HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN EL DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR 2021

“Hosanna al Hijo de David…Crucifícale”
Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

Hoy celebramos el Domingo de Ramos que conmemora la entrada triunfal del Señor Jesús a la ciudad santa de Jerusalén. Así damos inicio a las celebraciones de Semana Santa, donde acompañaremos a Jesús en su entrega por amor a nosotros en la Cruz y donde seremos testigos, por la fe y el misterio de la Eucaristía, de su gloriosa Resurrección. En estos días santos, somos invitados a abrirle nuestro corazón al Señor y a dejarnos acariciar por el amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, quien por amor a nosotros padece, muere y resucita glorioso. Jesús no se cansa de amarnos. No le cerremos el corazón. Más bien dejémonos amar por Él para que así, tocados y transformados por su amor, seamos capaces de amar, ya que el hombre no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás.

En este Domingo se leen dos Evangelio. Por un lado, al comienzo de la Misa, el texto de la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén (ver Mc 11, 1-10). El Señor, acompañado de una multitud, donde no faltaron los niños y jóvenes hebreos, ingresa a la ciudad santa y es aclamado con ramos de olivo y con mantos que ponen a sus pies. Del otro lado, en la Liturgia de la Palabra de la Misa, está el relato de la Pasión, este año según San Marcos (ver Mc (14, 1—15, 47).

Hay un contraste muy marcado entre estos dos momentos de la vida del Señor Jesús que la liturgia pone en evidencia: Primero, la aclamación al Señor diciendo: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas! (Mc 11, 9-10). Y pocos días después, muy probablemente aquellos mismos que lo había aclamado, le exigían a gritos a Pilato, el gobernador romano: “Crucifícalo, crucifícalo” (Mc 15, 13). Este contraste evidencia cuan débiles, infieles e inconstantes somos muchas veces en nuestro seguimiento de Cristo. Más aún, muestra que todos tenemos parte en la muerte de Jesús en la cruz, porque todos somos pecadores. Por tanto, todos tenemos necesidad del perdón y de la misericordia de Dios. Todos tenemos necesidad de esta Semana Santa que hoy comienza. Ojalá que así lo comprendamos y la aprovechemos.

Pero hoy, Jesús no sólo entra a Jerusalén, sino que también entra a cada una de nuestras ciudades, pueblos, hospitales, Villas Covid, familias, y centros de trabajo, marcados por el dolor, el luto y la pobreza provocados por la pandemia. Entra también a nuestros caseríos y centros poblados, afectados por los desbordes y huaicos causados por las recientes lluvias. Entra también en cada uno de nosotros: En ti que estas enfermo de Covid-19; en ti que lloras la muerte de un ser querido, de un amigo entrañable, de un compañero de armas o de labores; en ti que has perdido tu trabajo y sufres el desempleo; en ti que vives en la angustia, la incertidumbre y en la duda sobre el futuro.

Sí, Jesús entra hoy a nuestras ciudades y pueblos, pero sobre todo a nuestros corazones, para identificarse con nuestro sufrimiento. No nos olvidemos que Él es el Varón de Dolores y que precisamente entra a Jerusalén para padecer y morir en la Cruz por nuestros pecados. Hoy Jesús nos dice: Yo sé lo que es sufrir. Yo padecí las calumnias, el rechazo, los insultos, el abandono, la traición, la flagelación, la corona de espinas, el peso de la cruz, los clavos en mis manos y pies, la lanza en mi costado, las tres horas de larga agonía y la muerte. Por ello, descarga en Mí todo tu sufrimiento, ten la seguridad que mi Amor no te abandona nunca, y que estoy contigo en estos momentos difíciles. Mi Amor no sólo te dará consuelo, sino que te abrirá a la esperanza. “Hoy, en el drama de la pandemia, ante tantas certezas que se desmoronan, frente a tantas expectativas traicionadas, con el sentimiento de abandono que nos oprime el corazón, Jesús nos dice a cada uno: Ánimo, abre el corazón a mi amor. Sentirás el consuelo de Dios, que te sostiene”.[1]

Así como la gente de Jerusalén ponía sus mantos al paso de Jesús montado en un pollino o piajeno, como aquí decimos, pongamos también hoy a los pies de Jesús nuestros dolores y preocupaciones, nuestras oraciones y súplicas, con la seguridad que Él nos escuchará y ayudará. ¡No nos dejemos robar la esperanza! Si el Señor nos une ahora a una cruz como la suya, tengamos la seguridad que nos unirá también a una resurrección como la suya.  

Hoy bendecimos nuestras palmas y ramos, y muchos de nosotros las colocaremos después en algún lugar privilegiado del hogar, o mejor aún en la puerta de nuestras casas, para así dar testimonio público de nuestra fe en Cristo como nuestro Rey y Señor. ¿Cuál es el verdadero sentido de las palmas en nuestro hogar? Es tener presente que Jesús es nuestro REY y que debemos siempre acogerle, por la fe, en nuestra familia.

Que Jesús sea nuestro Rey, significa que Él y sólo Él es nuestro Señor y Salvador, es decir, el único que le da a nuestra vida, su sentido verdadero, la libertad auténtica, y la salvación eterna. El Señor Jesús es el único capaz de darnos la victoria sobre el pecado y la muerte. Tener nuestras palmas y ramos es comprometernos a seguirlo siempre, sea en la alegría como en el dolor.  

Con el Domingo de Ramos comenzamos a vivir la Semana Santa. Acompañemos a Jesús en su “Hora” (ver Jn 13, 1) con nuestra oración, sacrificios y el arrepentimiento de nuestros pecados. Acudamos estos días al Sacramento de la Confesión para morir al pecado y resucitar con Cristo el Día de Pascua.

Que, durante estos días santos, y de la mano de Santa María, descubramos la belleza del amor, porque la Semana Santa, y en particular la Pascua, es la celebración de nuestra salvación, es la fiesta del amor del Señor por nosotros, es descubrirnos amados y llamados a amar.

Finalmente, al inicio de la Semana Santa, quisiera dirigirme a los jóvenes de Piura y Tumbes, y con el Papa Francisco decirles: Necesitamos de los jóvenes hoy, pero jóvenes con esperanza, jóvenes con fortaleza. No queremos jóvenes debiluchos, jóvenes que están “ahí no más”, ni sí ni no. Queremos jóvenes que vayan contracorriente, queremos jóvenes apóstoles de otros jóvenes. ¿Por qué? Porque conocen, aman y siguen a Jesús, porque conocen a Dios, porque tienen un corazón libre.

Queridos jóvenes: Jesús en la cruz estuvo acompañado por su Madre, la Virgen María, unas cuantas mujeres y el más joven de los doce apóstoles, San Juan (ver Jn 19, 25-27.35). Así, en medio del peligro que corrían los discípulos del Señor, el más valiente no fue el de mayor edad o el más preparado, sino el más joven de todos. Junto con María, fue San Juan el que participó de forma más plena de los misterios de la Semana Santa.

Es San Juan, a quien se le conoce también como el discípulo amado, o como el discípulo a quien Jesús tanto amaba (ver Jn 13, 23;21, 7), el que nos revela con su presencia y fidelidad a Cristo hasta el final, que los jóvenes están hechos para la Semana Santa. Él fue testigo de la última cena, de la cruz y de la tumba vacía. Es, en la persona del apóstol y evangelista San Juan, que se puede ver el cariño especial que Jesús tiene por la juventud de todos los tiempos. Por eso queridos Jóvenes vivan esta Semana Santa haciéndoles compañía a Jesús y a María con su amor y fidelidad. Él es el Amigo que nunca falla, que no quita nada y lo da todo. Que así sea. Amén.

San Miguel de Piura, 28 de marzo de 2021
Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

[1] S.S. Francisco, Homilía en el Domingo de Ramos, 05-IV-2020.

Puede descargar el archivo PDF de esta Homilía de nuestro Arzobispo desde AQUÍ

domingo 28 marzo, 2021