HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO DE PIURA EN LAS ORDENACIONES SACERDOTALES Y DIACONALES 2022

HOMILÍA
ORDENACIONES SACERDOTALES Y DIACONALES
40 AÑOS DE SACERDOCIO

En este tiempo de Adviento, cercana ya la hermosa Solemnidad de la Natividad del Señor Jesús, la Iglesia que peregrina por Piura y Tumbes, se ve bendecida con el don de tres nuevos sacerdotes y seis nuevos diáconos, cinco de nuestra Arquidiócesis y uno perteneciente a la Congregación de los Canónigos Regulares de Inmaculada Concepción. Demos gracias a Dios Padre, por medio de Jesucristo nuestro Señor, en el gozo del Espíritu, por este don de su amor, y a la vez que le agradecemos su generosidad para con nosotros, “roguemos al dueño de la mies que envíe más obreros a su mies” (Lc 10, 2), conforme a la instrucción que hemos recibido del Señor Jesús en el Santo Evangelio. 

Ser sacerdotes a fondo, sacerdotes ciento por ciento

En primer lugar, quiero reflexionar esta mañana en el don del sacerdocio ministerial. Como nos enseña el Magisterio: “Los sacerdotes son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representación sacramental de Jesucristo, Cabeza y Pastor, proclaman con autoridad su palabra; renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación, principalmente con el Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía; ejercen, hasta el don total de sí mismos, el cuidado amoroso del rebaño, al que congregan en la unidad y conducen al Padre por medio de Cristo en el Espíritu. En una palabra, los presbíteros existen y actúan para el anuncio del Evangelio al mundo y para la edificación de la Iglesia, en el nombre y en la persona de Cristo, Cabeza y Pastor”.[1]     

Queridos Emanuel, Denis Marín y Gino Manuel Martín. El día de hoy, gracias a la imposición de manos y la oración consecratoria, ustedes quedarán configurados para siempre, en el tiempo y la eternidad, con Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. A partir de hoy cada vez que hablen y obren celebrando los sagrados misterios, será el Señor Jesús quien hable y obre en ustedes y a través de ustedes. No obrarán en nombre propio, sino en nombre de Cristo: “Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”; “Yo te absuelvo de tus pecados”. Jesús quiere valerse de sus labios y de sus manos, y de la entrega de todo su ser, para santificar, enseñar, y pastorear a su rebaño. Esto les va a exigir dárselo todo al Señor y no reservarse nada para sí.  

Queridos hijos: En el momento de vuestra ordenación sacerdotal, mediante el signo litúrgico de la imposición de las manos, Cristo los podrá bajo su especial protección. Estarán a partir de hoy, y para siempre, escondidos en las llagas santas y glorificadas de sus manos y en el costado de su Sagrado Corazón. Por ello nunca tengan miedo de ser sacerdotes a fondo, sacerdotes ciento por ciento.

Dentro de poco, sus manos serán ungidas con el santo crisma, signo del Espíritu Santo. Ellas quedarán consagradas para servir como las manos amorosas y misericordiosas del mismo Señor Jesús, en la Iglesia y en el mundo. Como bien saben, el sacramento del Orden imprimirá es sus corazones un signo espiritual indeleble, es decir, imborrable e indestructible. El carácter sacramental producirá entre Cristo Sacerdote y ustedes, una identificación ontológica profunda y total. Será tarea de ustedes, en activa cooperación con la gracia sacramental recibida el día de hoy, que esa identificación con Cristo Sacerdote, Cabeza y Pastor, se refleje cada día más y mejor en sus vidas, de tal manera que ustedes sean para los fieles cristianos una imagen viva de Jesús, el Buen Pastor, que da la vida por sus ovejas (ver Jn 10, 11).  

La caridad pastoral

El medio para lograrlo será la vivencia de la caridad pastoral, que es “don gratuito del Espíritu Santo y, al mismo tiempo, tarea y llamada a la respuesta libre y responsable del sacerdote”.[2] La caridad pastoral, principio interior y dinámico capaz de unificar las múltiples y diversas actividades del sacerdote, “es aquella virtud con la que nosotros imitamos a Cristo en la entrega de sí mismo y en su servicio. No es sólo aquello que hacemos, sino la donación de nosotros mismos, lo que muestra el amor de Cristo por su grey. La caridad pastoral determina nuestro modo de pensar y de actuar, nuestro modo de comportarnos con la gente”.[3]

Al respecto, el Papa Francisco nos enseña que, “el corazón del sacerdote es un corazón traspasado por el amor del Señor; por eso no se mira a sí mismo —no debería mirarse a sí mismo— sino que está dirigido a Dios y a los hermanos. Ya no es un «corazón bailarín», que se deja atraer por las seducciones del momento, o que va de aquí para allá en busca de aceptación y pequeñas satisfacciones. Es más bien un corazón arraigado en el Señor, cautivado por el Espíritu Santo, abierto y disponible para los hermanos”.[4]

Queridos hijos: El sacerdote está llamado a ser el hombre del Amor, aquel que hace presente entre los hermanos al Amor hecho carne, Jesucristo nuestro Señor, y esto sólo se puede alcanzar cuando se vive por el Señor Jesús, para el Señor Jesús, con el Señor Jesús y en el Señor Jesús. Qué importante entonces será para ustedes vivir diariamente una vida de profunda comunión con Cristo.

Para ello, amen la Santa Misa. La caridad pastoral fluye, sobre todo, del sacrificio eucarístico, que es centro y raíz de toda la vida del presbítero. Igualmente, cuiden cada día los tiempos dedicados a la oración, tanto personal como vocal, y especialmente la Liturgia de las Horas. Sean generosos en las mortificaciones. No abandonen la formación permanente. Prevean en su plan diario de vida, tiempo para el estudio, tanto del Magisterio de la Iglesia, como de la Teología.

Aunque parezca duro afirmarlo, los sacerdotes no tenemos derechos, sólo deberes: El deber de predicar la Palabra de Dios a todos; el deber de enseñar la fe de la Iglesia a los niños, jóvenes y adultos por medio de la catequesis; el deber de administrar los sacramentos y de visitar a los enfermos y a los sanos; el deber de conducir a Cristo a todos con un amor que no excluya a nadie, pero que tenga a los pobres y a los jóvenes como a sus predilectos; el deber de no dejar abandonado a Jesús en el Sagrario; el deber de ser un buen pastor que busca a las ovejas extraviadas y cura a las enfermas, aunque pase muchas horas en el confesionario; el deber de defender la dignidad de la persona humana desde la concepción hasta su fin natural con la muerte; el deber de cuidar a los niños, los adolescentes y a los más vulnerables; el deber a escuchar a los demás, que es el ambiente donde la evangelización germina, florece y da frutos. En una palabra, el deber de darles a las ovejas en nombre de Cristo “la vida eterna”, para que las ovejas no perezcan y jamás sean arrebatadas de las manos de Jesús, el Buen Pastor (ver Jn 10, 28). 

Servidores de la Palabra, de la Eucaristía y de los Hermanos 

Quisiera también esta mañana, dirigirme a Kevin Eduardo, Carlos Junior, Juan Carlos, Rony Fabián, Moisés Misael, y Kelvin Iván, quienes esta mañana serán ordenados diáconos en camino hacia el sacerdocio ministerial. Como claramente lo expresa el ritual de la ordenación diaconal, hoy se les imponen las manos no en orden al sacerdocio, sino para realizar un servicio, quedando configurados con Cristo servidor.

Recibirán el Espíritu Santo para servir de ayuda a su obispo y a su presbiterio en el ministerio de la Palabra, del Altar y de la Caridad. Desde ahora los exhortó a que, durante este tiempo de camino al presbiterado, se esfuercen por cultivar en sus corazones los anhelos por el sacerdocio, haciendo de sus vidas con Cristo un sacrificio de alabanza a Dios y de amor al prójimo.   

Serán ministros de la Palabra de vida, por ello profundicen y ahonden en ella en un clima de orante estudio. Sólo quien escucha y acoge la Palabra puede convertirse después en su anunciador. No se trata de enseñar al Pueblo de Dios la propia sabiduría sino la sabiduría de Dios en comunión con la Iglesia. Como bien enseña el Concilio: Es necesario, pues, que todos los clérigos, sobre todo los sacerdotes de Cristo y los demás que como los diáconos y catequistas se dedican legítimamente al ministerio de la Palabra, se sumerjan en las Escrituras con asidua lectura y con estudio diligente, para que ninguno de ellos resulte predicador vacío y superfluo de la Palabra de Dios, que no la escucha en su interior, puesto que debe comunicar a los fieles que se le han confiado, sobre todo en la Sagrada Liturgia, las inmensas riquezas de la Palabra divina”.[5] Sólo así podrán proclamar dignamente la Palabra de Dios, preparar adecuadamente sus homilías, e instruir a los fieles cristianos.

Como nos enseña el Papa Francisco: “Nuestra gente agradece el Evangelio predicado con unción, agradece cuando el Evangelio que predicamos llega a su vida cotidiana, cuando baja como el óleo de Aarón hasta los bordes de la realidad, cuando ilumina las situaciones límites, «las periferias» donde el pueblo fiel está más expuesto a la invasión de los que quieren saquear su fe. Nos lo agradece porque siente que hemos rezado con las cosas de su vida cotidiana, con sus penas y alegrías, con sus angustias y sus esperanzas”.[6]

Como servidores del Altar les pido que, durante el tiempo de su diaconado, crezcan en su amor por la Eucaristía. Acompañen diariamente a Jesús escondido en el Sagrario, adórenle en la exposición solemne del Santísimo Sacramento, llévenle con amor a los hermanos en la Sagrada Comunión, sobre todo a los enfermos y moribundos. Trátenle con mucha reverencia en el servicio del Altar, y más todavía cuando llegue el momento en que sean ordenados sacerdotes, pues Él mismo, obediente a sus palabras, descenderá del Cielo a sus manos, en el Santo Sacrificio de la Misa.

Finalmente, dedíquense con esmero al servicio de la caridad. Desde ya, en el ejercicio ahora de su diaconado y más delante de su sacerdocio, tengan verdadero celo por la salvación de las personas en cuerpo y alma. Dando un testimonio creíble del Evangelio, preocúpense por el hombre entero, ciertamente por sus necesidades materiales y físicas: De los hambrientos, los enfermos, los sin techo. Pero preocúpense no sólo de su cuerpo, “sino también precisamente de las necesidades del alma del hombre: de las personas que sufren por la violación de un derecho o por un amor destruido; de las personas que se encuentran en la oscuridad respecto a la verdad, que sufren por la ausencia de la verdad y de amor”.[7]

Queridos Kevin Eduardo, Carlos Junior, Juan Carlos, Rony Fabián, Moisés Misael, y Kelvin Iván: Hoy asumirán, desde vuestra libertad, el celibato perpetuo por el Reino de los Cielos. No se olviden que el celibato es un signo luminoso de la caridad pastoral y de un corazón indiviso que les permitirá tener un amor vivo, íntimo y total por Jesús, y así poder vivir la entrega total de sí mismos en favor del rebaño, de modo que el Pueblo de Dios crezca en la comunión con su Señor y sea manifestación de la comunión de amor de la Santísima Trinidad. Amen su celibato y junto con él, la obediencia a su obispo. Una obediencia que debe ser respetuosa, educada, considerada y estar nutrida de amor. El celibato y la obediencia son las columnas fundamentales sobre las cuales se asienta el ministerio sagrado. Guárdense de toda murmuración y del chisme.

Quiero expresar mi felicitación más cariñosa a los padres, familiares y amigos de los nuevos sacerdotes y diáconos, al tiempo que les pido que sigan rezando por ellos. Mi gratitud a todos los que a lo largo de estos años han colaborado activamente en su formación. Los encomendamos a los cuidados maternales de Santa María, para que con su poderosa intercesión y guía maternal los sostenga en la fidelidad de ser santos ministros de su Hijo y los configure con el Señor Jesús, Sumo y Eterno sacerdote. Por ello queridos ordenandos, amen siempre a la Bienaventurada Virgen María, con los afectos nobles y puros del Sagrado Corazón de Jesús.

A María, a quien la Iglesia celebra estos días con el hermoso título de Nuestra Señora de la Esperanza, le confiamos a estos nuevos sacerdotes y diáconos.

40 años de sacerdocio

Finalmente, y como es de conocimiento de todos ustedes, estas ordenaciones sacerdotales y diaconales coinciden con la celebración de mis cuarenta años de vida sacerdotal que celebraré el día de mañana. Por eso, quiero elevar mi propia acción de gracias al Señor por el don de su Amor. Sin mérito de mi parte se fijó en mí y me llamó a su compañía. Como bien dice el apóstol San Pablo en un pasaje que me gusta meditar y repetir con frecuencia, “nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia” (2 Tim 1, 9).

Les pido mil disculpas si no sé expresar adecuadamente todo lo que siento en mi corazón. El Señor es el único que sondea y conoce plenamente los corazones. Él conoce la historia de mi vocación, sabe cuán agradecido estoy a su amor, de cuán arrepentido me siento de no haberle respondido siempre según el máximo de mis posibilidades y capacidades, y de cuánto anhelo renovarle hoy mi entrega y fidelidad, pues no puedo concebir mi vida sin Él. Sólo puedo decirle: ¡Gracias Señor por el don de mi vocación sacerdotal! ¡Gracias por tu amor fiel en mi vida!

En este aniversario sacerdotal tan importante, quiero nuevamente manifestar mi amor y gratitud a mis padres Alejandro y Blanca, quienes en el hogar cristiano que forjaron con mi hermano Alejandro, me dieron la vida y la fe, no dejan de acompañarme desde el Cielo con su amor.

Asimismo, quiero expresar mi afecto, y mi total y explícita fidelidad a Su Santidad el Papa Francisco, quien hoy cumple un nuevo año de vida. Ruego al Señor Jesús y a María Santísima, que lo sostengan y bendigan en todo momento, para que, con firmeza de roca apostólica, gobierne paternal y solícitamente a todo el Pueblo de Dios.

Mi gratitud a mi comunidad del “Sodalitium Christianae Vitae”, en cuyo seno descubrí mi vocación y aprendí a amar y a servir a la Santa Iglesia. Fue en ella donde se forjó mi sacerdocio. Fue ahí, donde aprendí a ser ministro de la vida sacramental, a proclamar y celebrar la Palabra de Dios, a cooperar en el crecimiento de la vida espiritual de mis hermanos, a ser artesano de comunión y reconciliación, a trabajar en el servicio evangelizador, y a defender la dignidad de toda persona humana creada a imagen y semejanza de Dios.   

Cómo no recordar hoy con gratitud al Eminentísimo Señor Cardenal Juan Landázuri Ricketts, O.F.M., quien, como Arzobispo de Lima y Primado del Perú, me diera los sacramentos de la Confirmación y de la Primera Comunión, y me impusiera las manos ordenándome sacerdote del Señor hace cuarenta años. Que el Señor lo tenga en su santa gloria.

Un recuerdo muy especial a mí querida parroquia de “Nuestra Señora de la Reconciliación”. Cómo no recordarlos hoy. Fueron once años de trabajo pastoral en medio de ella, desde sus orígenes. Encomiendo de manera especial a tantos buenos feligreses a quienes el Señor ya ha llamado a su presencia, con quienes compartí tantos momentos de fecundo trabajo evangelizador, y que me enseñaron a amar y hacer amar a la Iglesia.

Gracias también a mi querida Iglesia particular de Piura y Tumbes. Gracias por acogerme desde hace dieciséis años con tanto cariño. Son la razón de ser de mi servicio episcopal y forman ahora parte esencial de mi vida y vocación. Mi afecto y mi disponibilidad para con todos ustedes, sacerdotes, consagrados y consagradas, jóvenes, pobres y necesitados, y fieles laicos. Les pido perdón, por no haber sido para ustedes un mejor Padre y Pastor.

A los jóvenes de Piura y Tumbes, y entre ellos a mis queridos Seminaristas, les digo: ¡No tengan miedo! Tengan más bien el valor de darle a Jesús un “Sí” generoso.  No hay aventura más bella que la de seguir al Señor Jesús. No hay mayor ideal que seguir a Cristo en su Iglesia, que descubrir su llamado y acogerlo sin reservas. Si Jesús te llama a ser su sacerdote, respóndele con un “Sí” generoso y verás tu vida colmada y transfigurada de felicidad.

A María Santísima reservo mis últimas palabras. Desde mi tierna niñez, y después a lo largo de toda mi vida, su presencia ha sido constante.

Una y otra vez he experimentado su amor maternal, su protección y su poderosa intercesión. Quiero hoy renovarle mi amor filial y mi propósito de acogerla como mi Madre, a semejanza de San Juan al pie de la Cruz (ver Jn 19, 27), sobre todo en cada Eucaristía que celebre, así como lo hice en mi primera Misa, en la capilla del colegio Sophianum, el domingo 19 de diciembre de 1982.

Quiero contemplar en todo momento su radiante hermosura y su pureza inmaculada, como imagen y modelo de la Iglesia a la que debo servir y amar con todas mis fuerzas. Y sobre todo quiero dejarme siempre guiar y configurar por medio de Ella con su Hijo, el Señor Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote. Que así sea. Amén.

San Miguel de Piura, 17 de diciembre de 2022
Sábado de la III Semana de Adviento – Feria Privilegiada

[1] San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Pastores dabo vobis, n. 15.

[2] San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Pastores dabo vobis, n. 23.

[3] Ibíd.

[4] S.S. Francisco, Homilía en la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, en el Jubileo de los Sacerdotes por el Año de la Misericordia, 03-VI-2016.

[5] Vaticano II, Constitución Dogmática Dei Verbum, n. 25.

[6] S.S. Francisco, Homilía Santa Misa Crismal, 28-IV-2013.

[7] S.S. Benedicto XVI, Homilía en la Misa Crismal, 05-IV-2012.

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