HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN EL VI DOMINGO DE PASCUA 2022

“Ven Espíritu Santo, defiéndenos y enséñanos la Verdad”

Estamos viviendo la fase final del tiempo pascual. Pronto Jesús ascenderá a los cielos, y desde allí cumplirá con su promesa de no dejarnos solos o huérfanos (ver Jn 14, 18), y nos enviará su Espíritu, el Espíritu de la Verdad y del Amor. Una vez concluida la Última Cena con sus Apóstoles, Jesús pronunció las palabras que nos transmite el Evangelio de hoy (ver Jn 14, 23-29). Ellas forman parte de su discurso de despedida (ver San Juan, capítulos del 14 – 17). Por tanto, nos transmiten lo más significativo que Jesús quiso decirnos antes de su Pasión, para que nosotros las guardemos cuidosamente en el corazón, tal como lo hizo Santa María (ver Lc 2, 19). 

A lo largo de su discurso de despedida, Jesús anunció hasta en cinco ocasiones el envío del Espíritu Santo. El Evangelio de hoy Domingo, nos transmite el segundo de estos anuncios: “Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn 14, 25-26). 

Es importante notar que el Señor Jesús se refiere al Espíritu Santo con el sobrenombre de “Paráclito”, y nos revela su misión: “Él les enseñará todo y les recordará todo” (Jn 14, 26). Veamos en detalle cada cosa.

En primer lugar, ¿qué significa “Paráclito”? La palabra viene del latín paraclĭtus, y del griego παρκλητος paráklētos, que significa “abogado”, “defensor”, “intercesor”, “consolador”. Por tanto, la misión del Espíritu Santo, es la de asistirnos, defendernos, consolarnos en nuestras tribulaciones, y abogar en favor nuestro. El Espíritu Santo es Aquel que, de manera activa y constante, nos defiende de las perversidades y asechanzas del maligno y de todos aquellos que buscan nuestro mal. Asimismo, nos ayuda a rechazar la tentación y a vencer al pecado.  

De aquí brota una pregunta para nuestra reflexión: ¿Le rezamos al Espíritu Santo? ¿Invocamos su ayuda y asistencia de manera constante, pero sobre todo en los momentos de duda, confusión,  tentación y prueba? En nuestro combate espiritual contra el demonio, el mundo y nuestro hombre viejo, ¿le pedimos que nos defienda e ilumine? El Espíritu Santo, que es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, actúa en nuestro corazón, y nos ayuda en la lucha que nosotros, los discípulos de Jesús, tenemos con un mundo que, para San Juan en su Evangelio, se cierra a la Verdad y al Amor del Señor. Al tiempo que da testimonio de Jesús, el Espíritu Santo condena al mundo, por no creer en Cristo como su Salvador (ver Jn 16, 8-10).

Pero además de ser nuestra fortaleza y defensa, el “Paráclito” tiene además una misión de gran importancia en la vida de la Iglesia y de los cristianos: La de enseñarnos, y ser la memoria del Señor. Es decir, ser Aquel que nos instruye en la Verdad, y nos ayuda a comprender en toda su altura, anchura y profundidad, todo lo enseñado por Jesús, para después guardarlo en nuestro corazón.

El Espíritu Santo no aporta ninguna nueva revelación a lo ya revelado por Jesús, pero nos hace comprender lo dicho por el Señor, y nos da la fortaleza para vivirlo, “porque las palabras que yo les he hablado son espíritu y son vida” (Jn 6, 63). Si Jesús durante su ministerio público nos ha revelado plenamente la Verdad de Dios y del hombre, la función del Espíritu Santo, del “Paráclito”, será la de ayudarnos a comprender, e interiorizar esta enseñanza para hacerla vida cotidiana, y dar testimonio de ella. Podemos afirmar entonces que, el “Paráclito”, es el que nos hace “caer en la cuenta”, Aquel que nos hace comprender, en toda su trascendencia y profundidad sobrenatural y divina, las palabras y enseñanzas de Cristo, que son fuente de vida eterna.

Por ello es tan importante no descuidar la recepción oportuna del Sacramento de la Confirmación, donde recibimos en plenitud al Espíritu con sus siete dones, quien en el Bautismo nos dio un nuevo ser y vida en Cristo. No interesa la edad que podamos tener. Si no estamos confirmados, hay que prepararse en la Parroquia para recibir este sacramento. Como bien enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: Es preciso, pues, explicar a los fieles que la recepción de este sacramento es necesaria para la plenitud de la gracia bautismal. En efecto, a los bautizados, «el sacramento de la Confirmación los une más íntimamente a la Iglesia y los enriquece con una fortaleza especial del Espíritu Santo. De esta forma se comprometen mucho más, como auténticos testigos de Cristo, a extender y defender la fe con sus palabras y sus obras»”.[1]

Necesitamos del Espíritu Santo, quien para muchos lamentablemente todavía es un gran desconocido. Así lo llamó acertadamente un gran teólogo de la Iglesia, quien incluso le dedicó un libro con este título.[2] Sin Él, no podemos entender las palabras de Jesús, y vivir de manera integral y coherente nuestra fe. Sin Él, no podemos adquirir la forma de pensar, sentir y actuar de Cristo, y por tanto ser santos, ser otros Cristos. Sin Él, sería imposible hacer realidad el pedido de Jesús al inicio del Evangelio de hoy, de guardar, atesorar, y vivir su Palabra: “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado” (Jn 14, 23-24). 

Y lo más hermoso es que, cuando más nos abrimos a la acción del Espíritu Santo en nuestras vidas, más plena se hace la inhabitación o morada de la Santísima Trinidad en nuestros corazones: “Vendremos a él, y haremos morada en él”.

Gran aliada del Espíritu Santo es María Santísima. Ella mejor que nadie sabe que Él nos defiende de toda maldad, del pecado, de la mentira y nos ayuda a cumplir con el pedido de Jesús: “El que me ama guardará mi palabra” (Jn 14, 23). Nadie como Ella vivió una vida de estrecha unión y cooperación con el Espíritu Santo, a quien acogió en su Inmaculada Concepción, en la Anunciación-Encarnación, y en Pentecostés.

Por ello, la devoción mariana va siempre unida a la adoración y gloria que le debemos al Amor personal que procede del Padre y el Hijo, y que es el Espíritu Santo.

Para concluir, nuestro querido Papa Francisco, nos enseña al respecto: “El Señor hoy nos invita a abrir nuestros corazones al don del Espíritu Santo, para guiarnos por los caminos de la historia. Día a día nos enseña la lógica del Evangelio, la lógica de recibir el amor, «enseñándonos todo» y «recordándonos todo lo que el Señor nos dijo». Que María, a quien en este mes de mayo veneramos y rezamos con especial devoción como nuestra Madre celestial, siempre proteja a la Iglesia y a toda la humanidad. Que Ella que, con fe humilde y valiente, cooperó plenamente con el Espíritu Santo para la Encarnación del Hijo de Dios, también nos ayude a dejarnos instruir y guiar por el Paráclito, para que podamos acoger la Palabra de Dios y testimoniarla con nuestras vidas”.[3]

  San Miguel de Piura, 22 de mayo de 2022
VI Domingo de Pascua

[1] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1285.

[2] Ver R.P. Antonio Royo Marín O.P., “El Gran Desconocido: El Espíritu Santo y su Dones”. Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), Colección Minor.

[3] S.S. Francisco, Regina Coeli, 26-V-2019.

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