HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN LA SOLEMNIDAD DE LA SANTISIMA TRINIDAD

“En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”

 La Santísima Trinidad

“La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos ustedes” (2 Cor, 13, 14). Con este hermoso saludo trinitario, tomado de la segunda carta del apóstol San Pablo a los Corintios, deseo saludarlos a todos ustedes, en este domingo, Día del Señor, en que celebramos al misterio de los misterios: A la Santísima Trinidad.

Concluidos los tiempos fuertes del Año Litúrgico, como son, el Adviento, la Navidad, la Cuaresma y la Pascua, la Iglesia, que es Madre y Maestra, ubica esta gran solemnidad después de Pentecostés, como para enseñarnos que la asombrosa obra de la Creación, y la todavía más maravillosa obra de nuestra Redención, y permanente Santificación, son obra del amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.          

La señal de los cristianos es la señal de la cruz, la cual hemos aprendido a hacer desde niños de manos de nuestros padres y abuelos. La hacemos trazándola con la mano sobre la frente y el pecho, y los hombros, mientras pronunciamos las palabras: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Si prestamos atención es un solo “Nombre”, porque Dios es uno solo, aunque en Él haya tres Personas distintas.

Por ello en la liturgia de la Santa Misa de hoy proclamamos en el Prefacio: “Al proclamar nuestra fe en la verdadera y eterna Divinidad, adoramos a tres personas distintas, de única naturaleza e iguales en dignidad”, es decir un solo Dios, no una sola Persona, sino tres Personas distintas en una sola naturaleza. Invocamos a la Trinidad con la señal de la cruz, porque muriendo en ella, nuestro Señor Jesucristo manifestó el amor salvífico del Padre a los hombres, amor que es el Espíritu Santo, quien procede del Padre y del Hijo; amor que derrama incesantemente en nuestros corazones (ver Rom 5, 5).

El misterio de la Santísima Trinidad, nos introduce en la intimidad misma de Dios. Antes de Cristo, este misterio estaba oculto, escondido, y por lo tanto si lo hemos conocido es porque el mismo Dios, Uno y Trino, nos lo ha revelado. Así lo afirma el mismo Jesús: “Nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11, 27); a lo que San Pablo añade: “Porque a nosotros nos lo reveló Dios por medio del Espíritu; y el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios” (1 Cor 2, 10). El misterio trinitario, es ciertamente un misterio que sobrepasa la capacidad de nuestro entendimiento de poder conocerlo y abarcarlo, lo cual no lo hace irracional, sino meta-racional, es decir está más allá de la capacidad de nuestra razón de poder siquiera descubrirlo y comprenderlo.

El conocimiento de la intimidad de Dios, de su “misterio escondido desde toda la eternidad” (ver Col 1, 26), fue revelado al hombre por la misión del Hijo y del Espíritu Santo.

Efectivamente, Israel había llegado en su fe al monoteísmo estricto. Dios era para ellos un Dios solitario. En cambio, Cristo nos revela que Dios es comunión de Amor: Tres Personas distintas pero que participan de una misma naturaleza o sustancia, la divina. Dios no es soledad, nuestro Dios es comunión de Amor, y de un Amor volcado hacia nosotros. Por eso San Juan exclamará emocionado: “El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es Amor. En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por Él” (1 Jn 4, 8-9).

Ahora bien, el misterio de la Trinidad no nos ha sido revelado de una manera abstracta, teórica, sino en la dinámica de la Historia de la Salvación, es decir, en la acción salvadora de Dios por nosotros. De esta manera, Dios se manifestó como Padre al entregarnos a su único Hijo: “Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Igualmente, se manifestó como el Hijo de Dios, obediente en todo al Padre realizando nuestra perfecta reconciliación por su encarnación, muerte y resurrección: “En Él (Jesús) tenemos por medio de su Sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia” (Ef 1, 7). Y, finalmente, como el Espíritu Santificador, es decir, como el que constantemente derrama en nuestras vidas el Amor que Dios nos tiene, suscitando así en nuestros corazones el amor a Dios y a los hermanos: “Y la esperanza no desilusiona, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado” (Rom 5, 5).

Esta acción de la Santísima Trinidad en nuestras vidas es muy bella. Por medio de nuestra fe en Cristo, somos justificados, perdonados, y santificados, y de esta manera, somos unidos a Dios Padre e introducidos en la gran esperanza de la vida eterna, gracias al Amor que continuamente derrama el Espíritu Santo en nuestras vidas.  

“Pero el misterio de la Trinidad nos habla también de nosotros, de nuestra relación con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En efecto, mediante el Bautismo, el Espíritu Santo nos ha insertado en el corazón y en la vida misma de Dios, que es comunión de amor. Dios es una «familia» de tres Personas que se aman tanto que forman una sola cosa. Esta «familia divina» no está cerrada en sí misma, sino que está abierta, se comunica en la creación y en la historia y ha entrado en el mundo de los hombres para llamar a todos a formar parte de Ella. El horizonte trinitario de comunión nos envuelve a todos y nos anima a vivir en el amor y la fraternidad, seguros de que ahí donde hay amor, ahí está Dios”.[1]

El haber sido creados a imagen y semejanza de Dios-Comunión de Amor (ver Gn 1, 26), nos llama a comprendernos a nosotros mismos como seres-en-relación, como seres para-el-encuentro, llamados a vivir relaciones de amor recíproco, primero con Dios Uno y Trino, porque hemos sido creados por Él y para Él (ver Col 1, 16), pero también para vivir relaciones interpersonales de amor entre nosotros.

Tales relaciones se dan en el ámbito de nuestras comunidades eclesiales, que deben ser reflejo del misterio de la Iglesia como imagen de la Trinidad, pero también deben darse en las demás relaciones de nuestra vida social: La familia, las amistades, el trabajo, la escuela. Todos estos ámbitos son ocasiones concretas que se nos ofrecen para construir relaciones de respeto recíproco, de servicio, de fraternidad, de solidaridad, y de amor desinteresado. Y todo gracias a que llevamos impresa, en lo más hondo de nuestro ser, la imagen trinitaria.  

Esa imagen trinitaria en nosotros reclama a su original, por eso ni por un momento olvidemos que el destino final de nuestras vidas es la plena comunión con la Santísima Trinidad. Al respecto San Agustín exclama: “Esta es nuestra completa alegría, no hay otra ulterior: gozar de Dios Trinidad a cuya imagen fuimos creados”.[2] 

Pidamos a María Santísima, Hija del Padre, Madre del Hijo, y Esposa y cooperadora del Espíritu Santo, que la solemnidad de hoy nos haga apreciar el don verdaderamente extraordinario de la vida íntima de Dios, Trinidad de personas. 

Que la fiesta de la Santísima Trinidad nos haga contemplar el misterio de Dios que incesantemente crea, redime y santifica, siempre con Amor y por Amor, y que a cada persona que lo acoge, le da la posibilidad de reflejar un rayo de su verdad, bondad, y belleza. 

Que en estas horas difíciles que vive el Perú, por las reales amenazas a su libertad, unidad, y a los derechos fundamentales de todos los peruanos, Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, nos ayude a preservar nuestra frágil democracia, la amistad social en el Perú, y la unidad como una sola y gran Nación.   

San Miguel de Piura, 12 de junio de 2022
Solemnidad de la Santísima Trinidad

[1] S.S. Francisco, Angelus, 22-V-2016.

[2] San Agustín, De Trinitate 1,8,18.

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