HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN EL XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO 2021

“El cristiano existe para servir como Jesús”

El Evangelio de este domingo (ver Mc 9, 30-37), nos relata que el Señor Jesús iba caminando por Galilea, “enseñando a sus discípulos” (Mc 9, 31). ¿Qué les enseñaba? Lo mismo que veíamos les enseñó el domingo pasado (ver Mc 8, 27-35). Efectivamente: “Les decía: El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará” (Mc 9, 31). Estamos ante el segundo anuncio de la pasión que Jesús hace a sus Apóstoles. Ahora bien, el comentario que hace el Evangelio de hoy sobre la reacción de los discípulos, no los deja “bien parados”. Efectivamente San Marcos señala: “Pero ellos no entendían lo que les decía y temían preguntarle” (Mc 9, 32).

Si nos fijamos bien, son dos actitudes negativas las que tienen los Apóstoles: Por un lado, la incomprensión y por el otro el temor. La incomprensión se explica porque ellos esperaban un Cristo, un Mesías triunfante, y en cambio, Jesús les anuncia que debe padecer y morir para salvarnos, aunque el desenlace final será el triunfo de la resurrección. De otro lado, el temor de preguntarle, no es porque Jesús les infundiera miedo. Le tenían miedo a profundizar en un tema que los comprometería demasiado a ellos. Jesús, por segunda vez, les enseña algo insólito y terrible, y ellos prefieren ignorarlo, no preguntar, para así no hacerse partícipes del mismo destino de su Maestro: La cruz.

Pero si la primera parte del Evangelio de hoy deja a los Apóstoles como incapaces de comprender a su Señor, y como temerosos de comprometerse con su misión, la segunda parte del Evangelio de este domingo, los deja aún mucho peor en su prestigio. En efecto, una vez que ya han llegado a Cafarnaúm y están en casa, Jesús les pregunta: “¿De qué discutíais por el camino?” (Mc 9, 33). La reacción no puede ser más cobarde: Todos callan, “pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor” (Mc 9, 34). Es interesante notar, que San Marcos pone los dos episodios de su Evangelio de hoy en contraste. Mientras la preocupación del Señor Jesús era salvarnos, estando dispuesto para ello a despojarse de todo honor y someterse a la humillación de la cruz, la preocupación de los Apóstoles, es en cambio la de ser grandes e importantes en este mundo.

Toda esta situación da paso a la enseñanza central de Jesús del día de hoy, una enseñanza que es fundamental para todo aquel que quiera ser su discípulo, por eso, ella es introducida de manera solemne presentando a Cristo como auténtico maestro: “Entonces (Jesús) se sentó, llamó a los Doce, y les dijo: Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9, 35).

Esta enseñanza de Jesús, resume de manera extraordinaria su vida misma, porque el Señor vivió todo lo que enseñó con absoluta coherencia. Por eso, cuando Él se ponía a enseñar, todos quedaban admirados, “porque enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas” (Mt 7, 29).  

Toda la autoridad de un maestro radica en respaldar con su vida, lo que enseña de palabra, y nuestro Señor Jesucristo, en verdad se hizo el último y el servidor de todos. De ello da testimonio San Pablo cuando nos dice: “El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2, 6-8).

Jesús, se rebajó desde su condición divina a la condición de siervo. Pensemos por un momento todo lo que eso significa, y todo el amor que supone: Que Dios mismo se haya anonadado, se haya abajado, se haya humillado hasta el extremo de la cruz por nuestra salvación. Por eso las palabras de San Juan en su Evangelio no pueden ser más precisas y reales: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1).   

En cambio, el camino que el mundo gusta recorrer es completamente opuesto. Es el que quiso recorrer Adán, quien siendo de condición humana sucumbió a la seducción del demonio que le decía: “El día que comais del árbol…seréis como dioses” (Gen 3, 5). Este era el camino que los Apóstoles querían recorrer en vez del camino de Jesús quien claramente nos advierte que, “el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado” (Lc 14, 11). Entre Jesús y sus discípulos existía todavía en aquel momento, una profunda distancia interior. Se encuentran, por así decirlo, en dos longitudes de onda distinta.

Dios no permita que sea nuestro caso, sino todo lo contario, que entre nosotros y Jesús, haya siempre una profunda unidad de vida, de tal manera que en todo momento vivamos y actuemos como Él.

Jesús en el Evangelio de hoy nos recuerda una tentación sobre la que tendremos que examinarnos constantemente: El afán de primacía y de querer sobresalir por encima de los demás. ¿Cuál es el antídoto que nos propone Jesús cuando aparezca esta pulsión en nuestro corazón o en el latir de una sociedad o un país? Hacerse el último de todos y el servidor de todos; estar allí donde nadie quiere ir, donde nada llega, en lo más distante de las periferias.[1] La verdadera felicidad radica en vivir, como Jesús, una vida para los demás.

Al respecto el Papa Francisco nos dice: No debemos olvidar nunca que el verdadero poder, en cualquier nivel, es el servicio, que tiene su vértice luminoso en la Cruz. Benedicto XVI, con gran sabiduría, ha recordado en más de una ocasión a la Iglesia que si para el hombre, a menudo, la autoridad es sinónimo de posesión, de dominio, de éxito, para Dios la autoridad es siempre sinónimo de servicio, de humildad, de amor; quiere decir entrar en la lógica de Jesús que se abaja a lavar los pies a los Apóstoles, y que dice a sus discípulos: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan… No será así entre vosotros, el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo» (Mt 20, 25-27)”.[2]

Queridos hermanos: Toda la vida de Jesús, fue una vida de servicio a los demás. Su enseñanza y ejemplo son una constante llamada a que amemos a todos a través del servicio, pero especialmente a los más pobres y necesitados. En el colmo de su amor servicial, Jesús se ha quedado en la Sagrada Eucaristía, para acompañarnos a diario con su presencia real, y para darse a nosotros como alimento de vida eterna.

La Iglesia, continuadora de la misión salvífica de Cristo en el mundo, tiene como misión principal servir a los hombres, por la predicación de la Palabra divina y la celebración de los Sacramentos, pero también promoviendo la solidaridad universal, la cual se expresa concretamente en el servicio. El servicio, “puede asumir formas muy diversas de hacerse cargo de los demás. El servicio es «en gran parte, cuidar la fragilidad. Servir significa cuidar a los frágiles de nuestras familias, de nuestra sociedad, de nuestro pueblo». En esta tarea cada uno es capaz de «dejar de lado sus búsquedas, afanes, deseos de omnipotencia ante la mirada concreta de los más frágiles. […] El servicio siempre mira el rostro del hermano, toca su carne, siente su projimidad y hasta en algunos casos la «padece» y busca la promoción del hermano. Por eso nunca el servicio es ideológico, ya que no se sirve a ideas, sino que se sirve a personas»”. [3]

Que María Santísima, la Sierva del Señor, Aquella que ha gastado generosamente su vida al servicio de Jesús y nuestro, nos ayude a comprender que el cristiano existe para servir, pero que sólo aprendemos a darnos auténticamente a los demás cuando estamos, como Ella, muy unidos a Jesús.

San Miguel de Piura, 19 de septiembre de 2021
XXV Domingo del Tiempo Ordinario

[1] Ver S.S. Francisco, Angelus, 23-IX-2018.

[2] S.S. Francisco, Discurso a la Unión Internacional de Superioras Religiosas, 08-IV-2013.

[3] S.S. Francisco, Carta Encíclica Fratelli tutti, n. 115.

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domingo 19 septiembre, 2021