HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN LA SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR 2023

“La adoración no es un lujo sino una prioridad”

La Epifanía del Señor Jesús 

En todos los pesebres o escenificaciones del Nacimiento del Señor Jesús, entre las imágenes que con devoción colocamos alrededor del Niño Dios, aparecen siempre unos llamativos personajes en actitud de adoración. Les llamamos los “Reyes Magos”. Tradicionalmente se los representa en número de tres. Muy probablemente la razón de ello se deba al número de regalos que le ofrecen al Niño cuando lo encuentran: “Abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra” (Mt 2, 11). Incluso nuestra tradición religiosa les ha dado unos nombres: Melchor, Gaspar y Baltasar, y cada uno de ellos representa una región de oriente de donde vendrían: Arabia, la India y África. Pero en realidad el Evangelio no nos dice que eran tres, ni nos indica su procedencia exacta. Lo único que nos afirma es que: “Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle” (Mt 2, 1-2). 

Con la palabra “mago”, el Evangelio nos quiere indicar que se trataba de unos eruditos astrólogos, que proceden de un región vasta y distante: del “Oriente”. En los tiempos del nacimiento de Jesús, era común la creencia de que, con la ocasión del nacimiento de un personaje extraordinario, surgieran signos asombrosos en el firmamento.

En este caso, los “Magos” descubrieron que había nacido “el rey de los judíos”, porque vieron surgir su “estrella”. Pero este Rey, supera a todos los demás, pues ellos le afirman a Herodes que, “hemos venido a adorarlo” (Mt 2, 2). Como hemos mencionado, los “Magos”, venían de “Oriente”, es decir, de regiones lejanas de Israel. Eran por tanto unos extranjeros, lo que para los judíos era equivalente a “gentiles“ o “paganos”. Desde esas tierras lejanas, estos inquietos personajes son iluminados por la estrella que anuncia el nacimiento del Rey-Salvador. En ellos, Jesús se manifiesta como el Reconciliador del mundo entero. Este acontecimiento es lo que da su nombre a la fiesta que hoy celebramos: La Epifanía del Señor.

Efectivamente, epifanía (del griego επιφάνεια) significa “manifestación”, es decir, la manifestación de Cristo como el Salvador de toda la humanidad, y no sólo de Israel, porque “la gloria de Dios es que el hombre viva y la vida del hombre consiste en la visión de Dios”.[1]

Así lo había profetizado Simeón durante la presentación del Niño Jesús en el Templo, cuando tomándole en sus brazos, y ante la admiración de Santa María y de San José, bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2, 29-32). 

La dimensión universal de la Salvación

La bella fiesta de hoy, expresa la dimensión más maravillosa del misterio de la Encarnación: Su dimensión universal. La luz de la salvación que anuncia la estrella de Belén, y que brilla fulgurante en el Niño Dios, no es sólo para Israel, sino para toda la humanidad, para los hombres de todos los tiempos, de todas las razas y culturas, representados en estos “Magos” venidos de “Oriente”, es decir, de pueblos que no formaban parte del pueblo judío. Al manifestarse a ellos, el Señor Jesús se da a conocer como el único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre.

Los Magos: hombres de corazón inquieto

Desde el principio de la narración del Evangelio de hoy Domingo (ver Mt 2, 1-12), nos cautivan los “Reyes Magos”, estas personas de corazón inquieto que al no tener embotado el corazón con las cosas y sucedáneos del mundo, experimentan una profunda nostalgia de Dios en sus corazones, nostalgia que los hace ponerse en camino al ver salir en el firmamento la estrella que anunciaba la llegada del Salvador (ver Mt 2, 2).

Después de un largo viaje, no exento de dificultades y problemas, lo encontraron en Belén, en una casa, en brazos de María, su Virgen Madre. De inmediato le abrieron sus cofres, y le ofrecieron sus regalos: Oro como a rey, incienso como a Dios, y mirra como a hombre verdadero. Los regalos que estos “Magos” le hacen al Niño Jesús, son toda una profesión de fe en Cristo, como el Verbo de Dios hecho carne, quien además es el Rey del Universo.   

¿Soy un adorador cristiano?

El Evangelio de San Mateo nos cuenta que cuando vieron al Niño Jesús con su Madre, se postraron y lo adoraron (ver Mt 2, 11). Más aún, como ya lo hemos señalado, la adoración era el objetivo final de su viaje (ver Mt 2, 2). 

Por eso detengámonos un momento a considerar lo que significa adorar. Nuestro recientemente fallecido Papa Emérito Benecito XVI lo expresaba con estas claras y apremiantes palabras:

“En donde Dios no ocupa el primer lugar, allí donde no es reconocido y adorado como el Bien supremo, la dignidad del hombre se pone en peligro. Es por lo tanto urgente llevar al hombre de hoy a «descubrir» el rostro auténtico de Dios, como los Magos, postrarse ante Él y adorarle…la adoración no es «un lujo, sino una prioridad». Buscar a Cristo debe ser el incesante anhelo de los creyentes, de los jóvenes y de los adultos, de los fieles y de sus pastores. Hay que alentar esta búsqueda, sostenerla y guiarla. La fe no es simplemente la adhesión a un conjunto de dogmas, que apagaría la sed de Dios presente en el alma humana. Al contrario, aquella proyecta al hombre, en camino en el tiempo, hacia un Dios siempre nuevo en su infinitud. El cristiano es por ello contemporáneamente uno que busca y uno que encuentra. Es precisamente esto lo que hace a la Iglesia joven, abierta al futuro, rica de esperanza para toda la humanidad”.[2]

Ante esta hermosa explicación de Benedicto XVI, preguntémonos hoy, día de Epifanía: ¿Soy un adorador cristiano?

Los Magos, hombres humildes, perseverantes, y valientes

Los “Magos” venidos de “Oriente”, son hombres que no se conforman con las baratas ofertas del mundo. Son hombres que comprendían que sus corazones estaban hechos para lo grande, para lo infinito, para Dios. Son personas que saben que el sentido de la vida está más allá de uno mismo, y muchísimo más allá del dinero, del poder y del placer impuro, que son efímeros. Son personas con hambre de Dios, en búsqueda de la Verdad que dé sentido y libertad a la propia vida. Son hombres con una gran capacidad de vigilancia y de percepción de los signos de Dios, por eso apenas ven brillar la estrella, se ponen en marcha. Los “Magos” venidos de “Oriente”, son además personas perseverantes y tenaces que, cuando pierden por un momento de vista a la estrella, no se desaniman y siguen adelante, buscan consejo y ayuda.

Esta fue la gran aventura que emprendieron los “Reyes Magos”, aventura que también nosotros estamos hoy en día llamados a vivir: La aventura de la búsqueda y del encuentro con Cristo, quien es la verdadera Estrella que guía nuestras vidas, la luz resplandeciente que nos envuelve con el esplendor de la Verdad y la gloria de su Amor, la única Luz capaz de llenar nuestra vida de sentido, alegría, esperanza, y vida eterna.   

Los “Magos” fueron hombres humildes, capaces de comprender que el fundamento de la propia vida y de la realidad no está en nosotros, sino que está en el Señor, y por ello se pusieron en camino en búsqueda de Dios, quien se ha manifestado plenamente en Cristo Jesús. Porque si no conocemos a Dios en Cristo y con Cristo, toda la realidad se convierte en un enigma indescifrable; no hay camino y, al no haber camino, no hay Verdad ni Vida (ver Jn 14, 6).

Pero los “Magos” eran también hombres valientes. El camino hacia Belén no fue fácil. Seguramente tuvieron que vencer las voces de la mediocridad que los desanimaban a emprender una aventura llena de incertidumbres. Tuvieron que superar las burlas y comentarios de los demás. Tuvieron que dejar la seguridad de su tierra y casa para lanzarse a lo inseguro, superando fatigas y peligros. Tuvieron que tener tenacidad y perseverancia, sobre todo cuando por algún tiempo perdieron de vista a la estrella que los guiaba. Finalmente, tuvieron que actuar con sagacidad y discernimiento frente a la trampa que les quería tender Herodes (Mt 2, 7-8.12). Fue su humildad, perseverancia y valentía, lo que les permitió postrarse ante un Niño de pobre familia, y descubrir en Él, al Rey-Salvador, largamente esperando y anhelado por Israel y la humanidad, y de esta manera alcanzar la meta de su búsqueda interior y exterior.

Queridos hermanos: En esta vida, el camino de la fe que tenemos que recorrer, está sometido a muchas pruebas y no pocos peligros. Los “Reyes Magos” nos enseñan a ser valientes, a perseverar, a no claudicar, a no desanimarnos, a no ceder ante los ataques y persecuciones, a seguir adelante pese a las opiniones y trampas de los demás, incluso si por un momento la luz de la estrella deja de brillar en nuestro horizonte.

Si lo hacemos, el premio será encontrar siempre a Jesús en brazos de su Madre, aquí en la tierra por la fe, y terminado nuestro terrestre peregrinar en el Cielo, donde ya no habrá para nosotros más noche, y no tendremos necesidad de luz de lámpara ni de sol, porque el Señor Dios nos iluminará, y reinaremos con Él por los siglos de los siglos (ver Ap 22, 5). Los “Magos”, son el ejemplo más hermoso de los corazones que arriban a Cristo, a la fe, a la religión, a la vida cristiana, a la eternidad.

Lo que has ocultado a los sabios lo has revelado a los pequeños

Curiosamente, entre los primeros en reconocer a Jesús como Dios y adorarlo, estuvieron unos extranjeros, unos paganos, unos gentiles. Cuando el Salvador nació, el pueblo, al cual le había sido prometido, y que lo había esperado por generaciones, no lo reconoció, como dolorosa y enfáticamente afirma San Juan en su Evangelio: “Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron” (Jn 1, 11). 

El Evangelio nos dice que cuando los “Magos” le anuncian a Herodes el nacimiento de Rey-Salvador, junto con él se sobresaltó todo Jerusalén (ver Mt 2, 3). Incluso consultados todos los Sumos Sacerdotes y los Escribas del pueblo sobre el lugar donde había de nacer el Cristo, es decir el Mesías, ellos respondieron unánimemente: “En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel” (Mt 2, 4-6).

Pero ni Herodes, ni los habitantes de Jerusalén, ni los Sumos Sacerdotes y Escribas, se ponen en camino para adorar al Niño Dios. Se quedaron cómodamente instalados en su palacio, templo y casas. Los que le reconocen y acogen son los pequeños y los humildes como los “Magos” venidos de “Oriente”, y con ellos los pastores, Simeón y Ana, la profetisa (ver Lc 2, 21-38).

Se verifica así lo que Jesús dirá más adelante durante su ministerio público: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños” (Mt 11, 25). 

Esta sentencia del Señor Jesús sigue siendo verdadera también en nuestro tiempo, en el cual Cristo sigue presente y actuante en medio de su Iglesia y del mundo, pero lamentablemente permanece oculto e irreconocible para los sabios y prudentes, para los poderosos y los fatuos, para aquellos que se creen sus ideologías y modas de pensamientos, o sus ocupaciones y negocios.

Sólo lo reconocen y acogen, y le bridan el homenaje de su fe, aquellos que haciéndose sensibles a la acción del Espíritu Santo, se dejan conducir a la Verdad. Con cuánta razón Santa María exclama en el Magnificat, que Dios “Derriba a los potentados de sus tronos y exalta a los humildes” (Lc 1, 52). Que la Epifanía del Señor nos impulse a salir del enredo de nuestros pensamientos y de nuestros compromisos, y así encontrar el camino hacia el Señor Jesús, el Salvador.

“Entraron en la casa y vieron al Niño con María su Madre” (Mt 2, 11). Como los “Magos de Oriente”, aprendamos que el camino más pleno para encontrar a Jesús y adorarle, pasa siempre por el Corazón Inmaculado y Doloroso de su Madre Santísima, Santa María, la Madre de Dios y nuestra. Amén.

San Miguel de Piura, 08 de enero de 2023
Solemnidad de la Epifanía del Señor

[1] San Ireneo obispo, Contra las herejías, Libro 4, 20,5-7.

[2] S.S. Benedicto XVI, Angelus, 25-VIII-2005.

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