HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN LA SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

“Epifanía: Adorar y Anunciar”

Celebramos hoy la hermosa Solemnidad de la Epifanía del Señor (epifanía, del griego: επιφάνεια que significa «manifestación»), es decir la fiesta de la manifestación de Cristo como el Salvador de toda la humanidad, y no sólo de Israel, porque “la gloria de Dios es que el hombre viva y la vida del hombre consiste en la visión de Dios”.[1]

La dimensión universal de la Salvación

La bella fiesta de hoy, expresa la dimensión más maravillosa del misterio de la Encarnación: Su dimensión universal. La luz de la salvación que anuncia la estrella de Belén, y que brilla fulgurante en el Niño Dios, no es sólo para Israel, sino para toda la humanidad, para los hombres de todos los tiempos, de todas las razas y culturas, representados en estos magos o sabios venidos del Oriente, es decir, de pueblos paganos que no formaban parte del pueblo judío. Al manifestarse a ellos, el Señor Jesús se da a conocer como el único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre.

Desde el principio de la narración del Evangelio (ver Mt 2, 1-12), nos cautivan los Reyes Magos, estas personas de corazón inquieto que al no tener embotado el corazón con los sucedáneos del mundo, experimentan una profunda nostalgia de Dios en sus corazones, nostalgia que los hace ponerse en camino al ver salir en el firmamento la estrella que anunciaba la llegada del Salvador (ver Mt 2, 2).

Después de un largo viaje, no exento de dificultades y problemas, lo encontraron en Belén, en una casa con María, su Madre. De inmediato, le abrieron sus cofres y le ofrecieron sus regalos: Oro como a rey, incienso como a Dios, y mirra como a hombre verdadero. Los regalos que estos Magos le hacen al Niño Jesús, son toda una profesión de fe en Cristo, como el Verbo de Dios hecho carne y Rey del Universo.   

¿Soy un adorador cristiano?

El Evangelio de San Mateo nos cuenta que cuando vieron al Niño Jesús con Santa María, se postraron y lo adoraron. Más aún, la adoración era el objetivo final de su viaje. Así se lo dicen abiertamente a Herodes: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo” (Mt 2, 2).

Por eso detengámonos un momento a considerar lo que significa exactamente adorar. El Papa Francisco lo explica con belleza y precisión: “Adorar es poner al Señor en el centro para no estar más centrados en nosotros mismos… es dejar el primer puesto a Dios. Adorar es poner los planes de Dios antes que mi tiempo, que mis derechos, que mis espacios… Adorar es encontrarse con Jesús… con el único interés de estar con Él. Es descubrir que la alegría y la paz crecen con la alabanza y la acción de gracias. Es permitir que Jesús nos sane y nos cambie. Al adorar, le damos al Señor la oportunidad de transformarnos con su amor, de iluminar nuestra oscuridad, de darnos fuerza en la debilidad y valentía en las pruebas. Adorar es ir a lo esencial: es la forma de desintoxicarse de muchas cosas inútiles, de adicciones que adormecen el corazón y aturden la mente. De hecho, al adorar uno aprende a rechazar lo que no debe ser adorado: el dios del dinero, el dios del consumo, el dios del placer, el dios del éxito, nuestro yo erigido en dios. Adorar es hacerse pequeño en presencia del Altísimo, es descubrir ante Él que la grandeza de la vida no consiste en tener, sino en amar. Adorar es redescubrirnos hermanos y hermanas frente al misterio del amor que supera toda distancia… Adorar es saber guardar silencio ante la Palabra divina, para aprender a decir palabras que no duelen, sino que consuelan”.[2] Ante esta hermosa explicación del Santo Padre sobre lo que es adorar, preguntémonos hoy, día de Epifanía: ¿Soy un adorador cristiano?

Los Magos, hombres humildes, perseverantes, y valientes

Los Magos venidos de Oriente, son hombres que no se conforman con las baratas ofertas del mundo. Son hombres que comprendían que sus corazones estaban hechos para lo grande, para lo infinito, para Dios. Son personas que saben que el sentido de la vida está más allá de uno mismo, y muchísimo más allá del dinero, del poder y del placer impuro. Son personas con hambre de Dios, en búsqueda de la Verdad que dé sentido y libertad a la propia vida. Son hombres con una gran capacidad de vigilancia y de percepción de los signos de Dios, por eso apenas ven brillar la estrella, se ponen en marcha.

Los Magos venidos de Oriente, son además personas perseverantes y tenaces que, cuando pierden por un momento de vista a la estrella, no se desaniman y siguen adelante, buscan consejo y ayuda.

Esta fue la gran aventura que emprendieron los Reyes Magos, y que también nosotros hoy en día estamos llamados a vivir: La aventura de la búsqueda y del encuentro con Cristo, quien es la verdadera Estrella que guía nuestras vidas, la luz resplandeciente que nos envuelve con el esplendor de la Verdad y la gloria de su Amor, la única Luz capaz de llenar nuestra vida de sentido, alegría y esperanza.  

Los Magos fueron hombres humildes, capaces de comprender  que el fundamento de la propia vida y de la realidad no está en nosotros, sino que está en el Señor, y por ello se pusieron en camino en búsqueda de Dios, quien se ha manifestado plenamente en Cristo Jesús. Porque si no conocemos a Dios en Cristo y con Cristo, toda la realidad se convierte en un enigma indescifrable; no hay camino y, al no haber camino, no hay verdad ni vida (ver Jn 14, 6).

Pero los Magos eran también hombres valientes. El camino hacia Belén no fue fácil. Primero tuvieron que vencer las voces de la mediocridad que los desanimaban a emprender una aventura llena de incertidumbres. Tuvieron que superar las burlas y comentarios de los demás. Tuvieron que dejar la seguridad de su tierra y casa para lanzarse a lo inseguro, superando fatigas y peligros. Tuvieron que tener tenacidad y perseverancia cuando por algún tiempo perdieron de vista a la estrella que los guiaba. Finalmente, tuvieron que actuar con sagacidad y discernimiento frente a la trampa que les quería tender Herodes.

Fue su humildad, perseverancia y valentía lo que les permitió postrarse ante un Niño de pobre familia y descubrir en él, al Rey-Salvador, largamente esperado y anhelado por Israel y la humanidad, y de esta manera alcanzar la meta de su búsqueda interior y exterior.

Queridos hermanos: En esta vida, el camino de la fe que tenemos que recorrer, está sometido a muchas pruebas y no pocos peligros. Los Reyes Magos nos enseñan a ser valientes, a perseverar, a no claudicar, a no desanimarnos, a no ceder ante los ataques y persecuciones, a seguir adelante siempre pese a las opiniones y trampas de los demás, incluso si por un momento la luz de la estrella deja de brillar en nuestro horizonte. Si lo hacemos, el premio será encontrar siempre a Jesús en brazos de su Madre, aquí en la tierra por la fe, y terminado nuestro terrestre peregrinar, en el Cielo, donde ya no habrá para nosotros más noche, y no tendremos necesidad de luz de lámpara ni de sol, porque el Señor Dios nos iluminará, y reinaremos con Él por los siglos de los siglos (ver Ap 22, 5). Los Magos, son el ejemplo más hermoso de los corazones que arriban a Cristo, a la fe, a la religión, a la vida cristiana, a la eternidad.

El viaje hacia Cristo y el viaje desde Cristo.

La fiesta de Epifanía también nos revela que hay dos viajes diversos y a la vez complementarios que debemos realizar. El primero es el viaje hacia Cristo. Los Magos, a través de la señal de la estrella, se sintieron llamados y atraídos por el Señor. Por eso emprenden el viaje hacia Jesús, para finalmente encontrarlo y adorarlo.

El segundo viaje es el viaje desde Cristo. En efecto, el Evangelio de hoy nos dice que, “avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino” (Mt 2, 12). Podemos imaginarnos cómo habría sido ese viaje de regreso hecho con profunda alegría, porque habían hallado a Aquel que estaban buscando. Podemos también imaginarnos que en su largo camino de regreso a casa le habrían contado a muchísima gente lo que habían visto y oído. Su testimonio habría suscitado el don de la fe en muchas personas. Los Magos se transforman entonces, de hombres en búsqueda de Dios, a testigos de Cristo, la Luz en quién no hay tiniebla alguna (ver 1 Jn 1, 5).

Así como ellos, nosotros, que tenemos la dicha de haber encontrado al Señor y creer en Él, estamos llamados a realizar este segundo viaje que consiste en llevar la Luz del Salvador a aquellos que aún no le conocen o que habiéndole conocido le han olvidado y viven en tinieblas y en sombras de muerte. La Epifanía del Señor nos pide reflejar la Luz de Cristo en la vida de los demás, es decir, ser para los demás una estrella que los conduzca hacia Jesús. Hoy en día hay muchas personas que están esperando, en los más diversos lugares de nuestra sociedad y del mundo, que alguien les anuncie el Evangelio, que alguien les dé a conocer a Jesús. Cada uno de nosotros, desde su particular vocación y estado de vida, en virtud de la gracia del Bautismo y de la Confirmación, está llamado a colaborar con el plan universal de salvación del Señor, y a contribuir a la unión de todos los pueblos en la Iglesia de Cristo.

Queridos hermanos: Los Magos le trajeron regalos al Niño Dios. Hoy los nuevos Apóstoles de Cristo, que somos nosotros, estamos convocados a llevar el tesoro del Evangelio a los demás, movidos por la urgencia de la caridad. Nunca olvidemos que, el anuncio y el testimonio de Evangelio, son el primer servicio que los cristianos podemos y debemos ofrecer a toda persona y a todo el género humano. Toda persona tiene derecho a escuchar la Buena Nueva de Dios, que se revela y entrega en Cristo, para así poder vivir en plenitud su propia vocación.  

“Entraron en la casa y vieron al Niño con María su Madre” (Mt 2, 11). Como los Magos de Oriente, aprendamos que el camino más pleno para encontrar y anunciar a Jesús, pasa siempre por el Corazón Inmaculado de su Madre Santísima, Santa María, la Madre de Dios y nuestra. Amén.

San Miguel de Piura, 02 de enero de 2022
Solemnidad de la Epifanía del Señor

[1] San Ireneo obispo, Contra las herejías, Libro 4, 20,5-7.

[2] S.S. Francisco, Homilía en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, 06-I-2020.

Puede descargar el archivo PDF de la homilía pronunciada por nuestro Arzobispo AQUÍ 

domingo 2 enero, 2022