstos de alegría o de dolor, tengamos la actitud de la Madre de Dios, “que guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón” (Lc 2, 19).

¡La Paz! Un grito que merece ser escuchado

Al comienzo del año, celebramos también la Jornada Mundial por la Paz. A lo largo de todo el 2023, oremos y trabajemos por la Paz. Paz en nuestros corazones. Paz en nuestras familias. Paz en nuestra vida social, Paz en el mundo y Paz en el Perú. Que los gobernantes comprendan que la política está al servicio de la Paz. Que en aquellos países donde hay guerra, prevalezca este don de Dios, porque las guerras destrozan muchas vidas y causan mucho sufrimiento, especialmente a los más vulnerables. Como nos reclama el Papa Francisco: “La Paz es un grito que merece ser escuchado…La Paz es, ante todo, una actitud del corazón. Nace de la justicia, crece en la fraternidad, vive de la gratuidad. Impulsa a servir a la verdad”.[6]

Pidamos hoy por la Paz en Ucrania, un país torturado donde después de diez meses de guerra sus ciudadanos viven esta Navidad y Año Nuevo en la oscuridad, a la intemperie, o lejos de sus hogares, a causa de la destrucción ocasionada por la guerra.

Roguemos además por la Paz mundial, porque en otros países y regiones de nuestro mundo no terminan aún los conflictos y se sigue derramando la sangre de inocentes.

Oremos también por los cristianos que sufren situaciones de discriminación y persecución por causa de su fe en Cristo. Que nuestra oración les alcance, y el Señor les conceda el don de la paciencia y de perseverancia. Que sepan que no están solos, y que cuentan con nuestra oración y solidaridad para que puedan mantenerse en la fe y la esperanza, y así mantener su testimonio de fidelidad incondicional a Cristo y a la Iglesia.

Igualmente, supliquemos por la Paz en el Perú. En el caso de nuestra Patria, pensemos en el bien que podemos y debemos hacer para construir un país justo y reconciliado, fraterno y solidario, sin violencia de ningún tipo. Roguemos al Señor, para que no prevalezca la espiral del odio, de la violencia, y de la destrucción entre los peruanos. Desterremos los sentimientos de rencor y venganza. Sólo de esta manera, podemos pedirle al Cielo el don de comprometernos con la causa de la Paz. Que cada uno, desde su propio estado de vida y vocación, trabaje por edificar un Perú libre de violencia, un Perú que ame la vida, un Perú que se desarrolle en justicia y fraternidad.

Que la Virgen Madre de Dios, suscite en todos nosotros pensamientos de sabiduría y propósitos de paz.

Que así sea. Amén.

San Miguel de Piura, 01 de enero de 2023
Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

[1] S.S. Benedicto XVI, Homilía de Nochebuena, 24-XII-2012.

[2] S.S. Francisco, Audiencia de los Miércoles, 04-XII-2019.

[3] Los otros tres dogmas marianos son: La Inmaculada Concepción de María, La Perpetua Virginidad de María, y la Asunción de la Virgen María.

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 495.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 963.

[6] S.S. Francisco, Oración por la Paz, 25-X-2022; Tweet @Pontifex_es, 22-VIII-2022.

Puede descargar el archivo PDF de esta Homilía de nuestro Arzobispo AQUÍ