Semana de Preparación. Del 12 al 16 de noviembre

I Congreso Arquidiocesano y II Encuentro Juvenil Arquidiocesano – Sullana 2007

“Jóvenes discípulos de Cristo Redentor”

Del 12 al 16 de noviembre

Semana de preparación en cada parroquia de la arquidiócesis

TEMA 01: JOVEN CRISTO TE AMA Y TE LLAMA

Objetivo: Que el joven tome conciencia que Dios en su infinito amor le tiene preparada una misión, para lo cual le llama.

“Jesús lo miró con amor y le dijo: Una cosa te falta: anda, cuánto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme” (Mc 10, 1).

“¡Ven y sígueme!”. La invitación que el Señor dirigió aquel día al joven citado en el evangelio llega hasta nuestros días. La Iglesia repite esta invitación a través de sus pastores(1).

Esta mirada del amor de Cristo precede a la vocación. Sin embargo, el amor de su mirada reviste otro significado, precede y lleva en sí una invitación a una vida más alta. Este amor de su mirada no se refiere a su pasado sino a su porvenir. El amor de Jesús es un amor nuevo que llama a una vida nueva. Es un don gratuito, un favor hecho al joven. Nunca hubiera podido merecer este favor ni este amor. Se podría preparar y disponerse a recibir la gracia de la vocación por el fiel cumplimiento de los mandamientos, pero nunca podría merecer el llamado en sí mismo, que viene del libre amor del Señor.

Es a los jóvenes a quienes Jesús mira con amor. Cristo, que dice “sígueme” quiere que vivan su vida con un sentido vocacional. Quiere que sus vidas tengan sentido y una dignidad concreta.

La búsqueda y el descubrimiento de lo que Dios quiere de cada joven es una aventura profunda y fascinante. Todo esto exige la actitud de confianza expresada en el Salmo “Me indicarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha” (Si 15, 11). Cada vocación, cada camino al que Cristo nos llama, conduce a la realización y al gozo, porque conduce a Dios, a compartir su propia vida.

Ya lo dice el documento de Aparecida “Los jóvenes son sensibles a descubrir su vocación a ser amigos y discípulos de Cristo. Están llamados a ser “centinelas del mañana”, comprometiéndose en la renovación del mundo a la luz del Plan de Dios. No temen el sacrificio ni la entrega de la propia vida, pero sí una vida sin sentido… En su búsqueda del sentido de la vida, son capaces y sensibles para descubrir el llamado particular que el Señor Jesús les hace”(2).

¡No esperemos más tiempo para dar una respuesta a la llamada del Señor! Es precisamente en este momento cuando nos asaltan los miedos y las dudas que nos distraen y que hacen más difícil la decisión. Y es entonces cuando más necesitamos sentirnos sostenidos por el Señor: “Yo estaré contigo”.

Los años de la juventud son los años que nos preparan para el futuro. El “mañana” depende mucho de cómo estén viviendo el “hoy” de la juventud. Ante los ojos, mis queridos jóvenes tienen una vida que deseamos que sea larga, pero es una sola, es única: no la dejen pasar en vano, no la desperdicien. Vivan con entusiasmo, con alegría, pero, sobretodo, con sentido de responsabilidad(3).

TEMA 02: SER JOVEN EN EL MUNDO DE HOY

Objetivo: Que el joven se sitúe en el mundo real en que vive y llegue a descubrir la influencia que tiene en la vida.

“Yo les he dado tu mensaje y el mundo les ha odiado porque no son del mundo como yo tampoco soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los defiendas del maligno. Así como tu me has enviado al mundo, así yo también los envío al mundo” (Jn 17, 14-15.18).

Ante la invitación de Jesús a dejarlo todo para seguirle y la respuesta generosa del joven, este se encuentra en un mundo que no le es en nada favorable para poder cumplir con su seguimiento, al contrario se encuentra con ideologías y formas de vida que le ofrecen lo que más quiere y busca, la felicidad. Sin embargo el trato y la cercanía con Jesucristo no sólo le ayudan a poder distinguir entre lo bueno y lo malo, entre lo eterno y lo efímero, entre la verdad y la mentira, sino que, siendo Él mismo el Camino, la verdad y la Vida, se nos ofrece como la única alternativa a ser vivida para alcanzar la felicidad que tanto anhelamos.

La humanidad en su totalidad siente la necesidad apremiante de dar un sentido y una finalidad a un mundo en el que aumenta la complejidad de ser feliz (NA, 1). El hombre se interroga a lo largo de toda su vida, y Cristo se convierte en el confidente y respuesta de las interrogantes de nuestra juventud. Frente a todos los programas, a los modos de ver el mundo y a las ideologías de una cultura de muerte, Cristo repite constantemente: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 25). “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10).

En los jóvenes está la esperanza, porque pertenecen al futuro y el futuro les pertenece. En efecto, la esperanza está siempre unida al futuro, es la espera de los “bienes futuros”. En este sentido, los jóvenes deben estar “siempre dispuestos para dar una respuesta a quien les pida cuenta de su esperanza” (1Pe 3, 15). La juventud por sí misma es una riqueza singular del hombre. El periodo de la juventud es un tiempo de descubrimiento particularmente intenso del “yo” humano y de las propiedades y capacidades que este encierra. Es la riqueza de descubrir y a la vez de programar, de elegir, de prever y de asumir como algo propio las primeras decisiones, que tendrán importancia para el futuro en la dimensión estrictamente personal de la existencia humana.

“Los jóvenes afrontan la vida como un descubrimiento continuo, sin dejarse llevar por las modas o las mentalidades en boga, sino procediendo con una profunda curiosidad sobre el sentido de la vida y sobre el misterio de Dios, Padre Creador y de Dios Hijo, nuestro redentor dentro de la familia humana. Deben comprometerse también en una continua renovación del mundo a la luz de Dios. Más aún, deben oponerse a los fáciles espejismos de la felicidad inmediata y de los paraísos engañosos de la droga, del placer, del alcohol, así como a todo tipo de violencia”(4).

S.S. Benedicto XVI en el Estadio de Pacaembu, Brasil, les decía a los jóvenes: “Mirándolos a ustedes, jóvenes aquí presentes, que irradian alegría y entusiasmo asumo la mirada de Jesús: una mirada de amor y confianza, con la certeza de que ustedes han encontrado el verdadero camino. Son jóvenes de la iglesia, por eso yo les envío para la gran misión de evangelizar a los jóvenes y a las jóvenes que andan errantes por este mundo, como ovejas sin pastor. Sean los apóstoles de los jóvenes, invítenles a que vengan con ustedes, a que hagan la misma experiencia de fe, de esperanza y de amor, se encuentren con Jesús, para que se sientan realmente amados, acogidos, con plena posibilidad de realizarse. Que también ellos y ellas descubran los caminos seguros de los Mandamientos y por ellos lleguen hasta Dios.

Podrán ser protagonistas de una sociedad nueva si buscan poner en práctica una vivencia real inspirada en los valores morales universales, pero también un empeño personal de formación humana y espiritual de vital importancia. Un hombre o una mujer no preparados para los desafíos reales de una correcta interpretación de la vida cristina de su medio ambiente será presa fácil de todos los asaltos de materialismo y del laicismo, cada vez más activos a todos los niveles.

Pero, sobretodo, el Papa espera que sepan ser protagonistas de una sociedad más justa y más fraterna, cumpliendo las obligaciones ante al Estado: respetando sus leyes; no dejándose llevar por el odio y por la violencia; siendo ejemplo de conducta cristiana en el ambiente profesional y social, distinguiéndose por la honestidad en las relaciones sociales y profesionales. Tengan en cuenta que la ambición desmedida de riqueza y de poder lleva a la corrupción personal y ajena; no existen motivos para hacer prevalecer las propias aspiraciones humanas, sean ellas económicas o políticas, con el fraude y el engaño.

“Los años que estáis viviendo son los años que preparan vuestro futuro. El “mañana” depende mucho de cómo estéis viviendo el “hoy” de la juventud. Ante los ojos, mis queridos jóvenes, tenéis una vida que deseamos que sea larga; pero es una sola, es única: no la dejéis pasar en vano, no la desperdiciéis. Vivid con entusiasmo, con alegría, pero, sobretodo, con sentido de responsabilidad(5).

TEMA 03: LOS JOVENES EN LA IGLESIA

Objetivo : Que los jóvenes se sepan miembros de la Iglesia, llamados a embellecerla como Jesucristo.

“Las partes del cuerpo son muchas, pero el cuerpo es uno; por muchas que sean las partes, todas forman un solo cuerpo. Así también Cristo. Hemos sido bautizados en el único Espíritu para que formáramos un solo cuerpo, ya fuéramos judíos o griegos, esclavos o libres. Y todos hemos bebido del único Espíritu” (1 Cor 12, 12-13)

Al compararnos con el cuerpo San Pablo nos ayuda a comprender cómo el Espíritu ha regalado a su Iglesia distintos dones en cada uno de sus hijos para que, complementándonos, cada quien desde su carisma y realidad peculiar, construyamos la Iglesia del Señor Jesús en el aquí y ahora de nuestro mundo. Así, se construye verdadera comunidad cuando cada uno participe activamente poniendo sus talentos al servicio de todos.

“Como Cuerpo de Cristo, -la Iglesia- ha recibido la misión de anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra (Cf Mt 28, 19), es decir, trasmitir a los hombres y mujeres de nuestro tiempo la Buena Nueva, que no sólo ilumina sino que también cambia su vida, hasta vencer incluso a la muerte”(6).

Y los jóvenes tienen también un lugar dentro de la Iglesia. Y diríamos que hasta un lugar privilegiado. Esta se mira a sí misma en los jóvenes. La Iglesia atribuye una especial importancia al periodo de la juventud como una etapa clave de la vida de cada hombre. Los jóvenes encarnan esa juventud de las naciones y de la sociedad, la juventud de cada familia y de toda la humanidad. Son también la juventud de la Iglesia. Por eso, la juventud no es solo algo personal o de una generación, sino algo que pertenece al conjunto de ese espacio que cada hombre recorre en el itinerario de su vida, y es a la vez un bien especial de todos. Un bien de la humanidad misma.

Los jóvenes somos parte de este cuerpo, por tanto necesarios. Sin nuestra presencia la Iglesia se manifestaría al mundo como mutilada. En palabras de S.S. Benedicto XVI, somos el “rostro joven de la Iglesia”: “Vosotros jóvenes no sois sólo el porvenir de la Iglesia y de la humanidad, como una especie de fuga del presente, por el contrario; sois el presente joven de la Iglesia y de la humanidad. Sois su rostro joven. La iglesia necesita de vosotros, como jóvenes, para manifestar al mundo el rostro de Jesucristo, que se dibuja en la comunidad cristiana. Sin el rostro joven la Iglesia se presentaría desfigurada(7).

La iglesia es nuestra casa, casa donde los jóvenes encontramos la respuesta que tanto buscamos y anhelamos; encontramos, también, los auxilios necesarios para nuestra vida en Cristo y para perseverar y crecer en él, incluso para poder ir contracorriente frente a un mundo que cada vez nos habla menos de Dios. Es en la Iglesia donde encontramos la ayuda, el consuelo y la fuerza necesaria ante las dificultades que se nos presentan; es en la Iglesia donde tenemos la experiencia de la misericordia y de la ternura de Dios para con los hombres. En la Iglesia y mediante la Iglesia llegamos a Cristo que nos espera.

Es pues en la Iglesia donde el joven comienza a cultivar el encuentro personal con Cristo, teniéndolo en el centro de su corazón, convirtiendo su vida en misión, enriqueciendo a la Iglesia trasparentando a Cristo que vive en ellos(8).

TEMA 04: LA EUCARISTIA Y LA JUVENTUD

Objetivo: Que los jóvenes encuentren en la Eucaristía todo el bien espiritual necesario para permanecer en Cristo, frente a las diversas situaciones de la vida que buscan arrastrarlo hacia una cultura de muerte.

“Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne, para la vida del mundo. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él” (Jn 6, 51.56).

Hablando de la Eucaristía el Concilio Vaticano II afirma que ella es “la cumbre a la cual tiende la acción de la Iglesia y al mismo tiempo, la fuente de la que recibe toda su fuerza(9). “Es la fuente y la cumbre de toda la vida”(10). Usando los términos “fuente y cumbre”, base y vértice, el Concilio Vaticano II ha querido decir que, en la vida y en la misión de la Iglesia, todo viene de la Eucaristía y todo lleva a la Eucaristía(11).

Es en la Eucaristía donde está reunido todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir Cristo mismo, “porque en el humilde signo del pan y del vino… Cristo camina con nosotros, como nuestra fuerza y nuestro viático y nos hace testigos de esperanza(12).

La Eucaristía ha nacido del amor de Cristo por nosotros. Aquí está el tesoro de la Iglesia, el corazón del mundo, la prenda del fin al que todo hombre, aunque sea inconscientemente, aspira(13).

¿De dónde sacar la luz y la fuerza necesaria en nuestro caminar? Muchos jóvenes han sacado las fuerzas necesarias para una vida honesta, para vivir la propia fe, para vencer en las luchas contra el mal, precisamente de la Eucaristía. Ya lo decía el Papa Juan Pablo II que “la Eucaristía es el centro vital en torno al cual desea que los jóvenes se reúnan para alimentar su fe y su entusiasmo”(14). Y exhortaba a los jóvenes “a llevar al encuentro con Jesús, escondido bajo las especies eucarísticas, todo el entusiasmo de vuestra edad, de vuestra esperanza y de vuestra capacidad de amar”(15):

Es así, que como jóvenes hemos de buscar poner a Cristo, presente en la Eucaristía, al centro de nuestras vidas. Esto es, poner al centro de nuestra vida cristina, la Misa dominical, este es e momento privilegiado del encuentro con el Señor. Sin ella la fe se debilita y el testimonio cristiano se desvanece: “Cuando en la Eucaristía se parte el pan, es a El a quien se recibe personalmente. La Eucaristía es el alimento indispensable para la vida del discípulo y misionero de Cristo”(16).

Cada joven debe sacar de la Eucaristía el deseo de ser una persona activa y dinámica en la propia comunidad, que con la palabra y con el propio estilo de vida da testimonio de Cristo. Así la Eucaristía se convierte en la fuente del empeño cristiano y del espíritu misionero y hace de cada joven no solamente un amigo de Cristo Jesús, sino también un amigo que quiere encontrar para él otros amigos en su ambiente de estudio, de juego y de trabajo.

TEMA 05: MARIA, MADRE DE LOS JOVENES

Objetivo: Que el joven descubra que Jesús nos dio a María como Madre, siendo ayuda inseparable en el diario caminar.

“Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa” (Jn 19, 27).

“¡Ahí tienes a tu Madre!”. Antes de morir, Jesús entrega al apóstol Juan lo más precioso que tiene: Su Madre, María. Son las últimas palabras del Redentor, que por ello adquieren un carácter solemne y constituyen como su testamento espiritual.

Las palabras del Arcángel Gabriel en Nazaret “Alégrate, llena de gracia” (Lc 1, 28) iluminan también la escena del Calvario. La Anunciación-Encarnación marca el inicio, la Cruz señala el cumplimiento. En la Anunciación-Encarnación, Santa María dona en su seno la naturaleza humano al Hijo de Dios; al pie de la Cruz, en Juan, acoge en su corazón la humanidad entera. Madre de Dios desde el primer instante de la Encarnación, Ella se convierte en Madre de los hombres en los últimos instantes de la vida de su Hijo Jesús. Ella, que está libre de pecado, “conoce” en el Calvario en su propio ser el sufrimiento del pecado que su Hijo carga sobre si para salvar a la humanidad. Al pie de la Cruz en la que está muriendo Aquél que ha concebido con el “sí” de la Anunciación, María recibe de El como una “segunda anunciación”: “¡Mujer, ahí tienes a tu Hijo!” (Jn 19, 26).

En la Cruz, el Hijo puede derramar su sufrimiento en el corazón de la Madre. Todo hijo que sufre siente esta necesidad. Es así que en los momentos difíciles, que no faltan en la vida de cada uno, no estamos solos: como a Juan al pie de la Cruz, Jesús nos entrega también a su Madre, para que nos conforte con su ternura.

Hoy, también a nosotros, que tenemos más o menos la misma edad que el apóstol Juan, Cristo nos pide que llevemos a María “a nuestra casa”, para aprender de ella, que “conservaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2, 19), la disposición interior para la escucha y la actitud de humildad y de generosidad que la distinguieron como la primera colaboradora de Dios en la obra de la salvación. Es ella la que, mediante su ministerio maternal, nos educa y nos modela hasta que Cristo esté formado plenamente en nosotros.

En la escuela de María, descubriremos el compromiso concreto que Cristo espera de nosotros, aprendemos a darle el primer lugar de nuestra vida, a orientar hacia él nuestros pensamientos y nuestras acciones.

“Queridos jóvenes – nos decía el hoy Siervo de Dios Juan Pablo II-, ya lo sabéis: el cristianismo no es una opinión y no consiste en palabras vanas. ¡El Cristianismo es Cristo! ¡Es una Persona, es el Viviente! Encontrar a Jesús, amarlo y hacerlo amar: he aquí la vocación cristina. María os es entregada para ayudaros a entrar en una relación más auténtica, más personal con Jesús. Con su ejemplo, María os enseña a posar una mirada de amor sobre aquel que nos ha amado primero. Por su intercesión, María plasma en vosotros un corazón de discípulos capaces de ponerse a la escucha del Hijo, que revela el auténtico rostro del Padre y la verdadera dignidad del hombre”(17).

Asimismo, hemos de recordar aquel 16 de Octubre del 2002, cuando el mismo Vicario de Cristo proclamaba el “Año del Rosario” y nos invitaba a hacer del Rosario, antigua oración mariana, un ejercicio sencillo y profundo de contemplación del rostro de Cristo. Nos decía que recitar el Rosario significa de hecho aprender a contemplar a Jesús con los ojos de su Madre, amar a Jesús con el corazón de su Madre. “Hoy os entrego idealmente, también a nosotros, queridos jóvenes, el Rosario. ¡A través de la oración y la meditación de los misterios, María os guía con seguridad hacia su Hijo! No os avergoncéis de rezar el Rosario a solas, mientras vais al colegio, a la universidad o al trabajo, por la calle y en los medios de transporte público; habituaos a rezarlo entre vosotros, en vuestros grupos, movimientos y asociaciones; no dudéis en proponer su rezo en casa, y vuestros padres y a vuestros hermanos, porque el Rosario renueva y consolida los lazos entre los miembros de la familia. Esta oración os ayudará a ser fuertes en la fe, constantes en la caridad, alegres y perseverantes en la esperanza(18).

Siguiendo el ejemplo de Santa María, aprendamos de ella a decirle a Cristo: “Sí” sin condiciones; “si” generoso, pronto, decidido, valiente; “si” que no se achica ante la dificultades y problemas de la vida sino que más bien, con plena confianza en la Promesa Divina, espera y confía trabajando incansablemente en todo aquello que le toca.

Acerquémonos con plena confianza al Inmaculado Corazón de Santa María para que nos enseñe a su Hijo y podamos encarnarlo hasta el punto de decir como el Apóstol San Pablo: “Vivo yo, pero no yo. Es Cristo quien vive en mi” (Gál 2, 20).

Notas

1. Cf. S.S. Juan Pablo II. Mensaje con ocasión de la X Jornada Mundial de la Juventud, Manila 13-01-1995.

2. Aparecida 4443.

3. Cfr. S.S. Benedicto XVI, Discurso en el estadio municipal de Pacaembu, Sao Paulo, Mayo 2007.

4. Discurso Inaugural de S.S. Benedicto XVI Aparecida documento conclusivo, Epiconsa-Paulinas p. 20.

5. Cf. S.S. Benedicto XVI, Discurso en el estadio municipal de Pacaembu, Sao Paulo Mayo 2007.

6. .L. Obsservatore Romano (08/12/2006) 10.

7. S.S. Benedicto XVI. Discurso en el estadio municipal de Pacaembu. Sao Paulo mayo 2007.

8. Cf. Discurso de S.S. Benedicto XVI a la Misión de Madrid 9/8/2007.

9. Cf. S.C. N 10.

10. Cf. .L.G. N 11.

11. Cf. Battista Re. Giovanni, Catequesis en el XLVII Congreso Eucarístico Internacional, México 10-1710/2004.

12. Cf. Ecclesia de Eucaristía n 62.

13. Ibid. 59.

14. Cf. Mane nobiscum Domine n4.

15. Ibid n 30 .

16. Aparecida Discurso inaugural, Epiconsa-Paulinas p.14.

17. S.S. Juan Pablo II, Mensaje con ocasión de la XVIII JMJ 08/03/2003.

18. Cf. Rosarium Virginis Marie n 43.