HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN LA SANTA MISA DE ORDENACIONES SACERDOTALES 2021

“Como Pedro y Pablo confiesen a Jesús con valentía” 

Hoy celebramos la Solemnidad de los apóstoles San Pedro y San Pablo. Pedro, el pescador de Galilea, que fue el primero en confesar la fe en Cristo. Pablo, el insigne maestro y doctor, que anunció la salvación a los gentiles. Dentro del Plan de Dios, ambos llegaron a la ciudad de Roma, donde padecieron el martirio. Pedro murió crucificado como Jesús, su Maestro, y Pablo fue decapitado a filo de espada. Ellos mueren por el único Cristo y, en el testimonio por el cual dan la vida, llegan a ser una sola cosa.

A la alegría de esta fiesta, se une hoy el gozo de la ordenación de cuatro nuevos presbíteros para nuestra Iglesia particular de Piura: Francisco Franklin Alvines Palacios, Junior Jordan Chávez Roa, Diego Daniel Mechato Cabrera, y Juan Manuel Sánchez Nieves. Detengámonos a reflexionar en la figura de estos dos Apóstoles, columnas de la Iglesia. Hacerlo nos permitirá comprender la riqueza de la fiesta que hoy celebramos, para bien de nuestra vida cristiana, pero sobre todo para la de nuestros queridos ordenandos.

San Pedro, apóstol

San Pedro, de nombre Simón, hijo de Juan (ver Jn 1, 42), era natural de Betsaida (ver Jn 1, 44), ciudad situada al este del mar de Galilea o Lago de Tiberíades.

Judío creyente y observante, era pescador de profesión. Los Santos Evangelios nos refieren que Pedro es uno de los primeros cuatro discípulos de Cristo, que fue llamado por el Maestro de Nazaret, a ser pescador de hombres (ver Lc 5, 1-11). De carácter decidido e impulsivo, es generoso y sabe reconocer sus limitaciones y errores. Cree en el llamado del Señor Jesús en su vida y, a pesar de saberse indigno, le da un sí valiente y decidido, convirtiéndose en Apóstol del Señor. Momento significativo en su camino vocacional, será cuando cerca de Cesarea de Filipo, responda con decisión, y lleno del Espíritu Santo, la pregunta que Jesús dirige a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? (Mc 8, 29). “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 15-16). Su profesión de fe, encierra en germen la futura confesión de fe de toda la Iglesia. Queridos ordenandos: Como Pedro, sean conscientes de la indignidad de su elección; denle a Jesús cada día un sí valiente y decidido; y confiesen públicamente con valentía a Cristo como el Hijo de Dios vivo, es decir como el único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre (ver Hb 13, 8).

El evangelista San Juan, al relatar el primer encuentro de Jesús con Simón, nos refiere un hecho singular: Jesús, “fijando su mirada en él, le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas, que quiere decir «Piedra»” (Jn 1, 42). Sabemos bien por la Sagrada Escritura que el cambio de nombre implica la elección que Dios hace de una persona en vista a una misión, y en el caso de Pedro, esa misión será esencial para la Iglesia que funda el Señor Jesús: “Y yo a mi vez te digo tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16, 18-19).

Las tres alegorías que Jesús utiliza son muy claras: Pedro será el cimiento de roca sobre el que se apoyará el edificio de la Iglesia; tendrá las llaves del Reino, es decir la autoridad para gobernar la Iglesia; y, por último, podrá atar y desatar, es decir, podrá permitir o prohibir lo que considere necesario para el bien salvífico de los cristianos. Con estas imágenes, Jesús da a Pedro la plena autoridad sobre toda su Iglesia, que vale la pena decirlo, será siempre la Iglesia de Cristo y no de Pedro. Lo antes descrito es lo que se conoce como el “primado de jurisdicción”. Asimismo, será en el contexto de la Última Cena, que Cristo le dará a Pedro el ministerio de confirmar a los hermanos en la fe (ver Lc 22, 31-32). El que Jesús le haya confiado este ministerio en el momento de la institución de la Eucaristía nos ayuda a comprender el sentido último de esta autoridad servicial de Pedro sobre toda la Iglesia: “Pedro, para todos los tiempos, debe ser el custodio de la comunión con Cristo; debe guiar a la comunión con Cristo; debe cuidar de que la red no se rompa, a fin de que así perdure la comunión universal. Sólo juntos podemos estar con Cristo, que es el Señor de todos. La responsabilidad de Pedro consiste en garantizar así la comunión con Cristo, con la caridad de Cristo, guiando a la realización de esta caridad en la vida diaria”.[1]

Alguno se preguntará, y ¿por qué en la fiesta de San Pedro apóstol celebramos también el “Día del Papa”?

Y la respuesta es esta: Si Jesús confía a Pedro el papel de ser “fundamento” y “roca” de la Iglesia, dado que la Iglesia sigue existiendo, entonces debe seguir existiendo el fundamento.

Sería absurdo que prerrogativas y funciones tan importantes como, “te daré las llaves del Reino de los cielos”. “Lo que ates y desates en la tierra quedará atado y desatado en el cielo”, se refieran sólo a los primeros años de la vida de la Iglesia y que hayan terminado con la muerte del Apóstol. La misión de Pedro se prolonga por tanto en sus sucesores, en los Papas. Por ello hoy rendimos sentido homenaje y filial adhesión al Pedro de hoy, a Su Santidad Francisco. Nuestra total y explícita adhesión a su persona y a su Magisterio, ya que, como Obispo de Roma y sucesor de San Pedro, “es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles”.[2] Su Magisterio es guía segura para toda persona humana que anhela ser feliz y salvarse, y para toda nación y sociedad que quiere construir su convivencia social en justicia y reconciliación.

Queridos ordenandos: Para que su ministerio sacerdotal sea santo, fiel, y fructuoso, tengan siempre sincero aprecio y leal adhesión al Santo Padre y a su Magisterio. Se ordenan siendo Sucesor de Pedro, el Papa Francisco. Por ello al comenzar su vida sacerdotal, inspírense en las principales líneas de su Pontificado, como son: La alegría, la misericordia, una evangelización en salida, y la defensa de la dignidad de la persona humana.  

Como el Santo Padre sean portadores de alegría en la vida de los demás. La alegría, es uno de los frutos del Espíritu Santo. Ella brota cuando uno se descubre amado por el Señor. La alegría cristiana, hace renacer la esperanza, la cual nunca debemos dejarnos robar sobre todo en los momentos más difíciles, como el que actualmente vivimos en el Perú, de una crisis sanitaria, económica, educativa, social y política sin precedentes en nuestra historia. Sean en todo momento sacerdotes alegres, transmitan a los demás la certeza de que Dios siempre nos ama, que Él nunca nos abandona.  

Como el Papa Francisco, sean ministros misericordiosos. La misericordia, es el amor personal y tierno que Dios tiene por cada uno de nosotros. En el caso de ustedes se muestra en haberlos mirado con amor y en haberlos llamados a ser sus sacerdotes sin mérito alguno de vuestra parte. Que ello los mueva a tener entrañas de compasión con todo aquel que sufre, pasa cualquier necesidad o incomprensión. No olviden nunca, que la vocación sacerdotal es, antes que nada, “misterio de misericordia”. Por ello, experimenten siempre la gracia de su sacerdocio como sobreabundancia de misericordia. La misericordia es la absoluta gratuidad con la que Dios los ha elegido. Misericordia es la condescendencia con la que el Señor Jesús los llama a partir de hoy a actuar como representantes suyos, aun sabiéndose pecadores e indignos de este don.[3] Que, al experimentar su vocación sacerdotal como vocación de misericordia, esto los impulse a ser generosos dispensadores del sacramento de la Penitencia, y a dar a los enfermos el alivio del óleo santo.

Asimismo, como nos pide el Santo Padre, sean sacerdotes en salida. No caigan en la tentación de una pastoral de la conservación o del “siempre se hizo así”, sino sean sacerdotes que tengan deseos y anhelos de comunicar el Evangelio a los demás. Tengan vigor y audacia evangelizadora. El anuncio de la salvación de Jesús se convierte así en fuente de alegría no sólo para quien lo recibe sino también para quien lo proclama.

Finalmente, sean como el Papa Francisco, sacerdotes que defiendan ardorosamente la dignidad de la persona humana: De los concebidos no nacidos, de los niños, jóvenes y ancianos, de los más vulnerables, los enfermos, y de aquellos a quienes el Santo Padre llama “descartados”, entre los que se encuentran los encarcelados y los migrantes.

San Pablo, apóstol.

Pero la fiesta de hoy, también es la fiesta de San Pablo. Si San Pedro fue el primero en confesar la fe y aquél que fundó la primitiva Iglesia con el resto de Israel, San Pablo fue el maestro insigne que la interpretó y extendió la Iglesia a todas las gentes.[4]

En los inicios de la Iglesia, fue un activo perseguidor de cristianos (ver Gal 1, 13; Flp 2, 6), pero en el año 36 se convierte a la fe cristiana cuando Jesús se le aparece en el camino de Damasco y es derribado de su caballo: “Se hallaba en ruta hacia Damasco, a punto ya de llegar, cuando de pronto un resplandor celestial le deslumbró. Cayó a tierra y oyó una voz que decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? ¿Quién eres, Señor?, preguntó Saulo. Soy Jesús a quién tú persigues, respondió la voz. Anda levántate y entra en la ciudad. Allí se te dirá lo que te es preciso hacer…A pesar de que había abierto los ojos, no veía nada” (Hch 9, 3-6.8). San Pablo apóstol resplandece por ser Maestro de Fe y Verdad, por ser Apóstol y Heraldo de Jesucristo a las gentes de todos los tiempos, de ayer y de hoy, porque sus epístolas siguen proclamándose y leyéndose. ¡Qué luminoso ejemplo y modelo para ustedes queridos ordenandos llamados a anunciar a Cristo con ardor y amor, a tiempo y a destiempo, con la palabra y la vida!

En base a una obra evangelizadora colosal, que sólo puede entenderse por su apertura a la acción del Espíritu Santo en su vida, y por su profundo amor al Señor Jesús y a la Iglesia, San Pablo extiende el Evangelio por todo el mundo conocido de su tiempo, haciendo que la Buena Nueva de Jesús se encarne en toda cultura, y sea acogida por las gentes de toda raza, lengua y nación. Sobre sus esfuerzos apostólicos San Pablo dirá: “Cinco veces he recibido de los judíos cuarenta azotes menos uno; tres veces he sido flagelado con varas; una vez he sido apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado en lo profundo del mar. Muchas veces he estado en viajes a pie, en peligros de río, en peligros de asaltantes, en peligros de los de mi nación, en peligros de los gentiles, en peligros en la ciudad, en peligros en el desierto, en peligros en el mar, en peligros entre falsos hermanos. Y luego, fatigas y dificultades y no sé cuántas noches sin dormir, ni cuántos días pasando hambre y sed, y los fríos que soporté sin ropa con qué cubrirme” (2 Cor 11, 24-27).

¿Cómo entender esta capacidad y disponibilidad para realizar y padecer todo esto por el Señor Jesús? Todo el esfuerzo apostólico de San Pablo, todo lo que hace y todo lo que sufre, brota de su fe, que es la experiencia de descubrirse amado por Jesucristo de un modo personal. “Su fe es el impacto del amor de Dios en su corazón…Es la conciencia del hecho que Cristo ha afrontado la muerte por amor a él y que como Resucitado lo ama siempre, por lo que se ha donado por él”.[5]

Queridos Francisco, Junior, Diego y Juan Manuel: Que sea en la vida espiritual, nunca abandonada o relegada, sino más bien siempre cuidadosamente cultivada y privilegiada, así como en la celebración de la Santa Misa, que es cada día el momento más importante en la vida de un sacerdote, donde experimenten el impacto del amor de Cristo por cada uno de ustedes, que los lleve a exclamar como San Pablo: “La vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí(Gal 2, 20b). Por eso, “para mí la vida es Cristo” (Flp 1, 21).

Que el testimonio de San Pablo les recuerde siempre que: “El sacerdote que quiere santificarse no busca las riquezas; no busca la paga; no mide los ministerios por los estipendios; no clasifica las parroquias por la renta, sino que busca únicamente a Cristo y sus almas”[6], porque el verdadero fundamento y raíz de toda vocación sacerdotal es el amor a Cristo, como bien supremo de la vida, y la salvación de los hermanos.

Queridos Padres de los Ordenandos: Les agradezco la entrega que hacen de sus hijos a la Iglesia. Qué gozo deben experimentar el día de hoy como padres y primeros formadores de la fe de sus hijos, el verlos ordenados sacerdotes del Señor para siempre. Qué hermoso debe ser para un padre y una madre ver que los frutos de esa semilla de fe que ustedes sembraron en el corazón de sus hijos, hoy hayan fructificado en esta hermosa vocación.   

Queridos formadores y profesores del Seminario: También a ustedes les agradezco todos estos años de paciente trabajo de formación y los animo a que prosigan su labor con renovado entusiasmo, manteniendo el nivel de exigencia y la permanente fidelidad a las orientaciones de la Iglesia en la formación sacerdotal.

Que estas ordenaciones sean para Gloria de Dios, Uno y Trino, y para bien de su Santa Iglesia. Que María Santísima, cubra hoy y siempre con su manto maternal a estos sacerdotes de su Divino Hijo, a quien ahora imponemos las manos y ungimos con el óleo santo, para que sean fieles, honrados, y obedientes colaboradores de su Obispo; para que por su predicación y con la gracia del Espíritu Santo, la Palabra del Evangelio dé fruto abundante en el corazón de los hombres; para que sean con nosotros fieles dispensadores de los misterios divinos; y para que con su oración, el Pueblo santo y fiel de Dios, y todo el mundo alcancen la misericordia y la paz.  Amén.  

San Miguel de Piura, 29 de junio de 2021
Solemnidad de San Pedro y San Pablo, Apóstoles 

[1] S.S. Benedicto XVI, Catequesis, 07-VI-2006.

[2] Constitución Dogmática, Lumen Gentium, n. 23.

[3] S.S. Juan Pablo II, Carta a los Sacerdotes para el Jueves Santo de 2001, n. 6.

[4] Misal Romano, Prefacio de la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, apóstoles. 

[5] S.S. Benedicto XVI, Homilía en las Vísperas de la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, inauguración del Año Paulino 28-VI-2008.

[6] San Alberto Hurtado, Textos sacerdotales.

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martes 29 junio, 2021