HOMILÍA DEL ARZOBISPO METROPOLITANO EN EL XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO 2021

“Jesús de Nazaret, es el centro y el rostro de la misión”

En el Evangelio de hoy (ver Mc 6, 7-13), Jesús llama a sus Doce Apóstoles y comparte con ellos la misión que el Padre le había encomendado. Asimismo, les da instrucciones muy precisas de cómo realizarla. Nos dice San Marcos que Jesús, “comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos” (Mc 6, 7). El Señor comparte con los Apóstoles su mismo poder en orden a que ellos puedan realizar la misma misión de salvación para la cual Él ha venido al mundo: Librar a los hombres de la esclavitud del demonio, de sus perversidades y asechanzas que nos conducen a la muerte eterna. De ello dará testimonio el mismo apóstol San Pedro, cuando nos dice que el Señor Jesús, “pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él” (Hch 10, 38). La misión de los discípulos será entonces, participación en la misión de Cristo, y ellos la realizarán no con poder propio, sino con el poder que el mismo Señor les comunicará, es decir con el poder de Jesús. Esto es bueno recalcarlo, para que cuando nosotros evangelicemos, no nos aferremos a los frutos de nuestra acción apostólica, ni caigamos en falsos protagonismos y vanaglorias.

En obediencia al mandato del Señor, los Apóstoles ejercieron este poder. Así lo destaca el Evangelio: “Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban” (Mc 6, 12-13).

Ahora bien, la misión que el Señor Jesús encomienda a sus Apóstoles, reviste, en primer lugar, sumo apremio. Las órdenes o instrucciones que Cristo les da, así lo manifiestan. Veamos.  

En primer lugar, Jesús les indica que deben partir de inmediato: “Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni dinero en la faja; sino sólo calzados con sandalias, y no vistáis dos túnicas” (Mc 6, 8-9). La orden del Señor, va en un sentido totalmente opuesto a cuando uno se prepara para salir de viaje. Normalmente uno prepara una maleta, y guarda en ella todo lo que va a necesitar mientras va a ausentarse: ropa, provisiones, medicinas, dinero, etc, salvo que la urgencia del viaje sea tal, que no haya tiempo para nada de eso, y por tanto hay que partir con lo esencial.

La misión que Jesús confía a sus Apóstoles, y hoy a nosotros sus discípulos, la cual consiste en anunciarlo, y librar a las personas del poder del demonio y del pecado, es tan importante y urgente, que no admite dilación o retraso alguno. Exige actuar con celeridad. Exige una acción hoy, y no mañana, porque mañana podría ser demasiado tarde para muchas personas necesitadas hoy del don de la salvación, o para un mundo como el actual, que necesita apremiadamente del anuncio de la Verdad y del Amor, que en Jesús coinciden. Asimismo, la forma como son enviados los Apóstoles, con sólo lo esencial para el camino, es también señal de que para realizar la misión de anunciar el Evangelio fructuosamente, se debe confiar sobre todo en el Señor, en su Providencia amorosa, más que en las propias capacidades humanas, medios, recursos y programas.  

Por eso, además de la urgencia, Jesús nos enseña que, para desplegar la misión evangelizadora, nada de este mundo es necesario. Sólo una cosa es necesaria: La fuerza de su Espíritu, el cual el Señor siempre lo da en abundancia a su Iglesia, tal como se lo dio a sus Apóstoles. Para ser discípulo-misionero del Señor Jesús, de poco sirven, el dinero, las influencias, los títulos, la sabiduría humana y mucho menos la fuerza.

San Pablo, modelo de todo apóstol, nos dirá al respecto: “Me presenté ante vosotros débil, tímido y tembloroso. Y mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la sabiduría, sino que fueron una demostración del Espíritu y del poder, para que vuestra fe se fundase, no en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios” (1 Cor 2, 3-5). 

Por último, en sus instrucciones para la misión, Jesús fija su atención en los destinatarios: “Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos. Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran” (Mc 6, 11-12). La misión de la Iglesia, hasta el final de la historia, será anunciar que el tiempo se ha cumplido, que el Reino de Dios está cerca, y que hay que convertirse y creer en el Evangelio, es decir en Jesucristo, como el único Salvador del mundo (ver Mc 1, 15), para en Él tener vida, y tenerla en abundancia. Ahora bien, a quienes les alcanza el anuncio del Evangelio, les queda la libertad de acogerlo o rechazarlo, porque Dios siempre respeta la libertad del ser humano.

Pero en nuestro Evangelio dominical, Jesús, sólo se pone en el caso de que los enviados sean rechazados, y con ellos Él mismo. En este caso, manda hacer el gesto de “sacudirse el polvo de los pies”, un gesto que tenía que hacer todo judío cuando salía de un lugar pagano, para indicar que nada tenía en común con los habitantes de aquel lugar. En este caso, el gesto expresa que los discípulos no tienen nada que ver con aquellos que rechazan el Evangelio. En el pasaje paralelo según San Mateo, Jesús agrega un duro juicio, con lo cual nos da a entender lo grave que es cerrarle el corazón y rechazarlo.: “Yo os aseguro: el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad” (Mt 10, 13).

Actualmente, la voz del Señor Jesús llega a nosotros a través de los pastores de la Iglesia, quienes, por medio de la sagrada ordenación, han recibido la potestad de ser maestros en la fe y costumbres. Si alguien no los escucha a ellos, no puede, al mismo tiempo, pretender que escucha a Cristo. Ello está claramente establecido por el mismo Señor en el Evangelio: “Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado” (Lc 10, 16). 

Así también lo enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “Los obispos con los presbíteros, sus colaboradores, tienen como primer deber el anunciar a todos el Evangelio de Dios, según la orden del Señor (ver Mc 16, 15). Son los heraldos del Evangelio que llevan nuevos discípulos a Cristo. Son también los maestros auténticos, por estar dotados de la autoridad de Cristo”.[1]

Si bien los fieles cristianos están llamados a escuchar a sus pastores y obedecerles, los pastores están obligados a no predicarse a sí mismos, o a sus ideas y teorías, y mucho menos a las ideologías de turno, sino a Cristo; predicando y entregando el Evangelio gratuita e íntegramente, en fidelidad al depósito de la fe, que es el tesoro de la Revelación contenido en la Sagrada Escritura y en la Tradición, que fue confiado por Dios a su Iglesia para que, con la asistencia del Espíritu Santo, lo conserve y lo transmita y anuncie a los hombres, como fuente de toda verdad salvadora y de toda norma de conducta. Es penoso, cuando un pastor desvirtúa su sagrada misión, y la usa para sus fines subalternos y agendas personales, y no pone al Señor en el centro de su anuncio. No hay que cansarse de repetirlo: ¡Jesús de Nazaret, es el centro y el rostro de la misión!

Para concluir escuchemos lo que el Papa Francisco nos dice a propósito de nuestro Evangelio dominical: “Este episodio evangélico se refiere también a nosotros, y no solo a los sacerdotes, sino a todos los bautizados, llamados a testimoniar, en los distintos ambientes de vida, el Evangelio de Cristo. Y también para nosotros esta misión es auténtica solo a partir de su centro inmutable que es Jesús. No es una iniciativa de los fieles ni de los grupos y tampoco de las grandes asociaciones, sino que es la misión de la Iglesia inseparablemente unida a su Señor. Ningún cristiano anuncia el Evangelio «por sí», sino solo enviado por la Iglesia que ha recibido el mandado de Cristo mismo. Es precisamente el bautismo lo que nos hace misioneros. Un bautizado que no siente la necesidad de anunciar el Evangelio, de anunciar a Jesús, no es un buen cristiano…Que la Virgen María, primera discípula y misionera de la Palabra de Dios, nos ayude a llevar al mundo el mensaje del Evangelio en un júbilo humilde y radiante, más allá de todo rechazo, incomprensión o tribulación”.[2] 

San Miguel de Piura, 11 de julio de 2021
XV Domingo del Tiempo Ordinario

[1] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 888.

[2] S.S. Francisco, Angelus, 15-VII-2018.

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domingo 11 julio, 2021