HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN EL XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO 2021

“SERVIR Y DAR LA VIDA POR LOS HERMANOS”

Nuestro Evangelio dominical (ver Mc 10, 35-45), nos presenta a los apóstoles Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, haciéndole a Jesús una petición muy singular: “Maestro, queremos, nos concedas lo que te pidamos…Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda” (Mc 10, 35-37).

La petición de los dos hermanos sería justa si estuviera motivada por su deseo de estar estrechamente unidos a Jesús en el Cielo. Pero cuando Santiago y Juan le formulan este pedido al Señor, ellos no están pensando en la gloria futura o celestial, o en la glorificación de Cristo después de su muerte. Ellos están pensando en un triunfo mesiánico y terreno de Jesús, y en que el Señor restauraría el reino de David. Por tanto, querían asegurarse en ese reino terreno los primeros puestos, es decir, los lugares de honor y poder. Eso es lo que para ellos significa sentarse uno a la derecha y el otro a la izquierda.

A pesar de haber escuchado de Jesús tantas enseñanzas, de haber compartido con Él tantas experiencias de vida, y de pertenecer junto con Pedro al grupo de los tres apóstoles más íntimos del Señor, Santiago y Juan tienen aún preocupaciones y afanes muy terrenos y mundanos. Por eso el Señor responde a la petición de sus dos Apóstoles con estas palabras: “No sabéis lo que pedís” (Mc 10, 38).   

Los hijos de Zebedeo, están aún muy lejos de comprender el misterio de la encarnación de Jesús como anonadamiento y abajamiento, misterio que llegará a su extremo en la Cruz. Aún les falta entender que, para tener parte en el destino de gloria de Cristo, hay que amar, y que el amor se hace realidad concreta en el servicio, como veremos más adelante. 

El Evangelio de hoy subraya con claridad que tampoco los otros diez apóstoles habían comprendido nada. Ellos también tenían la misma preocupación y afán terrenales de alcanzar un puesto de honor en lo que ellos creían que sería el futuro reino terreno de Cristo. Es por eso que, al oír lo que los hijos de Zebedeo le habían pedido al Señor, “empezaron a indignarse contra Santiago y Juan” (Mc 10, 41).

De otro lado y para entender mejor hasta qué punto llega la incomprensión de los Apóstoles, debemos señalar que el episodio de hoy se sitúa inmediatamente después del tercer anuncio de la pasión del Señor. En este anuncio, Jesús les dice claramente a sus Apóstoles que, lejos de liberar a Israel del dominio extranjero de los romanos para restaurar un reino terreno, Él será entregado a los gentiles, es decir a los romanos, y que será sometido a muerte (ver Mc 10, 32-34).

Recordemos que algunos domingos atrás reflexionábamos que después del segundo anuncio de su Pasión (ver Mc 9, 30-32), los Apóstoles discutían sobre quien era el mayor entre ellos (ver Mc 9, 33-37). Es decir, piensan aún con la lógica terrena del poder, y no con los criterios divinos del amor servicial.

Viendo la estulticia, es decir la insensatez de los Apóstoles, es entonces cuando Jesús los reúne y les imparte la enseñanza central del Evangelio de hoy: “Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mc 10, 42-45).

Considero que el pasaje evangélico de hoy, nos deja dos tareas muy urgentes y necesarias para nuestra vida cristiana: La primera es la urgente renovación de nuestra mente. Nuestra vida cristiana nos pide configurarnos con el Señor Jesús, pero esa configuración comienza con la transformación de nuestra mente que tiene por objeto que todo lo veamos con los ojos de Cristo, es decir con los ojos de Aquel que es la Verdad.

La transformación de nuestra mente nos debe de conducir a pensar como el Señor, pero lamentablemente, estamos demasiados acostumbrados a pensar mundanamente, y a medir las cosas según la vana sabiduría del mundo, que nos hace creer que nuestra realización y felicidad está en la ilusión de los sucedáneos o sustitutos del tener, el poder y el placer impuro. El cristiano tiene más bien que llenar su mente con los criterios del Evangelio, descubrir que la “locura” de la Cruz es más sabia que la sabiduría del mundo, más lúcida que la aparente sensatez y prudencia de los criterios mundanos.

En síntesis, los criterios del Evangelio deben ser la “sabiduría” que siempre nos guíe, de ahí la necesidad de leer y meditar diariamente la Palabra de Dios. Por eso San Pablo nos dirá: “No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rom 12, 2). De otro lado, en la medida en que vamos pensando como Jesús, nos volvemos cada vez más capaces de sentir con los sentimientos nobles de su Sagrado Corazón, y de poder actuar cada día y a cada instante como lo haría Jesús si estuviera en nuestro lugar.  

La segunda tarea urgente que nos deja nuestro Evangelio dominical es la de hacer del servicio nuestro estilo de vida cristiana, porque si no vivimos para servir, no servimos para vivir. En todo hay que amar y servir.

Todos los cristianos, por pequeña o grande que sea la responsabilidad o la autoridad que tengamos, debemos, como Jesús, hacer de ella una ocasión para servir. Así nos lo advierte con esclarecedoras palabras el Papa Francisco cuando nos dice: “El verdadero poder es el servicio. Cómo lo hizo Él, (Cristo), que no vino para ser servido, sino para servir, y su servicio ha sido el servicio de la Cruz. Él se humilló hasta la muerte, la muerte en la Cruz, por nosotros, para servirnos a nosotros, para salvarnos. Y no hay otro camino para seguir adelante. Para el cristiano, ir adelante, progresar, significa abajarse. Si no aprendemos esta regla cristiana, nunca, nunca seremos capaces de entender el verdadero mensaje de Jesús sobre el poder”.[1]

¡Servir y dar la vida por los hermanos!

El día de hoy en que, con alegría e ilusión, damos los ministerios del lectorado, acolitado y la admisión a las sagradas órdenes a algunos miembros de nuestro Seminario Arquidiocesano “San Juan María Vianney”, es mi deseo para ustedes, queridos seminaristas, que tengan en todo momento la sabiduría de vivir su vocación sacerdotal como servicio, porque no puede haber otra motivación en el ministerio sacerdotal, más que el amor a las personas y su salvación eterna. Como bien afirma San Agustín, “es oficio de amor apacentar el rebaño del Señor”. Cuídense por lo tanto desde ahora, de no buscar ser servidos sino más bien de servir, porque, “el camino del servicio es el antídoto más eficaz contra la enfermedad de la búsqueda de los primeros puestos; es la medicina para los arribistas; esta búsqueda de los primeros puestos, que infecta muchos contextos humanos y no perdona tampoco a los cristianos, al pueblo de Dios, ni tampoco a la jerarquía eclesiástica. Por lo tanto, como discípulos de Cristo, acojamos este Evangelio como un llamado a la conversión, a dar testimonio con valentía y generosidad de una Iglesia que se inclina a los pies de los últimos, para servirles con amor y sencillez.”.[2]

Finalmente, queridos seminaristas, sean conscientes ante quien reciben hoy los ministerios del lectorado, el acolitado, y la admisión a las sagradas órdenes. Nada menos que ante la mirada del “Señor de los Milagros”, quien desde su trono que es la Cruz, les pregunta: “¿Podéis beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?” (Mc 10, 38). Es decir, ¿Estáis dispuestos a amar conmigo hasta el extremo de la Cruz?

Nunca se olviden que el camino a la verdadera gloria y felicidad pasa necesariamente por la humillación, por el despojarse, por el vivir la obediencia, por buscar no el propio interés sino el interés de los demás, por el considerar a los otros como superiores a nosotros mismos, y por el amor hecho servicio concreto (ver Flp 2, 1-11). ¡Servir y dar la vida por los hermanos es la razón de ser de nuestra vocación sacerdotal!

Que la Virgen María, que se adhirió plena y humildemente a la voluntad de Dios, nos ayude a seguir a Jesús con alegría en el camino del servicio, que es el camino maestro que nos lleva al Cielo.

San Miguel de Piura, 17 de octubre de 2021
XXIX Domingo del Tiempo Ordinario

[1] S.S. Francisco, Meditaciones Diarias, 21-V-2013.

[2] S.S. Francisco, Angelus, 21-X-2018.

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domingo 17 octubre, 2021