Oraciones Eucarísticas

“Junto con toda la tradición de la Iglesia, nosotros creemos que
bajo las especies eucarísticas está realmente presente Jesús.

Por esto la fe nos pide que, ante la Eucaristía, seamos conscientes
de que estamos ante Cristo mismo.

La Eucaristía es misterio de presencia, a través del que se realiza
de modo supremo la promesa de Jesús de estar con nosotros
hasta el fin del mundo”
.
S.S. Juan Pablo II, Carta Apostólica Mane nobiscum Domine, n. 16.

I. ORACIONES DE PREPARACIÓN PARA LA MISA Y LA COMUNIÓN

1. ORACIÓN DE SANTO TOMÁS DE AQUINO

Dios eterno y todopoderoso, me acerco al sacramento de tu Hijo unigénito, nuestro Señor Jesucristo, como se acerca al médico el enfermo, el pecador a la fuente de misericordia, el ciego al resplandor de la luz eterna y el pobre e indigente al Dios del cielo y de la tierra.

Muéstrame, Señor, tu bondad infinita y cura mis debilidades, borra las manchas de mis pecados, ilumina mi ceguera, enriquece mi indigencia y viste mi desnudez, a fin de que pueda yo recibir, en el Pan de los ángeles, al Rey de los reyes y Señor de los señores, con toda la humildad y la reverencia, el arrepentimiento y el amor, la pureza, la fe y el deseo que son necesarios para la salvación de mi alma.

Haz, Señor, que no sólo reciba yo el sacramento del Cuerpo y Sangre de tu Hijo, sino también la fuerza que otorga el Sacramento, y que con tal amor reciba yo el Cuerpo que tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, recibió de la Virgen María, que quede yo incorporado a su Cuerpo místico y pueda ser contado como uno de sus miembros.

Concédeme, Padre lleno de amor, llegar a contemplar al término de esta vida, cara a cara y para siempre a tu amado Hijo, Jesucristo, a quien voy a recibir hoy, oculto en este sacramento.

Por el mismo Cristo nuestro Señor, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.

2. ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

Santísima Virgen María, Madre del amor y de la misericordia, que acompañaste a tu Hijo amado cuando dio la vida por nosotros en la cruz; vengo a suplicarte con sinceridad y devoción que acompañes a todos los sacerdotes que van a celebrar hoy la santa Misa en toda la Iglesia y también a mi, pecador indigno.

Ayúdanos con tu maternal intercesión a ofrecer dignamente al Padre, por medio del Espíritu Santo, el sacrificio redentor de tu Hijo, Jesucristo. Amén.

3. ACTO DE FE

¡Dios mío! Creo firmemente que en la Misa y por las palabras de la consagración, el pan se convierte en la carne de Jesucristo y el vino en su sangre; de manera que tu divino Hijo se ofrece a ti, Padre todopoderoso y eterno, como se ofreció en el calvario muriendo para salvarnos.

Creo con toda mi alma que el mismo Cristo, Dios y hombre verdadero, viene a mí por la Eucaristía y quiero recibirte en la sagrada comunión como alimento de vida y esperanza.

4. SÚPLICA A LA VIRGEN

Virgen Santísima, Madre de Dios, Madre de la Iglesia y Madre mía; tú que supiste recibir al Hijo de Dios en la Encarnación, tenerle junto a ti en su infancia, guardar sus palabras en tu corazón y permanecer siempre fiel a su voluntad, ayúdame a recibir a Cristo el Señor en el Sacramento de la Eucaristía, a tenerle conmigo manteniendo la gracia divina que Él trae a mi alma, y a servirle con generosa fidelidad todos los días de mi vida.

II. ORACIONES DE ACCIÓN DE GRACIAS PARA DESPUÉS DE LA MISA Y DE RECIBIR LA SANTA COMUNIÓN

1. ORACIÓN DE SANTO TOMÁS DE AQUINO

Te doy gracias, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, porque aunque soy siervo pecador y sin mérito alguno, has querido alimentarme misericordiosamente con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

Que esta sagrada comunión no vaya a ser para mí ocasión de castigo, sino causa de perdón y salvación. Que sea para mí armadura de fe, escudo de buena voluntad; que me libre de todos mis vicios y me ayude a superar mis pasiones desordenadas; que aumente mi caridad y mi paciencia, mi obediencia y mi humildad y mi capacidad para hacer el bien. Que sea defensa inexpugnable contra mis enemigos, visibles e invisibles, y guía de todos mis impulsos y deseos.

Que me una más íntimamente a ti, el único y verdadero Dios, y me conduzca con seguridad al banquete del cielo, donde tú, con tu Hijo y el Espíritu Santo, eres luz verdadera, satisfacción cumplida, gozo perdurable y felicidad perfecta. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

2. ASPIRACIONES A CRISTO REDENTOR

Alma de Cristo, santifícame.

Cuerpo de Cristo, sálvame.

Sangre de Cristo, embriágame.

Agua del costado de Cristo, lávame.

Pasión de Cristo, confórtame.

Oh buen Jesús, óyeme.

Dentro de tus llagas, escóndeme.

No permitas que me aparte de ti.

Del enemigo malo, defiéndeme.

En la hora de mi muerte, llámame
y mándame ir a ti,
para que con tus santos te alabe,
por los siglos de los siglos. Amén.

3. ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

María, Virgen y Madre santísima, he recibido a tu Hijo, Jesucristo, a quien concebiste en tu seno inmaculado, diste a luz, alimentaste y arrullaste en tu regazo. Ahora vengo ante ti, con Él en mi corazón, para pedirte humildemente que me enseñes a amarlo como tú lo amas y para que sepa ofrecerlo, como tú, al Padre eterno, por mis necesidades y las de todo el mundo.

Intercede por mí, Madre llena de amor, para que obtenga yo el perdón de todos mis pecados, la gracia de servir a Cristo con mayor fidelidad, de ahora en adelante, y el don de la perseverancia final, para que pueda alabarlo en tu compañía, por los siglos de los siglos. Amén.

4. ALABANZA A DIOS NUESTRO SEÑOR

Unido a cuantos hoy se han congregado para escuchar la Palabra divina y celebrar la muerte redentora de Cristo, quiero alabar a Dios desde mi más profundo agradecimiento por haberme redimido, por acompañarme día a día, por hacerse pan vivo para la transformación de todos los hombres y por manifestarse, de tantas formas, como Dios: infinito en su sabiduría, amor y misericordia.

III. ORACIONES Y PRECES PARA LOS JUEVES EUCARÍSTICOS Y SACERDOTALES

1. ORACIONES POR LOS SACERDOTES

I

No te pedimos que los saques del mundo; mas líbralos del mal.

El fermento se pone en la masa, no en el arca, para que haya buen pan, y sacien los hombres su hambre de comunión.

La luz no se luce, pero hace que vean los hombres el rostro del hermano y distingan en él el ritmo que lleva el corazón.

La sal no alimenta, pero hace sabroso lo insípido y conserva de cualquier corrupción cuanto está a su alcance.

La voz no es palabra ni idea, pero entona el mensaje y hace que se oiga y se escuche lo que dice el autor.

Los pies no son el hombre, pero le llevan: la tierra es escenario de su movimiento y el campo de su acción.

Haz, Señor, que los que has elegido para tu servicio como luz y como sal, como fermento para la masa humana, presenten en su palabra y en su testimonio el Evangelio de la salvación. Amén.

II

Señor, hoy también hay un inmenso gentío que camina maltrecho y como ovejas sin pastor.

Hoy también la mies es mucha y los obreros pocos.

Tú, que nos dijiste que en esos momentos rogáramos al Dueño para que enviase obreros a su mies, escucha nuestra oración:

Te pedimos por los sacerdotes que entregan su vida para propagar tu Evangelio. Confórtalos con tu espíritu. Anímalos en su duro trabajo: dales fuerza para seguir predicando tu verdad.

Que su doctrina y testimonio sean semilla de ideales nobles en los jóvenes, de inocencia en los niños, de bendición en las familias, de paz en las naciones, de amor y esperanza en todos.

 

Suscita corazones generosos que, siguiendo su ejemplo de entrega, hagan realidad la venida de tu Reino al mundo. Amén.

2. ORACIONES POR LAS VOCACIONES SACERDOTALES Y RELIGIOSAS

I

Señor Jesús, que llamaste a los apóstoles para hacerlos pescadores de hombres, trae hacia ti las almas ardientes y generosas de los jóvenes, para hacerlos tus seguidores, tus ministros. Hazlos partícipes de tu sed de redención universal, por lo cual renuevas tu sacrificio sobre los altares. Tú, Señor, siempre dispuesto a interceder por nosotros, descúbreles los horizontes del mundo entero, donde la silenciosa súplica de tantos hermanos pide la luz de la verdad y el calor del amor, para que, respondiendo a tu llamada, prolonguen aquí en la tierra tu misión, edifiquen tu Cuerpo místico, la Iglesia, y sean sal de la tierra y luz del mundo.

Extiende, Señor, tu llamada a numerosos corazones, e infúndeles el ansia de la perfección evangélica y la entrega al servicio de la Iglesia y de los hermanos necesitados de asistencia y caridad. Amén.

II

Señor Jesús, hasta nosotros llega el clamor de las necesidades de nuestro mundo, que hoy como siempre necesita que tu Iglesia le anuncie el amor del Padre, el perdón que tú nos has merecido, el don del Espíritu que renueva el corazón y que hace posible la gran familia de los hijos de Dios.

Para cumplir esta misión que tú le has confiado es indispensable que enriquezcas a tu Iglesia con la gracia de abundantes vocaciones. Necesitamos sacerdotes, misioneros, religiosos, corazones consagradas a tu amor y al servicio de los hombres. Les necesitamos para que no decaiga la vitalidad de los creyentes, la animación de las comunidades y la esperanza de la Iglesia.

Somos conscientes de que la tibieza de nuestra fe y la falta de fidelidad a las exigencias de tu Evangelio son un grave obstáculo al florecimiento de estas vocaciones. Haznos ver que todos somos responsables de esta necesidad de tu Iglesia.

Tú que intercedes ante el Padre por nosotros, incorpora a tu oración sacerdotal la súplica de tu Iglesia que con fe se dirige a ti. Amén.

3. PRECES POR LOS SACERDOTES Y SEMINARISTAS

I

Pidamos, hermanos, por todos los bautizados y confirmados en Jesús de Nazaret, para que, arriesgando la vida, sepan descubrir la voluntad del Padre entre los hombres.

1. Por las comunidades cristianas, para que el Señor suscite en nuestros días hombres y mujeres capaces de arriesgar su vida por todos. Roguemos al Señor.

2. Por el Papa, los obispos, los sacerdotes, los consagrados y consagradas, para que actúen según el Plan del Padre y sean fieles a Dios y a todos los hombres. Roguemos al Señor.

3. Por todos los jóvenes, para que en este mundo calculador y mercantilizado puedan apreciar el testimonio de los sacerdotes y de todas las personas disponibles, para que también ellos, al servicio de los hombres, acepten su vida. Roguemos al Señor.

4. Por todos los jóvenes, para que en estén dispuestos a arriesgar su vida en la construcción del Reino de Dios y sostengan su vocación con decidida generosidad. Roguemos al Señor.

5. Por todas las familias, para que sepan crear un clima cristiano adecuado a las grandes decisiones de sus hijos. Roguemos al Señor.

Escucha, Padre bueno, lo que ahora te hemos pedido y que, a ejemplo de tu Hijo Jesucristo, haya jóvenes que sean capaces de arriesgar su vida por todos siguiéndole a Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

II

Te bendecimos por los sacerdotes y por las vocaciones al sacerdocio, y, al darte gracias por ellos, te pedimos que escuches las súplicas que ahora te presentamos.

– Por la santa Iglesia de Dios, necesitada de pastores, para que alientes en sus comunidades la vocación sacerdotal como una llamada permanente al servicio de los hombres. Roguemos al Señor.

– Por el Papa, los obispos, los sacerdotes, los consagrados, los diáconos y los ministros, para que crezcan en la fidelidad a su vocación. Roguemos al Señor.

– Por los jóvenes de hoy, para que sientan la fortaleza del Señor y no tengan miedo a seguir a Jesús en su propia vocación y con absoluta disponibilidad. Roguemos al Señor.

– Por los Seminarios en el Perú y la Iglesia universal; para que los jóvenes que allí se preparan para el servicio ministerial vivan con alegría y esperanza su camino. Roguemos al Señor.

– Por las familias cristianas, para que sean hogares donde puedan nacer futuras vocaciones hacia los distintos ministerios y hacia el ministerio presbiteral. Roguemos al Señor.

– Por todos nosotros, para que el Señor nos conceda la gracia de darnos y entregar nuestra vida, por el amor, a todos. Roguemos al Señor.

Señor Jesús, que has querido llamar a hermanos para que, siguiéndote fielmente, te hagas presente en ellos por el sacerdocio ministerial; escucha la oración de tu Iglesia, que hoy también te pide la gracia de que sean testigos de ti y de tu amor en medio del mundo. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor.

III

Oremos con confianza a Dios, nuestro Padre.

– Para que no deje de celebrarse la Eucaristía. Danos muchos y santos sacerdotes.

– Para que nuestros oídos escuchen la Palabra divina. Danos muchos y santos sacerdotes.

– Para que alcancemos el perdón de nuestros pecados. Danos muchos y santos sacerdotes.

– Para que tengamos quienes oren por nosotros. Danos muchos y santos sacerdotes.

– Para que las familias cristianas deseen tener hijos sacerdotes. Escúchanos, Señor, y ten piedad.

– Para que los jóvenes respondan a la llamada divina. Escúchanos, Señor, y ten piedad.

– Para que los aspirantes al sacerdocio perseveren en tu santo servicio. Escúchanos, Señor, y ten piedad.

Dirige, Señor, tu mirada hacia nuestra necesidad, bendícela con tu mano poderosa y concédenos lo que te pedimos para que nuestro gozo sea pleno y con él te alabemos eternamente. Amén.

IV. ORACIONES EUCARÍSTICAS DE LOS ÚLTIMOS PAPAS

1. SEÑOR, YO QUIERO CREER EN TI

Haz, Señor, que mi fe sea pura, sin reservas,
y que penetre en mi pensamiento, en mi modo de juzgar
las cosas divinas y las humanas.

Que mi fe sea libre, Señor,
es decir, acompañada por mi elección personal,
que acepte las renuncias y los riesgos que comporta,
y que exprese lo que es el vértice decisivo de mi personalidad:
yo creo en ti, Señor.

Señor, haz que mi fe sea firme:
firme por una lógica externa de pruebas
y por un testimonio interior del Espíritu Santo;
firme por la luz aseguradora de una conclusión pacificadora,
de una connaturalidad suya reposante:
yo creo en ti, Señor.

Señor, haz que mi fe sea feliz:
que dé paz y alegría a mi espíritu
que lo capacite para la oración con Dios
y para la conversación con los hombres;
de forma que irradie en el coloquio sagrado y profano
la original dicha de su venturosa posesión.
Yo creo en ti, Señor.

Oh Señor, que mi fe sea humilde:
que no presuma basarse en la experiencia de mi pensar y sentir,
sino que se rinda ante el testimonio del Espíritu Santo;
y que no tenga otra garantía mejor
que la docilidad a la autoridad del magisterio de la santa Iglesia.
Amén.

S.S. PABLO VI

2. CORPUS CHRISTI

Jesús, tú te haces nuestro, ¿cómo y por qué?
Nos atraes hacia ti presente,
de una forma misteriosa, sí,
pero no más misteriosa que la del pensamiento
presente en la voz
y la de la voz presente en el ánimo
del auditorio;
única en sí y tan multiplicada
cuantos son los presentes que la oyen.

Presente, como el singular peregrino
de Emaús,
que alcanza, se acerca, acompaña,
adoctrina y conforta
a los desconsolados viandantes en el atardecer
de las esperanzas perdidas.

Presente en el silencio y en la pasividad
de los signos sacramentales,
como si quisieras a un tiempo
ocultar y revelar todo su ser,
de modo que sólo el que cree comprende,
y a un tiempo poner el abrigo y ofrecer
todo su ser,
de modo que sólo el que ama
pueda de verdad recibir.

Hacia ti nos atraes, paciente:
paciente en la oblación de tu ser
por la salvación de los demás,
para alimento de los demás;
paciente al simbolizar tu cuerpo
separado de la sangre,
es decir, como víctima inmolada
y desangrada;
paciente hasta la media extrema

del dolor,
de la deshonra, del abandono,
de la angustia
y finalmente de la muerte,
para que en la medida de la pena
se revelara el grado de la culpa
y del amor,
de la culpa humana y de tu amor.

S.S. PABLO VI

3. ADORACIÓN Y AMOR

Acepta, Cristo eucarístico,
la expresión de adoración y amor
que la Iglesia te rinde
mediante el ministerio del obispo de Roma,
sucesor de Pedro.

Adorado seas por el recuerdo
de todos mis predecesores
que te han adorado
ante las miradas de la Urbe y del Orbe.

A1 final de la liturgia de hoy
te reciba, de manos nuestras,
en el atrio del templo,
tu Madre santísima,
que te dio cuerpo humano
a ti, eterno Hijo del Padre.

«¡Salve, oh verdadero Cuerpo,
nacido de la Virgen María,
que de veras sufriste y fuiste inmolado en la cruz
por la humanidad:
que podamos pregustarte
cuando nos llegue la prueba de la muerte!»
Amén.

S.S. JUAN PABLO II

4. QUÉDATE, SEÑOR

¡Señor, quédate con nosotros!
Quédate con nosotros hoy,
y quédate, de ahora en adelante,
todos los días.

¡Quédate!
Para que podamos encontrarnos contigo
en la adoración y el agradecimiento,
en la oración de expiación
y de súplica,
a la que todos los visitantes
de esta basílica están invitados.

¡Quédate!
Tú que a la vez
estás velado
en el misterio eucarístico de la fe
y revelado bajo las especies
de pan y vino
que tomaste en este Sacramento.

¡Quédate!
Para que se reconfirme constantemente
tu presencia en este templo,
y todos los que entren en él
adviertan que es tu casa,
«la morada de Dios entre los hombres»,
y visitando esta basílica
encuentren la fuente misma
«de vida y de santidad
que brota de tu Corazón eucarístico».

La Eucaristía es el testimonio sacramental
de tu primera venida,
con la que quedaron reafirmadas

las palabras de los profetas
y se cumplieron las esperanzas.

Nos has dejado,
Señor, tu Cuerpo y tu Sangre
bajo las especies de pan y vino
para que atestigüen
que se ha realizado la redención del mundo,
y para que por ellas
llegue a todos los hombres
tu misterio pascual
como sacramento
de la vida y de la salvación.
La Eucaristía es, al mismo tiempo,
un constante preanuncio
de tu segunda venida
y el signo del adviento definitivo,
a la vez que la espera de toda la Iglesia:
«Anunciamos tu muerte,
proclamamos tu resurrección,
¡ven, Señor Jesús!».

Queremos, todos los días
y a todas las horas,
adorarte, despojado
bajo las especies de pan y vino,
para renovar la esperanza
de la «llamada a la gloria»,
cuyo principio eres tú con tu
cuerpo glorificado
«a la derecha del Padre».

Un día, Oh Señor,
preguntaste a Pedro:
«¿Me quieres?»

Se lo preguntaste tres veces,
y por tres veces él respondió:
«Señor, tú lo sabes todo;

tú sabes que te quiero»
La respuesta de Pedro,
sobre cuyo sepulcro
está erigida esta basílica,
se expresa hoy mediante esta adoración
de cada día y de todo el día.

Todos cuantos participen
de esta adoración
en tu presencia eucarística
testimonien con cada visita y hagan nuevamente resonar aquí
la verdad encerrada
en las palabras del apóstol:
«Señor, tú lo sabes todo;
tú sabes que te quiero».
Amén.

S.S. JUAN PABLO II

5. ADORACIÓN EUCARÍSTICA

Señor Jesús:

Nos presentamos ante ti sabiendo que nos llamas y que nos amas tal como somos.

«Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Hijo de Dios» (Jn 6,69).

Tu presencia en la Eucaristía ha comenzado con el sacrificio de la última cena y continúa como comunión y donación de todo lo que eres.

Aumenta nuestra FE.

Por medio de ti y en el Espíritu Santo que nos comunicas, queremos llegar al Padre para decirle nuestro SÍ unido al tuyo.

Contigo ya podemos decir: Padre nuestro.

Siguiéndote a ti, «camino, verdad y vida», queremos penetrar en el aparente «silencio» y «ausencia» de Dios, rasgando la nube del Tabor para escuchar la voz del Padre que nos dice: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia: Escuchadlo» (Mt 17,5).

Con esta FE, hecha de escucha contemplativa, sabremos iluminar nuestras situaciones personales, así como los diversos sectores de la vida familiar y social.

Tú eres, nuestra ESPERANZA, nuestra paz, nuestro mediador, hermano y amigo. Nuestro corazón se llena de gozo y de esperanza al saber que vives intercediendo por nosotros. (Heb 7,25).

Nuestra esperanza se traduce en confianza, gozo de Pascua y camino apresurado contigo hacia el Padre.

Queremos sentir como tú y valorar las cosas como las valoras tú. Porque tú eres el centro, el principio y el fin de todo.

Apoyados en esta ESPERANZA, queremos infundir en el mundo esta escala de valores evangélicos por la que Dios y sus dones salvíficos ocupan el primer lugar en el corazón y en las actitudes de la vida concreta.

Queremos AMAR COMO TU, que das la vida y te comunicas con todo lo que eres.

Quisiéramos decir como San Pablo: «Mi vida es Cristo» (FIp 1, 21).

Nuestra vida no tiene sentido sin ti.

Queremos aprender a «estar con quien sabemos nos ama», porque «con tan buen amigo presente todo se puede sufrir». En ti aprenderemos a unirnos a la voluntad del Padre, porque en la oración «el amor es el que habla» (Santa Teresa de Jesús).

Entrando en esta intimidad, queremos adoptar determinaciones y actitudes básicas, decisiones duraderas, opciones fundamentales según nuestra propia vocación cristiana.

CREYENDO, ESPERANDO Y AMANDO, TE ADORAMOS con una actitud sencilla de presencia, silencio y espera, que quiere ser también reparación, como respuesta a tus palabras: «Quedaos aquí y velad conmigo» (Mt 26,38).

Tú superas la pobreza de nuestros pensamientos, sentimientos y palabras; por eso queremos aprender a adorar admirando el misterio, amándolo tal como es, y callando con un silencio de amigo y con una presencia de donación.

El Espíritu Santo que has infundido en nuestros corazones nos ayuda a decir esos «gemidos inenarrables» (Rom 8,26) que se traducen en actitud agradecida y sencilla, y en el gesto filial de quien ya se contenta con sola tu presencia, tu amor y tu palabra.

En nuestras noches físicas y morales, si tú estás presente, y nos amas, y nos hablas, ya nos basta, aunque muchas veces no sentiremos la consolación.

Aprendiendo este más allá de la ADORACIÓN, estaremos en tu intimidad o «misterio». Entonces nuestra oración se convertirá en respeto hacia el «misterio» de cada hermano y de cada acontecimiento para insertarnos en nuestro ambiente familiar y social y construir la historia con este silencio activo y fecundo que nace de la contemplación.

Gracias a ti, nuestra capacidad de silencio y de adoración se convertirá en capacidad de AMAR y de SERVIR.

Nos has dado a tu Madre como nuestra para que nos enseñe a meditar y adorar en el corazón. Ella, recibiendo la palabra y poniéndola en práctica, se hizo la más perfecta Madre.

Ayúdanos a ser tu Iglesia misionera, que sabe meditar adorando y amando tu Palabra, para transformarla en vida y comunicarla a todos los hermanos. Amén.

S.S. JUAN PABLO II

sábado 9 junio, 2007