HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN EL XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO 2022

“Orar siempre sin desfallecer”

¡Señor de los Milagros, bendícenos!

En el Evangelio de hoy Domingo (ver Lc 18, 1-8), Jesús nos propone, a través la parábola de la viuda insistente y el juez inicuo, la enseñanza de que debemos orar siempre sin desfallecer, es decir sin desanimarnos y con constancia. Por eso el texto evangélico comienza con la afirmación: “Les decía una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer” (Lc 18, 1).

La protagonista de la parábola es una pobre viuda. En los tiempos de Jesús, las viudas eran personas desamparadas que no tenían a nadie quien las defendiera. Por eso la viuda de nuestra historia acudía diariamente con insistencia donde el juez para decirle: “¡Hazme justicia contra mi adversario!” (Lc 18, 3). Jesús nos refiere además que el juez era un juez inicuo que, “ni temía a Dios ni respetaba a los hombres” (Lc 18, 4). Pero fue tal la insistencia de la viuda que se dijo: “Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que no venga continuamente a importunarme” (Lc 18, 4-5). A fuerza de suplicarle al juez deshonesto, la viuda de la parábola logra que se le haga justicia. El juez se ve vencido por la insistencia de la viuda. Jesús concluye la parábola afirmando: “Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a Él día y noche, y les hace esperar? Os digo que les hará justicia pronto” (Lc 18, 6-8).

Tengamos la seguridad que, incluso en los momento más difíciles, Dios, nuestro Padre, siempre nos escucha; que ante nuestros ruegos y súplicas, Él no se hace de oídos sordos, y que nos hará justicia pronto, porque somos sus hijos muy amados.

A propósito de nuestro Evangelio de hoy, el Papa Francisco nos enseña: “Clamar día y noche a Dios. Nos impresiona esta imagen de la oración. Pero preguntémonos: ¿por qué Dios quiere esto? ¿No conoce Él ya nuestras necesidades? ¿Qué sentido tiene «insistir» con Dios? Esta es una buena pregunta, que nos hace profundizar en un aspecto muy importante de la fe: Dios nos invita a orar con insistencia no porque no sabe lo que necesitamos, o porque no nos escucha. Al contrario, Él escucha siempre y conoce todo sobre nosotros, con amor. En nuestro camino cotidiano, especialmente en las dificultades, en la lucha contra el mal fuera y dentro de nosotros, el Señor no está lejos, está a nuestro lado; nosotros luchamos con Él a nuestro lado, y nuestra arma es precisamente la oración, que nos hace sentir su presencia junto a nosotros, su misericordia, también su ayuda. Pero la lucha contra el mal es dura y larga, requiere paciencia y resistencia, como Moisés, que debía tener los brazos levantados para que su pueblo pudiera vencer (ver Ex 17, 8-13).[1] Es así: hay una lucha que conducir cada día; pero Dios es nuestro aliado, la fe en Él es nuestra fuerza, y la oración es la expresión de esta fe. Por ello Jesús nos asegura la victoria, pero al final se pregunta: «Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc 18, 8). Si se apaga la fe, se apaga la oración, y nosotros caminamos en la oscuridad, nos extraviamos en el camino de la vida. Por lo tanto, aprendamos de la viuda del Evangelio a orar siempre, sin cansarnos. [2]  

Debemos entonces rezar sin desfallecer, porque como nos advierte el Santo Padre, el combate espiritual que estamos llamados a librar, es diario y de largo aliento, y por tanto requiere de nuestra parte perseverancia y resistencia. Además, el combate cristiano se realiza tanto fuera como dentro de nosotros, porque lo libramos contra el demonio y sus secuaces, contra la mundanidad espiritual, y contra nuestro hombre viejo (ver Ef 6, 11-18; 1 Pe 5, 8; Lc 22, 31; Col 3, 9-10; Jn 15, 18-21; Rom 6, 6; 1 Jn 2, 16-17; Ef 4, 22-24). La oración hecha sin desfallecer, nos hace experimentar la presencia constante del Señor a nuestro lado, y ello nos anima, sobre todo en los momentos de prueba y de lucha espiritual.

Puede ser que de momento nos dé la impresión de que el mal triunfa sobre el bien, que estamos en el lado equivocado de la contienda, pero ello no es así. El mal ya ha sido derrotado por Cristo, muerto y resucitado, y no es más que cuestión de tiempo para que la victoria que el Señor nos ha conquistado en su primera venida, se haga realidad plena y total en su última y definitiva venida al final de los tiempos.

Por eso Jesús nos dijo: “En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). Y en otro pasaje del Evangelio el Señor nos afirma: “En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo…También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar” (Jn 16, 20.22).  

La Santa Misa dominical, celebración semanal de la Pascua, es realidad indiscutible de la victoria del Señor, y aliento para nuestro combate de la semana, porque la Eucaristía reaviva nuestra fe, y con ello nuestra oración perseverante, que es su expresión más hermosa. Así nos lo enseñan los santos con el ejemplo de sus vidas, quienes a pesar de los problemas y persecuciones que tuvieron que padecer, algunos de ellos incluso el martirio, hicieron de la Eucaristía el centro de su vida espiritual, y por ello no dejaron de orar sin desfallecer, teniendo en la cima de su espíritu la visión clara de que, “Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera”.  

Jesús concluye el Evangelio de hoy con esta pregunta: “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?” (Lc 18, 8). Como hemos dicho, la oración hecha sin desfallecer, es la mejor expresión de la fe. Podemos entonces reformular la pregunta del Señor de la siguiente manera: Cuando venga Jesucristo nuestro Señor, a juzgar a vivos y muertos, ¿encontrará corazones creyentes que estén orando sin flaquear, sin rendirse? A primera impresión, pareciera que no, porque vemos con dolor cómo en estos tiempos crece en el mundo la indiferencia religiosa; cómo los discípulos de Jesús son perseguidos y martirizados, y los mandamientos de Dios son pisoteados, y como consecuencia de todo ello la dignidad de la persona humana es denigrada y agraviada desde la concepción hasta su fin natural.

¡Señor de los Milagros, bendícenos!

Pero si agudizamos nuestra mirada de fe, veremos que, en la realidad de nuestra Patria, gracias a Dios, ello no es así.

Con gran alegría y esperanza, constatamos la profunda devoción que nuestro pueblo fiel le rinde a la sagrada imagen del “Señor de los Milagros”, lo cual se ve reflejado en las multitudes que en el mes de Octubre le acompañan en el Perú entero durante cada uno de sus tradicionales recorridos procesionales. Multitudes que, con sus cantos, sahumerios y oraciones, le rinden el homenaje de su fe y amor, y le rezan sin cesar, seguros de que encontrarán en su “Amo y Señor”, el consuelo, el amor, y la justicia que tanto buscan.  

En Piura, durante los años más duros de la pandemia, el “Señor de los Milagros” no dejó de salir y de hacerse presente en nuestras calles, vecindarios y hospitales, derramando sus bendiciones, y haciéndonos sentir su compañía y auxilio. Él renovó en los peores momentos de la pandemia nuestra esperanza y alegría de vivir. Los convoco a prepararnos con alegría y entusiasmo para participar en las procesiones de los días 18 y 28 de Octubre próximo. Ahora que después de dos años, tenemos la bendición de volver a las procesiones en honor al “Señor de los Milagros”, hagámoslo de manera más fervorosa y multitudinaria.

Siguiendo el pedido del Señor, oremos sin desfallecer, con la seguridad de que Él nos escucha y acompaña siempre en cada uno de nuestros desafíos y luchas cotidianas. Para ello les propongo la siguiente oración al “Señor de los Milagros”, para rezarla durante este tiempo de conversión y de gracia:       

Señor de los Milagros, te consagramos nuestras familias, ciudades, caseríos y centros poblados. Consérvalos en paz y unidad, ilumínalos con tu presencia, santifícalos con tu amor. Bendice a nuestros ancianos, enfermos, encarcelados, niños y jóvenes.    

Concede la vida eterna a todos los fallecidos, especialmente a quienes murieron durante la pandemia del Covid-19, y consuela a sus afligidas familias. 

Defiende la santidad del matrimonio entre un varón y una mujer, único fundamento de la familia. 

Destierra del mundo los crímenes abominables del aborto y la eutanasia, y vela para que seamos valientes defensores de la vida humana desde su concepción hasta su fin natural. 

Anima a nuestros jóvenes para que se comprometan generosamente contigo en tu Iglesia, y no tengan miedo de ir contracorriente frente a un mundo que les propone sucedáneos de felicidad, como el ansia de tener, el poder y el placer impuro. Haz que nuestra querida Arquidiócesis se vea bendecida con el aumento de nuevas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. 

Tú, que eres el Patrono de los Migrantes, vela por ellos, ayúdalos en sus problemas y desde tu Cruz dales tu aliento, tu misericordia y esperanza. Danos tus entrañas de misericordia para acoger a nuestros hermanos que llegan a nuestra tierra. Que seamos generosos y solidarios con ellos y que podamos construir una sociedad donde nadie se sienta extranjero.

Señor de los Milagros, en estos difíciles momentos que vive el Perú, bendice a nuestra Patria, líbrala del peligro de todo totalitarismo, presente y futuro, que ponga en riesgo la paz, el orden social y los derechos fundamentales de todos los peruanos. Ayúdanos a preservar nuestra frágil democracia, y con ella la libertad, la justicia, la unidad y la amistad social en el Perú.      

Señor de los Milagros, apóyanos en nuestros esfuerzos por alcanzar una real reconstrucción moral y material de Piura. Para ello ilumina y fortalece a nuestras autoridades actuales y a las nuevas que han sido elegidas, para que, impulsadas por el bien común, y con honestidad, pongan todo de sí para que las obras que tanto necesitamos se realicen en beneficio de todos, pero especialmente de los más pobres. 

A quienes llevamos en hombros tu imagen, vestimos tu hábito morado, y te invocamos con fervor, ayúdanos a ser portadores de tu presencia en la vida de los demás, con nuestra fe y testimonio de vida. 

Finalmente, bendice al Papa Francisco. Que tu Espíritu de Sabiduría lo ilumine en su misión de Sucesor de Pedro. Que tu misericordia le proteja de todo mal y lo conforte. Que el testimonio y la adhesión de tus fieles le anime en su misión, y que la tierna presencia de María Santísima, sea para él señal de tu amor. Que así sea. Amén.      

San Miguel de Piura, 16 de Octubre de 2022
Domingo XXIX del Tiempo Ordinario

[1] Primera Lectura de hoy Domingo XXIX del Tiempo Ordinario, Ciclo C.

[2] S.S. Francisco, Angelus, 20-X-2013.

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