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“JESÚS, ES EL CORDERO Y EL HIJO DE DIOS”

Domingo II del Tiempo Ordinario

14 de enero de 2023 (Oficina de Prensa).- Hoy, II Domingo del Tiempo Ordinario, nuestro Arzobispo Metropolitano, Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., ha preparado una homilía en la que reflexiona acerca de las dos importantes revelaciones que hace San Juan el Bautista sobre el Señor Jesús: «Es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y es el Hijo de Dios».

A continuación, les ofrecemos la homilía completa que pronunció nuestro Arzobispo hoy: 

“Jesús, es el Cordero y el Hijo de Dios”

Domingo II del Tiempo Ordinario

Concluido el tiempo de Navidad, hemos dado inicio al tiempo litúrgico llamado “Ordinario”. Hoy celebramos su 2° Domingo, y concluirá con el Domingo 34°, Solemnidad de Cristo Rey del Universo. El “Tiempo Ordinario” se interrumpe con el “Tiempo de Cuaresma”, que comienza con la celebración del “Miércoles de Ceniza”, que este año será el 22 de febrero, para reanudarse el lunes 29 de mayo, después de la gran fiesta de Pentecostés.  

Si bien el nombre de “Tiempo Ordinario” parece ser no muy feliz, este tiempo litúrgico tiene su gracia particular, ya que presenta valores cristianos muy importantes. Entre ellos encontramos los siguientes: Nos ayuda a ir comprendiendo y viviendo el misterio del Señor Jesús en su totalidad; nos ayuda a dar crecimiento y maduración a los misterios de vida que hemos celebrado en la Navidad y en la Pascua; pone en evidencia la primacía e importancia del Domingo como Día del Señor; y nos hace descubrir la riqueza de la Palabra de Dios, así como la gracia de la vida ordinaria o cotidiana como tiempo de salvación y de santificación.

El Evangelio que la Liturgia de la Iglesia nos propone hoy para nuestra meditación, esta tomado de la Buena Nueva según San Juan (ver Jn 1, 29-34). En él, San Juan el Bautista hace dos revelaciones trascendentales sobre la persona de Jesús: Es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y es el Hijo de Dios. Veamos.  

El relato evangélico comienza con estas palabras de San Juan el Bautista: “Al día siguiente ve a Jesús venir hacia él y dice: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»” (Jn 1, 29). Nosotros, estamos acostumbrados a estas palabras del Bautista, que incluso la Liturgia de la Iglesia ha incorporado en la Santa Misa cuando momentos antes de la comunión sacramental, el sacerdote las proclama sosteniendo y mostrando la Hostia Santa a la asamblea. Pero para quienes las escucharon decir por San Juan el Bautista en aquel momento, debieron ser enigmáticas y oscuras. Se habrán preguntado: ¿Por qué lo llama cordero? Será recién en el momento de la crucifixión y muerte del Señor Jesús, donde estas palabras proféticas adquirirán toda su significación y trascendencia.

Según el Evangelio de San Juan, Jesús murió en la cruz la víspera de la fiesta de la Pascua judía, a la misma hora en que eran sacrificados en el templo los corderos pascuales, sin que se les quebrara o rompiera ningún hueso (ver Ex 12, 46). Es lo mismo que nos relata el evangelista San Juan cuando escribe, que después de quebrarle las piernas a los dos ladrones que habían sido crucificados con el Señor, uno a cada lado, “al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua” (Jn 19, 33-34). De esta manera se comprende que la muerte del Señor en la cruz fue el sacrificio expiatorio que nos alcanzó el pleno y total perdón de nuestros pecados, y la perfecta reconciliación con Dios, con nosotros mismos, con nuestros hermanos humanos, y con la creación. ¡Jesús, es el verdadero Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!

Pero como les había adelantado, en nuestro Evangelio dominical hay una segunda afirmación del Bautista sobre Cristo: “Doy testimonio de que Éste es el Elegido, el Hijo de Dios” (Jn 1, 34). Ésta es una nueva y asombrosa revelación que San Juan el Bautista hace sobre el Señor Jesús. Nada menos que revelarlo como el Hijo de Dios. En efecto, cada vez que pueda, Jesús se dirigirá a Dios como “su Padre”, porque “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10, 30), y al final de su vida, se abandonara en las manos de Dios con estas enternecedoras palabras llenas de filial confianza: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu» y, dicho esto, expiró” (Lc 23, 46). Precisamente por llamar a Dios “su Padre”, es que los judíos buscaban acabar con Él: “Por eso los judíos trataban con mayor empeño de matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios” (Jn 5, 18).

Cada Domingo y fiesta de guardar, cuando profesamos nuestra fe, decimos solemnemente: “Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre”.[1]

“El nombre de Hijo de Dios significa la relación única y eterna de Jesucristo con Dios su Padre: Él es el Hijo único del Padre (ver Jn 1, 14. 18; 3, 16. 18) y Él mismo es Dios (ver Jn 1, 1). Para ser cristiano es necesario creer que Jesucristo es el Hijo de Dios (ver Hch 8, 37; 1 Jn 2, 23)”.[2]

Si Cristo no fuera Dios, no estaríamos salvados, porque sólo Dios puede salvarnos; no conoceríamos plenamente a Dios como tal, es decir, como Uno y Trino, porque, “a Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado” (Jn 1, 18); y no podríamos conocernos a nosotros mismos, “porque el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado…Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”.[3]

Como nos exhorta el Papa Francisco en relación a nuestro Evangelio dominical: “Aprendamos de Juan el Bautista a no dar por sentado que ya conocemos a Jesús, que ya lo conocemos todo de Él (Jn 1, 31). No es así. Detengámonos en el Evangelio, quizás incluso contemplando un icono de Cristo, un “Rostro Santo”. Contemplemos con los ojos y más aún con el corazón; y dejémonos instruir por el Espíritu Santo, que dentro de nosotros nos dice: ¡Es Él! Es el Hijo de Dios hecho cordero, inmolado por amor. Él, sólo Él ha cargado, sólo Él ha sufrido, sólo Él ha expiado el pecado de cada uno de nosotros, el pecado del mundo, y también mis pecados. Todos ellos. Los cargó todos sobre sí mismo y los quitó de nosotros, para que finalmente fuéramos libres, no más esclavos del mal. Sí, todavía somos pobres pecadores, pero no esclavos, no, no somos esclavos: ¡somos hijos, hijos de Dios!”.[4]

San Miguel de Piura, 15 de enero de 2023
II Domingo del Tiempo Ordinario

[1] Credo Niceno Constantinopolitano.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 454.

[3] Constitución Pastoral, Gaudium et spes, n. 22.

[4] S.S. Francisco, Angelus, 19-I-2020.

Puede descargar el PDF de esta Homilía de nuestro Pastor AQUÍ

HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN EL II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO 2023

“Jesús, es el Cordero y el Hijo de Dios”

Domingo II del Tiempo Ordinario

Concluido el tiempo de Navidad, hemos dado inicio al tiempo litúrgico llamado “Ordinario”. Hoy celebramos su 2° Domingo, y concluirá con el Domingo 34°, Solemnidad de Cristo Rey del Universo. El “Tiempo Ordinario” se interrumpe con el “Tiempo de Cuaresma”, que comienza con la celebración del “Miércoles de Ceniza”, que este año será el 22 de febrero, para reanudarse el lunes 29 de mayo, después de la gran fiesta de Pentecostés.  

Si bien el nombre de “Tiempo Ordinario” parece ser no muy feliz, este tiempo litúrgico tiene su gracia particular, ya que presenta valores cristianos muy importantes. Entre ellos encontramos los siguientes: Nos ayuda a ir comprendiendo y viviendo el misterio del Señor Jesús en su totalidad; nos ayuda a dar crecimiento y maduración a los misterios de vida que hemos celebrado en la Navidad y en la Pascua; pone en evidencia la primacía e importancia del Domingo como Día del Señor; y nos hace descubrir la riqueza de la Palabra de Dios, así como la gracia de la vida ordinaria o cotidiana como tiempo de salvación y de santificación.

El Evangelio que la Liturgia de la Iglesia nos propone hoy para nuestra meditación, esta tomado de la Buena Nueva según San Juan (ver Jn 1, 29-34). En él, San Juan el Bautista hace dos revelaciones trascendentales sobre la persona de Jesús: Es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y es el Hijo de Dios. Veamos.  

El relato evangélico comienza con estas palabras de San Juan el Bautista: “Al día siguiente ve a Jesús venir hacia él y dice: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»” (Jn 1, 29). Nosotros, estamos acostumbrados a estas palabras del Bautista, que incluso la Liturgia de la Iglesia ha incorporado en la Santa Misa cuando momentos antes de la comunión sacramental, el sacerdote las proclama sosteniendo y mostrando la Hostia Santa a la asamblea. Pero para quienes las escucharon decir por San Juan el Bautista en aquel momento, debieron ser enigmáticas y oscuras. Se habrán preguntado: ¿Por qué lo llama cordero? Será recién en el momento de la crucifixión y muerte del Señor Jesús, donde estas palabras proféticas adquirirán toda su significación y trascendencia.

Según el Evangelio de San Juan, Jesús murió en la cruz la víspera de la fiesta de la Pascua judía, a la misma hora en que eran sacrificados en el templo los corderos pascuales, sin que se les quebrara o rompiera ningún hueso (ver Ex 12, 46). Es lo mismo que nos relata el evangelista San Juan cuando escribe, que después de quebrarle las piernas a los dos ladrones que habían sido crucificados con el Señor, uno a cada lado, “al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua” (Jn 19, 33-34). De esta manera se comprende que la muerte del Señor en la cruz fue el sacrificio expiatorio que nos alcanzó el pleno y total perdón de nuestros pecados, y la perfecta reconciliación con Dios, con nosotros mismos, con nuestros hermanos humanos, y con la creación. ¡Jesús, es el verdadero Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!

Pero como les había adelantado, en nuestro Evangelio dominical hay una segunda afirmación del Bautista sobre Cristo: “Doy testimonio de que Éste es el Elegido, el Hijo de Dios” (Jn 1, 34). Ésta es una nueva y asombrosa revelación que San Juan el Bautista hace sobre el Señor Jesús. Nada menos que revelarlo como el Hijo de Dios. En efecto, cada vez que pueda, Jesús se dirigirá a Dios como “su Padre”, porque “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10, 30), y al final de su vida, se abandonara en las manos de Dios con estas enternecedoras palabras llenas de filial confianza: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu» y, dicho esto, expiró” (Lc 23, 46). Precisamente por llamar a Dios “su Padre”, es que los judíos buscaban acabar con Él: “Por eso los judíos trataban con mayor empeño de matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios” (Jn 5, 18).

Cada Domingo y fiesta de guardar, cuando profesamos nuestra fe, decimos solemnemente: “Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre”.[1]

“El nombre de Hijo de Dios significa la relación única y eterna de Jesucristo con Dios su Padre: Él es el Hijo único del Padre (ver Jn 1, 14. 18; 3, 16. 18) y Él mismo es Dios (ver Jn 1, 1). Para ser cristiano es necesario creer que Jesucristo es el Hijo de Dios (ver Hch 8, 37; 1 Jn 2, 23)”.[2]

Si Cristo no fuera Dios, no estaríamos salvados, porque sólo Dios puede salvarnos; no conoceríamos plenamente a Dios como tal, es decir, como Uno y Trino, porque, “a Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado” (Jn 1, 18); y no podríamos conocernos a nosotros mismos, “porque el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado…Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”.[3]

Como nos exhorta el Papa Francisco en relación a nuestro Evangelio dominical: “Aprendamos de Juan el Bautista a no dar por sentado que ya conocemos a Jesús, que ya lo conocemos todo de Él (Jn 1, 31). No es así. Detengámonos en el Evangelio, quizás incluso contemplando un icono de Cristo, un “Rostro Santo”. Contemplemos con los ojos y más aún con el corazón; y dejémonos instruir por el Espíritu Santo, que dentro de nosotros nos dice: ¡Es Él! Es el Hijo de Dios hecho cordero, inmolado por amor. Él, sólo Él ha cargado, sólo Él ha sufrido, sólo Él ha expiado el pecado de cada uno de nosotros, el pecado del mundo, y también mis pecados. Todos ellos. Los cargó todos sobre sí mismo y los quitó de nosotros, para que finalmente fuéramos libres, no más esclavos del mal. Sí, todavía somos pobres pecadores, pero no esclavos, no, no somos esclavos: ¡somos hijos, hijos de Dios!”.[4]

San Miguel de Piura, 15 de enero de 2023
II Domingo del Tiempo Ordinario

[1] Credo Niceno Constantinopolitano.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 454.

[3] Constitución Pastoral, Gaudium et spes, n. 22.

[4] S.S. Francisco, Angelus, 19-I-2020.

Puede descargar el PDF de esta Homilía de nuestro Pastor AQUÍ

PAPA FRANCISCO INICIA CICLO DE CATEQUESIS SOBRE LA PASIÓN POR LA EVANGELIZACIÓN Y EL CELO APOSTÓLICO

11 de enero de 2023 (Oficina de Prensa).- La mañana de hoy, durante la tradicional audiencia general de los miércoles, la primera de este tiempo ordinario del año litúrgico 2023, el Papa Francisco, ha dado inicio a un ciclo de catequesis en las que abordará el interesante tema sobre “la pasión por la evangelización y el celo apostólico del creyente”, reflexionando acerca de la conversión de San Mateo. 

A continuación, compartimos la catequesis completa del Papa Francisco, pronunciada hoy:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!  

Empezamos hoy un nuevo ciclo de catequesis, dedicado a un tema urgente y decisivo para la vida cristiana: la pasión por la evangelización, es decir el celo apostólico. Se trata de una dimensión vital para la Iglesia: la comunidad de los discípulos de Jesús de hecho nace apostólica, misionera, no proselitista, algo que desde el inicio tenemos que distinguir. No tiene nada que ver una cosa con la otra.

El Espíritu Santo la plasma en salida -la Iglesia en salida, que sale-, para que no se repliegue sobre sí misma, sino que se extrovierte, testimonio contagioso de Jesús. La fe se contagia, llegando a irradiar su luz hasta los confines de la tierra. Pero puede suceder que el ardor apostólico, el deseo de alcanzar a los otros con el buen anuncio del Evangelio, disminuya. A veces parece eclipsarse. Son cristianos cerrados que no piensan en los otros.

Pero cuando la vida cristiana pierde de vista el horizonte del anuncio, se enferma: se cierra en sí misma, se vuelve autorreferencial, se atrofia. Sin celo apostólico, la fe se marchita. Sin embargo, la misión es el oxígeno de la vida cristiana: la tonifica y la purifica.

Emprendemos entonces un camino al descubrimiento de la pasión evangelizadora, empezando por las Escrituras y la enseñanza de la Iglesia, para obtener de las fuentes el celo apostólico.

Después nos asomaremos a algunas fuentes vivas, a algunos testimonios que han encendido de nuevo en la Iglesia la pasión por el Evangelio, para que nos ayuden a reavivar el fuego que el Espíritu Santo quiere hacer arder siempre en nosotros. 

Quisiera empezar por un episodio evangélico de alguna manera emblemático: la llamada del apóstol Mateo, que hemos escuchado, así como él mismo lo cuenta en su Evangelio (cf. 9,9-13). 

Todo empieza por Jesús, el cual “ve” –dice el texto– «un hombre». Pocos veían a Mateo tal y como era: lo conocían como aquel que estaba «sentado en el despacho de impuestos» (v. 9). 

De hecho, era un recaudador de impuestos: es decir, uno que recaudaba tributos de parte del imperio romano que ocupaba Palestina. En otras palabras, era un colaboracionista, un traidor del pueblo. Podemos imaginar el desprecio que la gente sentía por él: era un “publicano”. Pero, a los ojos de Jesús, Mateo es un hombre, con sus miserias y su grandeza. Estar atentos a esto, Jesús no se queda en los adjetivos, siempre busca los sustantivos, Jesús va a la persona, a la sustancia, al sustantivo, nunca al adjetivo, deja pasar los adjetivos. 

Y mientras entre Mateo y su gente hay distancia, porque ellos veían el adjetivo, “publicano”, Jesús se acerca a él, porque todo hombre es amado por Dios. ¿También este desgraciado? Sí, de hecho, Él ha venido por este desgraciado. Lo dice el Evangelio: “Yo he venido por los pecadores, no por los justos”. Esta mirada de Jesús que es bellísima, que ve al otro, sea quien sea, como un destinatario de amor, es el inicio de la pasión evangelizadora. Todo parte de esta mirada, que aprendemos de Jesús.

Podemos preguntarnos: ¿cómo es nuestra mirada hacia los otros? ¡Cuántas veces vemos los defectos y no las necesidades; cuántas veces etiquetamos a las personas por lo que hacen o piensan! También como cristianos nos decimos: ¿es de los nuestros o no es de los nuestros? Esta no es la mirada de Jesús: Él mira siempre a cada uno con misericordia y predilección. Y los cristianos están llamados a hacer como Cristo, mirando como Él especialmente a los llamados “alejados”. De hecho, el pasaje de la llamada de Mateo concluye con Jesús que dice: «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (v. 13). Y si cada uno de nosotros se siente justo, Jesús está lejos. Jesús se acerca a nuestras limitaciones y a nuestras miserias, para curarnos.

Por tanto, todo empieza por la mirada de Jesús, que ve un hombre. A esto le sigue –segundo paso– un movimiento. Primero la mirada, Jesús vio, después el segundo paso, el movimiento. Mateo estaba sentado en el despacho de los impuestos; Jesús le dijo: «Sígueme». Y él «se levantó y le siguió» (v. 9). Notamos que el texto subraya que “se levantó”. ¿Por qué es tan importante este detalle?  Porque en esa época quien estaba sentado tenía autoridad sobre los otros, que estaban de pie delante de él para escucharlo o, como en ese caso, para pagar el tributo. Quien estaba sentado, en resumen, tenía poder. 

Lo primero que hace Jesús es separar a Mateo del poder: del estar sentado recibiendo a los otros lo pone en movimiento hacia los otros. No recibe, no; va hacia los otros; le hace dejar una posición de supremacía para ponerlo a la par con los hermanos y abrirle los horizontes del servicio. Esto hace Cristo y esto es fundamental para los cristianos: nosotros discípulos de Jesús, nosotros Iglesia, ¿estamos sentados esperando que la gente venga o sabemos levantarnos, ponernos en camino con los otros, buscar a los otros? Es una posición que no es cristiana, decir “que vengan, yo estoy aquí”. No, ve tú a buscarlo, da tú el primer paso. 

Una mirada, Jesús ve, un movimiento, se levanta y, finalmente, una meta. Después de haberse levantado y haber seguido a Jesús, ¿dónde irá Mateo? Podríamos imaginar que, cambiada la vida de ese hombre, el Maestro le conduzca hacia nuevos encuentros, nuevas experiencias espirituales. No, o al menos no enseguida. 

En primer lugar, Jesús va a su casa; ahí Mateo le prepara «un gran banquete», en el que «había un gran número de publicanos» (Lc 5,29), eso es, gente como él. Mateo vuelve a su ambiente, pero vuelve cambiado y con Jesús. Su celo apostólico no empieza en un lugar nuevo, puro e ideal, sino ahí donde vive, con la gente que conoce.  

Este es el mensaje para nosotros: no debemos esperar ser perfectos y tener hecho un largo camino detrás de Jesús para testimoniarlo; nuestro anuncio empieza hoy, ahí donde vivimos. Y no empieza tratando de convencer a los otros, sino testimoniando cada día la belleza del Amor que nos ha mirado y nos ha levantado. 

Y será esta belleza, comunicar esta belleza, lo que convencerá a la gente. No nosotros, el mismo Jesús. Nosotros somos aquellos que anuncian al Señor, no nos anunciamos a nosotros mismos ni anunciamos un partido político, una ideología, no, anunciamos a Jesús. Ponemos en contacto a Jesús con la gente. Sin convencerlos, dejemos que el Señor les convenza. Como de hecho nos enseñó el Papa Benedicto, «la Iglesia no hace proselitismo. Más bien crece por atracción». No olvidéis esto. Cuando vosotros veáis cristianos que hacen proselitismo, que os hacen una lista de la gente que vendrá… estos no son cristianos. Son paganos disfrazados de cristianos, pero con el corazón pagano. La Iglesia crece no por proselitismo, crece por atracción.

Una vez recuerdo que, en el hospital de Buenos Aires, las monjas que trabajaban ahí se fueron porque eran pocas y no podían llevar adelante el hospital. Y vino una comunidad de monjas de Corea, y llegaron un lunes, por ejemplo, ya no recuerdo el día. Se hicieron con la casa de las monjas del hospital y el martes fueron a visitar a los enfermos del hospital. No hablaban una palabra de español, solamente hablaban coreano. Los enfermos estaban felices, porque comentaban qué buenas estas monjas. “Pero, ¿qué te ha dicho la monja?”, “nada, pero me ha hablado con la mirada”. Han comunicado a Jesús, no a sí mismas. Con la mirada, con los gestos. Comunicar a Jesús, no a nosotros mismos. Esto es la atracción, lo contrario al proselitismo. 

Este testimonio atractivo y alegre es la meta a la que nos lleva Jesús con su mirada de amor y con el movimiento de salida que su Espíritu suscita en el corazón. Nosotros podemos pensar si nuestra mirada se parece a la de Jesús, para atraer a la gente, para acercarlos a la Iglesia. Pensemos en esto. Gracias. 

CARTA PASTORAL DEL ARZOBISPO METROPOLITANO DE PIURA ANTE EL TRÁNSITO DE BENEDICTO XVI

CARTA PASTORAL
ANTE EL TRÁNSITO DE BENEDICTO XVI

Amados hermanos en el Divino Niño de Belén:        

Como es de conocimiento de todos ustedes, el día de hoy ha sido convocado a la Casa del Padre, nuestro querido Papa Emérito Benedicto XVI. En primer lugar, quiero pedirles a todos ustedes que elevemos nuestras oraciones por su eterno descanso, y a los sacerdotes de mi Iglesia particular, los invito a que ofrezcamos la Santa Misa por él. Su tránsito a la Casa del Padre se ha dado en pleno tiempo de Navidad, de esa Navidad de la cual Benedicto XVI afirmaba: “La Encarnación y el Nacimiento de Jesús nos invitan ya a dirigir nuestra mirada hacia su muerte y su resurrección. Tanto la Navidad como la Pascua son fiestas de la redención. La Pascua la celebra como victoria sobre el pecado y sobre la muerte: marca el momento final, cuando la gloria del Hombre-Dios resplandece como la luz del día; la Navidad la celebra como el ingreso de Dios en la historia haciéndose hombre para llevar al hombre a Dios: marca, por decirlo así, el momento inicial, cuando se vislumbra el resplandor del alba. Pero precisamente como el alba precede y ya hace presagiar la luz del día, así la Navidad anuncia ya la cruz y la gloria de la Resurrección”.[1]

Nuestro querido Papa Emérito ha llegado ya al otro mundo donde, como era su anhelo, le han acogido sus muchos amigos. En Cristo resucitado se ha unido a ellos por toda la eternidad.

Son muchísimas y hermosas las lecciones de vida que Benedicto XVI nos deja. Su vida ejemplar de sacerdote, obispo, cardenal, y de Sumo Pontífice, se caracterizó por un magisterio valiente anunciando la Verdad que reconcilia y salva. Él siempre se definió como un “Colaborador de la Verdad”. ¡Y vaya que lo fue! Ahí está como testimonio su luminoso Magisterio Pontificio y su elocuente “Opera Omnia”, que en 16 volúmenes recoge sus principales escritos y enseñanzas, en los cuales comprobamos su profundo amor por Jesucristo y la Iglesia, su reverente piedad y fervor por la Liturgia y el Ministerio Sacerdotal, así como sus enseñanzas sobre las “realidades últimas”, es decir, sobre el más allá o las postrimerías de la muerte y la vida eterna. Benedicto XVI nos enseñó que la ideología no puede sustituir a la realidad, ni lo políticamente correcto a la Verdad, y que la fe de la Iglesia no es una opinión. Es uno de los más grandes teólogos de nuestros tiempos, que ha formado y seguirá formando a muchas generaciones de teólogos y cristianos.

Durante los ocho años de su Pontificado (2005-2013), supo darse sin reservas a Cristo. Siempre sirvió a la Iglesia con fidelidad, y desprendimiento. Su amor por el Señor Jesús, fue la pasión dominante de su vida, esforzándose por mostrar a la Iglesia como el camino hacia Dios y el lugar del encuentro con Cristo, ya que sin el Señor como referente, el hombre se desvanece y sucumbe.

Benedicto XVI era muy consciente de esta enseñanza central de Jesús en el Evangelio: “Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres…Yo soy la Verdad” (Jn 8, 31-32 y Jn 14, 6). Por eso, a tiempo y a destiempo, proclamaba a Cristo como la Verdad que manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación.

Nuestro querido Papa Francisco definió a Benedicto XVI como profeta de la Iglesia del futuro: “Fue un profeta de esta Iglesia del futuro, una Iglesia que se hará más pequeña, perderá muchos privilegios, será más humilde y auténtica y encontrará energía para lo esencial. Será una Iglesia más espiritual, más pobre y menos política: una Iglesia de los pequeños. Como obispo, Benedicto había dicho: preparémonos para ser una Iglesia más pequeña. Esta es una de sus intuiciones más ricas”.[2]

No podemos dejar de mencionar su gran defensa de la dignidad de la persona humana, especialmente de los pobres, su intensa promoción de la familia fundada en el matrimonio entre un varón y una mujer, ya que sin familias fuertes no hay sociedades ni países fuertes, y su ardorosa defensa de la vida naciente: “En el hombre, en todo hombre, en cualquier fase o condición de su vida, resplandece un reflejo de la misma realidad de Dios. Por eso el Magisterio de la Iglesia ha proclamado constantemente el carácter sagrado e inviolable de toda vida humana, desde su concepción hasta su fin natural. Este juicio moral vale ya al comienzo de la vida de un embrión, incluso antes de que se haya implantado en el seno materno, que lo custodiará y nutrirá durante nueve meses hasta el momento del nacimiento: La vida humana es sagrada e inviolable en todo momento de su existencia, también en el inicial que precede al nacimiento”.[3]

Asimismo, debemos destacar su grandeza de espíritu, manifestada en su renuncia al Pontificado, anunciada el 11 de febrero de 2013, y hecha efectiva el 28 de febrero de ese mismo año.  A través de ella nos dio a todos una lección de humildad heroica y de gran valor. En el santuario de su conciencia, y de cara a Su Señor, Benedicto XVI vio claramente en aquel momento de su vida, el deber de dimitir a su ministerio petrino, enseñándonos a comprender que el poder es servicio y amor, y que el bien de la Iglesia, y de la humanidad a la cual Ella sirve, está por encima de cualquier otra motivación. Como dijo en su última audiencia pública: “Le he pedido a Dios con insistencia, en la oración, que me iluminase con su luz para hacerme tomar la decisión más justa no por mi bien, sino por el bien de la Iglesia. He hecho todo esto en la plena conciencia de su gravedad y también novedad, pero con profunda serenidad de ánimo. Amar a la Iglesia significa también tener la valentía de tomar decisiones difíciles, sufridas, teniendo siempre delante el bien de la Iglesia y no de nosotros mismos…No abandono la cruz, continúo de modo nuevo ante el Señor crucificado”.[4] Recogido en oración en estos últimos años de su vida, lo ofreció todo por la Iglesia y la humanidad, incluso sus sufrimientos como, por ejemplo, cuando recientemente fue injusta y vilmente atacado de inacción y encubrimiento frente a los abusos sexuales de menores, cuando en verdad luchó abiertamente contra esta lacra de la Iglesia desde el principio.  

Nuestro querido Benedicto XVI parte al encuentro de Dios-Amor en la víspera de la gran solemnidad de Santa María Madre de Dios. Por ello, le pedimos a la Madre de Jesús y de la Iglesia, que hoy conduzca a nuestro querido Papa Emérito al encuentro de vida con su Divino Hijo en el Cielo, a aquella Santa María a quien él le rezaba con dulzura y total confianza filial:  

“Tú, Señora mía, mi consuelo de Dios,
ayuda de mi inexperiencia,
acoge la súplica que te dirijo.

Al regreso glorioso de tu Hijo, nuestro Dios,
defiende con tu materna intercesión
nuestra fragilidad humana
y acompáñanos hasta la vida eterna
con tu mano afectuosa,
tú que eres poderosa por ser Madre”.[5]

Que Dios Uno y Trino, conceda a su Siervo Benedicto XVI, a quien constituyó sucesor de Pedro y Pastor de toda la Iglesia, la paz y el gozar eternamente en el Cielo, de la gracia y del amor.

Con mi bendición pastoral.

San Miguel de Piura, 31 de diciembre de 2022
Día VII de la Octava de la Natividad del Señor

[1] S.S. Benedicto XVI, Audiencia General, 21-XII-2011.

[2] S.S. Francisco, Conversación privada con los jesuitas de Malta, 03-IV-2022.

[3] S.S. Benedicto XVI, Discurso a la Academia Pontificia de la Vida, 27-II-2006.

[4] S.S. Benedicto XVI, Audiencia de los Miércoles, 27-II-2013.

[5] S.S. Benedicto XVI, Oración ante el Icono de la Virgen Salus Populi Romani, 07-V-2005.

Puede descargar el archivo PDF de esta Carta Pastoral de nuestro Arzobispo AQUÍ

«LA ADORACIÓN NO ES UN LUJO SINO UNA PRIORIDAD»

Arzobispo celebra la Solemnidad de la Epifanía del Señor Jesús

08 de enero de 2023 (Oficina de Prensa).- Una multitud de fieles se congregaron en la Basílica Catedral de Piura para participar de la Santa Misa que presidió hoy, nuestro Arzobispo Metropolitano Monseñor José Antonio Eguren Anselmi S.C.V., al celebrarse la Solemnidad de la Epifanía del Señor o Pascua de los Reyes Magos.

En su Homilía, Monseñor Eguren nos recordó que: «En esta vida, el camino de la fe que tenemos que recorrer, está sometido a muchas pruebas y no pocos peligros. Los «Reyes Magos» nos enseñan a ser valientes, a perseverar, a no claudicar, a no desanimarnos, a no ceder ante los ataques y persecuciones, a seguir adelante pese a las opiniones y trampas de los demás, incluso si por un momento la luz de la estrella deja de brillar en nuestro horizonte».

A continuación, compartimos la Homilía completa pronunciada hoy por nuestro Arzobispo:

“La adoración no es un lujo sino una prioridad”

La Epifanía del Señor Jesús 

En todos los pesebres o escenificaciones del Nacimiento del Señor Jesús, entre las imágenes que con devoción colocamos alrededor del Niño Dios, aparecen siempre unos llamativos personajes en actitud de adoración. Les llamamos los “Reyes Magos”. Tradicionalmente se los representa en número de tres. Muy probablemente la razón de ello se deba al número de regalos que le ofrecen al Niño cuando lo encuentran: “Abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra” (Mt 2, 11). Incluso nuestra tradición religiosa les ha dado unos nombres: Melchor, Gaspar y Baltasar, y cada uno de ellos representa una región de oriente de donde vendrían: Arabia, la India y África. Pero en realidad el Evangelio no nos dice que eran tres, ni nos indica su procedencia exacta. Lo único que nos afirma es que: “Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle” (Mt 2, 1-2). 

Con la palabra “mago”, el Evangelio nos quiere indicar que se trataba de unos eruditos astrólogos, que proceden de un región vasta y distante: del “Oriente”. En los tiempos del nacimiento de Jesús, era común la creencia de que, con la ocasión del nacimiento de un personaje extraordinario, surgieran signos asombrosos en el firmamento.

En este caso, los “Magos” descubrieron que había nacido “el rey de los judíos”, porque vieron surgir su “estrella”. Pero este Rey, supera a todos los demás, pues ellos le afirman a Herodes que, “hemos venido a adorarlo” (Mt 2, 2). Como hemos mencionado, los “Magos”, venían de “Oriente”, es decir, de regiones lejanas de Israel. Eran por tanto unos extranjeros, lo que para los judíos era equivalente a “gentiles“ o “paganos”. Desde esas tierras lejanas, estos inquietos personajes son iluminados por la estrella que anuncia el nacimiento del Rey-Salvador. En ellos, Jesús se manifiesta como el Reconciliador del mundo entero. Este acontecimiento es lo que da su nombre a la fiesta que hoy celebramos: La Epifanía del Señor.

Efectivamente, epifanía (del griego επιφάνεια) significa “manifestación”, es decir, la manifestación de Cristo como el Salvador de toda la humanidad, y no sólo de Israel, porque “la gloria de Dios es que el hombre viva y la vida del hombre consiste en la visión de Dios”.[1]

Así lo había profetizado Simeón durante la presentación del Niño Jesús en el Templo, cuando tomándole en sus brazos, y ante la admiración de Santa María y de San José, bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2, 29-32). 

La dimensión universal de la Salvación

La bella fiesta de hoy, expresa la dimensión más maravillosa del misterio de la Encarnación: Su dimensión universal. La luz de la salvación que anuncia la estrella de Belén, y que brilla fulgurante en el Niño Dios, no es sólo para Israel, sino para toda la humanidad, para los hombres de todos los tiempos, de todas las razas y culturas, representados en estos “Magos” venidos de “Oriente”, es decir, de pueblos que no formaban parte del pueblo judío. Al manifestarse a ellos, el Señor Jesús se da a conocer como el único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre.

Los Magos: hombres de corazón inquieto

Desde el principio de la narración del Evangelio de hoy Domingo (ver Mt 2, 1-12), nos cautivan los “Reyes Magos”, estas personas de corazón inquieto que al no tener embotado el corazón con las cosas y sucedáneos del mundo, experimentan una profunda nostalgia de Dios en sus corazones, nostalgia que los hace ponerse en camino al ver salir en el firmamento la estrella que anunciaba la llegada del Salvador (ver Mt 2, 2).

Después de un largo viaje, no exento de dificultades y problemas, lo encontraron en Belén, en una casa, en brazos de María, su Virgen Madre. De inmediato le abrieron sus cofres, y le ofrecieron sus regalos: Oro como a rey, incienso como a Dios, y mirra como a hombre verdadero. Los regalos que estos “Magos” le hacen al Niño Jesús, son toda una profesión de fe en Cristo, como el Verbo de Dios hecho carne, quien además es el Rey del Universo.   

¿Soy un adorador cristiano?

El Evangelio de San Mateo nos cuenta que cuando vieron al Niño Jesús con su Madre, se postraron y lo adoraron (ver Mt 2, 11). Más aún, como ya lo hemos señalado, la adoración era el objetivo final de su viaje (ver Mt 2, 2). 

Por eso detengámonos un momento a considerar lo que significa adorar. Nuestro recientemente fallecido Papa Emérito Benecito XVI lo expresaba con estas claras y apremiantes palabras:

“En donde Dios no ocupa el primer lugar, allí donde no es reconocido y adorado como el Bien supremo, la dignidad del hombre se pone en peligro. Es por lo tanto urgente llevar al hombre de hoy a «descubrir» el rostro auténtico de Dios, como los Magos, postrarse ante Él y adorarle…la adoración no es «un lujo, sino una prioridad». Buscar a Cristo debe ser el incesante anhelo de los creyentes, de los jóvenes y de los adultos, de los fieles y de sus pastores. Hay que alentar esta búsqueda, sostenerla y guiarla. La fe no es simplemente la adhesión a un conjunto de dogmas, que apagaría la sed de Dios presente en el alma humana. Al contrario, aquella proyecta al hombre, en camino en el tiempo, hacia un Dios siempre nuevo en su infinitud. El cristiano es por ello contemporáneamente uno que busca y uno que encuentra. Es precisamente esto lo que hace a la Iglesia joven, abierta al futuro, rica de esperanza para toda la humanidad”.[2]

Ante esta hermosa explicación de Benedicto XVI, preguntémonos hoy, día de Epifanía: ¿Soy un adorador cristiano?

Los Magos, hombres humildes, perseverantes, y valientes

Los “Magos” venidos de “Oriente”, son hombres que no se conforman con las baratas ofertas del mundo. Son hombres que comprendían que sus corazones estaban hechos para lo grande, para lo infinito, para Dios. Son personas que saben que el sentido de la vida está más allá de uno mismo, y muchísimo más allá del dinero, del poder y del placer impuro, que son efímeros. Son personas con hambre de Dios, en búsqueda de la Verdad que dé sentido y libertad a la propia vida. Son hombres con una gran capacidad de vigilancia y de percepción de los signos de Dios, por eso apenas ven brillar la estrella, se ponen en marcha. Los “Magos” venidos de “Oriente”, son además personas perseverantes y tenaces que, cuando pierden por un momento de vista a la estrella, no se desaniman y siguen adelante, buscan consejo y ayuda.

Esta fue la gran aventura que emprendieron los “Reyes Magos”, aventura que también nosotros estamos hoy en día llamados a vivir: La aventura de la búsqueda y del encuentro con Cristo, quien es la verdadera Estrella que guía nuestras vidas, la luz resplandeciente que nos envuelve con el esplendor de la Verdad y la gloria de su Amor, la única Luz capaz de llenar nuestra vida de sentido, alegría, esperanza, y vida eterna.   

Los “Magos” fueron hombres humildes, capaces de comprender que el fundamento de la propia vida y de la realidad no está en nosotros, sino que está en el Señor, y por ello se pusieron en camino en búsqueda de Dios, quien se ha manifestado plenamente en Cristo Jesús. Porque si no conocemos a Dios en Cristo y con Cristo, toda la realidad se convierte en un enigma indescifrable; no hay camino y, al no haber camino, no hay Verdad ni Vida (ver Jn 14, 6).

Pero los “Magos” eran también hombres valientes. El camino hacia Belén no fue fácil. Seguramente tuvieron que vencer las voces de la mediocridad que los desanimaban a emprender una aventura llena de incertidumbres. Tuvieron que superar las burlas y comentarios de los demás. Tuvieron que dejar la seguridad de su tierra y casa para lanzarse a lo inseguro, superando fatigas y peligros. Tuvieron que tener tenacidad y perseverancia, sobre todo cuando por algún tiempo perdieron de vista a la estrella que los guiaba. Finalmente, tuvieron que actuar con sagacidad y discernimiento frente a la trampa que les quería tender Herodes (Mt 2, 7-8.12). Fue su humildad, perseverancia y valentía, lo que les permitió postrarse ante un Niño de pobre familia, y descubrir en Él, al Rey-Salvador, largamente esperando y anhelado por Israel y la humanidad, y de esta manera alcanzar la meta de su búsqueda interior y exterior.

Queridos hermanos: En esta vida, el camino de la fe que tenemos que recorrer, está sometido a muchas pruebas y no pocos peligros. Los “Reyes Magos” nos enseñan a ser valientes, a perseverar, a no claudicar, a no desanimarnos, a no ceder ante los ataques y persecuciones, a seguir adelante pese a las opiniones y trampas de los demás, incluso si por un momento la luz de la estrella deja de brillar en nuestro horizonte.

Si lo hacemos, el premio será encontrar siempre a Jesús en brazos de su Madre, aquí en la tierra por la fe, y terminado nuestro terrestre peregrinar en el Cielo, donde ya no habrá para nosotros más noche, y no tendremos necesidad de luz de lámpara ni de sol, porque el Señor Dios nos iluminará, y reinaremos con Él por los siglos de los siglos (ver Ap 22, 5). Los “Magos”, son el ejemplo más hermoso de los corazones que arriban a Cristo, a la fe, a la religión, a la vida cristiana, a la eternidad.

Lo que has ocultado a los sabios lo has revelado a los pequeños

Curiosamente, entre los primeros en reconocer a Jesús como Dios y adorarlo, estuvieron unos extranjeros, unos paganos, unos gentiles. Cuando el Salvador nació, el pueblo, al cual le había sido prometido, y que lo había esperado por generaciones, no lo reconoció, como dolorosa y enfáticamente afirma San Juan en su Evangelio: “Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron” (Jn 1, 11). 

El Evangelio nos dice que cuando los “Magos” le anuncian a Herodes el nacimiento de Rey-Salvador, junto con él se sobresaltó todo Jerusalén (ver Mt 2, 3). Incluso consultados todos los Sumos Sacerdotes y los Escribas del pueblo sobre el lugar donde había de nacer el Cristo, es decir el Mesías, ellos respondieron unánimemente: “En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel” (Mt 2, 4-6).

Pero ni Herodes, ni los habitantes de Jerusalén, ni los Sumos Sacerdotes y Escribas, se ponen en camino para adorar al Niño Dios. Se quedaron cómodamente instalados en su palacio, templo y casas. Los que le reconocen y acogen son los pequeños y los humildes como los “Magos” venidos de “Oriente”, y con ellos los pastores, Simeón y Ana, la profetisa (ver Lc 2, 21-38).

Se verifica así lo que Jesús dirá más adelante durante su ministerio público: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños” (Mt 11, 25). 

Esta sentencia del Señor Jesús sigue siendo verdadera también en nuestro tiempo, en el cual Cristo sigue presente y actuante en medio de su Iglesia y del mundo, pero lamentablemente permanece oculto e irreconocible para los sabios y prudentes, para los poderosos y los fatuos, para aquellos que se creen sus ideologías y modas de pensamientos, o sus ocupaciones y negocios.

Sólo lo reconocen y acogen, y le bridan el homenaje de su fe, aquellos que haciéndose sensibles a la acción del Espíritu Santo, se dejan conducir a la Verdad. Con cuánta razón Santa María exclama en el Magnificat, que Dios “Derriba a los potentados de sus tronos y exalta a los humildes” (Lc 1, 52). Que la Epifanía del Señor nos impulse a salir del enredo de nuestros pensamientos y de nuestros compromisos, y así encontrar el camino hacia el Señor Jesús, el Salvador.

“Entraron en la casa y vieron al Niño con María su Madre” (Mt 2, 11). Como los “Magos de Oriente”, aprendamos que el camino más pleno para encontrar a Jesús y adorarle, pasa siempre por el Corazón Inmaculado y Doloroso de su Madre Santísima, Santa María, la Madre de Dios y nuestra. Amén.

San Miguel de Piura, 08 de enero de 2023
Solemnidad de la Epifanía del Señor

[1] San Ireneo obispo, Contra las herejías, Libro 4, 20,5-7.

[2] S.S. Benedicto XVI, Angelus, 25-VIII-2005.

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