HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN LA SANTA MISA CRISMAL 2021

“Seamos capaces de confortar a los que están en cualquier dificultad, mediante el mismo consuelo que recibimos de Dios” (2 Cor 1, 4).

Queridos hijos y hermanos sacerdotes:

Celebramos esta Misa Crismal en un momento muy difícil para Piura y Tumbes a consecuencia de la pandemia que venimos padeciendo desde el año pasado, y que está dejando a su paso mucho dolor y muerte. Por este motivo, y a diferencia de otros años, algunos de nuestros hermanos sacerdotes no han podido venir desde sus parroquias y comunidades para estar con nosotros esta mañana, pero lo están espiritualmente. Desde aquí nos unimos fraternalmente a ellos, y rezamos por su santidad, salud e intenciones.

En este marco de emergencia sanitaria, hoy renovaremos nuestras promesas sacerdotales, es decir, la alegría de la unción recibida el día de nuestra ordenación sacerdotal. Al hacerlo, el Señor Jesús nos pide más que nunca profundizar y crecer en nuestro “oficio de amor”, es decir, en nuestra entrega de amor a Él y a los hermanos.

El sacerdote, como padre espiritual que es, no puede abandonar a los fieles cristianos que le han sido confiados. Hoy más que nunca, nuestro pueblo fiel necesita de nuestra presencia, necesita ser amado, consolado, curado con la gracia de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía, la Confesión y la Unción, así como ser alentado por la Palabra de Dios, la única Palabra capaz de abrirnos al futuro con confianza.

San Pablo nos asegura que el Señor, “nos conforta en toda prueba, para que también nosotros seamos capaces de confortar a los que están en cualquier dificultad, mediante el mismo consuelo que recibimos de Dios” (2 Cor 1, 4). Por ello, que en esta Semana Santa llegue de nuestra parte una palabra de esperanza y de compasión a todos, pero especialmente a los que más sufren y padecen. Es parte esencial de nuestra vocación por el «munus docendi» recibido el día de nuestra ordenación.           

La renovación de nuestras promesas sacerdotales no es un simple renovar un conjunto de responsabilidades a la manera de un contrato que se renueva anualmente. Ella es fundamentalmente un volver la mirada hacia Jesús, el autor y consumador de nuestra fe (ver Hb 12, 2), y por tanto de nuestra vocación. Y en ese cruzar la mirada con el Señor, dejarnos traspasar por su amor y renovarnos en la certeza de nuestro llamado, y de que, por Él, con Él y en Él, todo es posible, por más pequeños, limitados y frágiles que seamos. Como nos dijo el Papa Francisco en su discurso a los sacerdotes, consagrados, consagradas y seminaristas del Norte del Perú, en su memorable Viaje Apostólico a nuestra Patria: 

“El encuentro con Jesús cambia la vida, establece un antes y un después. Hace bien recordar siempre esa hora, ese día clave para cada uno de nosotros en el que nos dimos cuenta, en serio, de que «esto que yo sentía» no eran ganas o atracciones sino que el Señor esperaba algo más. Y acá uno se puede acordar: ese día me di cuenta.  La memoria de esa hora en la que fuimos tocados por su mirada”.[1]

Por ello les reitero lo que les escribí el año pasado: “Renovar nuestras promesas sacerdotales es renovar nuestro SÍ sacerdotal redescubriendo con asombro aquello que somos, aquello que el Señor ha querido que seamos por pura gracia suya para bien de su Pueblo: «Alter Christus» (otro Cristo), que actúa según su persona, «in persona Christi capitis» (según la persona de Cristo cabeza). Renovar nuestras promesas sacerdotales es reafirmar desde nuestra libertad, nuestra firme intención de unirnos más íntima y fielmente al Señor Jesús, por medio de la renuncia a nosotros mismos y del fiel cumplimiento de los sagrados deberes que por amor a Él asumimos gozosos el día de nuestra ordenación para servicio de la Santa Iglesia. Renovar nuestras promesas sacerdotales es tomar mayor conciencia de la grandeza del ministerio que el Señor nos ha confiado al hacernos dispensadores de los sagrados misterios de Dios, sobre todo de la Eucaristía y del sacramento de la Reconciliación. Ciertamente el ministerio sacerdotal que el Señor Jesús nos ha confiado encuentra en el «munus santificandi» su más plena realización. La celebración piadosa y fiel de los misterios de Cristo debe comprometer las mejores energías de nuestra vida sacerdotal ya que es lo medular y más importante de nuestro ministerio. Pero también debe comprometer el mejor de nuestros esfuerzos el ministerio de la predicación. Ser sacerdote supone gastar la propia vida en el anuncio del Señor Jesús, el Verbo encarnado, muerto y resucitado, a cuya luz sólo se esclarece el misterio del hombre”.[2]

En este año de pandemia, podemos decir que nuestro «munus santificandi» ha adquirido más sentido, profundidad y belleza con la administración, más frecuente que de costumbre, del sacramento de la Unción de los Enfermos, el cual nos ha permitido ampliar la mirada a la experiencia de la enfermedad y del sufrimiento, en el horizonte de la misericordia de Dios.

Jesús, en efecto, enseñó a sus discípulos a tener su misma predilección por los enfermos, y por quienes sufren, y les transmitió la capacidad y la tarea de seguir dispensando en su nombre y según su corazón, su alivio y paz, a través de la gracia especial de este Sacramento. Así nos lo transmite el apóstol Santiago: “¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que recen por él y lo unjan con el óleo en el nombre del Señor. La oración hecha con fe salvará al enfermo y el Señor lo restablecerá; y si hubiera cometido algún pecado, le será perdonado” (Stgo 5, 14-15).

Por eso, cada vez que celebramos este sacramento, el Señor Jesús, se hace cercano en nosotros sus sacerdotes, a quien más sufre y está gravemente enfermo, o es anciano, para confortarlo, perdonarlo y amarlo con su amor y gracia. Precisamente en esta Misa Crismal y dentro de unos instantes, bendeciré el óleo de los enfermos, materia de este sacramento.

Esta Semana Santa, aunque lamentablemente la tendremos que celebrar de nuevo de manera virtual, será también una ocasión única para hacerle experimentar a nuestra grey lo que Cristo dijo en el Evangelio: “No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha decidido daros el Reino” (Lc 12, 32). De esta manera advertirá en nosotros la presencia del mismo Cristo Buen Pastor que apacienta a su rebaño, lo guía y lo cuida, porque lo ama profundamente. Es nuestro «munus regendi» por el cual Cristo nos ha confiado a su Pueblo, para que éste nunca más este extenuado, desorientado, angustiado y abandonado como ovejas que no tienen pastor (ver Mt 9, 36). San Agustín, en su Comentario al Evangelio de San Juan, dice: “Apacentar el rebaño del Señor ha de ser compromiso de amor” (123, 5).

Que, en esta Semana Santa, nuestro pueblo nos sienta ministros del Señor Jesús, y que advierta que llevamos sus nombres e historias, muchas de ellas cargadas de dolor y de esperanza, en nuestros corazones. Que, a través de nuestra presencia, palabras y obras, reciban el óleo de alegría que nos ha otorgado Jesús, el Ungido del Padre, para que así se sientan reconfortados y renovados en la esperanza, aquella que sólo da Cristo resucitado.

Hoy que consagramos el santo crisma para los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y el Orden Sagrado, así como los óleos de los catecúmenos y de los enfermos, recordemos que la unción que hemos recibido el día que fuimos ordenados sacerdotes del Señor, es sobre todo para los pobres, para los cautivos, para los enfermos, para los que están tristes y solos, para los descorazonados y desesperados, para los más vulnerables y los descartados (ver Lc 4, 18).

Queridos sacerdotes: Les agradezco el servicio sacerdotal que realizan en nuestras comunidades, así como la entrega paternal con que acompañan día a día el crecimiento de la vida cristiana en nuestros hermanos. En nombre de Jesús, el Buen Pastor, los animo a seguir adelante cuidando y defendiendo la vida humana desde la concepción, pero también la de los niños, jóvenes, ancianos, así como a las familias, verdaderas Iglesias domésticas, cenáculos de amor y santuarios de la vida.

Quiero especialmente agradecerles el celo por la salvación de las almas que han testimoniado en este año de pandemia, llevando el consuelo de la Palabra del Señor y de los Sacramentos, a todos aquellos que lo necesitaban. Lo han hecho arriesgando su salud y sus vidas. Durante toda esta crisis sanitaria no han huido ni abandonado al rebaño. Con sus propias manos, han tocado el dolor de nuestros fieles y les han llevado el consuelo del amor de Dios. Mi reconocimiento y gratitud por ello. Animados con este mismo espíritu, dispongámonos ahora a renovar nuestras promesas sacerdotales, aquellas que hicimos el día de nuestra ordenación ante nuestro Obispo y el Pueblo de Dios, y recordemos con fe, esperanza y gratitud a los sacerdotes fallecidos entre nosotros. 

Quisiera concluir esta homilía con esta oración anónima, y a través de ella pedirle a la Virgen María, Madre y Reina nuestra, que cuide y proteja a todos los sacerdotes y diáconos de Piura y Tumbes:

Salve, Madre de Jesús Sacerdote y víctima
y, en Él, Madre de los sacerdotes.

Intercede por ellos, Santa Madre de Dios
para que a imagen del Señor Jesús,
sean fieles a la gracia, al Evangelio y a la predicación.

Que encendidos en el amor por los hermanos,
y siguiendo el ejemplo de Jesús, el Buen Pastor,
conduzcan al Pueblo de Dios
por los caminos de la oración, de la Eucaristía y del perdón.

Socórrelos en su ministerio, Virgen bendita,
líbralos de todo mal y peligro;
que sean para su pueblo
como la semilla de mostaza, pequeñita, humilde,
pero que da cosecha frondosa de santidad y amor;
como la levadura que en mínima cantidad en la masa
se vuelve fermento seguro de reconciliación y de esperanza.

En esta hora de pandemia,
ruega por tus sacerdotes, Santa Madre de Dios,
para que se dejen conquistar por Cristo, y sean uno con Él,
y así obren como mensajeros de esperanza, de consuelo, de bondad y de paz.
Cúbrelos con tu manto maternal,
líbralos de todo pecado, y del mal de esta peste.

Amén.

San Miguel de Piura, 30 de marzo de 2021
Martes Santo – Misa Crismal

[1] S.S. Francisco, Encuentro con los Sacerdotes, Religiosos, Religiosas y Seminaristas del Norte del Perú, 20-I-2018.

[2] Mons. José Antonio Eguren Anselmi, Carta a los Sacerdotes por Jueves Santo, 09-IV-2020.

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martes 30 marzo, 2021